La ciudad blanca

Por: Javier Luján (España)

Un repaso furtivo al tiempo de mi permanencia en esa ciudad arrojaba tras de sí muy pocas cosas, apenas ninguna: un libro escrito en el que no creía y una serie de fotografías que murieron en el mismo instante que apreté el disparador de la cámara.

No, no era excesivo bagaje, ni tampoco positivo. No existía ningún motivo para sentirse feliz, realizado o cualquier otro adjetivo que me calificara de forma halagüeña. Quizá lo más cercano al estado emocional en que me encontraba era la desesperación. Una desesperación que iba comiéndome por dentro, cada vez con bocados más grandes. Una desesperación de la cual uno no espera poder despegarse ya. La única esperanza se reducía a abrir los ojos y comprobar que todo era nada más que una molesta pesadilla; pero mis ojos se encontraban lo suficientemente abiertos como para que esta esperanza pudiera existir.

Pensé que ya no me quedaba nada más por hacer en esa ciudad blanca, extendiendo esto a cualquier otro sitio, porque todos los lugares terminan por ser el mismo, siempre.

Entre preguntas y preguntas dirigidas a mí mismo, trataba de evitar la verdadera pregunta, esa que consistía en si quería seguir viviendo; pero resultaba tan difícil lanzármela a bocajarro, y mucho más responderla sinceramente, sin nostalgias y sin falsos patetismos. Imaginé la pregunta: “¿Javier, quieres seguir viviendo?”. No me sonó verdadera, algo en su estructura fallaba. Ese tipo de cuestiones no se preguntan de esa forma. Tal vez fuera el nombre lo que me confundía. Ensayé nuevamente suprimiendo mi nombre. “¿Quieres seguir viviendo?”, me resultaba mucho más apropiada; pero, también, más impersonal. Tampoco terminaba de convencerme. Era consciente de que era una pregunta demasiado trascendental como para tomármela a la ligera.

El caso es que estaba casi seguro de la respuesta. El único problema estribaba en la maldita formulación de la pregunta, que debía ser precisa y concisa, que llevara la respuesta implícita en sí misma. Una pregunta que se despojara de todo sentimentalismo barato, que me dignificara ante mis propios ojos en el momento de ejecutar la determinación escogida. Esa maldita pregunta podía estropear todo, hacerme vivir por un espacio de tiempo indeterminado e indeseado.

Todo era tan jodidamente ridículo que empecé a sentir frío, un frío nervioso acentuado por la cerveza. Por hacer algo empecé a hojear el libro que esa tarde llevaba conmigo. Todas las páginas estaba escritas, llenas de pequeñas manchas negras que sin duda tenían un mensaje encerrado, profundo, destinado a mentes más claras y que no estuvieran tan preocupadas por una pregunta que imposibilita irse a descansar y que me mantenía con el culo pegado a una silla de plástico, con la mirada fija en el vacío, en el río. El libro era de Savater y comenzaba a dolerme la cabeza. Pero lo peor de todo era que comenzaba a sentirme frívolo, con ganas de continuar bebiendo hasta ese punto donde, quizás, mi esperada pregunta surgiera de un modo natural y concluyente. Una cerveza que incitaba a seguir bebiendo al otro lado del río, en mi pequeño espigón donde el día moría entre los reflejos del agua, mientras los automóviles seguían cruzando, en ambas direcciones, el puente 25 de abril.

Y crucé el Tajo con una cerveza enlatada, sintiéndome por unos instantes todo un intrépido navegante surcando los más peligrosos mares, acodado en un hierro oxidado y recibiendo de lleno en el rostro los espumarajos del río. Lástima que se llegara tan pronto a casilhas, a mi rincón particular de luces y sombras, y que mi singladura naútica solo fuera un mero aperitivo de la inmensidad del océano.

Sabía muy bien ya que mi pregunta quedaría aplazada un nuevo día. No escuchaba preguntas cuando surgía esa música salida del ambiente, de ese entorno donde nunca lograba pasar desapercibido. En esos momentos todo se detenía y sólo podía entregarme a seguir a ese ritmo oculto que iba guiando mis pasos hasta ese punto donde contemplaba, en un silencio interior, lo fácil que le resulta al sol ocultarse a todos los ojos. Ese era el silencio que perseguía, lo malo que no era eterno, a veces podía tatarearlo. Me dije entre risas que, para un coleccionista de decepciones, la poesía sólo servía para manchar hojas en blanco.