Eros y Nirvana

Por: Emanuel Simo (Argentina)

Nunca hubiese esperado que sucediera lo que nos sucedió. Vos eras tan inalcanzable, que tenerte se había vuelto un desafío. Nos gustaba fingir que nos detestábamos, cuando los dos sabíamos desde hacía meses que, en realidad, nos deseábamos hasta los huesos.

Los dos estábamos obsesionados con nuestros trabajos y siempre éramos los últimos en salir de la oficina. Aquel día, ya se había vuelto de noche y la jornada laboral terminaba para ambos. Nos encontramos en el ascensor y, obviamente, la tensión era muy grande, pues cuatro horas antes me habías tirado todos los informes que te había presentado diciendo que estaban mal redactados. Siempre te gustaba hacerme escenas. Vos disfrutabas viendo como mi rostro se llenaba de sangre y mis mandíbulas se tensaban. Yo disfrutaba ver como desplegabas toda tu histeria.

No había nadie mas en el edificio. Bajamos los trece pisos en silencio. Cuando llegamos a planta baja, un segundo antes de que la puerta del ascensor se abriera y quedáramos expuestos ante el oficial de seguridad que vigilaba la entrada, tu boca me dijo esas mágicas palabras que nos cambiaron la vida para siempre.

Todavía las recuerdo… "No aguanto más" dijiste y con tu mano sujetaste mi rostro. Yo te miré fijamente a los ojos, con la lujuria de quien lleva años resistiéndose a los encantos del sexo, y te contesté "Yo tampoco". Nos besamos. Y luego llegaron los "te amo".

Por fin estábamos juntos, yo lo deseaba desde que entré a la empresa y te vi tan soberbiamente elegante, maltratar a todo el mundo. Claro, luego entré yo a ser parte de todo el mundo y, por alguna extraña razón que no busco comprender, eso terminó seduciéndome aún más.

Volvimos al piso trece. Entramos a tu oficina que, claro está era el triple de grande que la mía. Cerraste la puerta y tiraste la llave a un costado. El piso alfombrado se convirtió en la cama.

No podía creer como tu cuerpo se iba desnudando debajo del mío, era como un otoño primaveral, perdías las hojas pero nos llenábamos de vida. Nos explorábamos, nos aventurábamos, nos arriesgábamos, nos matábamos, nos revivíamos, nos sentíamos.

Tu pelo se perdía en mi pecho, acariciándolo todo. Mis manos buscaban tus límites, deseando lo imposible. Quería abrazarte fuerte, muy fuerte, hasta deshacerme en tus brazos, hasta que los cuerpos se evaporaran. Éramos agua hirviendo, recorriéndolo todo, sin represas; éramos agua desbordada, éramos tormentas que lo llevaban todo...

Tus labios apresaban los míos, tus manos oprimían mi rostro, tu lengua en mi boca era un gran remolino. Te sonreías de felicidad y me mirabas desafiándome a domarte. Parecíamos endemoniados cuyos cuerpos se retorcían el uno contra el otro ante el menor y el mayor de los contactos. Éramos lucha y éramos paz, éramos conquistadores y conquistados, éramos dos errantes en el mar buscando el mundo nuevo.

Ya no sabía quién eras vos, ni quién era yo. No sabía si vos eras aire y yo era fuego o viceversa, pero éramos esa mezcla de elementos constituyendo algo nuevo, indescriptible, salvaje, primitivo y peligroso.

Era un vértigo permanente, era una montaña rusa, era un subir sin límites y la sensación de caer rendidos en cualquier momento. Éramos dos ejércitos avanzando por territorio extranjero, conquistándolo todo, saqueándolo todo, arrasando con identidades, perdiendo nuestro cuerpo pero apropiándonos de uno nuevo.

Ya no veía nada, los sentidos eran inútiles para captar esa escena. Mis ojos no te veían, se cerraban solos por más que quisiera abrirlos. Veía todo anaranjado, como si estuviera frente a un amanecer de verano que me enceguecía. En mi boca había gusto a piel, a fuego, a cenizas, a victoria, a derrota, a éxtasis, a agonía, a dulce, a salado..., a vos. No había más sonidos que el de los gemidos que nos aturdían, que el de corazones que latían acelerados y el de respiraciones que iban y venían. Sentíamos el olor de nuestra piel quemándose, sentía el olor a campo que salía de tu piel. El tacto era fricción, era tan intenso que atraía toda la atención. Nuestras manos eran enredaderas, nuestros dedos estaban entrelazados y se confundían. Nuestras pieles eran más sensibles, se deshacían como nieve bajo el sol. Nuestras pieles eran los pocos límites que quedaban entre nosotros, lo que nos salvaba de confundirnos totalmente. Nuestras pieles eran completamente erógenas, no había ningún punto que no estallara al ser estimulado.

Perdíamos las categorías, no sabíamos que era el tiempo ni que era el espacio. No importaba que estuviéramos en la empresa. No importaba que yo fuera tu empleado. No importaba que horas antes me habías humillado. No había tiempo, no había pasado ni futuro, sólo un presente que lo abarcaba todo. El tiempo pasaba como nos pasa la vida, sin darnos cuenta.

El espacio no existía, éramos una masa imprecisa, éramos un solo cuerpo. El mundo no existía, no importaba el afuera, no importaba el clima, la hora del día, no nos importaba ni la muerte ni la vida.

Ya no éramos humanos, éramos dos salvajes. Ya no había lenguaje, era imposible articular aunque sea una palabra. Éramos puro instinto, éramos exploradores, éramos arqueólogos de nuestros cuerpos buscando desterrar los restos de la historia. Me transformé en un alpinista que escalaba tu cuerpo, que subía por tu cuello buscando alcanzar la cumbre en tu boca. Continuábamos juntos, caminando por la cornisa de la locura.

Era de esperar lo que sucedió después, pues fue un desastre natural. Era la tormenta que lo arrasaba todo. Era el huracán que desprendía hasta los cimientos. Era un terremoto que destruía el mundo a nuestro alrededor. Era un volcán en plena erupción, éramos lava hirviendo que avanzaba sin contención, sin contemplación.
Es que en el pico más alto de locura, de indistinción entre cuerpos, de fragmentación interior, llegué a la cumbre. Sí..., besé tu boca, me adueñé de tus labios, me embriagué bebiendo tu vino, te inundé de vida y, justo en ese momento, en el que caía rendido en tu pecho, me percaté que respiré tu último aliento. Y en ese momento de horror recordé tus palabras, cuando una vez quisieron echarte: "antes de rendirme, prefiero la muerte".