Inconsciencia

Por: Claudia Ávila (México)

—Entonces —dije—, ¿no estás de acuerdo conmigo cuando digo que todos albergamos al mal dentro de nosotros? Te concedo que quizás no lo hacemos en la misma medida que un asesino serial, pero te aseguro que los humanos actuamos mal mucho más seguido de lo que los demás piensan y mucho más de lo que nosotros mismos estamos dispuestos a admitir.
—Oye mujer —replicó Marcela— en caso de que lo hayas olvidado, desde pequeños se nos va inculcando una gracia llamada conciencia, y gracias a ella es que podemos darnos cuenta si lo que estamos a punto de cometer es una maldad, y entonces detenernos a tiempo.
—La conciencia, Marcela, no tiene nada que ver en esto —le respondí. Uno puede darse cuenta de que está actuando mal, y sin embargo seguir haciéndolo. La verdad es que la conciencia sólo nos indica cuando estamos a punto de cruzar una frontera, pero no puede impedirnos que lo hagamos.

Mi amiga se quedó callada unos segundos intentando asimilar mis palabras, para después mirarme fijamente y con expresión grave.
— ¿Qué has hecho?— me interrogó.
— Ja, ja, ja, ja…— mi carcajada inundó el pequeño café provocando que los pocos presentes voltearan a vernos con curiosidad. — ¿Qué no he hecho?, diría yo.
Ella se revolvió inquieta en su sillón.
— Mira Marcela —le dije—, lo que yo me pregunto es qué hace que una persona sea considerada “buena” o “mala”. ¿Hay que estar cien por ciento de un lado o del otro? ¿O es como un juego de puntuación: te quedas del lado donde anotas más, aunque la diferencia la marque sólo un punto? ¿O se puede ser bueno y malo a ratos, y pasar la vida brincando de un extremo a otro? Y más aún, ¿de qué sirve la famosa “conciencia”, si como te dije antes, a veces es incapaz de generar algo más que un leve recordatorio de lo que no debemos hacer?
— No entiendo a qué vienen tus divagaciones, ¿acaso estás aplicando a ti misma estas teorías?
— Quizás —le contesté.
— Haces mal —me dijo— tú eres una chica buena: te ocupas de tu familia, has apoyado a tus amigos cuando lo han necesitado, llevas una vida sana… Por lo menos, en lo que a mí respecta, debo decirte que has sido una excelente amiga y que me has demostrado incontables veces tu apoyo incondicional y tu cariño; es por eso que a mis cuarenta y tantos, te considero una de mis mejores amigas.
— Eso —la interrumpí— es lo que tú percibes, así es como tú me consideras, pero ¿qué dirías si te contara, por ejemplo, que alguna vez me enredé con el mejor amigo de un hombre que me amaba, o que preferí gastar en mí el dinero que había reunido para pagar una deuda que tenía con mi padre, o que le mentí a mi hermana sobre algo que hice para evitar una discusión, o que alteré mi último reporte de gastos de viaje de la oficina para ocultar una cena a todo lujo? Dime… ¿qué dirías?
— Diría —me dijo sacudiendo lentamente la cabeza— que todo eso te lo has inventado, porque no es posible que alguien como tú, que es capaz de hacer cosas tan buenas como las que yo he visto, sea capaz también de cometer tanta estupidez y de lastimar a la gente que la quiere.
— Pero si lo fuera, ¿qué pesaría más? ¿Las anotaciones del lado bueno o las del lado malo?
— Pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos y opino que deberíamos dejar de filosofar. Ya vuelvo —me dijo, mientras se levantaba y se dirigía al tocador.

Me quedé pensando en nuestra conversación, quizás yo sea un caso único, o quizás la gente se pasea –como yo- de un lado al otro de los valores morales, ignorándolos de vez en cuando sin hacer, claro, alarde de ello. He de decir que la luz de alarma de los míos falla de manera regular, liberando la parte de mi personalidad que no tiene escrúpulos, permitiéndome así cometer cualquier tipo de locuras, mismas que –inexplicablemente- siempre han quedado ocultas a la vista de las demás personas. Y mi conciencia intenta aparentar que se alarma ante los actos cometidos, sólo para volverse después cómplice mudo de los mismos, sin exigir explicaciones ni cobrar multas que ayuden a acallarla.
Martha volvió del tocador cuando yo ya había pagado la cuenta.
— Me tengo que ir cariño —le dije.
— Ese brillo en tus ojos no miente, vas a encontrarte con un hombre, ¿cierto?
— Cierto —le respondí.
— Vaya, a ver si esta vez es algo serio y pronto te animas a contarme de quién se trata.
— Ya veremos, le respondí a mi amiga diez años mayor que yo, mientras le daba un beso en la mejilla y me dirigía a mi apartamento, donde ya me estaba esperando Javier, su hijo, quince años menor que yo.