La iniciación

Por Emanuel Simo (Argentina)

La computadora se enciende. El vacío del navegador de internet empieza a sentir los latigazos de las letras que martillan huellas sobre los mismos pasos. Entra al chat. Una vez más, los adolescentes no la esperan. Como buena cazadora, estuvo explorando el terreno antes. Hasta ahora no hizo nada. Esta noche buscará su primera presa.

El adolescente, de tan sólo dieciséis años, disfruta del silencio que invadió el departamento en el que vive. Sus padres duermen. En la noche solitaria, el hogar le pertenece. Enciende la computadora. Va a la misma página de siempre, y entra al chat. Una vez más busca conocer una mujer caritativa, que quiera iniciarlo en los placeres de la carne. Él, al igual que los que vendrán, no la espera.

- ¿Edad? – Le pregunta una mujer que lleva por nick “Felina”
- 17 – miente él
- Me gustan los jovencitos… sobre todo si son vírgenes, ¿vos lo sos? – Pregunta ella sin un mínimo atisbo de timidez
- Jajaja, sí… pero con ganas de solucionarlo… jajaja – contesta él esperando que ella acepte la propuesta.

La mujer hace honor al sobrenombre que emplea. Realmente es una felina, que hace del olfato y de la seducción sus mejores armas. Cuando una gota de sangre cae al agua en donde habitan las pirañas, el olor del fluido les excita el apetito. Esta felina ha detectado su presa con unas cuantas palabras. Es que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Ella, con sus treintaicinco años, no es para nada vieja; pero, en algunos terrenos, tiene más experiencia que la suma de varias mujeres de ochenta años. “Felina” escribe algunas oraciones más y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro. Retira el cigarrillo de sus labios, dejándole impresa la huella de su rouge, y lo aplasta contra el cenicero. Tiene hambre, pero también tiene la satisfacción de saber que hoy cenará.

A él, las palabras le llegan a sus ojos como la tierra le llega a un navegante que desde hace días se cree perdido en el mar. No podía contenerse. Le sudaban las manos. El corazón le galopaba en el pecho como caballos que se escapan buscando su libertad. Recuerda la foto. Ojos verdes. Labios rojos. Cabello negro y lacio. Piel infinitamente blanca y lisa, como un paisaje nevado. Pómulos altos y una mirada extraña, que condensa tristeza, sensualidad, tentación y desparpajo. Su pene se hincha. Esta noche él la tendrá, ella se lo ha dicho. Él todavía cree.

Dos de la madrugada. El adolescente llega al lugar del encuentro. Se queda mirando la puerta de aquella vieja casa. Teme que se abra, pero su deseo es tan fuerte que podría romper candados sin tocarlos.

Golpean a su puerta. Ella la abre, y un halo de luz proveniente de afuera ilumina el rostro divino de la mujer. Ahí está él. Con voz sensual, la mujer felina, le dice a su joven ratón que entre. La puerta se cierra y todo se torna oscuro. El adolescente no sabe lo que hace. Camina a tientas, tratando de escuchar los pasos de su anfitriona para que lo guíen. Ella sí sabe lo que hace.

La mujer sirve un vaso de whisky y lo lleva a la boca del joven. Él, obedientemente, bebe, aunque no le guste, aunque no acostumbre a tomar alcohol, aunque se le incendie la garganta. Dos segundos después están sentados juntos en el sofá. Ella desliza sus dedos como serpientes por la cabellera adolescente. El muchacho experimenta una erección. El escote de ella, le incendia la entrepierna. Ella lo sabe, sonríe sensual y desliza su lengua por su labio superior.

Algo de whisky se derrama por la comisura de los labios del adolescente. Ella lo limpia con su lengua y donde antes hubo alcohol, ahora hay saliva. La mujer juega a ser diosa, se pone de pie y con su mano guía al adolescente a que se arrodille ante su presencia. Deja caer su vestido. Y el adolescente mira, con vergüenza y por primera vez, el cuerpo de una mujer real desnuda.

La mujer aplasta el cráneo del adolescente contra su pubis. Él abre la boca y, como un cachorro que tiene miedo y ganas de jugar, empieza a lamer. La mujer le arranca la remera, haciéndola jirones. El joven queda estupefacto y no sabe cómo hará para justificar ante sus padres el volver al hogar con su ropa rasgada. Pero no tiene tiempo de pensar. Ella está sacándole de un solo tirón los pantalones y la ropa interior. Ahora él cree que están en igualdad de condiciones: completamente desnudos. Sin embargo no es así, pues la mujer no desnuda todavía aquello con lo que goza.

Ella lo besa, y con su lengua escribe excitación en los dientes. Le arroja los restos de whisky en el cuerpo y luego empieza a lamerlo. El cuerpo adolescente se derrumba arrastrándola a ella hacia la cama. A la felina no le gusta estar abajo, rápidamente lo hace girar y se sienta sobre él. Sujeta el pene y, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, empieza a introducirlo en su cuerpo. Abre la boca y cierra los ojos, mientras acomoda sus paredes aterciopeladas para envolver la carne de su presa. El adolescente no puede creer lo que está sucediendo. Siente a la mujer en todo su cuerpo. La ve disfrutar aleteando sobre él como si fuera una mariposa. Observa los pechos de ella moverse libres y siente como su pene se tapiza de la humedad femenina. Está adentrándose más profundamente en ella, con cada segundo que pasa. Él no puede creer lo que está sintiendo. La mujer lo sabe, ella es la experta y empieza a columpiarse sobre él con violencia.

El adolescente ve a su diosa contornearse, poseída, sobre su cuerpo. El rostro femenino bien podría haber sido un cuadro que represente la conjunción entre placer y misterio. Y de repente, como si nada hubiese ocurrido, ella se levanta violentamente, dejando el miembro adolescente rodeado de vacío. Él, confuso, sonríe y no entiende bien lo que ella le dice cuando le escupe un “vestite y andate”.

- ¿Cómo? – Dice él, tímidamente.
- Eso pibe, ya está, ya acabé, andate que quiero estar sola.
- Pero… ¿y yo?
- ¡Andá a tu casa y terminá solito, como hacés siempre, ya te di bastante material para que tu imaginación tenga de dónde fantasear! – grita ella, histérica.

El adolescente, sorprendido, confuso, con miedo, rápidamente se viste y abandona la casa. Ella lo ve irse y sonríe divertida al recordar su rostro.

Esto fue un ensayo. Ella seguirá afilando sus métodos para disfrutar cada vez más de su venganza. Uno a uno caerán adolescentes sobre su cama, como ella lo hizo en la cama de aquel hombre que, siendo ella muy jovencita, la enamoró y usó su cuerpo como un mero receptáculo de semen.

Sirve otro vaso de whisky y se desparrama sobre el sofá. Agarra el portarretratos que tiene la fotografía de ese hombre, que era su padrastro, y la recorre con su dedo. Recuerda su primera vez y percibe nuevamente el perfume del adolescente que acaba de echar. Prende un cigarrillo, se excita y comienza a tocarse sola en el sofá, recordando como disfrutó la iniciación.

3 comentarios:

dèbora hadaza dijo...

me gusta :D

te mando un abrazo y que bueno que lo publicaron, chauu

Desde un laberinto dijo...

gracias linda! me alegro que te guste! todo un privilegio para mi viniendo de vos. otro abrazo fuerte para vos. nos vemos

Lex dijo...

muy bueno me gusto bastante