Minerva

Por: Andrei Vásquez (México)

Entramos a mi recámara.

Me siento un poco viejo para ella. Dice que se llama Minerva mientras le miro las nalgas. No está nada mal, me la encontré apenas después de mi cagada a nivel nacional en plena transmisión del partido. Salí del palco de transmisiones cabizbajo y ahí estaba ella. Pasé y puso cara de asombro. ¿Eres el zurdo Moreno?, preguntó. Y aquí está ahora, en mi cama, besándome el cuello y tocándome la entrepierna mientras enciendo la pantalla para ver la repetición del juego.

No suelo hacer esto. Cuando debuté, lo primero que me preguntaban, era: ¿qué tal las viejas?, ¿ya te tiraste a una? Y yo: nel. Cómo me iba a andar tirando a alguien si apenas y me daban para el transporte. Minerva se quita el sostén y se desprenden sus senos cargados de alegría. Va a valer la pena. Me besa y me abre la bragueta. Cuando me transfirieron al Club América fue distinto, ahí se me acercó una que otra como esta Minerva que ahora me acaricia los huevos. Tuve mis encuentros ocasionales, sí, pero yo, que en ese entonces me había comprado un coche nuevo, esperaba conocer a una estrella de la televisión. Alguien como la Negra Violante, decía yo.

Me recuesto en la cama. Minerva comienza a chuparme. A la Negra la veía en los programas de concursos con sus labios gruesos, imposible, enseñando pierna, amontonando las carnes apretadas por la falda. Una noche llegó al final del entrenamiento. Me quedé hasta tarde con el portero suplente ensayando tiros libres. Ella y mi representante no dejaban de vernos. Una hora después, salí de la ducha y ahí seguía, dijo que me quería conocer. Yo acababa de comprarme el bmw y le ofrecí un aventón a su casa. Dos meses después ya andábamos, justo cuando obtuvo su primera telenovela.

Minerva es buena en lo que hace. Justo hoy en la mañana amanecí con ganas. Quise ir a buscar a la Negra, a rogarle, a pedirle por los viejos tiempos, aprovechando que jugaba el América y su nuevo ídolo, el González Llano; pero por lo mismo yo tenía que ir al estadio, a transmitir desde el palco. Ahora soy narrador, no jugador. Me masturbé, desayuné un par de conchas, un café con leche, y salí como raya. Ahí me recibieron los compañeros comentaristas y el gordo Grijalva.

Grijalva ya lleva más de 20 años de comentarista de futbol. Lamentablemente es una especie de ejemplo a seguir para quienes empiezan como yo. Y pensar que cuando jugaba le decían el flaco. Llegó a jugar seis meses en España y era el ídolo de todos, incluyéndome. Pude jugar contra él un par de veces poco antes de que se retirara en el Atlante, y todavía era rápido y ágil. En fin, ahora es un gordo, calvo, y además: mierda. En la transmisión del juego, mientras le veía la panza que se carga, no podía evitar pensar en ahorcarlo. Tal vez porque al verme llegar lo primero que hizo fue preguntar por la súper Negra Violante, como si no hubiera leído ningún periódico en la semana. Me dejó por González Llano, le contesté, me puso los cuernos por años, ¿no supiste? A tomar por culo, me dijo, y luego me dio un abrazo que me recordó al que González Llano me dio cuando me transfirieron al Atlante, al principio del fin.

Minerva ha dejado de chuparme, viene hacia mí, quiere darme un beso en la boca. Supongo que ella ni enterada de lo que hice hoy. Claro que no, ella estaba en el estadio, no vio la transmisión por televisión. Le detengo el rostro ávido de mordiscos, siento su aliento cálido en la boca, huelo mi olor, sus ojos cegados me recuerdan a la Negra. Me levanto, le digo que voy al baño. Abro la puerta. Me echo agua en la cara. El año que fui campeón goleador, la Negra se ponía como loca cada que me lo chupaba, su euforia era incontenible, pasábamos el día entero encerrados viendo repeticiones de mis juegos.

