Ángulo pendiente

Por: Jorge Pujado (Chile)

Llegamos al punto donde cayó la avioneta al mediodía. El aroma de la carne chamuscada nos había conducido al lugar preciso, como le ocurre a los carroñeros con algún cadáver disponible. En las cercanías, un individuo pálido y de expresión demacrada, enfundado en un abrigo negro, apuntaba algo en una libreta o hacía bosquejos de la escena, no nos quedó claro al principio, pero luego nos dimos cuenta de que su rostro nos resultaba extrañamente familiar. Nos acercamos un poco más para comprobar que el individuo realizaba cálculos sobre el papel a un ritmo vertiginoso y luego, con creciente preocupación, observaba desde distintos ángulos los rostros y los trozos de los cadáveres, desperdigados entre los escombros. Pese a la desolación que provocaba la presencia de cuerpos, asientos deshechos y retazos todavía humeantes de metal, el conjunto irradiaba una extraña armonía cromática, cierta tonalidad uniforme propia de los museos de cera.

El hombre, cercano a los cincuenta años, caminaba con elegancia entre los restos, utilizaba sus seguras zancadas para establecer medidas, las que incorporaba a los planos que, en rápidas sucesiones, elaboraba en su libreta.

- Buenas tardes. Ustedes deben ser los dos únicos sobrevivientes – nos interpeló.
- Buenas tardes- respondió Elisa, retirando su bufanda del rostro, con lo que se le hizo más patente el olor penetrante de la quemazón de carnes.
- Nosotros no estábamos en el avión, sólo observamos – añadí algo confundido, tras un gesto leve con el que respondí a su saludo.
- Usted, señorita, debe practicar gimnasia con aparatos, esa gimnasia que siempre ganan las rumanas y las rusas en las Olimpiadas, ¿cómo se llama?, bueno, no importa, el punto es que la curvatura perfecta de sus piernas le permitió saltar sin problemas hacia afuera y salvarse, ¿no es cierto?-. En su mención a las contorneadas piernas de Elisa no hubo ningún atisbo de deseo, sólo una constatación técnica que reafirmaba su tesis.
- No señor, no es cierto. Le insisto, yo no estuve en el accidente. Sólo observo lo ocurrido, y con muchísima tristeza.
- Con tristeza y con rabia. No se autocensure. No estamos aquí para medirnos en los calificativos. Cuando una vida es arrancada de cuajo es imposible sustraerse del odio.

El hombre clavó la vista en un punto lejano, y por un instante, dejó de hacer sus bosquejos en la libreta y pareció entristecerse. La cabeza de una muñeca antigua se distinguía entre el gris pizarra.

- ¿Y para qué está usted aquí? Ya no tiene sentido su presencia, ¿no se da cuenta, acaso, señor Ríos?

Terminé la frase casi en un susurro. Recordé que los tres nos habíamos visto antes, en sucesivas ocasiones, repitiendo las mismas frases inútiles, con el mismo triste telón de fondo. Aunque si obviábamos el fuerte olor de la carne, el lugar se asemejaba más a una bucólica postal campestre que al epicentro de una tragedia. Reinaba el silencio. No se escuchaban trinos ni voces lejanas, ni el sonido del agua de un riachuelo cercano, menos aún llantos o quejidos de algún sobreviviente. Es que no hubo sobrevivientes. Y si es que hubo alguno, decidió morir para los demás, en un silencio irreversible.

- La ductilidad que logran los deportistas de élite en sus extremidades nunca llega a la agilidad extrema de los lactantes, lo que unido a su inconciencia frente al peligro, puede llegar a salvarlos en un accidente como éste – prosiguió impertérrito el hombre.
- Sólo en algunas ocasiones-. No pude evitar el comentario.
- ¡Cómo vamos con el informe!- inquirió una voz estentórea venida desde el cielo. Elisa y yo nos negamos a mirar hacia arriba. El milagro de la nube abriéndose para dar paso a las enseñanzas divinas como en un capítulo de “Grandes héroes de la Biblia” habría sido demasiado para una sola jornada. Mantuvimos la vista en el hombre de negro.
- El análisis de los ángulos no considerados anteriormente permite sostener que, de no mediar la consabida negligencia del piloto, podría haberse reducido considerablemente el impacto.
- Puro gesto inútil- farfulló Elisa.
- Inútiles son los juegos de los niños más pequeños, señorita. Usted ya debería saberlo. ¿No tiene niños aún? ¿Qué edad tiene, qué edad tienen ustedes?

Contuve a Elisa para que no respondiera. ¿Sabíamos siquiera qué edad teníamos?

- Si revisa el ángulo desde la cabina, desde el asiento del piloto, verá que no se podía hacer nada, absolutamente nada. Termine por favor con esta jugarreta, dígaselo a él de una vez por todas- suplicó Elisa.
- Tal vez ustedes sean raros, como no tienen niños...

El hombre de negro ya no nos escuchaba. Seguía instrucciones de la voz, hacía estimaciones en su libreta, se movía entre los escombros. Me llevé a Elisa casi por la fuerza, tapándole la boca. Ella hubiera querido gritar, como quiso en tantas ocasiones, que revisara el único ángulo no considerado, que ya acumulaba demasiado cansancio en esos encuentros. Yo también hubiera querido gritarle “Tata, tatita, no se podía evitar, nadie tuvo la culpa”, pero me retiré en silencio.

- ¿Y si revisamos desde adelante?-, indicó el hombre de negro.
- ¿De dónde sacaste esa idea, Ríos?
- ¿Y si lo revisamos?

El hombre no pudo escuchar la respuesta. Una alarma furiosa venida desde el cielo se lo impidió. El anciano cuerpo que contenía a la voz estentórea se puso de pie, observó la maqueta en la que había un pequeño hombre de negro, caminó hacia la cocina y retiró la cena, quemada, desde el microondas. Tampoco tenía ya control sobre estos aparatos.