Noir c’est noir

Por: Tony Labrador (España)

Qué mierda de Johnny Halliday. Como para no llamar la atención, cada vez que sonaba esa dichosa canción.

En La Fabrique, un garito bastante siniestro del centro de París, Karim era el único negro. Negro superlativo, además, enfundado en su Schott negra, gorro negro de lana, guantes negros. Los demás clientes, blancos, la mayoría. Cuarentones y calvorotas dejando solos a los culos gordos de sus esposas en sus flamantes apartamentos de Saint-Honoré. Todos venían aquí a emborracharse con ginebra, a fumar sus marlboros y a caer en la placentera hipnosis que los culos bamboleantes de las chicas provocaban.

Todos, menos Karim. Bueno, a ver, a Karim le gustaba como a cualquier otro hermano verle las tetas a una blanca, pero llevaba ya cinco noches seguidas entrando en La Fabrique, en pleno barrio de los skinheads nazis, y las tetas de ninguna blanca valían ese riesgo. Pero había otras cosas, euros por un tubo, como era el caso, por las que sí estaba dispuesto a correrlo. Un trabajito fácil y sencillo, le dijeron. Sólo pasar desapercibido, vigilar al objetivo hasta conocer bien sus movimientos, y cuando estuvieran bien aprendidos...hacerlo. Y luego, a cobrar.

Pero claro, la putada era esa: cada vez que Johnny, ese puto blanco viejo y con esa perilla tan ridícula, empezaba a entonar la dichosa canción en el local, gracias al dj, una especie de ario hijo de puta con un lado del cuello carcomido por eccemas, todos se giraban, los brokers estirados y los banqueros, los economistas y los conservadores de arte, todos levantaban su vaso de gordon´s con una sonrisa idiota en las caras, y las chicas dejaban de bailar, señalaban con sus dedos al humilde hermano, meneando las tetas de forma grotesca, silbando.

Cambia de canción, cabronazo.

Y entonces sonaba otra cosa, los Smiths, o Etienne Daho, cualquier otra cosa, y los bíceps de Karim se relajaban y sus ganas de matar se evaporaban. Aunque, y bien lo sabía, tendría que hacerlo igualmente al final de la noche.

Cuando, a las cinco de la mañana, las luces del antro se encendieron, Karim estaba tan tenso en su butaca que podría haberla partido con el culo. Los codos, pesados, le parecían a punto de vencer la estructura molecular de la barra de metacrilato en la que se apoyaban.

Estaba dispuesto a engullir lo que le quedaba de Heineken de un trago, para acometer su trabajo, cuando la última chica que había actuado, una rubita de pelo perfecto, cuerpo pequeño y tetas bastante gordas claramente operadas, salió de la nada para paralizar a nuestro oscuro amigo.

-Hola.
-Hola.
-¿Cómo estás? Te llevo viendo bastante por aquí, ¿vienes todas las noches?
-Cuando puedo. No hace mucho que conozco el sitio.
-¿No? Pues si no te importa, permíteme que te lo enseñe.

Karim dudó un segundo. De reloj. Después, sólo dijo:

-Vale.

Así que Karim, con la rubita tetona delante, se adentró en las entrañas del lugar.
Estos son los camerinos. Bueno, guárdame el secreto, pero realmente no hay camerinos que valgan. El cabrón de Hervé los utiliza como almacenes, de cosas que los magrebíes le traen. Ahí tiene abrigos de piel. Ahí, no sé qué coño tiene.

Ya.

-Nosotras nos cambiamos en una sola habitación. Era el cuarto de la limpieza. Ahora la señora de la limpieza trae sus propios materiales, así que entre todas decidimos acondicionar un poco el sitio, y ahora parece algo más respetable. Si quieres te lo enseño, las demás chicas estarán fuera ya. ¿Quieres?

Karim miraba intranquilo a su espalda, por encima del hombro, todo el tiempo.

-Bueno.

Entraron en la habitación. La rubia había mentido: eso no era un camerino, ni tan siquiera un cuarto de la limpieza acondicionado como tal. Era simplemente un pasillo, húmedo y oscuro, que daba a una puerta de emergencia.

La rubia se dio la vuelta. Algo en su rostro había cambiado; la candidez de la que hacía gala exageradamente hasta hace unos segundos había desaparecido, y en su lugar se veía una mueca de lujuria que a Karim se le antojó inquietantemente inapropiada.

Bueno, dijo la pequeña ninfa, ¿y ahora qué? Esto no es tu camerino, ¿verdad? No, no lo es. Pero aquí no nos molestará nadie. ¿Molestarnos? Sí, molestarnos... ¿has visto mi número? Sí, lo he visto. Claro que lo has visto. Te he visto todo el tiempo, en la barra, mirándome el culo y las tetas. Tocándote tu polla enorme cuando me he quitado el tanga. Tu pollón.

