De vacaciones

Por: Damián Carrillo (Perú)

Me paro frente al ventilador y cierro los ojos mientras bebo una cerveza bien fría. En mis audífonos escucho la voz de Sinatra. Por un momento pienso que no hay nada mejor en el mundo, no es así, porque volteo y me encuentro con un incomparable paisaje caribeño, de esos que sólo ves en las postales, pero este es real, hago surcos en la blanca arena con mis pies y el mar turquesa se mece al igual que la cerveza en mi vaso. Estoy en el paraíso, aunque la cabeza me duela y no pare de sudar, pero con cada vaso de cerveza que bebo el fastidio se hace mas leve. Estoy de vacaciones. Frente a la barra de la playa de este resort todo incluido, no tengo que preocuparme de contar las cervezas. Daniela debe estar por llegar, cuando salí del cuarto no la vi, pero ella sabe donde buscarme. Desperté tarde, con esta resaca no hice más que salir con la ropa que traía puesta, dentro de un rato iré al cuarto a ponerme la ropa de baño para meterme con Daniela al mar, sujetándome de sus caderas, me pegaré a su espalda, sin parar de besarle el cuello, ella sonreirá porque eso le da cosquillas, y me tirará agua en la cara con la palma de su mano, avanzaremos hasta que el mar llegue a nuestras cinturas, ahí nos sumergiremos, nos besaremos bajo el agua, y fuera de ella, sus besos sabrán salados, su cuello y la parte visible de sus senos también, no pocos nos estarán mirando, pero somos jóvenes, todo nos está permitido o no nos interesa.

Me quito los audífonos, después de una buena cantidad de cerveza la música que suena en los parlantes del bar me deja de importar. Le pido otra al barman, voy a tomar sólo eso, nada de ron, quiero que Daniela disfrute de estas vacaciones, para que no se repita lo que pasó la primera vez que vinimos a este resort. En esa ocasión también conocimos a un señor español, todo un personaje, al que le llamamos Chaval, todos los días a partir de las tres de la tarde se aparecía frente a la barra de este bar siempre solo y con una cerveza en la mano. La segunda noche se nos acercó, nos preguntó de donde éramos, se sentó en nuestra mesa, nos abrazó. Daniela ya no quiso volver a sentarse con él, "huele mal, a borracho y a sucio". Así que los siguientes días para evitarlo nos mudamos a la barra de la piscina. ¡Chaval! era la forma en que me saludaba cuando me veía pasar en su trayecto rumbo a la barra de la playa, no lo vi nunca zambullirse en el mar, ni nadar en la piscina, el paisaje era para él sólo una postal gigante. Cuando empezaba a oscurecer se acercaba tambaleando a las muchachas, ellas se alejaban espantadas; después de algunos fallidos intentos para tratar de besar o abrazar a alguna de ellas se retiraba cabizbajo a su habitación y cuando pasaba frente a nosotros alzaba una mano y nos gritaba: ¡A joder chavales! Yo le respondía: ¡Cuídate, mañana nos vemos!

Ya son casi las cinco, Daniela por nada del mundo se perdería el buffet del almuerzo; yo he pedido que me traigan una hamburguesa con papas a la barra del bar, no quiero moverme de aquí para que ella me ubique más rápido cuando venga a buscarme, debe de estar esperando su turno para una sesión de masajes o estará comprando souvenirs en las tiendas del hotel. No dejo de pensar en lo hermosa que es, lo bien que debe verse con la toalla para los masajes, igual que cuando sale de la ducha con los hombros descubiertos y el pelo mojado, siempre con las mejillas rosadas y los labios rojos porque le gusta bañarse con agua muy caliente. Yo le digo que me gusta así, sin maquillaje y quiero besarla, pero ella corre por la habitación, no quiere que la vuelva a ensuciar me grita riéndose, hasta que finalmente la atrapo y terminamos besándonos sobre la cama. Contengo mis ganas de ir a buscarla, dejaré que se relaje y que disfrute esos gustos: las compras, los masajes, que para mí son difíciles de entender. No quiero sofocarla nuevamente, eso es lo que ella alegó cuando quiso dejarme. Esperaré un poco más y la iré a buscar para meternos en el tibio mar del atardecer.

Daniela no volvió a acercarse más a Chaval pero yo lo hice todas las veces que pude, conversábamos en el bar de la playa. La parte oculta de su vida solitaria me intrigaba, él tendría mas de setenta años se notaban el paso de los años y del alcohol pero tenía todos los rezagos de haber sido un hombre fuerte, más aún cuando sus ojos me miraban con esa esperanzadora juventud. Me contaba sus aventuras en altamar, cuando fue ingeniero mecánico de buques mercantes, “de esas inmensas islas de metal, que transportan una parte del mundo, todos somos una parte de él, el mundo nos necesita para girar y no dejar de funcionar. Al igual que en un buque, cuando una minúscula pieza del motor no encaje, no ande bien, éste se detiene. Tengo que reemplazar la pieza faltante por otra exacta o similar, eso es lo ideal pero no siempre es así, a veces hay que improvisar, como la vez que nos quedamos sin energía cuando falló un acumulador en pleno mar antártico, no teníamos repuestos para eso, tuve que poner una conexión directa para que la energía siguiera su paso, le hice creer al motor que la pieza estaba ahí, y funcionó”. Chocó su cerveza contra mi vaso de ron cola. Luego Daniela apareció parada en la puerta del bar, saludándonos con los dedos como si tipeara en el aire, me despedí, esa fue la última vez que vi a Chaval. Hasta hoy pienso qué le habrá pasado, por él supe que siempre volvía aquí para sus vacaciones, no me atreví a preguntarle por qué lo hacía solo. Tal vez haya tenido también una Daniela, una única razón para vivir. En ese caso lo comprendo porque morir es lo que sentí la vez que ella me dijo que lo nuestro no iba más, como si mi energía se interrumpiera, sin nada en mí que acumulara fuerzas para seguir. Por eso hoy hemos vuelto a este sitio, para corregir mis errores, para ser el hombre que ella siempre quiso que yo fuera, para que recuerde que en este paraíso también fuimos -en cierta medida- felices.

Las siete de la noche, he estado esperando a Daniela desde las tres, estoy algo mareado, iré a buscarla a la habitación. Ya no es necesario, la veo acercarse con su incomparable belleza, salgo a su encuentro, trato de besarla pero ella se aparta. ¡Qué le pasa!, no es ella, "Lo siento me equivoque", me siento estúpido y sonrío como tal. Volteo hacia la barra para pedirle al barman otra cerveza, y Daniela está sentada de espaldas a mí, cuando la voy a tomar de la cintura, voltea y me empuja: ¡Oiga está loco! Nuevamente me equivoque, "Perdón". Es un hecho, ya he tomado demasiado, es mejor que me vaya a mi habitación, camino cabizbajo tratando de no tambalearme. Soy parte del engranaje del mundo y el mecánico de mi vida, debo encontrar la forma de que éstos no dejen de funcionar. Veo que una pareja de enamorados me mira a lo lejos, les grito: ¡A joder chavales! ¡Cuídese señor, mañana nos vemos! Me responden.