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Expediente de Antonio Ramos

Nombre: Antonio Ramos Revilla.
Alias: Kozameh
Fecha de nacimiento: 26 de mayo.
Lugar de origen: Monterrey, México.
Categoría: Escritor Serial Mayor.

Fichado por KALA Editorial: Miércoles 6 de agosto de 2008.

Antecedentes Literarios: Ha publicado los libros Todos los días atrás (2005), Dejaré esta calle (2006), Necrologías (2007, 2008), Los cazadores de pájaros (2007), y Sola no puedo (2008).
En el 2009 ha publicado los libros de literatura infantil y juvenil: Ixel, Reptiles bajo mi cama, y El Norteño Mágico.
Su obra ha recibido varios premios entre ellos el Premio Nuevo León de Literatura 2003, el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2005, y en 2007 el Salvadar Gallardo Dávalos, el Mano de obra y el Juan B. Tijerina. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, del FONCA jóvenes creadores y de la Fundación para las Letras Mexicanas.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"

Profesión Legal: Editor.

Trastornos Mentales: Los juegos de estrategia.

Cita: Me sobrevivo en vela, mereciendo que al corazón me apunten al matarme.

Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Experiencia sexual temprana - 6 de agosto de 2008.
- Ceulemans - 3 de septiembre de 2008.
- Capullo - 11 de marzo de 2009

Experiencia sexual temprana

Por: Antonio Ramos (México)

