Nombre: Andrei Vásquez.
Alias: Andrei a secas
Fecha de nacimiento: 5 de agosto.
Lugar de origen: Oaxaca, México.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por KALA Editorial: Lunes 24 de diciembre de 2007.
Antecedentes Literarios: Empezó a leer para impresionar a las mujeres sin saber que, entre párrafos y licencias literarias, su vida adquiriría un nuevo sentido.
Comenzó subrayando, más tarde apuntando a un lado de las páginas de sus escritores favoritos; después, con el paso de las lecturas y los rechazos amorosos, desarrolló la habilidad de encontrar relatos en medio de sus notas. El colmo es que ahora escribe cuentos.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Diseñador freelance, reseñista de literatura y coaborador de revistas.
Trastornos Mentales: Delirio de grandeza, rotulista con aires de poeta. Funda revistas independientes que nunca presenta. Roba ideas y se escuda bajo el pretexto de que leer es robar. Y sigue sin impresionar a las mujeres. Le ha visto la cara al ochenta por ciento de sus lectores.
Cita: Epitafio: "Tuve una vida para pensar en esta línea".
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Saco de pana - 24 de diciembre de 2007.
- Minerva - 27 de febrero de 2008.
- Planes - 3 de septiembre de 2008.
Expediente de Andrei Vásquez
13:08 | Etiquetas: Andrei Vásquez | 0 Comments
Minerva
Por: Andrei Vásquez (México)
Entramos a mi recámara.
Me siento un poco viejo para ella. Dice que se llama Minerva mientras le miro las nalgas. No está nada mal, me la encontré apenas después de mi cagada a nivel nacional en plena transmisión del partido. Salí del palco de transmisiones cabizbajo y ahí estaba ella. Pasé y puso cara de asombro. ¿Eres el zurdo Moreno?, preguntó. Y aquí está ahora, en mi cama, besándome el cuello y tocándome la entrepierna mientras enciendo la pantalla para ver la repetición del juego.
No suelo hacer esto. Cuando debuté, lo primero que me preguntaban, era: ¿qué tal las viejas?, ¿ya te tiraste a una? Y yo: nel. Cómo me iba a andar tirando a alguien si apenas y me daban para el transporte. Minerva se quita el sostén y se desprenden sus senos cargados de alegría. Va a valer la pena. Me besa y me abre la bragueta. Cuando me transfirieron al Club América fue distinto, ahí se me acercó una que otra como esta Minerva que ahora me acaricia los huevos. Tuve mis encuentros ocasionales, sí, pero yo, que en ese entonces me había comprado un coche nuevo, esperaba conocer a una estrella de la televisión. Alguien como la Negra Violante, decía yo.
Me recuesto en la cama. Minerva comienza a chuparme. A la Negra la veía en los programas de concursos con sus labios gruesos, imposible, enseñando pierna, amontonando las carnes apretadas por la falda. Una noche llegó al final del entrenamiento. Me quedé hasta tarde con el portero suplente ensayando tiros libres. Ella y mi representante no dejaban de vernos. Una hora después, salí de la ducha y ahí seguía, dijo que me quería conocer. Yo acababa de comprarme el bmw y le ofrecí un aventón a su casa. Dos meses después ya andábamos, justo cuando obtuvo su primera telenovela.
Minerva es buena en lo que hace. Justo hoy en la mañana amanecí con ganas. Quise ir a buscar a la Negra, a rogarle, a pedirle por los viejos tiempos, aprovechando que jugaba el América y su nuevo ídolo, el González Llano; pero por lo mismo yo tenía que ir al estadio, a transmitir desde el palco. Ahora soy narrador, no jugador. Me masturbé, desayuné un par de conchas, un café con leche, y salí como raya. Ahí me recibieron los compañeros comentaristas y el gordo Grijalva.
Grijalva ya lleva más de 20 años de comentarista de futbol. Lamentablemente es una especie de ejemplo a seguir para quienes empiezan como yo. Y pensar que cuando jugaba le decían el flaco. Llegó a jugar seis meses en España y era el ídolo de todos, incluyéndome. Pude jugar contra él un par de veces poco antes de que se retirara en el Atlante, y todavía era rápido y ágil. En fin, ahora es un gordo, calvo, y además: mierda. En la transmisión del juego, mientras le veía la panza que se carga, no podía evitar pensar en ahorcarlo. Tal vez porque al verme llegar lo primero que hizo fue preguntar por la súper Negra Violante, como si no hubiera leído ningún periódico en la semana. Me dejó por González Llano, le contesté, me puso los cuernos por años, ¿no supiste? A tomar por culo, me dijo, y luego me dio un abrazo que me recordó al que González Llano me dio cuando me transfirieron al Atlante, al principio del fin.
