Nosotros No Vamos A Tomarlo¹

Por Franco DiMerda (Perú)

Para mi colega Arturo

—Esto es lo malo de las ETT. Hoy te la chupan y mañana te dan por culo. Parece que pagan más por hora que un trabajo fijo, pero eso es porque te incluyen en la paga lo de las vacaciones.

Dos de la tarde con cinco minutos. Arturo y yo entramos al primer bar que vemos a la salida del curro. Arturo es, perdón, era mi compañero de trabajo, un chaval de 22 años al que, al igual que a mí, llamaron de la ETT hace dos días para un curro urgente en García Noblejas. “Ocho euros la hora, ocho horas a la semana durante un mes en un almacén de ropa de marca. Un trabajo de lo más sencillo”, nos dijo María, la consultora de la ETT que está más buena que una actriz porno pero que es más mala que pegarle a una mujer embarazada.

—Yo estoy acostumbrado a trabajar fuerte ¿sabes? Hice la mili y allí me hacían lavar hasta los baños. ¿Sabes la cantidad de mierda que tuve que raspar y de distintos colores? Ya te digo. Pero lo que no soporto es hacer el trabajo de otras personas mientras se quedan de pie mirándote como si nada.

Arturo, un chaval en paro ilusionado con esta nueva oportunidad que le daban, trabajó más duro que todos en este “trabajo de lo más sencillo” cargando y descargando camiones llenos de cajas de ropa de más de 25 kilos de peso cada una. La jefa de almacén, una vieja con olor a desinfectante de baño pero que jura que huele a Channel Nº 5, al parecer no entendía que Roberto trabajase más que el resto y lo echó a la calle tan solo día y medio de comenzar el curro. Es decir, hace cinco minutos.

—Por eso, porque no soy gilipollas, fui y se lo dije a esa vieja con olor a culo de gato. Después, poco antes de las dos, la hora del descanso, viene la vieja y me dice que me vaya y no regrese más. Yo le pregunto ¿por qué? Y ella me responde “porque ya no hay trabajo”. Ni siquiera se esperó hasta la salida del curro. Al parecer, entre los que acusé de no hacer nada estaban sus preferidos.

Arturo y yo nos sentamos en la barra y pedimos dos cañas. Es la cerveza de despedida y probablemente será la última que me tome con él. Arturo me cae bien y apenas lo conozco, pero nos comportamos como si fuéramos íntimos de toda la vida. Eso es lo único bueno de las ETT, que he podido conocer chavales de puta madre aunque de manera fugaz, como una eyaculación precoz. Frente a la barra, en el techo, hay un televisor puesto en el canal de deportes. Le pido a la camarera que lo cambie a un canal de música y le doy un euro. Lo cambia a un canal en donde echan videos de reaggetón. Le doy cinco euros. Lo cambia a MTV2 en donde justo echan un video del recuerdo de Twisted Sister². Mucho mejor.

—Así que ya lo sabes, compi. Si quieres seguir en esta empresa tendrás que seguir haciendo el curro de otros sin quejarte. O lo que es lo mismo, tendrás que seguir de cuatro patas aguantando que te den sin vaselina.
—Hay mucha peña que aguanta sin vaselina —le digo.
—Cierto —me responde Arturo—. Y yo entiendo que alguien tenga que hacerlo porque tenga hijos o una familia que mantener. Pero yo estoy solo y mal que bien me las arreglo como puedo. Por eso puedo quejarme y si me toca un jefe cabrón lo mando a tomar por culo.
—Pero entonces siempre estarás sin curro porque de todos lados te echarán.
—Hombre, quizás en algún momento encuentre alguna empresa que no sea tan negrera.
—O quizás en algún momento tengas un hijo y tendrás que aguantar, sin rechistar, cinco pollas gordas en el culo a la vez.
—De eso jamás. Antes me regreso a la mili o si no me vuelvo ladrón de bancos.

Miro a los ojos de Arturo y veo que habla en serio. Pocas veces me encuentro con gente con cojones, es decir, que practica con el ejemplo lo que predica. A su lado me siento un mierdecilla porque sé que nunca sería capaz de enfrentarme tan directamente a un jefe y mucho menos de asaltar un banco. No digo que no me sienta mal cada vez que me putean —bueno, en cada momento lo hacen— pero tengo maneras más sutiles de mostrar mi descontento.

Arturo y yo nos terminamos de tomar las cañas. Salimos del bar y nos damos un fuerte abrazo de despedida Me siento triste porque sé que no me cruzaré con otro Arturo hasta dentro de mucho tiempo y lo peor, que tengo que regresar al curro porque ya se acabó la hora de descanso.

Regreso al almacén de ropa de marca. En la puerta me espera de pie, con las manos al cinto a la manera de un cowboy pistolero, aunque sin pistolas, la vieja con olor a desinfectante de baño. Tiene mala cara y temo que me fulmine levantando alguno de sus brazos para que también le huela el desodorante de sus axilas.

