Yonkis del masoquismo

Por: Elías "Jota" Urdánigo (Ecuador)

Estoy tratando de escribir sobre un asesinato de tres menores de edad ocurrido en Quito. El asesino es un muchacho de 18 años, hermano de las víctimas. Un psicólogo ha dicho en la TV, que el chico estaba envenenado de celos contra sus hermanos porque se sentía desplazado. Yo tengo otra teoría del asesinato pero antes de que pueda desarrollarla Elizabeth llama por teléfono y me cuenta que ha soñado conmigo, y a continuación, y sin que yo se lo pregunte, me cuenta el sueño. Es algo común: me acerco, le cuento cosas, le hago el amor.

Intuyo, bueno, no intuyo, sé que está enamorada de mí. Pero yo no tengo la culpa de esa aberración. Lo digo porque soy una mierda y nunca le he demostrado lo contrario. Es imposible corresponderle, esta loca, sólo alguien así puede interesarse en alguien como yo. Elizabeth, la interrumpo antes de que continúe con el especial del día: sus chistes, estoy escribiendo un post para actualizar mi blog. Qué es eso dice ella. Una página que tengo en la Web. En el Internet. Sí. Y cuál es la dirección. Lo pienso un momento y luego, con toda la intención, le suelto una mentira: tragaperras.blogspot.com. Ella afirma entusiasmada que me buscará en la Web. Y sé que lo hará, por eso la mentira, no quiero que la página se vuelva un cementerio de comentarios cursis y chistes sin sentido. Bueno te dejo, me dice. Chao, le digo. Cuelgo el teléfono.

Minutos más tarde descubro que he olvidado totalmente mi teoría sobre el asesinato y no es la primera vez que me pasa. Últimamente me desconcentro con facilidad, pero eso es otra historia. Cierro la ventana de Entrada Nueva. Y pongo en el musicmatch algo de los Ilegales: "Acabaremos mal".

Voy a la oxidada mini nevera y saco la botella de vodka, que he sobrado de la navidad. Está casi llena diría un optimista. Yo digo: es suficiente para esta noche, no pienso emborracharme.

Miro por la ventana, Ciudad Muerta huele a paz, y la noche está tibia como un dulce coño. Acá dentro huele a soledad y alcohol, pésima combinación de fragancias, ¿serán otoñales?

Nunca me hubiera imaginado cumplir otro año más en Ciudad Muerta. Alguien debería subir las gradas, patear la puerta y asesinarme. Pero el mundo no es perfecto, tú lo sabes brother, you know man. Empiezo a captar ondas raras, ondas del pasado. El vodka no actúa tan rápido, pero la música es una inyección con una dosis letal de melancolía. En los parlantes de la computadora hay un vertedero para yonkis de la tristeza: En el “Parque de Invierno”: Seguirá ella teniendo 15 años después de tanto tiempo. Bebo vodka como un jodido ruso, en un cuarto alquilado en el centro de Ciudad M. Odio la gente llorona, incluso más que los que viven eternamente riendo. Que hay malos escritores eso lo sé, y músicos de mierda y señoritas con dos gramos de materia gris, pero eso sí, divertidas. Sin embargo que no haya nada más que elegir, esa si es una puta tragedia.

Suena el teléfono de nuevo, ni siquiera tengo que oír su voz para saber quien es. Alguien puede llegar a hostigarte tanto, alguien que espera que bebas y enloquezcas, y le digas toda esa ola de insultos que, anhelosamente, desea oír. Porque, así como hay yonkis de la tristeza, los hay también del masoquismo. Para mayor referencia preguntar a los que aman a sus verdugos. Latinoamérica tiene de esos bastante. Pueden empezar por Cuba y Chile.

Me levanto y voy hacia el teléfono, de pronto me siento una especie de dealer con el producto definitivo, el dulce de los yonkis del masoquismo: El desprecio.