Tus secretos cuando hablas en sueños

Por William Zapata M. (Colombia)

La conocí bailando hip-hop. Bueno, qué se podía esperar de una mujer que uno conoce en una discoteca y cuyo único anhelo es pescar cada noche el pene de algún negro mientras encuentra alguien que la merezca. Ligereza; eso se podía esperar; falta de significado. Siendo el amor algo tan profundo.

Y es que uno no entiende las modas de estos días. El caso es que yo estaba allí. Había entrado a aquella discoteca nada más que por un par de fósforos y había salido con el corazón incendiado y con el número telefónico de ella, anotado en una servilleta, cual indicación escrita por los dedos de la más fina de las damas. Lo que vino luego fue una madeja de sucesos que nos llevaron a la convivencia y, posteriormente, a la traición, al rompimiento de un florero en una tienda de cristales.

Nos tomamos aquel amor como quien se toma una jarra de GinTonic. A sorbitos, con mucho gusto. Embriagados, conocimos los Hamptons desde la banca de atrás de un auto de carreras, conducido por el más lúcido de los locos: un corredor amigo de Wall Street. Divisamos las zonas cenagosas de la pampa boliviana; los barrios de los sicarios en Medellín; paisajeamos en las sinuosas calles del Village; en los casinos de Atlantic City y, en fin, como diría cualquier resacado desprevenido: borramos casette.

Ella saltaba de la cama del negro haitiano en las mañanas y se metía en la mía por las tardes. Cómo no iba yo a esperar que, dos años después, la sorprendiera revolcándose por enésima vez con nuestro compañero de piso. Y estoy de acuerdo: las mujeres siempre se han derretido por esos aventureros apasionados y, quizá, cuando una mujer te pone los cuernos, es porque ha sido un tanto abandonada. Pero eso no le da el derecho de que irrespete tu propia casa, tu propio living room. En eso nadie me puede conceder una objeción.

Mi primera moraleja es: nunca metas testosterona gitana a tu casa, especialmente si él es un universitario inexperto y ella una frustrada con un sentido del olfato muy desarrollado, una de esas que se ufanan de ser unas esposas muy decentes. Ya, la sola auto promoción de su moralidad, es de por sí altamente sospechosa.

Bueno, tal vez pudo ser que, después del aborto, aquella pobre dama de la más distinguida alcurnia popular se sintió muy culpable; es preciso recordar que ya no era una chavalilla: tenía 34 años y había sido ella quien había tomado la unívoca decisión. No cualquiera puede ser digno aspirante de tu útero a esa edad.

“¿Por qué crees que vienen de tan lejos en busca de un semental?”, me dijo mi casero hace poco cuando se lo comenté. Mi casero la conocía muy bien y conoce muy bien a la gente de aquel país, “Hay a quienes no se les puede pagar hora-extra, porque se dan el lujo de quedarse toda la vida en tiempo de descanso”, remató mi casero. Mi casero es italiano. Mi casero es muy sabio.

En el caso particular de mi ex mujer, sólo podríamos hablar en términos de sexo casual. Era sólo una ninfómana adecuadamente encubierta, hasta que a mí se me ocurrió la maravillosa idea de meter a este extraño, supuesto ciudadano honorable, al cuarto que nos sobraba en el fondo del hogar. A veces, haces un favor, lo lanzas con efecto de boomerang y se te devuelve con efecto de balazo.

El caso es que, a partir de entonces, ella no pudo ocultar sus erupciones de tormenta solar. Emergió toda la verdad cual rollo fotográfico recién revelado. Por primera vez la vi con un destello en sus ojos; aquel síntoma ineludible de que estaba lista para reproducirse. Disfrazó sus calenturas de mil formas. Se hacía la sin tabús, la moderna, un animalillo al servicio de sus más secretos instintos. Una verdadera invitada de honor al más elegante festín del diablo. La que podía sobrellevar la convivencia cotidiana y el deseo en un mismo vagón, sin mezclarlos. Desorganizó por completo sus horarios. Trabajaba por las noches hasta la madrugada y dormía en el día hasta las horas que le convenía. De antes, ya se había inventado viajes ficticios probando otras leches; ya venía propiciando un ambiente. Es cierto que tú lo reconoces cuando lo ves venir. Se fabricaba fábulas para él y fantaseaba con participar en su promiscuidad cotidiana. Ello le hacía el juego más interesante. Ella sabía que, por ‘A’ o por ‘B’, se iría a quedar con el trofeo. Una existencia desde la base como si en realidad nada en este mundo mereciera respeto.

De mi parte ya no quedaban muchas opciones que agotar. Es cierto: tal vez no la respetaba a ella tanto como respetaba a Dios. Cuestión de tener una prioridad en tu escala de valores. Cuestión de tener una escala de valores. Había fallado en el principal de los postulados para con sus costumbres sociales; la había hecho abochornar.

