Saco de pana

Por: Andrei Vásquez (México)

El día que dejé la casa, ni ella ni yo habíamos ido a trabajar. Ese día, decía, no nos movimos de la cama, literalmente no nos movimos. Ella a la izquierda, yo a la derecha. A las tres de la tarde dejé de ver al techo y ahí estaba, viendo hacia mí. El cuerpo contraído, los pies estirados, su nariz delineada por el sol que alcanzaba a filtrarse a través de las espesas cortinas recién compradas por ella. Abrazada a sus rodillas, tierna, imperturbable, inhalaba y exhalaba el polvo que flotaba entre nosotros. Me senté a observarla. Cuando me acerqué a darle un beso ella volteó su cuerpo entero hacia el otro lado. Todo era diferente ahora. Le di el beso en el hombro, le miré las nalgas y me levanté hacia la cocina. Los trastes sucios, de un mes, al menos. Abrí la ventana para que se escapara el olor a comida descompuesta. Tomé uno de los platos hondos con restos de cereal enmohecido, le eché jabón, tomé la fibra y comencé a tallarlo. Levanté la mirada hacia la ventana. Escuché el ruido de la calle, cláxones, el grito de algún niño, y sentí un extraño alivio. Ya está, dije, y suspiré. Ese plato era el único reluciente. Contrastaba tanto con el fregadero que suspiré de nuevo. Escuché su tos desde el cuarto, luego un breve gemido y un sorbo al vaso de agua que estaba en su buró. Volví a tallar el plato, eché para atrás mi cabeza y troné mi cuello. Recordé cuando, un mes antes, entramos a una pequeña boutique en plaza del valle. Ella se probó un saco de pana. Se veía tan intelectual que me prendió como nunca. Eso no se lo dije. En cambio, dije que se veía horrorosa y ella sonrió, enseñándome la dentadura y luego la lengua. Colocó el saco en su lugar sin soltarlo, miró hacia abajo y luego volteó a verme con su mirada de travesura y las mejillas chapeadas. Ni lo pienses, le dije, recuerda que estamos a punto de hacer ese gasto. Entonces no hay marcha atrás, dijo ella en tono de resignación más que de pregunta. Tú lo decidiste, dije, yo simplemente estoy de acuerdo. Eres un pendejo, respondió. No puedes tenerlo, dije y le aparté la mano del saco. Ahora lo veo, dijo ella, ahora lo veo. A partir de ahí no volví a verle las mejillas chapeadas, pensé, ni la dentadura, y solté el recuerdo. Dejé de tallar el plato. Fui hacia la recámara y la miré de nuevo acurrucada, volteó hacia mí, le dio otro trago a su vaso y volvió a cerrar los ojos. Me dieron ganas de salir.

Manejé por toda la calzada Porfirio Díaz. Subí al cerro del Fortín y entré al centro por la calle Madero. Era 16 de Septiembre, la ciudad era un desierto. En un semáforo de Calzada de la República se me ocurrió ir a esa pequeña boutique dentro de plaza del Valle, gastarme una parte de la quincena en ese saco de pana, y animarla un poco. Me entusiasmó tanto imaginar su reacción que apreté el acelerador hasta el semáforo de cinco señores. Ahí me detuve. Es inútil, me dije, es 16 de septiembre y la tienda debe estar cerrada, nomás voy a gastar en gasolina. La ilusión de resolver la situación se disolvía. Aún así manejé hasta la plaza. El estacionamiento estaba vacío. Entré a la plaza. Caminé hacia la boutique seguro de verla cerrada. Dos policías me vieron extrañados. Ni un alma, ni un ruido. La plaza vacía. Y ahí estaba la pequeña boutique, iluminada, abierta de par en par, con la empleada aburrida, esperando una persona a quien atender, ávida de vender. Me detuve a dos pasos de cruzar la puerta. Buenas tardes, dijo ella. Desde ahí miré el saco de pana. Buenas tardes, repitió la encargada. Volteé a verla, dije buenas tardes y regresé mi mirada al saco, horrorizado. Nunca entiendo sus ruegos cuando estoy decidido. Apreté las manos sin moverme de mi lugar. La derecha, sudada, comenzó a lastimarme con las llaves del carro. Apreté más y más. El dolor era soportable y comencé a saborearlo. Guardé las llaves y entré a la boutique. Toqué el saco de pana, suspiré mientras lo descolgaba. ¿Lo quiere envolver para regalo?, preguntó la mujer. Miré el precio, me acaricié la barbilla. Comprar un estúpido saco no resolverá nada, pensé, ya está hecho. Volteé mi cara a la mujer. Cortaba unos moños tricolores y hacía bombas con su chicle. ¿Lo quiere para regalo?, volvió a preguntar.