Minerva toca la puerta del baño y yo no puedo dejar de pensar en la Negra, y en la transmisión de hoy en la mañana. No volverán a contratarme y necesito el dinero. Pinche gordo Grijalva. ¿Pero yo en qué estaba pensando? Mis apuntes hasta ese momento eran atinados. Veía a los jugadores y me recordaban a mis días con la Negra. Pero luego, cuando el gordo Grijalva hacía cualquier comentario respecto al juego, me acordaba de todo, volteaba a verlo, le veía la panza y la calva y mis recuerdos se perdían, y entonces me tocaba hacer un apunte, ahora soy comentarista, pensaba, no jugador, soy quien narra el sueño de otros, ahora soy el retirado, el ex de la Negra, soy el nuevo gordo Grijalva. ¿Cuál es ahora mi sueño?

Salgo del baño. Minerva se me avienta. Dime Negra, me dice, dime Negra, Moreno. Le digo Negra: Negra; y la beso con fuerza, le muerdo los labios, le jalo los pelos hacia atrás, ella jadea, me avienta su vaho, se baja los jeans y las bragas manchadas. Moreno, métemela, Moreno, soy tu Negra Violante. Me la ha puesto más dura que nunca. No he tenido una erección así desde que comencé a ser suplente. La beso, la muerdo, la aviento a la cama, la recojo, la acomodo de modo que se sostiene en sus cuatro extremidades, sus senos cuelgan con firmeza y se estira como gata. Levanta las nalgas y contemplo su amplitud, echa su cabeza hacia atrás. Nos veo de frente en el espejo, me escucho en la pantalla. Le doy un beso tronado justo en medio de las nalgas expandidas, huele a la Negra, la agarro del pelo y, sin soltarla, abro el cajón del buró, busco un condón, no encuentro ni uno. Ella gime. Nada me sale bien, chingao, en la mañana lo del estadio, y ahora esto. No puedo dejar de pensar en la transmisión del juego. Métemela Moreno, métesela a tu Negra Violante por detrás, me dice. Chingue su madre, digo yo.

Domínguez, con fuerza, recupera el balón en la media cancha. Me pongo detrás de ella, la tomo de la cintura. Se la pasa a Espinoza, quien recibe con elegancia. Me agarro el pene y lo coloco en el calor que se agolpa entre sus muslos. Espinoza le pone un pase a profundidad a González Llano que, inteligente, se mueve al espacio. La penetro, ella bufa, avienta sus nalgas hacia mí, se retuerce, me empapo. González Llano, sin pensarlo, remata con contundencia. La penetro con fuerza, gime igual que la Negra, lo goza; choca contra mí y vuelve en olas su piel. La pelota está en el fondo. Su rostro manchado por un espeso mechón, se acerca y se aleja del espejo. Vean, vean qué contundencia, el portero nada tuvo que hacer; vamos a ver la repetición desde todos los ángulos. Mira ésta, qué bruto, y por acá, no, no, no, qué bárbaro. Se acerca y se aleja, se acerca y se aleja. Por dónde le veas es un golazo ¿no es así gordo Grijalva? Suena, suena. Bueno, yo qué puedo decir, es un ejemplo de técnica este chaval González Llano. Se acerca y se aleja, se acerca y se aleja. Vemos cómo adivina la jugada, acude al espacio y, sin pensarlo, anota con contundencia. Se acerca y se aleja, se acerca y se aleja. Contundente, ¿no es así, colega, zurdo Moreno? Suena, suena, suena. Chinga tu madre pinche gordo Grijalva, chin-ga-tu-ma-dre. Me vengo adentro, termino, termino y cierro los ojos. Silencio en la cabina. El gordo Grijalva le ofrece disculpas a la audiencia, otro dice: el zurdo Moreno no quiso gritar eso, ¿verdad, zurdo Moreno?; yo me quedo callado, me quito los audífonos, me levanto y, sin ver, salgo del palco, abro los ojos y ahí está Minerva. Me salgo, abro los ojos y sigue aquí, en mi cama; le suelto el pelo y se desploma, no sé si satisfecha o lo contrario. Me ve en el espejo, escucha la pantalla, avienta aire hacia arriba y sonríe. Veo mi panza prominente, enorme, llena de pelos sudados. ¿Así se verá el gordo Grijalva?