Hasta que la muerte nos separe

Por: Anuar Zúñiga (México)

para Débora Hadaza

20 de abril
David dobló la hoja del poema, la guardó en un sobre y salió de su casa a las once cuarenta y cinco del tercer domingo de abril. El calor que lo esperaba agazapado en la puerta, no dudó en abalanzarse sobre él en cuanto lo vio aparecer en el jardín con su luto riguroso.
Caminó hacia la parada del autobús. Al llegar a la esquina, el sudor formaba gruesas gotas en su frente. Abrochó hasta el último botón del saco y apretó el nudo de la corbata. Después se alejó dos pasos de la sombra que ofrecía el parabús y dirigió la mirada hacia el sol como desafiándolo a que se encendiera más.
Se bajó a dos cuadras del Panteón Jardín y compró una docena de rosas en el puesto de doña Mary.
–Ya déjala descansar criatura ¿de qué te sirve andar todo el día enlutado bajo el rayo del sol? Eso no te la va a regresar. La anciana le clavó la mirada.
–¿Tú crees que a ella le gustaría verte así? Y además gastándote todo el dineral que te gastas en flores. Estas se las deberías de dar a otra muchacha, no tienes ni veinticinco años, niño, y ya estás sufriendo como un viejo.
–No se preocupe doña Mary, yo sé lo que hago. Mejor dígame cuánto le debo.
La anciana bajó la vista como si se concentrara mucho en envolver las rosas y no le contestó.
–¿Doña Mary?
–Dime hijo.
–¿Cuánto le debo?
–Ah si hijo, son quince pesos.
–Señora, cóbreme bien o ya no le voy a comprar a usted.
Le extendió el billete de cincuenta y tomó el ramo de las manos surcadas de arrugas.
–Ay mi niño ¿qué va a ser de ti?
Él le sonrió y caminó las dos calles que lo separaban del panteón. Atravesó la reja negra: el portero leía el periódico y apenas lo saludó con una inclinación de cabeza antes de volver a enfrascarse en su lectura.
Recorrió el atrio por el camino de baldosas que conocía de memoria. La lápida era fácil de distinguir a la distancia. A diferencia de muchas otras, estaba inmaculada y el pasto a su alrededor estaba recién cortado. El llanto le subió a los ojos mientras quitaba de la urna las rosas de la semana anterior, depositando en ella las flores frescas.
Sacó el poema de su sobre y lo leyó en voz alta. Después volvió a guardarlo y dejando el sobre contra la lápida, besó la punta de sus dedos y acarició con ellos el borde de la placa.
Mientras salía del camposanto, casi al llegar a la reja, tropezó con el borde salido de una de las baldosas y tuvo que agarrarse de una cruz de varilla para no caer al suelo. El brazo de la cruz se dobló hacia adentro y la presión reventó el cristal empolvado de un portarretratos que estaba soldado en el centro. Una fotografía amarillenta se deslizó hacia abajo y él la recogió mecánicamente.
Era una mujer, de unos veinte años, igual que su esposa. Miró a su alrededor y vio al portero dormido encima de su periódico. Enderezó la cruz y decidió guardar la foto para que no se maltratara y reponer el cristal el domingo que volviera. Salió de prisa.
Ya en su casa, David tomó la foto del interior de su saco y con una regla empezó a tomar las medidas para el cristal. Después se puso a mirar las facciones de aquella mujer durante largo rato. No había sido muy bella, pero tampoco era fea. Pensó en todo el incidente de la cruz. “Ahora sólo falta que me acusen de profanar tumbas”. El asunto le pareció de repente tan absurdo y cómico, que pensó en contárselo a Isabel el próximo domingo cuando la visitara, seguro que a ella le haría gracia. Dejó todo en la mesa de la cocina y se fue a acostar.


27 de abril
Se preparó para ir a visitar a Isabel, llegó al puesto de doña Mary y compró su docena de rosas, las intercambió por las de la semana anterior y sacudió los pétalos marchitos de la base de la lápida. Trató de ubicar desde lejos la cruz de varillas, pero no lo consiguió. Caminó hacia la entrada del camposanto hasta que la encontró. Tomó el cristal nuevo y la fotografía del interior de su saco y dejó el lugar tal como estaba antes. Se había alejado ya unos cuantos metros cuando decidió volver sobre sus pasos. Le dio pena que aquella tumba estuviera tan descuidada y decidió limpiarla, de paso averiguaría el nombre de aquella muchacha.
Le llevó un rato remover toda la hierba que se había enraizado en la base de la cruz. Después quitó con los dedos la tierra que cubría la placa. Intentó leerla pero seguía sin entenderse. Se quitó la corbata y la usó para sacarle brillo a las letras, total, ya la lavaría después. Al cabo de un rato, toda la inscripción se hizo más o menos legible: “Alejandra Zavala (1965-1985)” No decía más. Esa mujer había muerto el mismo año en que Isabel había nacido.

4 de mayo
Llegó puntual con su ramo de rosas, pasó junto a la tumba de Alejandra y volteó a ver las varillas junto al florero que al parecer, llevaba muchos años vacío. Se encaminó hacia la lápida de Isabel y cuando estaba a punto de llegar, dio la vuelta y regresó. Tomó una de las rosas del ramo y la dejó en la urna de Alejandra. Se alejó sonriendo, pensando que a Isabel le hubiera gustado compartir aquella flor con alguien que no recibía tantas visitas como ella.

11 de mayo
–Ya te tengo tu ramo mi niño.
–Gracias doña Mary, pero hoy me voy a llevar una más.
–Ay criatura, ni todas las rosas del mundo te van a devolver a tu Isabel.
–No se apure doña Mary, esta no es para Isabel.
La anciana sonrió. –Por fin conociste a otra muchacha.
David sintió que el color le subía al rostro. –Es sólo una amiga.

7 de septiembre
David retiró las flores marchitas de la urna y depositó las frescas. Leyó el poema en voz alta, después lo guardó en su sobre y lo dejó apoyado contra la placa. Antes de alejarse, se besó las puntas de los dedos y rozó con ellos el borde de la cruz.
En la tumba de Isabel la hierba crecía implacable.