Mostrando entradas con la etiqueta Anitzel Díaz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anitzel Díaz. Mostrar todas las entradas

Expediente de Anitzel Díaz

Nombre: Anitzel Diaz Alvarez
Alias: un Monton de Palabras
Fecha de nacimiento: 19 de Febrero
Lugar de origen: Distrito Federal, México.
Categoría: Escritora Serial.

Fichada por KALA Editorial: Miércoles 28 de mayo de 2008.

Antecedentes Literarios: lectora empedernida desde los cuatro años, mas grandecita tomó los talleres virtuales de creación literaria, y cuento en Escuela de Escritores.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"

Profesión Legal: Mercadóloga y ceramista

Trastornos Mentales: es sanita y sanota

Cita: "En el arte como en el amor es la ternura lo que da la fuerza"
Oscar Wilde

Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Eso no es jabón que se gasta - 28 de mayo de 2008.
- Con olor a sexo - 8 de octubre de 2008.

Eso no es jabón que se gasta

Por: Anitzel Diaz (México)

La señorita Finita era amante del esposo de la hermana de mi abuela. Era la única gracia que se le conocía. Nunca salía de su casa, la gente murmuraba pero no mucho, nadie sabía que hacía ni de que vivía. Dicen que era hija de uno de los grandes cuando Batista, y que vivía del dinero que le mandaban de fuera, sus parientes, dicen que se quedo para estar con él. Cuando yo la conocí era una anciana hermosa con los dientes postizos perfectos que mostraba en una linda sonrisa. Recuerdo que usaba unas blusas blancas vaporosas y unos pequeños pendientes así como los tuyos. Todos en el barrio sabíamos que era la amante de Don Rafael Lebrija, pero nadie le hacía muinas, ni la miraba de reojo. Siempre fue la señorita Finita y siempre se le quiso mucho.

La Tía Quiqui, esposa legítima de Don Rafael, era una mujerona gorda de cachetes llenos, siempre con un tabaco en la boca. Malhablada y pendenciera, siempre supo de la existencia de Finita, pero decía que ella no se iba a marchitar en eso, que mejor era que se le marchitara el miembro a Don Rafael por exceso de uso. En ese entonces no sabía o no entendía qué decía la tía, ahora lo sé. La Tía Quiqui hacía melcocha y pirulís, también torcía tabaco. Yo todos los días iba por mi melcocha, siempre me preguntaba lo mismo - y qué ¿viste hoy a Don Rafael?- Si tía, pasó a la misma hora con su garrafa de agua para Finita-, nomás resoplaba la tía, ten tu melcocha y regresa mañana, también mandaba tabaco para mi abuela.

Don Rafael Lebrija hizo el mismo recorrido de diez cuadras por veinte años. Le llevaba agua fresca del filtro de su casa a Finita. Es de barro decía… el filtro, pobrecita le llevo su agua. Se ponía su sombrero, un poco de loción, no mucha para que Quiqui no sospechara y se iba. Pasaba en frente de casa de mi abuela, todos salíamos a saludar. Se quedaba los cinco minutos de rigor, y luego se iba que porque el agua se calentaba. Llegaba a casa de Finita, ya ella lo estaba esperando, se quitaba el sombrero miraba en derredor y entraban los dos tomados de la mano. La tía Quiqui me hacía tomar el tiempo que pasaba Don Rafael ahí, nunca más de veinte minutos, nunca en veinte años. Regresaba rojo como un tomate y ya sin aire.

Un día escuché a mi abuela preguntarle a la Tía porqué no dejaba al sinvergüenza de Don Rafael, y la tía Quiqui le respondió, ay Mima, es que ese hombre mira que sabe hacer lo suyo, ¿cómo que lo suyo Quiqui?, mira que tienes cada cosa mujer. Sí Estela, ese hombre cuando te agarra bueno mira que es bueno en la cama, y como decía mi mamá eso no es jabón que se gaste y pues a mi me gusta que me de lo mío. Es que Quiqui hay otros, te pueden dar lo mismo Mima mira que aguantar nada mas por eso. Estela lo he intentado, te acuerdas de ¿Chicho, el vecino de mi madre? Pues lo intentamos y Luis, bueno mira ni te cuento. Rafael tiene una manera de tocar de sobar, de beberte no sé, no logro desprenderme de eso, no se lo voy a regalar a la Fina, sé que por eso no lo deja. Lo único que quiero Estela es morirme antes que él. Lo quiero ver solo.