—Han pasado cinco minutos de la hora de descanso —me chilla la vieja desinfectante.
—Es que tuve que ayudar a una anciana a cruzar la calle —respondo.
—Me da igual que a tu madre le dé un infarto y no haya nadie que pueda llevarla al hospital. A las tres en punto se termina la hora del descanso y TODOS, sin excepción, tienen que estar en sus puestos de trabajo. ¿Te ha quedado, claro? Porque si no…
—Mi mamá murió cuando tenía nueve años. No tengo mamá.

De pronto, la vieja desinfectante se queda sin habla. Su rostro se desencaja y con la boca abierta no llega a articular palabra. Veo que, como a todo el mundo en estos casos, se le hace difícil qué decir para no cagarla porque esto de que se le muera a uno la madre es cosa seria. Aunque más serio sería si se llegasen a enterar de que es falso porque mi madre está más viva que una vaca en la India.

—Lo siento, hijo. No quise… —me dice la vieja desinfectante en tono amable. Es la primera vez, en dos días de trabajo, que no la escucho chillar.
—No te preocupes. Fue hace mucho tiempo. Ya lo superé —le digo dándole unas palmaditas en la espalda. Cuando palmeo su lomo siento la textura de su columna vertebral y me hace recordar a la de las iguanas.
—Bueno, Franco —me dice—. Antes de irse, Arturo se dejó un palet en el muelle. Lo que tienes que hacer es subirlo por la rampa y colocarlo donde veas sitio. Ten mucho cuidado de que se te caiga porque son vestidos muy valiosos.

La vieja desinfectante se va. Me asomo al muelle, que es como llaman a la entrada del almacén, y veo que, efectivamente, hay un palet hasta arriba de cajas enormes de treinta kilos cada una. Menuda tarde de curro me espera. Entro al almacén y cojo el transpalet. Bajo la rampa y me coloco frente al palet. Veo que tres trabajadores de la empresa están apoyados a dos metros de mí, en la barandilla de la entrada, mirándome y fumándose unos cigarros. Los saludo con la mano, pero en lugar de corresponderme dan una calada a sus cigarros, tiran las colillas, se dan media vuelta y se marchan. Recojo las tres colillas encendidas. Una prenda asoma por los bordes rotos de una de las cajas de la base del palet y coloco las colillas sobre ella. No tarda en prenderse y teniendo en cuenta que toda la ropa, para que resulte rentable, está fabricada en China y es 100 % polyester las llamas consiguen expandirse rápidamente.

—¡Fuego! ¡Fuego! —grito lo más mariconamente posible corriendo con los brazos en alto por todo el almacén.

Afortunadamente dentro de la empresa hay docenas de extintores los cuales son usados rápidamente para controlar el fuego. Diez minutos después, poco antes de que llegasen los bomberos, todo ha terminado. Se logró salvar el palet. Los vestidos valiosos, en cambio, quedaron hecho mierda.

—¿Qué pasó exactamente, Franco? —me pregunta la vieja desinfectante primero y sé que lo harán los bomberos después.
—No lo sé —respondo—. Estaba colocando el transpalet debajo del palet cuando de pronto veo que sale humo de una de las cajas.
—¿Tú fumas? —me pregunta a continuación.
—No —respondo—. Pero sí recuerdo haber visto a esos tres trabajadores —señalo a los mendas— fumando cerca poco antes del incendio.

Media hora después me encuentro en la calle. Libre de cargos pero sin trabajo como mi colega Arturo y puede que otros tres trabajadores más. Mientras me dirijo a la boca de metro más cercana me cruzo con un grupo de chavales que me insultan y se burlan de mi atuendo. Paso de ellos y sigo mi camino. No digo que no me sienta mal cada vez que me putean —bueno, en cada momento lo hacen— pero tengo maneras más sutiles de mostrar mi descontento.

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¹ Título de una de las canciones del álbum “Stay Hungry” del grupo Twisted Sister.
² Grupo norteamericano de Heavy Metal.

3 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Muy bueno, Franco. Me alegra encontrarte fichado aquí, mas todavía porque te había perdido la pista. Espero que estés presente en la segunda antología de escritores seriales. Enhorabuena.

Raquel dijo...

Terrible Franquito y Arturo de mente abierta ,espíritu libre ...tambien tengo que decir que la venganza nunca es buena como dice aquella frase mata el alma y la envenena . Me gustó .Gracias
Saludos desde Lima,Perú.

William Zapata M. dijo...

Anarquía de la pura, anarquía desde abajo y con una técnica muy depurada. Y si los gusanos del poder ya le charon fuego a esto, por qué nosotros no? Un Saludo Di Mierda.