Es bueno ser Rey

Por Rodrigo Marchal (España)

Soy Presidente. Presidente del Gobierno.
Hasta ahí bien. Hasta ahí está claro.
La cuestión, queridos amigos, queridos votantes, es que no es fácil hacer mi trabajo. Os lo juro por Dios que no lo es.
Generalmente se piensa que la política es el refugio de los mediocres… y que queréis que os diga: normalmente es así. O por lo menos lo es en mi caso.
Hay gente muy honesta, muy capaz, muy orgullosa de ser quienes son; que levantarán su mano; la levantarán y gritarán: ¡Eso es una mierda! ¡Damos todo por nuestro pueblo! ¡Somos la esencia del país!... Sí, hay algunos así. ¡Dios nos libre de ellos!
Lo que queráis. No voy a discutir; creo que tengo suficientes elementos de juicio y os digo lo siguiente: soy un tipo del montón; un ejemplo, un triste ejemplo del axioma de Ortega y Gasset: yo soy yo y mis circunstancias. Y es que “The truth, my little friend” es que soy un personaje, un personaje mediocre y que el sistema, encantado de promover la mediocridad, me ha puesto aquí. Y eso es lo que soy: soy vuestro puto presidente. Os guste o no.
A mí, en concreto, me la toca.

Durante años pasé sin pena ni gloria por el hemiciclo (o Congresos de los Diputados para los no leídos), satisfecho de mi perfil bajo, saludando, sonriendo, firmando alguna que otra iniciativa legislativa, sin mucho ruido; pero determinadas circunstancias. (¡Ah, Ortega! ¿Por qué te sacaría yo del programa educativo?) me pusieron en el candelero; determinadas personas me insistieron en participar en las elecciones del partido.
En aquel momento andábamos escasos de liderazgo: el antiguo secretario general había dimitido y aquello era una puta merienda de negros. Yo no quería participar, estaba muy cómodo en mi situación. Pero la vanidad… ¡Ah, cuando te tocan la vanidad! “De acuerdo” dije: “Participaré”.
Y así lo hice: participé.
Y lo peor de todo es que gané.
La cara que se me quedó sólo era compensada por la cara de tonto de mi contrincante… Soy lector de Stephen King (lo admito) y creo, por lo tanto, como buen seguidor de “La Torre oscura”, en el jodido ka. Lo digo aquí y ahora: creo en el jodido ka… Y mi ka era triunfar sobre las dificultades. Era imponerme a los establecidos. ¿Por qué? ¡Yo qué sé! ¡Qué os den por saco!
Y así, resumiendo, es como llegué a ser candidato de mi partido.
Lo increíble no fue eso. Lo increíble fue que gané las elecciones nacionales.
Todo el que participa en el juego de la política sabe que puede ser un peón útil en algunos momentos. El mundo está lleno de candidatos quemados. Yo estaba dispuesto a serlo; a quemarme y que el partido me recompensase en el futuro con un buen puesto. Era un plan de vida tan bueno como cualquier otro. La cuestión, la jodida cuestión, es que gané (¿Os he hablado ya de las circunstancias? Porque de mí seguro que os he hablado). Acabé ganando las jodidas elecciones. Y lo primero que me dijeron es: elimina de tu vocabulario, e incluso de tu mente, la expresión “jodida”. Y aquí estoy, jodido como una puta almorrana, y sin poder decirlo.
Cuando ganas unas elecciones, unas elecciones de verdad…. cuando ganas… es difícil de explicar. Durante unos momentos no te lo crees, a pesar de que determinadas consultas lo van anticipando, incluyendo esas encuestas israelitas que hacen a pie de urna. Pero en el fondo sabes que no puedes, que no quieres ganar.
Cuando empiezan a dar los resultados provisionales la verdad está ahí, cual expediente X. Se te vuelve a quedar la cara de tonto. Y sonríes para disimular. Sonríes hasta el infinito…. y más allá.
Y aquí estoy yo, un personaje de trapiche, sin más mérito que haber nacido y, tal vez, estar en lugar adecuado en el momento adecuado que, de repente, sin quererlo, es presidente del país. De todo el puto país.
Todos me felicitan en la noche electoral; me dicen que lo merezco: que les he dado su merecido. ¡A la mierda!
Es entonces cuando alguien, no recuerdo quién, me dice: “Sobre todo, utiliza frases cortas, mensajes simples. Son los ideales para los votantes. No te compliques, pues ellos no lo hacen”… ¡Qué gran verdad!
En ese momento lo único que puedes hacer para asumirlo es beber. Beber hasta reventar. Y entonces te emborrachas; te emborrachas con ese champán francés tan caro y de cuyo nombre no te acuerdas; te emborrachas tanto que te pones cachondo, cachondo de verdad. Y es entonces cuando tu mujer, de la que llevas escapando varios años, porque no entiende que la laca no tiene elementos afrodisíacos (no, no lo entiende), es entonces cuando hasta tu mujer te parece que se está poniendo interesante. Bien borracho como estás, porque el propio sistema te adormece para que lo asumas, para que asumas tu triunfo, es entonces cuando tu mujer te pone. Te pone de verdad. Y vas y te la tiras. Y te sientes un titán.
Y duermes.

