La niña a la que no dejaron jugar

Por: Emanuel Simo (Argentina)

Ella lo amaba y él la explotaba. Ella lo idolatraba y él la despreciaba. Ella se sometía y él se bañaba extasiado en su poder. Los dos estaban recostados en esa cama que olía a transpiración, a sangre, a tristeza, desamparo y olvido. Las manos de él jugaban entre sus pechos marchitos, revestidos por la saliva de miles de hombres que le escupieron su dinero. Él se quedaba con un alto porcentaje; ella se quedaba vacía, a ella se le escapaba la vida.

Él tenía treinta y cinco años y le había prometido una mejor vida; ella quiso creerle, aunque sabía que, como todos, él también mentía. Ella tenía diecisiete años, pero sus ojos, sus senos, sus labios, y su piel se agrietaban y envejecían más con cada centavo ganado. Se habían conocido cuatros años atrás. Él había sido amigo de su padre; a él también se la habían alquilado.

La primera vez, ella estaba jugando en su cuarto con una vieja muñeca. No sabía por qué la habían dejado sola esa noche en su casa, ni tampoco entendía por qué el vecino de al lado había ido a visitarlos si sus padres no estaban. Pero minutos más tarde entendería y, ese mismo día, todo cambiaría. Su pesadilla había empezado.

Desde entonces, su padre vio en ella la salvación de la familia. Los amigos de aquel hombre disfrutaban de la niña y hacían con ella lo que no se permitían hacer con sus inmaculadas esposas. El padre se sentaba a la mesa, contaba el dinero y tomaba un plato de sopa caliente, mientras escuchaba gemir a sus amigos que deshojaban a su hija. Su madre, en silencio, retiraba el plato de sopa y acercaba el balde a la habitación para que los hombres se higienizaran. Abrazada a su muñeca de la infancia, ella lloraba pero entendía.

Él empezó a ir un año más tarde y luego, volvió una y otra vez. Era el único que le sonreía, el único que le regaló una rosa cuando cumplió sus quince años. Ese día, luego de regar con su semen pútrido el cuerpo, la abrazó y quedó dormido a su lado regalándole una noche de libertad y de sueño. Ella, sumida en ese desamparo, vio en él la única luz de esperanza. Pero pronto se apagaría.

A partir de sus quince años, ella lo esperaba ansiosa, sabía que una vez por semana él la visitaba y le traía chocolates, flores, abrazos y sonrisas. Ella empezó a maquillarse, a perfumarse, a esperar lo imposible. Ella lo amaba, él la usaba.

Una noche, un cliente borracho se excedió, hizo uso de una parte del cuerpo adolescente que le estaba vedada. Ella gritó, pero el padre no quiso escuchar, sólo se encargó de cobrarle más cuando el cliente salió de la habitación. Una hora después llego él. Ella lo abrazó y, llorando, le contó lo sucedido. Esa noche él se la llevó de allí para siempre.

Ahora, todo eso había quedado en el pasado. El salvador se había convertido en un nuevo Amo. Sin embargo, él era el único que le había dado algo de protección, algo del cariño por el que ella imploraba. Desde entonces, fueron muchos hombres más los que le arrojaron su semen, como si ella fuera una escupidera siempre dispuesta a vestirse con células muertas.

Pero esa noche, todo cambiaría. Esa noche, ella volvería a tener vida. Tenía un atraso de dos meses, y ya no había lugar para la sospecha. La certeza ya latía en su vientre oscuro, amargo, y marchito. El capullo de una rosa florecía en el desierto gélido al que se accedía a través del dinero. Ella quería regalarle su rosa para hacerlo sentir tan bien como él la había hecho sentir a sus quince años.

La niña muerta podría nacer como madre. Por fin tendría a quién querer, a quién proteger, por quién aguantar. Nuevamente una luz de esperanza alumbraba la oscuridad de la tumba a la que había sido arrojada por sus padres.

En esa cama, maltrecha de tanto uso, ella miró cómo él jugaba con sus pechos fríos y le dijo que pronto, esos mismos senos se llenarían de leche que alimentaría su sueño. Pero ella no podía imaginar que el sueño no era compartido.

Por los ojos de él se asomó el demonio. La ira tensó cada músculo de su rostro. La violencia estalló como un volcán dispuesto a arrasar con todo. Primero le pegó una trompada y, cuando ella cayó al piso de tierra, con una patada le arrancó el capullo de rosa que latía en su vientre. Ella quedó inconsciente, él se fue a tomar al bar de siempre.

Cuando ella despertó, sintió la necesidad de ir al baño, pero el dolor se lo impedía. Fue arrastrándose hacia el escusado y, como pudo, logró incorporarse. Las pequeñas cucarachas rápidamente se escondieron en sus recovecos. El olor ácido y penetrante del orín de los hombres que compraban su humillación, le agitó el estómago hasta hacerla vomitar. Se sentó en ese viejo inodoro, sucio como un basural, y vio como se escabullía entre sus piernas la sangre de su única esperanza. Como pudo, salió de ese lugar y se sentó en el escalón de entrada de la casa con su vieja muñeca entre las manos y no paró de llorar hasta que un grito le inundó el alma y lo vomitó hasta hacerlo escuchar por todos aquellos que habían elegido callar.