Moraleja # 2: No hagas abochornar a tu pareja con lo que haces para traer dinero a casa. En estos tiempos de movimientos demográficos, una de las reglas del inmigrante es romperse la espalda haciendo trabajos de mierda y luego poner un e-mail a casa diciendo que has montado tu propia oficina. Una vida real y otra virtual; con la real comes y con la virtual no decepcionas a tus padres. Con la real alimentas tu capacidad de supervivencia y con la virtual alimentas tu ego y de paso ejercitas el exquisito arte de la presunción, para no abochornar, por ejemplo, a tu esposa.

Es real que yo me ganaba la vida como podía: construcción, limpieza, mudanzas, domicilios. Es virtual que lo hacía como escritor: pasquines; web sites de segunda categoría. Pero en la sociedad emergente newyorkina la lucha es fratricida; de nada te sirve que seas el próximo Saul Bellow, si por lo menos todavía no te pagan dinero o no te invitan a fiestas intelectuales. Pobre ex esposa mía; debió haber sufrido lo inimaginable viéndome hacer aquel tipo de trabajos; atestiguando mis patologías de esclavo laboral; oyéndome, en cada retornar a casa, aquellas historias deprimentes de la clase obrera más baja del sistema, de los seres más desafortunados. Historias, al final de cuentas, que le recordaban su infancia inmerecida al lado de un padre camionero.

Total, de todos modos, se me hacía muy falso eso de ponerme a pretender, a fanfarronear en cada reunión de sus compatriotas ó en las entrevistas con sus padres. Ello evidentemente no era nada efectivo para fomentar el orgullo de una fotógrafa, cuyos mejores close-ups llegaban hasta la punta del Empire State. Ya se sabe que el mundo de lo aparente e ilusorio, más no lo esencial, es la materia prima de quienes se dedican a disparar el obturador. Ya se sabe también que lo sagrado siempre será invisible a los ojos.

Pero ella era esa suerte de fotógrafa que vivía en el mundo de las bellas formas materiales. Esa era su inmutable naturaleza, su educación, su crianza, su forma de relacionarse con el mundo a no ser que tuviera que desmentirlo en el plano de las conversaciones platónicas. Pero en el fondo, cualquier atentado religioso contra aquel sistema de fuerzas paganas era motivo de vergüenza, no importara que hubiera sentimientos reales de por medio. En la sociedad de los ilustres desconocidos, lo importante eran las apariencias y eso nos mató. A los dos.

Moraleja # 3: Si te gusta alguna chica de la clase media, aprende a inflar tu valor como forma de homenajearle a ella; hazle creer a su círculo de amigos que tus camisetas de marca no fueron compradas en una tienda de saldos. Aquella chica no te lo creerá, pero dile que tu teléfono celular te lo regalaron en el banco por hacer muy buen uso de tus tarjetas de crédito y que tus padres millonarios no te aguantaron en tu país de origen; díselo; lo necesita; dile que tú eres la oveja negra, el bohemio, el loco de la familia entre un distinguido grupo de hermanos exitosos. Miente! Ese tipo de mujeres, que nunca han sido ricas, les gusta, se merecen, que les hagas creer en universos paralelos. Si tú te rebajas, las rebajas a ellas y, en los tiempos que corren, la verdadera dimensión espiritual de las cosas es totalmente irrelevante para su forma de entender el mundo. Les es indiferente. Estamos aquí para reproducirnos sin ningún tipo de significado metafísico, evolucionar biológicamente sin conciencias supra-terrenales, mejorar una especie a partir de las bondades de ciertas razas, lo cual nos concede plena auto determinación sobre el destino.

Eso, más o menos, fue lo que me pasó con mi ex mujer. El inicio de los acontecimientos se fue liando de tal modo, que ella vio en mí a un personaje singular, el tipo de hombre que siempre había soñado. Un Frankestein construido por el olfato de una desesperada. Una figura de cera a quien, sinceramente, yo no conocía, pero que ella moldeaba con el curso del tiempo.

