El beso de Neptuno

Por Norma Cuéllar (México)

Realmente quería mucho a Dianita, me gustaba irme de antro con ella, aunque siempre termináramos en discusiones astrológicas. Yo me burlaba de su signo Cáncer, el cual la hacía romántica, hogareña y con una manía de conservar cualquier pendejada: desde tuercas hasta monedas antiguas de diez centavos con la imagen de un elotito.

Ella bromeaba sobre mi Neptuno en oposición con Mercurio y me describía como una eterna soñadora y psíquica fallida. Estábamos en la crisis de los treinta años, no teníamos trabajo y el dinero que nos quedaba abandonaba rápidamente nuestras bolsas imitación Tous.

Un mediodía, luego de una entrevista de trabajo que resultó ser un fraude multinivel, caminé kilómetros y kilómetros bajo el sol, vistiendo traje sastre y tacones, cargando mi bolsa extra grande donde guardaba: muestras de mis trabajos en publicidad, maquillaje, cepillo y gel para el pelo. El currículo que había entregado me había costado quince pesos, sumando: costo de la impresión, la fotografía a color, el legajo beige y la grapa. No quería gastar más en un taxi para llegar a casa y no sabía qué camiones pasaban por ahí que me dejaran, al menos, cerca del centro de la maldita ciudad; entonces llegué hasta ahí a pie.

Mis tacones se atoraban en las banquetas irregulares, me tropecé y distinguí el letrero de una tienda: Creaciones Luis. Entonces recordé a mi amigo Luis Antonio, a quien tenía mucho sin ver… y cuando recuperé la marcha, me topé con Luis, precisamente.

—¡Vero, qué gusto! —me abrazó— ven conmigo al Vips, ¡estoy con Rubén!

También tenía mucho sin ver a Rubén, así que seguí a mi amigo y nos quedamos los tres platicando y haciendo planes para irnos una noche a agarrar el pedo y brindar por la perra vida. Rubén organizaba eventos: manejaba comediantes y edecanes, contrataba servicios de comida, etc. Y, como algo extra, se dedicaba a conseguir acompañantes para empresarios.

— A ver —sonreí— defíneme acompañante, cabrón.
—Pos, Verito —sonrió— te pagan tres mil pesos por hora, por acompañar al fulano a algún evento, o por... tú sabes...
— ¿Qué sé?
—No te hagas —se espulgó la cara con su mano derecha— pero, pos, son vatos cuarentones y cincuentones de mucha lana, sí se bañan.
— ¿Empresarios como de empresas grandes, corporativos, pelados que hablan inglés y saben de vinos?
—Pos ai nomás —dijo— ¿te avientas, o qué?
— ¿¡Yo!?
—Ay, mira, a huevo que hasta has pagado tú el motel de tres horas por doscientos varos, por acostarte con güeyes sin lana.
—Cien varos —se me salió— mmm... ja, no manches, no le entro.
—Bueno —se puso de pie— te dejo mi tarjeta, por si te animas.

Al llegar a casa, le llamé a Diana.

—¡Tas jodida! —gritó—, ¿qué clase de amigos tienes? ¡Pinche proxeneta, chulo de mierda!
—Ay, mira, a huevo que hasta has pagado tú el motel de tres horas por doscientos varos, por acostarte con güeyes sin lana.
—Pendeja —contestó— lo de Fernando fue nomás un amor de verano. Y —como que hizo una pausa— son cien varos, mensa. Pos no, no me late lo de tu amigo el cinturita.
—No hay pedo. Siempre habrá una empresa de telemarketing esperándote.
— ¡Cómo eres castrosa! ¡No hables de eso, me da roña! —gritó.
—A mí me da roña no traer ni pa cigarros. Eres una Cáncer sentimentaloide, todo el pedo es pensar en otra cosa, y ya.
—Sí, para ti es muy fácil, neptunita, ¡porque te la pasas pensando en la inmortalidad del cangrejo! Si yo no le entro, tú tampoco, ¿verdad?
—Chale, ya te contagié mis dones psíquicos. Mira, le llamo al chulo, le digo que le entramos, y que nos haga una cita doble, así nos cuidamos. Podríamos ir, empedar a los pelados hasta que se caigan, quitarles la cartera, el Rolex y todo, y largarnos de ahí ¡sin coger! No creo que se quejen con mi amigo, ¡les va a dar oso contar que dos nenas les vieron la cara de pendejos!
—Ya me imagino, güey —se atacó de risa— un empresario de los de acá: poderoso, acostumbrado a manejar chingos de lana, ¡desfalcado por calenturiento!
—Tons qué, ¿le entras?
—Ta güeno. ¿Y cómo tengo que vestirme, o qué?
—Pos bien fashion, manita. Somos prostis de alto nivel.

