Caricias de dolor

Por: Rommy Morgado (Chile)

¿Qué hace una mujer con la vida por delante y la muerte pisándole los talones? Lamentarse es una alternativa, válida por cierto, pero no la única.

Es triste saber que eras mi vida y mi muerte, no tengo que ocultar el dolor que siento al reconocer que me equivoqué, pero ya ves lo injusta que puede ser la justicia y lo amargo que termina una historia que tiene un inicio dulce. De sobra sabes lo que ha pasado, no es rara esta situación: tú sobre mí, tus caricias cada vez más duras, tus manos empuñadas, tus golpes en la pared y los gritos escandalosos que se escapan casi sin aliento de mi cuerpo. Tus pies sobre mis piernas pateando mis extremidades y torso, e insultando con el filo de la lengua y la palabra a ésta, tu mujer. Escena no cotidiana, pero tampoco rara en estas cuatro paredes que decidimos llamar hogar, cuando nos adentramos en la aventura de la convivencia. Eras tan sutil cuando me proponías hacer el amor, cuando acariciabas mi piel, cuando dejabas a un lado los tormentos de la vida acelerada de la empresa que estabas formando con tus compañeros de universidad. Todo eso me parece tan lejano ahora… y pensar que ha pasado poco tiempo desde entonces.

Inventé el otro día que me había caído de la escalera para disimular el moretón del brazo izquierdo y del ojo, mentira doméstica que justificaba la golpiza injustificada. Ya me inventaría una razón para estar contigo en la noche bajo las sábanas de mujer no amada e insatisfecha, para calmar la ira de la cual yo supuestamente era la responsable, para adormecer los sentidos y ahogar en un suspiro de súplica la razón. Así pasaban los días nefastos de esto que llamamos un día “relación”, y las mentiras de caídas idiotas siempre tendrían nuevos oyentes que no se tragarían el cuento.

No es necesario decir lo siento, de nada sirve si no lo sientes de verdad, sin embargo me gustaría preguntarte porqué lo haces; aunque sé que respuesta sensata no encontraré, ni tampoco razón para que aguantarte cada golpe, cada mala palabra, cada herida, cada mutilación. Muchos no me entenderían, tampoco exijo que lo hagan, porque ni yo lo entiendo ni justifico, aunque más de una vez lo hice. Me envenenaba cada mañana con el trago amargo del beso de despedida después de haber dormido sin gusto a tu lado, de haber sido tuya por las buenas, o por las malas la mayoría de las veces. ¿Qué deseos de amar puede tener alguien que no es amada? ¿Qué ganas puede tener el alma de vivir en un abrazo cálido, cuando la frialdad de la brutalidad arroja las sábanas? Me envenené con cada caricia suave pronunciada después de la fiereza de un acto impronunciable, con cada palabra de perdón deshonesta y tontamente creída.

Dentro de mí te inscribiste, habitaste y moriste; fuiste el principio de algo que parecía maravilloso, prometedor, divino, pero las sombras del mal no tardaron en oscurecer la luz que resplandecía en tus ojos. A veces pienso que siempre fuiste asi, y que la careta de niño bueno simplemente se cayó, así como cuando la ocasión hace al ladrón. Lamentarse es una opción, mas no la única, debí haber pensado en eso antes, mucho tiempo atrás, quizás no estaríamos como estamos: tú cerrando la puerta de improviso, yo tumbada en el piso con la mirada perdida, desorientados los movimientos, perdida la noción.

Ahora quedan sumergidos los problemas adquiridos con el convivir y olvidado el dolor externo presenciando la mutilación del corazón; queda también el telón abierto para estremecer con la escena, el pecho abierto para no ocultar los misiles recibidos: las caricias de acero, de plomo y pólvora que decidiste darme por cobardía, poca hombría o quizás porque así es la naturaleza de los que viven y matan como tú, poco a poco, con sutiles golpes que aumentan su intensidad sin notarlo, para dar al fin con la muerte súbita del silencio, la vergüenza, el miedo a las represalias y sobre todo a la autodestrucción.

No soy la única que muere con esto, muchas ya hemos muerto con la injusticia de la justicia a cuestas. Yo ahora tan solo te dejo mis caricias en un golpe de respiro final, que lo disfrutes, pues ya fuiste mi vida y mi muerte.