Problemas fundamentales del horizonte caído

Por: William Zapata (Colombia)

Me casé en diciembre. Vivo en una isla, pero ahora no es una isla desierta del todo como la soñábamos. Ninguno de mis antiguos amigos vino al matrimonio, a pesar de que últimamente contamos con computadores y teléfonos que Ernest nos ha traído y que nos mantienen muy bien comunicados con el resto del mundo. Pusimos e-mails pero al matrimonio sólo vinieron algunos nuevos amigos: viejos pescadores de los alrededores.

Era de preverse. Cuando decides dejar el arte, y dedicarte a la artesanía, nadie te lo perdona. De todos modos, hay viejas costumbres que todavía permanecen en nuestro diario transcurrir. Por ejemplo, aún tengo que caminar media hora antes de fumarme mis porros y ponerme a crear. Cuando me coloco en seco, sin poner a volar mis pensamientos por el paisaje circundante, me salen esculturas chuecas, desproporcionadas, sin estilo y con ideas mamarrachas.

Me solía pasar en los inviernos de la gran ciudad, cuando nevaba mucho y las tormentas no permitían salir a la calle. Ahora me resulta muy estimulante este clima tropical de soles extremos para salir a caminar en las mañanas y pescar y pintar y armar mis porros con tranquilidad.

Esta semana la pesca ha estado mala. Hemos vuelto con nuestras redes vacías cada mañana y nos hemos sentado en la playa a bebernos el ron que Ernest nos trae. Ernest viene cada lunes. Ernest también vino a mi boda; fue uno de los únicos; él y los pescadores.

Las cosas son diferentes aquí. Hay un dicho entre los pescadores que reza: “En la isla nadie es más débil que los otros”. Tal vez por eso es que todos nos valemos por sí mismos, aunque en los viejos tiempos era diferente. En los viejos tiempos nos ayudábamos. Algunos andábamos más mal que otros, pero nos ayudábamos, sin detenernos a contemplar el origen de nuestros males, sin detenernos a pensar si lo que necesitábamos era cervezas para nuestras gargantas ó agua pura para echarle al hoyo del water. Ahora no es necesario. Ahora todos nos sentamos en la playa después de pescar y nos bebemos el ron y hablamos sobre las últimas noticias del puerto, que nos trae Ernest. A veces no hablamos. A veces bebemos en silencio y masticamos los cocos de la playa y nos tomamos su agua y nos quedamos varias horas viendo el amanecer. Luego, cuando nos acabamos la botella, cada uno va a su casa y yo tomo el camino largo para poner en marcha mis pensamientos y recoger los trozos de madera y armarme, por supuesto, alguno que otro canuto. Los trozos secos se van a la cocina y a la chimenea, y los trozos húmedos los guardo para mis artesanías. Al llegar a casa, me meto a la cama con mi esposa, frotamos nuestros cuerpos y luego nos fritamos los pescados del día.

Pero esta semana las cosas han estado mal. Esta semana nos hemos estado comiendo las reservas y hemos estado fritando algunos patacones de más. Me pregunto si lo de la pesca seguirá igual de malo. Tendríamos que emigrar, aunque Ernest dice que en tierra continental las cosas están peor que aquí. Tal parece que los huracanes de los últimos dos años han arrasado con media civilización y tienen sumidos a los hombres en la más cruenta guerra por la supervivencia; según las cosas, hoy día no hay agricultura que se sostenga. Según Ernest, es muy factible que algún invasor venga por acá en busca de esos recursos naturales y esa paz ya totalmente inexistentes en el mundo intervenido y modificado por los humanos.