Mi principal error fue haber tumbado a patadas ese prototipo, estatua de barro, en el propio museo de su imaginación. Le hablé sinceramente sobre mis orígenes, el barrio en el que me crié, mis padres, la crisis de toda una sociedad, los horrores de la guerra en mi país, lo criminales que eran mis amigos de infancia. También le dejaba ver mis apuntes de escritor y me sinceraba cada vez más en mis estilos literarios. Desgarraba mi corazón. Moraleja #4: trata de hacerte lo más posiblemente invisible. Actúa una farsa; ponte disfraces de buena persona; dobla tu personalidad; sé otro distinto a tu verdadero “yo”. No permitas que ella te vea. Y, especialmente, no te dejes ver así subdesarrollado, tal como sos, por sus amigos los civilizados. NO la avergüences ante la sociedad!! Obviamente, si ella, una correcta ciudadana del primer mundo, ha escogido juntarse con un escritor tercermundista, es porque cree en tu inocencia de cordero involucionado y porque realmente desea que le escribas bellos poemas llenos de ideas luminosas y no esos arrebatados dardos de sinceridad y veneno que te llaman desde la oscuridad. Cualquier mujer que se enreda con un escritor quiere que tus letras desborden vida y no muerte. De lo contrario, corres con el riesgo de perder a tu adorada. En lo personal, fui víctima de mi propio invento. Escribía historias de amores imposibles y dejaba que ella husmeara aquellos textos. Se los creyó. Súbitamente, empezó a materializarse en mis heroínas. Quiso apropiarse de aquellas trágicas tramas. Puras mujeres auto suficientes que anteponían su libertad como valor supremo. Verdaderas tontas del culo, a mi parecer. Eso de la libertad y la fortaleza interior eran las basuras más grandes de las que yo siempre escribía. Yo lo hacía por artificio; a manera de malabar literario. Ni en pedo podría creerme esas mentiras del universo contemporáneo femenino.

Sin embargo, ella, mi ex mujer, empezó a incorporar inconscientemente todo lo que yo escribía. Y cuando uno deja que su mujer lea sus cosas, puede pasar que: A) quiera convertirse en el objeto de tus deseos. B) Pille todas tus debilidades y las utilice el día menos pensado para destruirte. Así de simple.

Moraleja #5: no le muestres todo tu interior a una mujer. Siempre guarda algo, un excedente. No le entregues toda tu fe. Algún día la puede usar en tu contra. Es mejor andar por la senda del misterio. Dale poesía, pero no información confidencial, nada de datos. Sólo poemas. Una mujer con tu información íntima es más peligrosa que una sopa de anzuelos; sobre todo si es aquella mujer con la que te acuestas cada noche.

Voy a contar qué pasó la vez que le dije a mi ex mujer que la extrañaba; dijo: “Yo no me la llevo tan mal”

Ahgg!!?? SE CREÍA LA PROTAGONISTA DE MI ÚNICA NOVELA!!!

Sin darme cuenta, de un tiempo para acá, venía diciéndome frases que decían los personajes femeninos de mis escritos: “Ah no es para tanto”, “Ya se sabe que en el amor pasan esas cosas”

“Es natural” “No te pongas melodramático"

Mhh! Bueno, debo decir que, en aquella relación, ella siempre fue Mrs. Perfección y yo Mr. Desastre. Era yo el que tenía accesos de cólera y celos. Ella Pelé y yo Maradona. El orden y la anarquía. Yo el neurótico, el que le ladraba a las palomas en la calle; ella quien siempre estaba en su centro y quien siempre conservaba sus empleos. La mata de la paz interior. Siempre estuvo hecha. Una de esas que ya ha superado a Dios. Yo, en cambio, como los soldados que siempre van al frente.

Nada queda de aquel amor. Y es que lo que empieza en discoteca termina en resaca. Sólo queda mi literatura, la cual me hizo víctima de su efectividad. También queda mi fe en Dios y una nueva chica con la que sí puedo leer la Biblia. De mi ex mujer, nada sé. Quizá haya vuelto a sus andanzas de ir de cama en cama, o quizá haya encontrado un valor superior al de su propia, bien merecida, libertad.

4 comentarios:

Literaria dijo...

la sopa de anzuelos me hizo gritar... que imagen fuertisima!!!

me encanta el texto, me ha hecho reir , sufrir, pensar
De la discoteca a la resaca.

TE felicito !! Me regustó..pero esa sopa me dejo impresionada..no quiero soñar con ella..

William Zapata M. dijo...

Sí es una imagen muy fuerte y es cultura popular colombiana y tal vez latinoamericana, no estoy seguro. El dicho exacto reza: "Más peligroso que una sopa de anzuelos"

C.G.V. dijo...

"...no sé si te diga algo mi nombre... pero, bueno... gracias por inspirar tantas cosas en mí... gracias por dañarme la cabeza con tus escritos, por aportar tanto en mí... eh... no sé ... y... no sé ... dentro de tanta mierda y de tanta cosa, te siento a vos la persona más cuerda ke conozco... ... parce, nunca te vi, nunca te conocí, pero siento que sos mi amigo del alma.. un abrazo... un abrazo ... adiós..."

CAROLINA dijo...

mmmh definitivamente!!!! sos maravilloso!
me gusta mucho la moraleja #5... y andar por la senda del misterio! dejar algo para la imaginación y no ser tan "agua" por que puede ser usado en contra!
WiLL! sos el mas cuerdo en un mundo de tostaos!
Eyyy se te quiere!