Dime que me amas

Por: Jorge "Killer" Cáceres (Perú)

Me pides que te diga que te amo, pero ¿sabes qué? En la mañana me llegó la nota de desalojo, me van a tirar a la calle como a un perro, con las pocas cosas que me quedan, la cama, la mesita, la máquina de escribir, la radio, las cenizas del último cigarro, las penas hondas que vivían en las grietas del cuarto, el olor infantil de tu perfume, el recuerdo de tu sexo, las alegrías compartidas y mis risas solitarias. ¿Dónde se refugiará mi cuerpo necesitado de ti? ¿Dónde esconderé la miseria de mis medias con hueco? Siento tristeza pero también siento rabia, rabia contra el arrendador, ese viejo infame que no se compadeció ante mis suplicas, que no aceptó las monedas que pesaban en mi mano después de entregar mi guitarra a un prestamista. Fui Judas por ese maldito y ahora sólo me queda esto, el peso de la culpa.

Sonó el teléfono, contesté y escuche tu voz. Me dijiste para encontrarnos aquí en ésta banca del parque.

Luego llegó el tipo de la bodega, con la sonrisa forzada, tratando de disculparse mientras se llevaba la máquina de escribir, el viejo dinosaurio, compañero entrañable, cómplice absoluto de nuestras cartas de amor, de mis historias ridículas y de mis sueños de héroe. Se la llevaba porque sabía que era imposible que pudiera pagar lo que le debía y “como ya me iba a ir”. Sonreí también por su ingenuidad, la máquina no tenía ningún valor comercial y si bien me daba pena perderla, prefería conservar el dinero que me dieron por la guitarra. Pero no sonreí cuando regresó con un ayudante, siempre tímidamente, a llevarse la cama y el trajinado colchón. Ahora si estamos a mano, dijo. Se fue, siempre amable, con un ligero rubor en el rostro.

Y me pides que te diga que te amo.

Me miro en el espejo y veo a un perdedor, un inepto en la supervivencia en este mundo de concreto. Estoy envejeciendo y me siento sólo y terminado. No me imagino quién puede querer a un hombre como yo. Pero sonó el teléfono y escuché tu voz otra vez, no necesité escuchar las palabras que me dicen que no me olvide de la cita en el parque. Sólo el sonido dulce de tu voz, que entra como una droga, poderosa y efectiva. Y pienso: esto no es tan malo.

Ahora estamos sentados aquí en el parque, en esta banca triste de los colores idos y me miras con tus inmensos ojos, me coges las manos frías de abandonado y me pides que te diga que te amo y no puedo. No puedo porque las lágrimas se me atraviesan como una soga en la garganta.