También podríamos quedarnos en esta isla, aún no fichada en mapa alguno. Tendríamos entonces que volver a ayudarnos los unos a otros, como al principio, cuando llegamos por primera, y última vez, hace más de 50 años, cuando vivir en la ciudad se había convertido en un insufrible estado de desesperación. De lo contrario, y si lo de la pesca sigue igual, unos vamos a desfallecer primero que otros. Unos estamos más viejos que los otros y nuestros cuerpos no responden del todo cuando tenemos que remar mar adentro. Pero me temo que ya no hay vuelta atrás. Nuestro egoísmo y la competencia natural nos harán sucumbir en caso de que nuestra suerte con los peces siga igual, pues los suelos aquí son bastante áridos e infértiles y ni modo de pensar en la caza ó en la porci-avicultura, pues no hay animal que haya podido aguantar las calurosas condiciones meteorológicas. De hecho muchos, casi la mitad de los que llegamos, han muerto por causa de este tiempo. En el día alcanzamos hasta 51, 52 grados centígrados a la sombra. Y en la madrugada, cuando el sol no ha salido, fácilmente hemos de experimentar los 45 grados centígrados. Ernest dice que es el efecto invernadero. Ernest es nuestra única esperanza. Nuestro único puente con el mundo. Le hemos dicho que traiga turistas, que ellos podrían apreciar nuestras artesanías. Pero Ernest dice que los tsunamis acabaron con esa industria y que hoy día, en pleno 2083, a nadie le interesa conocer lugares nuevos ni tomar vacaciones. Que el clima, como esta isla en los últimos años, igualmente se ha deteriorado drásticamente en todo el planeta y que la lucha por la mera necesidad de comer es una tarea unívoca y titánica de cada día. Mejor dicho, que las cosas están bien jodidas allá afuera (o mejor dicho allá adentro), que nuestra especie anda por un borde muy definitivo; que el lujo, el entretenimiento y la opulencia, por ejemplo, han sido extintos de la faz de la tierra. No hay caso. Lo único que queda, según Ernest, es la vanidad.

Nosotros, de nuestro lado, esperamos que la pesca se ponga buena, porque de lo contrario, la isla quedará más desierta de lo que era, y sería una pena, porque bien o mal, éste es el lugar que mi esposa y yo hemos escogido para casarnos.

Anoche soñé que volvía Ernest. Se había tardado meses en volver y todos lo estábamos esperando, muertos del hambre, en la playa. Nunca más habíamos vuelto a pescar y ya habíamos desistido de lanzar las redes. El cielo se había convertido en una espesa sopa de llamas púrpura a punto de lanzar lluvia ácida sobre nuestras cabezas. Unos invasores habían venido a conquistar la isla en buques ultramodernos, tripulados por piratas jubilados. Pero se habían ido al enterarse de que no teníamos nada para ofrecer. Buscaron un tal tesoro de medallones pertenecientes al conquistador Hernán Cortéz, “pirata de piratas”, decían, y removieron la arena por todas partes en busca de caletas milenarias y esculcaron en las cuevas, montaña adentro, que conectaban con el mar. Vociferaban, gritaban, decían letanías en lenguajes forasteros de mundos submarinos e informaban sobre el desorden del mundo en general, y promulgaban que estaban muertos y que sólo la maldición de una isla encantada podría devolverles a la vida. Para demostrárnoslo, empezaban a darse de golpes durante 43 horas seguidas y a dispararse en sus estómagos con bolas de cañón hasta despellejarse la piel y deshilachar sus músculos, y hasta quedar con los francos esqueletos expuestos al viento salubre de la costa. Al final incendiaban nuestras chozas y, consultando sus brújulas, se marchaban por donde habían venido, no sin antes hacer un homenaje al código de la legión bebiendo y cometiendo sacrificios de doncellas locales. Después venían huracanes de todos los tiempos y veíamos los barcos de los piratas yéndose hacia el cielo. En el sueño, Ernest traía materiales para construirse una casa en la isla y provisiones para un año, y suficiente armamento como para enfrentar a un ejército de 5000 hombres. En el sueño, Ernest también quemaba la barca que lo había depositado definitivamente en nuestro entorno.

Pero no quise contárselo a mi mujer. Al despertar, ella me salió con la noticia de que está embarazada. Yo a mis 86 años y ella esperando un hijo mío. ¡Vaya, tiempos!