Planes

Por: Andrei Vásquez (México)

Lozano llegó a la colonia un sábado después de haber cumplido veintiséis años. Terminó de instalarse y salió a dar una vuelta para conocer su nueva cuadra. Entró en el mercado, echó un vistazo a cada puesto. Un cincuentón vendedor de flores, amablemente, al notarlo nuevo, le dio la bienvenida. Lozano, en respuesta, sugirió que sería bueno recibirlo en su casa un sábado como ese, quizá, dijo, después de la comida.

Un sábado como ese Lozano le abrió la puerta al vendedor de flores. Se sentía solo en el nuevo barrio y una visita no le venía nada mal. Convivieron alrededor de unas cervezas y comentaron someramente sobre el país y sus trivialidades. La política, la violencia, la desigualdad social y los eternos fracasos deportivos. A Lozano le agradaba el intercambio de ideas, llegó a carcajearse y hasta a darle la razón.
Después de hora y media, ya enternecido el vendedor de flores, giró la charla hacia su vida personal. Vislumbró y describió su futuro lleno de opulencia y bienestar. Algo inquietaba a Lozano, no sabía muy bien, pero algo no soportaba. Él sólo quería platicar con un vendedor de flores, no pretendía compartir nada, mucho menos sueños, ni esperanzas, con nadie que no fuera de su círculo. Intentó desviar el tema hacia el futbol, pero la obstinación de su interlocutor, sobre su excelente porvenir, iba en aumento. Lozano no pudo, esa extraña sensación lo sofocaba, fingió cansancio y lo despidió. Esperó no volver a verlo, de ese modo tan íntimo, jamás.

Otro sábado, Lozano y dos ingenieros, parte de su círculo, bebían, charlaban amenamente. El timbre sonó con ímpetu: Era, detrás de un girasol erguido, el vendedor de flores y su extraña sonrisa. Lozano recordó haberle ofrecido, recién llegado, su compañía para sábados como ese. Puso la mano en la frente y se arrepintió. Qué peligrosa es la cortesía, pensaba mientras bajaba a abrir con el estómago revuelto.

Al regresar a la sala con el vendedor de flores, comenzó a sudar. No lo presentó. Buscó un florero, lo llenó de agua y colocó el girasol para llevarlo a la mesa de centro. El vendedor de flores pudo haber pasado por un ingeniero más, tenía el rostro y ademanes, pero su silencio, la forma en que enfrentó al sillón, en fin, su condición de vendedor de flores de mercado lo delató. Rellenó una anécdota graciosa al unirse a las carcajadas, sin embargo, no dejó de ser el blanco de miradas extrañadas. Alguien se atrevió a preguntar a qué se dedicaba. Se asumió como pequeño empresario, con grandes perspectivas y áreas de oportunidad. Mientras, Lozano sudaba, bebía, miraba el girasol en la mesa de centro, miraba la puerta y de nuevo al girasol. El vendedor de flores siguió, explicó su plan a mediano plazo, avanzó en su relato con entusiasmo. Lozano enrojeció.

Poco a poco el vendedor de flores sintió una extraña indiferencia, apatía. Buscó las miradas ingenieriles, pero éstas viajaban perdidas por rincones, por el girasol, por el piso, por la ventana que enmarcaba una incipiente llovizna. Se disculpó con el pretexto de que ya era tarde y salió cabizbajo, con la reflexión de su impertinencia o desatino, no sabía muy bien; mucho gusto, dijo, compermiso, limpiándose el sudor de las manos en el pantalón.

Lozano miró salir al vendedor de flores desde su ventana; pensaba en la tarde que entró al mercado y fue amable sin ánimo de nada, por pura cortesía. Se preguntaba por qué un cincuentón afeminado seguía con ese optimismo por la vida, por qué tenía planes tan insensatos, por qué se lo permitía.

Este vendedor de flores es un personajazo, gritó Lozano nervioso. Los dos ingenieros mostraron sus blancas dentaduras y levantaron las cejas mientras él mantenía su mirada en el girasol, sin percatarse que lo había colocado al revés, con su amplia cara en el fondo del florero.