Karim no decía nada, sólo se revolvía inquieto, alante y atrás, alante y atrás.

Todos miran del mismo modo. Es una mirada de salido, de cerdo. Pero de cerdo que sólo quiere grabarlo todo en su coco de puritano de mierda para luego pajearse en el baño de su ático, sin hacer ruido para no despertar a la jodida Marie. Eso, los blancos. Vosotros, los negros, nos miráis distinto. Nos miráis como diciendo: "Porque no estás a mi alcance, puta blanca. Si te pusiera las manos encima ibas a enterarte de lo que es una buena polla".

Karim permanecía mudo, estático, escuchando el monólogo de la chica, la mirada fija en la suya.

No te preocupes. No me molesta que penséis eso. Al contrario, me parece genial, lo mejor del mundo. Y además, natural. Es lo más natural. Los negros os excitáis viéndonos, pensáis "me gustaría follarme a esta blanquita, sentir gusto follándola y además vengar a los míos sometiendo a una blanca, jodiéndola bien". Como si fuera justicia poética, o algo así. Y nosotras también lo encontramos apetecible. Os vemos y pensamos, no queda bien decirlo, y no te enfades, pero es la verdad, pensamos "Joder, este negro, este ser inferior, podría cogerme y usarme como si fuera un objeto, separarme las piernas con una palmotada de sus manazas y profanar mi coño de blanquita delicada con su rabo enorme de cavernícola negro". Nos gusta que un negro nos humille a pollazos, en el fondo.

-Ya.

-No te enfadas, ¿no?

-No. Qué va.

-Entonces, ¿qué? ¿Qué me dices?

Karim se encogió de hombros. Miró al suelo, luego a la rubia.

-Vale. Pero aquí no. ¿Qué hay al otro lado de esa puerta?

-La calle. Un callejón.

-Vale, vamos.


La rubia, feliz, tomó a Karim de la mano y tiró de él hacia la salida. Karim la miraba desde un poco más atrás, cómo contoneaba el culito bajo la bata china de ¿seda? Cuando salieron al exterior, una ráfaga de aire gélido sacudió a Karim, que soltó la mano de la bailarina y se la llevó, junto a la otra, a las solapas de su cazadora, y se las levantó cubriéndose la cara con ellas. La rubia se giró, y con un movimiento ágil y ciertamente teatral, se apartó un poco la abertura de la bata para dejar escapar sus siliconadas tetas.

-¡Bésamelas, negro!

En lugar de eso, Karim hizo otra cosa: soltó un rápido izquierdazo a la tráquea de la joven, que intentó chillar en vano, emitiendo en lugar del grito un crujido seco. Los ojos como platos, las manos cerradas en torno a la garganta, se puso en cuclillas ante su atacante, cegada de dolor y de estupefacción.

Karim miró por encima del hombro, una vez más. Ella negaba con la cabeza, muy despacio, muy despacio.

Zas. Una patada al mentón. La rubia cayó de culo, y de ahí quedó extendida en el suelo, tan pequeña como ella era. Los ojos cerrados, las lágrimas brotando de ellos. Sin posibilidad de emitir el más mínimo sonido.

Karim titubeó, por unos segundos. Hora de terminar el espectáculo. Hurgó en el bolsillo de la cazadora y sacó un pedazo de papel doblado, que desdobló torpemente. Lo sujetó ante si con manos temblorosas, y con voz monocorde, pasó a leer:

"Tu abuelo y yo estamos profundamente decepcionados contigo. Te lo hemos dado todo, hemos hablado contigo y aún así te esfuerzas en ensuciar nuestro nombre. No podemos hacer nada más por ti, excepto esto. Lo que hacemos ahora, lo hacemos por tu apellido. Por el nuestro"

La rubia, jodida de dolor en el puto suelo, no entendía nada. Karim tampoco era el más adecuado para explicarlo, pero de todos modos no quedaba mucho tiempo para explicaciones. Karim levantó la pierna sobre el cuello de la chica, que suplicaba con sus ojos, y lo bajó con fuerza y determinación. Cuando retiró su bota, la cabeza de la rubia estaba torcida en un ángulo raro. Buenas noches, señorita.

Karim se estremeció por el frío. Se encogió entre sus ropas, dio media vuelta y echó a correr. A tomar por culo. A cobrar.

A la noche siguiente, Karim no volvió por La Fabrique. Pero Sophie, una compañera de la rubia, la más cercana a ella, no pudo actuar esa noche, ni para Karim ni para nadie, porque había tenido una crisis de ansiedad después de leer en el periódico el siguiente titular:

"Silvie Le Pen, nieta de Jean Marie Le Pen, es hallada muerta en extrañas circunstancias."