Cuando desperté al día siguiente era el presidente electo.
La sensación era placentera e inquietante, pero lo llevé bien. Lo llevé de cojones durante unos meses. Hasta la toma del cargo… E incluso un poco más allá todavía.
Bien acompañado por buenos asistentes a cargo del partido, ligeramente achispado con anís en ocasiones (lo admito), lo soporté con estoicismo, con empaque castellano.
Saludé al jefe de estado, me despedí del pobre desgraciado que me precedió y dije unas palabritas que alguien me había escrito.
Pero la fiesta se acaba, el aguante mental de alguien como yo tiene un límite…

Fue antes de comenzar una gira por el sudeste asiático, lo recuerdo bien: estaba a los pies de la escalerilla del avión, ese Falcon con sus tres motores (un buen avión, no lo voy a negar), que me tenía que llevar cruzando el mundo para saludar, bajar, saludar, volar, comer fideos, saludar, volar, comer arroz, beber sake, volar, poner el reloj en hora, volar, saludar a gente que no me conocía y que ni pajolera idea tenía de quiénes eran, volar, comer pescado crudo, beber sake, volar, bajar del avión y… ¿he dicho volar? Bueno, pues eso: estaba contemplando el cielo de Madrid, observando cómo las nubes eran más algodonosas de lo que debían, asumiendo la felicidad de las nubes, de los palomos… Y quise ser palomo, que no Juan Palomo.
Miré a mi Ministro de Exteriores, colocado como siempre a base de una combinación de mescalina, que moderaba con unas cuantas bencedrinas para mantenerse alerta, y le dije, así como suena:
—Mira, tú serás un pájaro, pero yo soy Juan Palomo.
La cara de estupefacción (sí, sé que es una palabra larga, pero me la enseñaron en la precampaña para acojonar a la audiencia) que puso el ministro, convencido de que la mescalina le había gastado por fin una mala pasada, fue premio suficiente.
—Pero… —me dijo—, ¿qué quieres decir?
—Digo que no voy —le expliqué. En ese momento pronuncié una de esas grandes frases que me han consagrado como pensador—: Que se las compongan los chinos con su puto arroz: nosotros ya tenemos la paella.
Vi al ministro rebuscarse con fiereza en los bolsillos, luchar con el forro del traje, buscando unas bencedrinas que aclarasen su mente, definitivamente sumergida en el mundo de Oz, convencido de su locura. El servicio secreto miraba hacia otro lado, acostumbrado a las excentricidades de gente cuyas capacidades naturales han sido ampliamente superadas.
—¡Nosotros no vamos a China! —gritó el ministro, mientras subía ruidosamente la escalerilla del avión—. ¡Es el único puto país que no vamos a pisar en la gira, jodido ignorante!
Me giré entonces, disfrutando del agradable viento que había en la pista del aeropuerto y observé la pequeña terminal. Todos estaban pendientes de mí. Pero yo estaba cansado. Muy cansado.
No es descartable que sufriera una crisis nerviosa. Dice el principio de Peter que uno asciende hasta su nivel máximo de incompetencia (o algo parecido); yo había superado de lejos mi límite. Era más que Peter: era el puto Peter Pan.
Le expliqué a mi jefe de gabinete que me encontraba demasiado cansado para seguir: que necesitaba un descanso reparador y luego, ya si eso, seguiría con el asunto.
—¿Qué les decimos a los jefes de estado que le han invitado, señor presidente? —me preguntaron.