Un día Finita no salió más a recibirlo, se murió dicen que solita en su casa, con un vaso del agua fresca del filtro de casa de la Tía Quiqui, ese día el agua no estaba tan fresca. La Tía Quiqui murió poco después, sus últimas palabras fueron para Don Rafael, ahora va aprender usted a vivir solo como se lo merece.

Con olor a sexo

Por: Anitzel Díaz (México)

Recuerdo el colchón en el suelo, nada es mas dulce que una habitación para dos, el pollo cocinándose, las flores en la mesa y tu mirada.

La hamaca en la sala, esa toalla de Coca puesta en un sillón para tapar los hoyos, las paredes despintadas, carcomidas. Un departamento viejo de la Narvarte, arriba de un mercado, con todos los olores, ruidos y sabores de éste. Toco el timbre y me recibes desde la ventana del baño con una sonrisa que ilumina tu cara. Te estás afeitando. Me estas haciendo saber que estás recién bañadito. “Sube”, me gritas y me lanzas las llaves. Te veo y lo disfruto, ese hombre es mío.

Subo, vengo de un largo día de trabajo en una tediosa oficina, con la peste a responsabilidad todavía pegada en mi vestido. Enumero todos mis pendientes en la subida. Mañana tengo que tener los presupuestos, llamar al diseñador, revelar las fotos, contratar a las edecanes, hacer el súper, pasar a la tintorería, hablarle a mi abuela, “pero qué alto vive este hombre, y sin elevador”, pienso. Llevo puesto ese vestido de cuadritos que sé que te gusta tanto, me lo puse fantaseando que te vería ese día y debajo aquello que me diste un día con una nota que decía “para cuando te haga falta, mi negra”. No estaba muy segura de verte ese día, tenía tanto qué hacer, pero qué cojones ¿por qué no?, me merecía el descanso. Subí por las escaleras, un olor dulzón envolvía el ambiente.

Pollo a la manzana, pensé... probablemente unos tostones y el siempre presente arroz congris. Los Van Van de fondo.

Eres tan diferente a mí, ¿qué hago aquí? ¿qué significa esto? Traes el olor y el sabor de la isla dentro. Eso fue lo que más me gustó de ti. Ese gusto a sal y libertad que tienes. Esa falta total de prejuicios, ese calorcito que tienes cuando bailas. Ese fuego que desprende la música, la comida, el arte cubano. Tú traes todo eso impreso en ti. En tus ojos está el candor, la desesperación, el ansia de algo más y la paz de saberlo todo. En tus manos está la creación, la pintura, el arte. Eres tan diferente a mí y me has enseñado tanto. Y ese no te demoro más cuando hablamos por teléfono.

Entro y sale corriendo ese español desarrapado y apestoso que es tu compañero de departamento. “¡Chao, guapa!”. “Y arriba”, me dice. Sonrío, desaparece. Entro y te veo con la toalla puesta, “ya termino”, me dices, “ponte cómoda, sírvete un vinito; hay algo en la cocina, y de paso podrías mover un poco el pollito no sea que se pase”.

Desde que entré al departamento lo supe. Todo olía a sexo y yo lo sabía, iba dispuesta. Habíamos estado jugando demasiado tiempo al gato y al ratón, y a mí la virginidad me pesaba. Aunque me hacía la difícil moría por ti. Saliste del baño y me besaste, dejándome un sabor dulzón el la boca, ¿albaricoques?, nos miramos, sonreímos. Platicamos de cosas sin sentido. Comimos, bebimos, alargamos la espera. Bailamos un poco, respiro dentro de ti, siento tu dureza, me marean tus ojos, me derriten tus manos. Buscas debajo del vestido, encuentras humedad y deseo. No puedo parar, no quiero parar, no voy a parar, no esta vez. Siento tus dedos reconocer mi cuerpo, tu boca, tus labios encuentran la miel, lames, sorbes. Tiemblas de deseo, te detienes en mis tetas, las gemelas las llamas, “las quiero para mí, quiero que sean mías para siempre”, me dices perdido en ellas. Yo estoy perdida y muerta de miedo, ¿qué sigue? ¿qué sigue?

Me tomas primero con toda la ternura de la que es capaz un hombre que ama, con ansias después. Lágrimas de saber algo perdido, después risa desenfrenada. Lamentos ninguno. Rumores, sonidos, tremenda felicidad. Cansancio sin sentido. Al final estallo puta, puta, deliciosamente mujer.

Al otro día me puse unas bragas limpias y fui por más y me encontré un cuadro de una mujer árbol, mis ojos, mi pelo, mi boca, mi cuerpo.