AHORA ESCRIBO YO. Capítulo 2

He tratado de negarme, he querido ser otra persona, estar en otro tiempo y lugar. Y he vomitado en mi mente todo mi pasado, mi presente y lo que aún me falta por vivir, pero después de una semana encerrado en este cuarto de hotel, no he logrado engañar a la realidad.
Busco en los cajones de la mesita de noche, encuentro mi carnet de identidad de la fábrica: Alejandro Duarte B, 36 años, mecánico.
Enciendo mi teléfono celular, una señal me indica que la carga es muy baja, se apaga. Lo pongo a cargar, aún conectado lo enciendo. Tengo 15 mensajes de voz y 37 mensajes de texto, es mejor que lo vuelva a apagar, antes de que lo haga mi celular timbra.

Estoy sentado en la cama, dejo que el celular timbre unas cinco veces más, y sin ver el identificador contesto.
-¿Alejandro te ha pasado algo? Te estoy buscando hace días – es Daniel recriminándome.
-Han pasado cosas – le respondo – ya te contare.
-Bueno, tú sabrás, pero tengo un trabajo urgente para ti, te espero en el bar del Chino en treinta minutos.
-Ok.
Cuelgo, y apago el celular. Estoy desnudo. Camino entre botellas de alcohol vacías y sobras de comida tiradas sobre la alfombra de la habitación. Me ducho, no me afeito, me visto con la única muda de ropa que tengo, recojo el celular, el cargador, mi billetera y mi identificación, los guardo en mis bolsillos. Salgo caminando con destino al bar del Chino. Aún me sorprendo de lo rápido que me he decidido volver a vivir.

Sé que pensaran, en principio ¿por qué abandone el deseo de vivir?
Bueno puede haber muchas explicaciones. Aquella mujer que me abandono por mi maldito vicio, que no soporto el verme, ahogado, sucio y mal oliente a las afueras de mi apartamento. Mi trabajo que es una porquería, de la cual no me siento orgulloso, pero igual de algo hay que vivir, y es mejor cuidarlo, porque en estos días está difícil encontrar alguno. Y así los amigos perdidos, los logros que no alcance, y que se yo tantas cosas que me pudieran separar de esta vida. Pero la verdad es que ya la había dejado atrás desde hace tiempo atrás, si me pregunta el porque, bueno no lo se, creo que simplemente me aburrí de ella, así que trate de ser otro, pero como ven no lo he logrado.
Camino con rumbo al bar del Chino, pensando en tantas cosas. Desearía saber que trabajo me tiene preparado Daniel ahora.

La incertidumbre otorga. El silencio vacía lo que me queda de paciencia. La noche es joven Alejandro -me digo-, pueden pasar muchas cosas.
Un trago, si tan solo pudiera darme un trago antes de entrar. El bolsillo de la chaqueta vacía la soledad del mismo. La boca seca. El miedo aborda.
Ese que esta en la puerta no me puede ver ni en pintura. Se sabe mi cara de memoria. De antemano presiento un lio.

Sí, esta vez tampoco me escaparé de la golpiza de ese tipo. Me la tiene jurada.
Alejandro, tú no escarmientes, pensé.
Te encanta meterte en la boca del lobo, ó sea el bar del Chino que para los efectos es lo mismo. Hablando de no querer vivir, fui directamente a intentar suicidarme no se si por cansancio ó por que me he dado por vencido. Lo he perdido todo, que mas da perder la vida en las garras de ese desgraciado que ya tiene tatuada mi cara en sus puños y su memoria. A enfrentar mi destino, pensé, sin reparo, ni vacilación. Camine en dirección hacia la entrada, sonó mi celular.
Me salvo la campana, era Daniel.
- ¿Donde carajo estas?
- Estoy llegando a la puerta, pero no creo que el gorila de la puerta me deje pasar.
Me la tiene jurada, que porque no sales para que este desgraciado me perdone la vida y de paso me deje entrar.

No fue el gorila. Irina abrió lentamente la puerta; me miró, con esa mirada que me corta el sentido. Supe que la catástrofe era inminente. Sus palabras brotaron tan sutiles que parecían cuchillas de cirujano destazando un cuerpo núbil…
- Blanca está aquí. Enunció, tan quedo que los vocablos fueron hielo.
Un terror espantoso recorrió mi espina dorsal, la desgracia era inminente. Penetré lento en la habitación semioscura; hubiese dado cualquier cosa por que aquello no estuviese ocurriendo, por estar a mil millas, por estar en las fauces de la bestia.
Ahí estaba Blanca en todo su esplendor, sus largas piernas, perfectas, sobre el almohadón rojo. Vestida con exquisita pulcritud, parecía un ángel… un ángel del averno, me dije, y apreté los dientes. Ella sonrió, iluminando la tarde que agonizaba.
- Salgado ha matado al gobernador… (Y sonrió iluminando mi muerte). ...
Algo pavoroso estalló en mis sienes, el mundo giro a velocidad espantosa, el piso se resquebrajó...