—Diles que lo siento —contesté—, y que traten bien al ministro: que le den buen sake, buen opio y buenas geishas. Y que duerman bien.
La explicación oficial fue que me había puesto enfermo. “¿Enfermo de qué?”, preguntaron los periodistas.
“Enfermo de amor” pensé. Y pulsé con energía el imaginario timbre que avisaba a mi mujer, entrevista bajo el influjo de varias botellas de espumoso francés.
Al final —nuestro país es así de curiosón— todo se supo, y lo cierto es que hubo bastante revuelo, aunque a mí no me importaba: alguien en mi situación no puede escuchar esas sesudas tertulias radiofónicas. Soy más de Gomaespuma.
La gente, por lo que tengo entendido, llamaba a las televisiones indignada, clamando justicia, exigiéndome que trabajara. ¡A mí, habrase visto! Y yo, mientras tanto, ajeno a todo, regaba mis plantitas en palacio y perseguía, vestido con un quimono (en honor a mis frustrados anfitriones), a mi mujer por el jardín. Uno no se cansa de todo.
Esos días descansé. Descansé de pelotas.
Sé que algunos dijeron que el puesto me superaba. Y no lo voy a negar: es evidente. La cuestión, queridos amigos, no era ésa. No sé cuál era, pero no era ésa.
Sin embargo, el sistema es sabio.
Esa misma tarde tuve una visita: nunca supe quién la envió. Era un hombre amable, al que le gustaba escuchar. Le conté mis penas, mis problemas de frigidez ninfomaníaca, mi cansancio estructural, mi hastío vital (en aquellos momentos había finalizado la lectura de “Las flores del mal” de Baudelaire y llamaba a esa sensación spleen. Luego se me olvidó). Me sentí mejor. Él me dijo que debía seguir adelante, que, sin presión, hiciera mi trabajo día a día. Parecía bastante sensato.
Días después, me encontraba mejor. Ligeramente deprimido, pero mejor. Ese hombre amable, del cual nunca supe su nombre, comenzó a acompañarme a todos lados, sin que nadie lo invitara, aunque a mí me gustaba que viniera. Me daba unas pastillitas azules (siempre me gustaron las azules; ignoro cómo él lo sabía) que me hacían sentir mejor. Volvía a sonreír hasta el infinito. Hasta el infinito y más allá.
Llamé al Ministro de Exteriores, que era presa cada vez más de las convulsiones de una adicción acelerada, para disculparme. A mi lado estaba el hombre agradable. Al observar la actitud hostil del ministro hacia mí, el cual estaba convencido de que le había abandonado a su suerte, el hombre amable le llamó y le ofreció una sugerente cápsula verde pistacho. El ministro la engulló y se relamió. “Una cada 12 horas” le advirtió el hombre amable, doctor en felicidad.
Desde entonces, el ministro es un hombre casi cabal. Y ya no suda tanto.
Poco a poco la situación se restableció. La restablecí yo o la restableció el sistema. Ni lo sé ni me importa. Me vine arriba. Me lo creí. Me lo creí tanto que volví a ganar las elecciones. Con un par.
Ahora ya no veo casi nunca al hombre amable, pero sé que está ahí; que el sistema me sostiene, que no me va a dejar caer. No se lo pueden permitir.
Me pregunto algunas veces si los otros presidentes se encontraron alguna vez en la misma situación, si el hombre amable estaba allí, si todos sus ministros eran yonquis de la farmacia de La Rosilla. Me pregunto… Y cuando me pregunto en exceso sé que es el momento de tomarme una pastillita azul.
Y a seguir con el show.