El del Lauchi

Por Adriana Menendez (Argentina)

De eso se trata: de ser o no ser salvaje.
Facundo - D. F. Sarmiento

No había una vez. Nunca había habido una vez para el Lauchi. Ni una vez, ni una casa, ni un padre, ni nada. Ocupaba una casilla de cartón con la vieja. Y eso era todo. Algunos vecinos, los más antiguos, decían que era su abuela. Ella hablaba poco y él nunca preguntó nada.

Vivían de una escasa pensión que cobraba Everilda, de lo que les daban los vecinos y de las monedas que el Lauchi juntaba haciéndoles algunos mandados o cortándoles el pasto. Diarios, latas, sobras de asados, ropa con agujeros, autitos sin ruedas, barajas viejas, vestidos de fiesta con quemaduras de cigarrillos, todo iba a parar a la casilla. El lunes era el mejor día; el panadero – de quien las malas lenguas decían era su tío – le regalaba las facturas que no había vendido el domingo.

La maestra que vivía al lado del almacén, recién ascendida a asistente de dirección, se mostraba preocupada por el futuro del Lauchi.

-Un chico que no sabe leer ni escribir queda afuera de todo – solía decirle con la mejor de las intenciones.

Él la escuchaba, aunque no entendía cómo podía quedar afuera de todo si nunca había estado adentro de nada. Le traía viejos formularios de la escuela o papeles escritos de un solo lado para que practicara del otro, mitades de lápices y crayones que los alumnos se olvidaban en el colegio.

-Vos practicá en estas hojitas, que si estudiás y te esforzás, lo demás viene solo.- Siempre decía más o menos lo mismo. Pero como nunca le explicaba qué practicar, en qué esforzarse ni qué vendría, con Everilda usaban todo eso para prender el fuego.

Los demás chicos de la cuadra se juntaban todos los sábados a jugar a la pelota en el baldío de Matanza y Chascomús. El Lauchi se pasó años mirándolos desde la esquina. De a poco, se fue acercando hasta llegar al límite no marcado de la cancha. Parado con las manos en los bolsillos, hacía dibujos en la tierra con los pies, masticando algún pasto y siempre listo para alcanzarles la pelota cuando se les iba. Hasta que un día falló uno y le preguntaron si se animaba. Fue al arco. A partir de ahí, cada tanto, cuando faltaba alguno, lo dejaban entrar.

El Lauchi tenía ganas de jugar siempre, y se ganó un lugar a los golpes. Literalmente a los golpes. Una tarde, se acercó a Jorge, el cabecilla del grupo, y le propuso:

-Yo me paro delante de cualquiera para que me pegue cinco minutos sin parar. Yo no hago nada, no contesto quiero decir. Si no me caigo, juego y el que me pegó se queda afuera.

Les pareció divertido, novedoso, y aceptaron.

Impávido, recibía uno tras otro los golpes. De pie. Como si fueran moscas. Terminaba jugando todos los sábados y ya no les pareció tan divertido, ni mucho menos novedoso. Entonces Jorge le dobló la apuesta.

-Hoy viene a jugar el Chino, el de la otra cuadra, te parás adelante de él y, si te lo bancás, jugás siempre.

Grandote el Chino. La primera piña en la boca del estómago lo dobló al medio, pero no se cayó. La segunda le entró de lleno en la mandíbula y lo ayudó a enderezarse. Se le hizo un corte arriba de la ceja derecha y le empezó a sangrar la nariz. Escupió un diente. Los brazos inmóviles al costado del cuerpo, sin cerrar nunca los ojos, ni siquiera cuando tenía el puño encima. Recién como a la décima trompada soltó una lágrima. Le hicieron trampa, fueron más de cinco minutos, pero no lo pudo voltear.

Se limpió la cara con la remera y dijo:

-No quiero ir más al arco, ahora juego de cinco.

No se animaron a decirle que no. A los doce años, el Lauchi se ganó por primera vez algo de respeto.

Poco a poco se fue integrando al grupo. Después del partido iban al kiosco, compraban gaseosas, alguna que otra cerveza y lo invitaban. Como a ellos los padres no los dejaban fumar, el Lauchi les compraba los cigarrillos y se quedaba con dos por paquete. Hablaban de chicas, de fútbol, de autos.

Un sábado la cuadra amaneció alborotada. Era el cumpleaños de quince de Claudia, la hija del dueño del corralón. En el kiosco, después del partido, no se habló de otra cosa. Los chicos conocían a todas las compañeras de la escuela de la hija de don José; el Lauchi escuchó en silencio la descripción de todas. Por fin dijo:

-Qué bien la vamo’ a pasar, ¿no?
-¿La Claudia te invitó a vos también? – le preguntó el Chino.
-¿Cómo no me va a invitar si juego a la pelota con ustedes? ¿Somos amigos o no? Aparte, yo ya fui varias veces de la Claudia a cortar el pasto.
-Eso no tiene nada que ver, che, obligación no tenía. Cuidá la tarjeta, que no se te pierda entre todas las cosas que tenés en la casilla. Mirá que si no la llevás no podés entrar, eh.

Y la verdad era que no podía perder la tarjeta, simplemente porque no le habían dado una.

Esa noche miró todo de la vereda de enfrente, fumando. Vio como todos sus amigos iban llegando, y las amigas del colegio de Claudia, y los parientes. A ninguno le pedían ninguna tarjeta, pero igual entraban. Así que se mandó. En la puerta lo atajó don José.

-¿Qué hacés acá, pibe?
-Vengo a la fiesta.
-No querido, disculpame viste, pero hoy no te puedo dejar pasar.... entendeme, están las amigas de la Claudia... Mañana te doy unos sanguchitos...

Se quedó otro rato en la vereda de enfrente.

Empezaba a sonar el vals cuando dio media vuelta y se fue a caminar. Primero pensaba llegar hasta el parque de la avenida, pero cuando estuvo ahí, como no estaba cansado, siguió. El paisaje cambió, ya no había casas bajas sino edificios y más autos y carteles. Siguió caminando y llegó al río. No sabía qué había del otro lado, pero cruzó el puente. “Total, perdido por perdido”, pensó.

En el barrio no lo vieron más. Los primeros días se preguntaron dónde andaría. Después, todo siguió igual, y ni siquiera la maestra se acordó de que el Lauchi había empezado a aprender a leer y a escribir.