Colgó. Le llamé a Rubén. Pasaron varios días, hasta que consiguió una cita doble. Diana y yo, vestidas y maquilladas como para ir a una boda, llegamos en taxi al hotel más caro de la ciudad. Una suite. En el elevador estábamos atacadas de la risa, imaginando a mi amigo como el zar del lenocinio, manejando una empresa trasnacional, organizando orgías en yates en Mónaco.

Tocamos la puerta de la suite. Apareció un señor gordo y bigotón, con camisa vaquera, pantalón beige, cinto con hebillota, botas. Patilla larga.

—Hooola —saludó, maravillado— ¡pásenle, mijas!
—Creo que nos equivocamos de cuarto, disculpe —dijo mi amiga.
—¡Ah que no! —dijo otro gordo bigotón— ¡las estábamos esperando, mamacitas!

Entramos al cuarto lleno de latas de Tecate, bolsas de botanas, colillas de Raleigh, cacahuates y charales fritos. De un radio salían canciones de cumbia, a todo volumen.

Esta es la cumbia del chinito... mueve chinita la cintula...

—¡Ya empezó la fiesta, mi alma! —el gordo que abrió la puerta me abrazó para bailar.

El otro abrazó a Diana, quien no podía ocultar su decepción.

—¿Cómo te llamas, mamacita? —dijo mi gordo—. Yo me llamo Aurelio.
—Yo... —no quise inventarle un nombre, temiendo que Diana la fuera a regar— soy Verónica.
—Qué cinturita tan rica tienes —comentó, agarrándome con fuerza— ¿haces mucho ejercicio, Verito?
—Bailo, bailo mucho —respondí— no puedo dejar de bailar.

Diana y su gordo también platicaban. Yo no veía la hora en que ellos empezaran a tomar.

Y la hierba se movía se movía se movía se movía...

—Orita vamos a comer —dijo mi vaquerito— ¿te gustan las tortas de puerco?
—Sí, claro, me encantan.

Luego de cinco interminables vallenatos nos sentamos en los sillones de la sala. En una esquina había bolsas de polvo blanco, que según mi intuición no era sal. Los gordos nos tocaban los brazos y las rodillas con libertad. Nos dieron a beber cerveza y sacaron la “sal”, para metérsela en la nariz, ante la mirada aterrada de ambas.

Sobre una mesa había unos brownies, a los que ni mi amiga ni yo les hicimos el feo: ya teníamos hambre. Ellos tomaban muchas cervezas, y esperábamos que el alcohol los atontara pronto. Seguimos platicando. Mi amiga y yo sólo bebimos dos cheves. Los gordos aseguraban que se dedicaban al negocio ganadero y empezaron a hablar de las bondades de la res Charolais. Más cheve. Entre más brownies comía, más lento parecía que ellos hablaban: por la “sal”, los vaqueros no tardaron en confesar sus verdaderos negocios: hablaban de encobijados y descuartizados como si cualquier cosa.

Qué bello cuando me amas así... y muerdes cada parte de mí...

Nos pusimos de pie para volver a mover el esqueleto, y sentí un extraño mareo. Igual Diana. Yo nomás me dejaba llevar por los brazotes de Aurelio, que parecía muy lejos del cansancio. Mi amiga, que había tomado más que yo, se doblaba de la risa con cada comentario de su vaquero. Al poco rato yo también reaccionaba así con los de mi gordo. El gordo de Diana le besaba el cuello, le pasaba la lengua por una oreja. El mío hizo lo mismo. Mi amiga sintió mucho calor y se quitó las medias y los tacones. Hice lo mismo.

Ya no supe cuántas canciones siguieron, porque no recuerdo más. Amaneció. Desperté en una cama, tapada por sábanas, desnuda, junto a Diana, también sin ropa. Más bien, las dos abrimos los ojos al mismo tiempo y gritamos: teníamos cara y cuello embarrados de algo blancuzco, que se resquebrajaba como pegamento seco.

—¡No mames! —gritamos, no sé cuántas veces. Salimos de la cama y el trasero nos dolió. Los rancheros nos habían dado brownies con marihuana pelirroja. También llenaron de agua las latas de sus Tecates. Y no nos dejaron ni un peso.

5 comentarios:

sritaviajera dijo...

jajajaja.... no mam,,,sss chale maldita crisis... muñeka yo te voy a rescatar de esos gordos feos y bates.... jejejeje ah no vdd

Priscilla dijo...

aaaay chumina, buena historia
jajajajaja

vamos a mandar a encobijar a los racheriles por tacaños


besosss

Anónimo dijo...

lo bueno es que son vatos cuarentones y cincuentones de mucha lana... jajaja

pasame tu libro no te hagassss...

comprate cal... muy buena

saludoss!!

dèbora hadaza dijo...

bueno y gracioso

William Zapata M. dijo...

Memorable! Este proyecto cada vez se pone mejor con escritoras como vos, tan clase obrera, tan ácida y casual como una amiga de ésas a las que uno se encuentra en la calle y termina ofreciéndoles chamba.