Gael Taborda, el mejor sicario de los últimos veinte años, ingresa por la puerta grácil como una pluma y abriendo fuego sin más tardanza que la presión del dedo sobre el gatillo. Él primer disparo me desprende el lóbulo de la oreja izquierda, que sangra profusamente.
Blanca me ha traicionado, ninguna duda cabe, pero jamás disfrutará el pago recibido ya que una bala la traspasa por la nuca y parte de sus sesos caen sobre la alfombra frente a mis ojos.
Levanto el sofá de la habitación como escudo, estúpida idea, las balas lo traspasan como papel, sin embargo, cae un revólver al piso.
Taborda, confiado en que si hubiese tenido un arma ya la habría usado, avanza con frialdad para acribillarme a quemarropa, tomo el revolver y lo mando al infierno con un tiro entre los ojos.
La idea del suicidio era reciente, pero ningún hijo de puta podría adjudicarse el deceso de Alejandro Duarte sin antes verle la cara al demonio.

Cualquiera diría que esta vida mía parece un triller. Es lo que vivo. Pienso en mi madre. En los hermanos que tanto me han olvidado. No me querrán recibir y además para qué contarles. Pienso en Paula, en sus ojos y sus palabras que parecieran querer arreglarlo todo. Quisiera desaparecer por un tiempo. Recuperarme de esta ansiedad que me hace desear ahora destrozar aún más cosas.
Vuelvo a pensar en Paula, y lo decido instantáneamente mientras salgo del lugar en un abrir y cerrar de ojos, me iré para allá.

Después de escapar a tan terrible escena. Hago un alto en medio del camino y me pregunto: Pero ¿a dónde voy? Acaso no será que la angustiosa pregunta, que frecuentemente gira y da vueltas en mi cabeza. ¿Será esta pregunta la que me hace cometer tantas tonterías? ¿A dónde me dirijo? ¿Qué hago? A veces me gustaría gritar a los peatones de la vía pública. ¡Quiere alguien por favor decirme! ¿Qué estoy haciendo?
Y yo que pensaba que el descontrol y la ignorancia de la adolescencia habrían quedado lejos... Sin embargo las traigo encima al igual que el perro continúa llevando sus pulgas, sin importar a que las pulgas se encuentren muertas o no.
En eso la forma de un perro paulatinamente se dibuja en mis retinas. Tengo a un mugriento perro callejero delante y el desgraciado osa entrometerse en mi camino, incluso da la impresión de querer atacarme ¡Que estúpido perro!

Después de amenazarlo en silencio un par de segundos, noto que no es el único que me mira extrañado. Estoy a la mitad de la calle con un revolver en la mano y mi oreja no para de sangrar. Acabo de asesinar al hombre más peligroso de la ciudad y nadie me lo agradece. Carajo. En vez de eso, veo a una mujer desesperada intentando llamar a la policía por su teléfono celular. Trato de acercarme hacia donde está pero en cuanto se da cuenta comienza a gritar y huye lo más rápido posible. Eso me hace recordar a Paula cuando sufre alguno de sus ataques de histeria.
Escucho un gruñido y vuelvo a donde me había quedado. Recurro a la salida fácil y descargo las últimas balas en la humanidad del perro. Veo como escurre su sangre por el pavimento y recuerdo a Blanca. Ja. Voy a extrañarla.

No quiero tirar la pistola. Si me cogen sé que tendré que dar muchas explicaciones, pero es un recuerdo que no puedo perder. La guardo en el bolsillo y vago por las callejuelas como un espectro desalentado, hasta casa de Paula buscando cobijo para esta noche. Paula, cuando me vea ensangrentado su enfado se evaporará. En estos momentos solo puedo confiar en ella. Mañana será otro día, el de mi venganza…
En realidad la vida no es fácil para nadie, hoy tampoco lo fue para mí. La traición de Blanca, la escena en el bar del chino, sólo es el desencadenante para que yo, Alejandro Duarte tome esta última determinación.


Han colaborado en este capítulo: Damián Carrillo, Felix Rivera, Yosie Crespo, Aymara Jares, Manuel Emilio Montilla, Cristián Berríos, Belkys Arredondo Olivo, Dann Lopez, Jesus Mendiola, Ana Zarzuelo Alvarez

3 comentarios:

Anónimo dijo...

está power!
Hash

Dann dijo...

En verdad que es un pieza de arte...

Sol dijo...

Disculpen, pero falta mi participación. También yo escribí parte del capítulo segundo y no estoy en la mención ni aparece mi participación.. ¿?