Minerva ha dejado de chuparme, viene hacia mí, quiere darme un beso en la boca. Supongo que ella ni enterada de lo que hice hoy. Claro que no, ella estaba en el estadio, no vio la transmisión por televisión. Le detengo el rostro ávido de mordiscos, siento su aliento cálido en la boca, huelo mi olor, sus ojos cegados me recuerdan a la Negra. Me levanto, le digo que voy al baño. Abro la puerta. Me echo agua en la cara. El año que fui campeón goleador, la Negra se ponía como loca cada que me lo chupaba, su euforia era incontenible, pasábamos el día entero encerrados viendo repeticiones de mis juegos.
Minerva toca la puerta del baño y yo no puedo dejar de pensar en la Negra, y en la transmisión de hoy en la mañana. No volverán a contratarme y necesito el dinero. Pinche gordo Grijalva. ¿Pero yo en qué estaba pensando? Mis apuntes hasta ese momento eran atinados. Veía a los jugadores y me recordaban a mis días con la Negra. Pero luego, cuando el gordo Grijalva hacía cualquier comentario respecto al juego, me acordaba de todo, volteaba a verlo, le veía la panza y la calva y mis recuerdos se perdían, y entonces me tocaba hacer un apunte, ahora soy comentarista, pensaba, no jugador, soy quien narra el sueño de otros, ahora soy el retirado, el ex de la Negra, soy el nuevo gordo Grijalva. ¿Cuál es ahora mi sueño?
Salgo del baño. Minerva se me avienta. Dime Negra, me dice, dime Negra, Moreno. Le digo Negra: Negra; y la beso con fuerza, le muerdo los labios, le jalo los pelos hacia atrás, ella jadea, me avienta su vaho, se baja los jeans y las bragas manchadas. Moreno, métemela, Moreno, soy tu Negra Violante. Me la ha puesto más dura que nunca. No he tenido una erección así desde que comencé a ser suplente. La beso, la muerdo, la aviento a la cama, la recojo, la acomodo de modo que se sostiene en sus cuatro extremidades, sus senos cuelgan con firmeza y se estira como gata. Levanta las nalgas y contemplo su amplitud, echa su cabeza hacia atrás. Nos veo de frente en el espejo, me escucho en la pantalla. Le doy un beso tronado justo en medio de las nalgas expandidas, huele a la Negra, la agarro del pelo y, sin soltarla, abro el cajón del buró, busco un condón, no encuentro ni uno. Ella gime. Nada me sale bien, chingao, en la mañana lo del estadio, y ahora esto. No puedo dejar de pensar en la transmisión del juego. Métemela Moreno, métesela a tu Negra Violante por detrás, me dice. Chingue su madre, digo yo.
Domínguez, con fuerza, recupera el balón en la media cancha. Me pongo detrás de ella, la tomo de la cintura. Se la pasa a Espinoza, quien recibe con elegancia. Me agarro el pene y lo coloco en el calor que se agolpa entre sus muslos. Espinoza le pone un pase a profundidad a González Llano que, inteligente, se mueve al espacio. La penetro, ella bufa, avienta sus nalgas hacia mí, se retuerce, me empapo. González Llano, sin pensarlo, remata con contundencia. La penetro con fuerza, gime igual que la Negra, lo goza; choca contra mí y vuelve en olas su piel. La pelota está en el fondo. Su rostro manchado por un espeso mechón, se acerca y se aleja del espejo. Vean, vean qué contundencia, el portero nada tuvo que hacer; vamos a ver la repetición desde todos los ángulos. Mira ésta, qué bruto, y por acá, no, no, no, qué bárbaro. Se acerca y se aleja, se acerca y se aleja. Por dónde le veas es un golazo ¿no es así gordo Grijalva? Suena, suena. Bueno, yo qué puedo decir, es un ejemplo de técnica este chaval González Llano. Se acerca y se aleja, se acerca y se aleja. Vemos cómo adivina la jugada, acude al espacio y, sin pensarlo, anota con contundencia. Se acerca y se aleja, se acerca y se aleja. Contundente, ¿no es así, colega, zurdo Moreno? Suena, suena, suena. Chinga tu madre pinche gordo Grijalva, chin-ga-tu-ma-dre. Me vengo adentro, termino, termino y cierro los ojos. Silencio en la cabina. El gordo Grijalva le ofrece disculpas a la audiencia, otro dice: el zurdo Moreno no quiso gritar eso, ¿verdad, zurdo Moreno?; yo me quedo callado, me quito los audífonos, me levanto y, sin ver, salgo del palco, abro los ojos y ahí está Minerva. Me salgo, abro los ojos y sigue aquí, en mi cama; le suelto el pelo y se desploma, no sé si satisfecha o lo contrario. Me ve en el espejo, escucha la pantalla, avienta aire hacia arriba y sonríe. Veo mi panza prominente, enorme, llena de pelos sudados. ¿Así se verá el gordo Grijalva?
19:56 | Etiquetas: Andrei Vásquez | 0 Comments
Saco de pana
Por: Andrei Vásquez (México)
El día que dejé la casa, ni ella ni yo habíamos ido a trabajar. Ese día, decía, no nos movimos de la cama, literalmente no nos movimos. Ella a la izquierda, yo a la derecha. A las tres de la tarde dejé de ver al techo y ahí estaba, viendo hacia mí. El cuerpo contraído, los pies estirados, su nariz delineada por el sol que alcanzaba a filtrarse a través de las espesas cortinas recién compradas por ella. Abrazada a sus rodillas, tierna, imperturbable, inhalaba y exhalaba el polvo que flotaba entre nosotros. Me senté a observarla. Cuando me acerqué a darle un beso ella volteó su cuerpo entero hacia el otro lado. Todo era diferente ahora. Le di el beso en el hombro, le miré las nalgas y me levanté hacia la cocina. Los trastes sucios, de un mes, al menos. Abrí la ventana para que se escapara el olor a comida descompuesta. Tomé uno de los platos hondos con restos de cereal enmohecido, le eché jabón, tomé la fibra y comencé a tallarlo. Levanté la mirada hacia la ventana. Escuché el ruido de la calle, cláxones, el grito de algún niño, y sentí un extraño alivio. Ya está, dije, y suspiré. Ese plato era el único reluciente. Contrastaba tanto con el fregadero que suspiré de nuevo. Escuché su tos desde el cuarto, luego un breve gemido y un sorbo al vaso de agua que estaba en su buró. Volví a tallar el plato, eché para atrás mi cabeza y troné mi cuello. Recordé cuando, un mes antes, entramos a una pequeña boutique en plaza del valle. Ella se probó un saco de pana. Se veía tan intelectual que me prendió como nunca. Eso no se lo dije. En cambio, dije que se veía horrorosa y ella sonrió, enseñándome la dentadura y luego la lengua. Colocó el saco en su lugar sin soltarlo, miró hacia abajo y luego volteó a verme con su mirada de travesura y las mejillas chapeadas. Ni lo pienses, le dije, recuerda que estamos a punto de hacer ese gasto. Entonces no hay marcha atrás, dijo ella en tono de resignación más que de pregunta. Tú lo decidiste, dije, yo simplemente estoy de acuerdo. Eres un pendejo, respondió. No puedes tenerlo, dije y le aparté la mano del saco. Ahora lo veo, dijo ella, ahora lo veo. A partir de ahí no volví a verle las mejillas chapeadas, pensé, ni la dentadura, y solté el recuerdo. Dejé de tallar el plato. Fui hacia la recámara y la miré de nuevo acurrucada, volteó hacia mí, le dio otro trago a su vaso y volvió a cerrar los ojos. Me dieron ganas de salir.
Manejé por toda la calzada Porfirio Díaz. Subí al cerro del Fortín y entré al centro por la calle Madero. Era 16 de Septiembre, la ciudad era un desierto. En un semáforo de Calzada de la República se me ocurrió ir a esa pequeña boutique dentro de plaza del Valle, gastarme una parte de la quincena en ese saco de pana, y animarla un poco. Me entusiasmó tanto imaginar su reacción que apreté el acelerador hasta el semáforo de cinco señores. Ahí me detuve. Es inútil, me dije, es 16 de septiembre y la tienda debe estar cerrada, nomás voy a gastar en gasolina. La ilusión de resolver la situación se disolvía. Aún así manejé hasta la plaza. El estacionamiento estaba vacío. Entré a la plaza. Caminé hacia la boutique seguro de verla cerrada. Dos policías me vieron extrañados. Ni un alma, ni un ruido. La plaza vacía. Y ahí estaba la pequeña boutique, iluminada, abierta de par en par, con la empleada aburrida, esperando una persona a quien atender, ávida de vender. Me detuve a dos pasos de cruzar la puerta. Buenas tardes, dijo ella. Desde ahí miré el saco de pana. Buenas tardes, repitió la encargada. Volteé a verla, dije buenas tardes y regresé mi mirada al saco, horrorizado. Nunca entiendo sus ruegos cuando estoy decidido. Apreté las manos sin moverme de mi lugar. La derecha, sudada, comenzó a lastimarme con las llaves del carro. Apreté más y más. El dolor era soportable y comencé a saborearlo. Guardé las llaves y entré a la boutique. Toqué el saco de pana, suspiré mientras lo descolgaba. ¿Lo quiere envolver para regalo?, preguntó la mujer. Miré el precio, me acaricié la barbilla. Comprar un estúpido saco no resolverá nada, pensé, ya está hecho. Volteé mi cara a la mujer. Cortaba unos moños tricolores y hacía bombas con su chicle. ¿Lo quiere para regalo?, volvió a preguntar.
19:51 | Etiquetas: Andrei Vásquez | 0 Comments
Planes
Por: Andrei Vásquez (México)
Lozano llegó a la colonia un sábado después de haber cumplido veintiséis años. Terminó de instalarse y salió a dar una vuelta para conocer su nueva cuadra. Entró en el mercado, echó un vistazo a cada puesto. Un cincuentón vendedor de flores, amablemente, al notarlo nuevo, le dio la bienvenida. Lozano, en respuesta, sugirió que sería bueno recibirlo en su casa un sábado como ese, quizá, dijo, después de la comida.
Un sábado como ese Lozano le abrió la puerta al vendedor de flores. Se sentía solo en el nuevo barrio y una visita no le venía nada mal. Convivieron alrededor de unas cervezas y comentaron someramente sobre el país y sus trivialidades. La política, la violencia, la desigualdad social y los eternos fracasos deportivos. A Lozano le agradaba el intercambio de ideas, llegó a carcajearse y hasta a darle la razón.
Después de hora y media, ya enternecido el vendedor de flores, giró la charla hacia su vida personal. Vislumbró y describió su futuro lleno de opulencia y bienestar. Algo inquietaba a Lozano, no sabía muy bien, pero algo no soportaba. Él sólo quería platicar con un vendedor de flores, no pretendía compartir nada, mucho menos sueños, ni esperanzas, con nadie que no fuera de su círculo. Intentó desviar el tema hacia el futbol, pero la obstinación de su interlocutor, sobre su excelente porvenir, iba en aumento. Lozano no pudo, esa extraña sensación lo sofocaba, fingió cansancio y lo despidió. Esperó no volver a verlo, de ese modo tan íntimo, jamás.
Otro sábado, Lozano y dos ingenieros, parte de su círculo, bebían, charlaban amenamente. El timbre sonó con ímpetu: Era, detrás de un girasol erguido, el vendedor de flores y su extraña sonrisa. Lozano recordó haberle ofrecido, recién llegado, su compañía para sábados como ese. Puso la mano en la frente y se arrepintió. Qué peligrosa es la cortesía, pensaba mientras bajaba a abrir con el estómago revuelto.
Al regresar a la sala con el vendedor de flores, comenzó a sudar. No lo presentó. Buscó un florero, lo llenó de agua y colocó el girasol para llevarlo a la mesa de centro. El vendedor de flores pudo haber pasado por un ingeniero más, tenía el rostro y ademanes, pero su silencio, la forma en que enfrentó al sillón, en fin, su condición de vendedor de flores de mercado lo delató. Rellenó una anécdota graciosa al unirse a las carcajadas, sin embargo, no dejó de ser el blanco de miradas extrañadas. Alguien se atrevió a preguntar a qué se dedicaba. Se asumió como pequeño empresario, con grandes perspectivas y áreas de oportunidad. Mientras, Lozano sudaba, bebía, miraba el girasol en la mesa de centro, miraba la puerta y de nuevo al girasol. El vendedor de flores siguió, explicó su plan a mediano plazo, avanzó en su relato con entusiasmo. Lozano enrojeció.
Poco a poco el vendedor de flores sintió una extraña indiferencia, apatía. Buscó las miradas ingenieriles, pero éstas viajaban perdidas por rincones, por el girasol, por el piso, por la ventana que enmarcaba una incipiente llovizna. Se disculpó con el pretexto de que ya era tarde y salió cabizbajo, con la reflexión de su impertinencia o desatino, no sabía muy bien; mucho gusto, dijo, compermiso, limpiándose el sudor de las manos en el pantalón.
Lozano miró salir al vendedor de flores desde su ventana; pensaba en la tarde que entró al mercado y fue amable sin ánimo de nada, por pura cortesía. Se preguntaba por qué un cincuentón afeminado seguía con ese optimismo por la vida, por qué tenía planes tan insensatos, por qué se lo permitía.
Este vendedor de flores es un personajazo, gritó Lozano nervioso. Los dos ingenieros mostraron sus blancas dentaduras y levantaron las cejas mientras él mantenía su mirada en el girasol, sin percatarse que lo había colocado al revés, con su amplia cara en el fondo del florero.
12:55 | Etiquetas: Andrei Vásquez | 0 Comments