Le digo a Fernanda que no nos metamos en el bosque. Se lo digo. Se lo digo hasta tres veces. El bosque puede ser peligroso. De noche, del bosque salen ruidos, sonidos que llegan hasta la casa. Se lo digo, mejor vamos a un cuarto o vamos a escondernos. Se lo digo varias veces pero ella sólo me aferra más de la mano y me lleva con cierta autoridad. Dejamos atrás la casa. Dejamos los perros. Sí, porque en la casa tenemos dos perros. Uno se llama Teniente, el otro Manuel. A Teniente lo encontramos deambulando en el camino, con su lengua negra por fuera, parecía una víbora. A Manuel lo compramos en una tienda de mascotas. No es un perro de campo. Aunque aquí sí puede salir, cuando venimos para acá, pero Manuel no sale. A mí me acompaña hasta la puerta de la entrada y se queda ahí moviendo la cola. Cómo quisiera que Manuel viniera ahorita tras de mí. Cómo lo quisiera. Pero Fernanda me aferra del brazo. De ella sólo veo la espalda, su cabello negro, la mochila que lleva al hombro. Quisiera decirle que paremos, pero no es cierto. Me aprieta sin mucha fuerza, como si no quisiera apretarme pero no deja de llevarme al interior del bosque, donde dice, es más seguro. Atrás, en la casa, dejamos la fiesta. Han traído comida del pueblo y mataron un borrego. Yo vi cuando mi abuelo lo destazó y cómo le quitó las borlas de lana con agua caliente. El agua estaba tan caliente que la piel del borrego parecía roja. Y Fernanda miraba todo muy junto a mí y me dijo: al rato vamos al bosque. Así lo dijo, yo no le contesté. Estaba más emocionado viendo cómo destazaban al borrego. Nunca había visto eso. Salió mucha sangre y ahí estábamos todos los hombres de la casa. Papá, mi hermano Humberto, mi abuelo, mi tío José Luis, mis primos Pepe y Álvaro, mi primo mayor, y don Matías, el hombre que cuida el rancho. Las mujeres andaban en otro lado, en la cocina, preparando quien sabe qué. Fernanda estaba con ellas. Se paseaba. Vino un ratito a ver el borrego destazado y sonrió y fue entonces cuando me dijo: al rato vamos al bosque. Comimos, mi abuelo dijo unas palabras en memoria de la abuela. Habló de que todos los años venimos aquí a honrar la memoria de la abuela. Habló de ella, recordó alguna anécdota de cuando mi abuela perdió un sombrero en un aire rabioso que se levantó de la nada en plena avenida central y cómo la abuela corrió tras el sombrero sorteando los carros. El sombrero se elevaba aún más como un pájaro libre al fin y el abuelo nada más lo miraba y se reía de la abuela sin moverse de donde estaba y dijo que desde entonces, para él, la vida era como ver a la abuela siempre corriendo tras ese sombrero llevado por el aire y cuando finalmente lo alcanzó no se lo puso y regresó toda avergonzada a donde estaba él. Mi abuelo dijo que esa era la abuela Goya, ese espíritu y mis padres sonrieron y mis primos estaban aburridos y con hambre. Entonces trajeron el borrego, lo habían cocido con todo y piel y de los orificios manaba una grasita que olía muy bien. Todos comimos. Después cada quien se fue por su lado y Fernanda me tomó de la mano y me dijo: ven, vamos, no nos vamos a tardar. Y así estamos ahora caminando entre los árboles. Los arbustos casi nos tapan. Yo no puedo ver hacia tras y hacia adelante. De lejos quisiera ver el rancho, sus muros, pero no veo nada. Sigo a Fernanda. La sigo. Llegamos hasta un claro. Salimos de él, nos metemos entre los árboles. Después caminamos un poco más. Sólo hay arbustos altos y un olor a bosque, un frío olor a bosque. Fernanda dice: aquí, aquí mero. Y no sé porqué me lleno de emoción. Finalmente llegamos. Miro hacia atrás. Me da miedo que venga alguien del rancho. Miro hacia atrás, hacia adelante, pero Fernanda me dice que sssssshhh… lo repite suavemente, sssshhh. Me sonríe. Es más alta que yo. No mucho pero me saca al menos medio codo. La mido y se lo digo: me sacas como medio codo de altura. Fernanda vuelve a sonreír. Lleva puesta una blusa rosa, una falda de mezclilla y entonces le veo los zapatos. Están viejos. Cuando se los quita esconde con vergüenza los hoyos en las calcetas. Espera, me dice, y entonces extrae de la mochila una manta azul que tiende sobre el claro. Mientras lo hace huelo el pelo de Fernanda. Huele a lo que huele el estanque, al agua de la pileta. Sin decirme nada se termina por quitar las calcetas y tamborilea como puede los dedos de los pies sobre la manta que deja ver un poco los accidentes del terreno, levantada en partes a causa de la maleza. ¿Y ahora? No sé qué contestarle. Sus ojos brillantes, pulidos, como piedras de carbón. ¿Y ahora? No sé, pero no sé qué decirle, ¿por dónde se empieza a desnudar a una mujer? Fernanda mira hacia todos lados y aprieta la quijada, no con enojo, ni con fastidio, sino con una mansa resignación. Se sube un poco la falda y se soba los muslos, mueve la cintura, aprieta las piernas morenas sobre su piel tersa, luego las sube hasta esconderlas bajo la falda y baja lentamente las manos y asoma el calzón, lo deja caer con experiencia pero al mismo tiempo con cierto pudor y lo deja junto a sus pies. Los holanes son azules, el calzón es de una tela casi transparente y siento un nudo en la garganta cuando imagino el olor que tendrá aquella tela. Fernanda empieza a subirse la blusa y lo primero que veo es la cintura delgada, después el nacimiento de sus pechos puntiagudos, muy juntos uno del otro. Fernanda se mueve con lentitud, sus ojos se encienden, sonríe cuando siente el aire en los pezones grandes, morenos, unos pezones que casi quieren cubrirle todo el seno. La blusa cae. Ella la deja a sus pies, igual que el calzón. La veo que empieza a desabrocharse la falda, baja el cierre, noto cómo la falda se suelta pero ella no la deja caer. Mira de nuevo hacia atrás, hacia la fiesta. Todo está tan callado. Tan miserablemente callado. No sé porqué recuerdo entonces a la abuela con aquel sombrero rojo que vuela, movido por el aire y a la abuela corriendo entre los coches, con toda su vejez y a mi abuelo inmóvil en la banqueta, contemplando algo, quien sabe qué. Miro el sol. Ya es hora. Fernanda termina por dejar la falda en el suelo que cae igual que las otras prendas. También sonríe, pero es como si no me sonriera a mí. Estoy por quitarme la camisa cuando escucho pasos atrás de mí. Vuelvo la mirada hacia atrás. Álvaro. Mi primo Álvaro. Me sonríe con esa autosuficiencia tan normal en él y mira a Fernanda quien no se inmuta, ni se apena. Es como si lo esperara. Álvaro se me queda viendo con una expresión de burla, da unos pasos hacia mí, quiero correr, volver a la casa, quiero correr, pero mi primo me aferra del hombro. No te vayas, dice, Fernanda me contó, pero tú estás muy chico, no la amueles, pero aquí te vamos a enseñar. Me quedo plantado. Observo la malicia en el rostro de ella mientras mi primo empieza a quitarse el pantalón de mezclilla. Cierro los ojos. Trago saliva. Tengo ganas de salir corriendo pero no me muevo. No abro los ojos hasta que escucho cuando los dos cuerpos caen a tierra. Y lo veo todo. El pelo de Fernanda parece estirado sobre la maleza, enredándose en ella, quién sabe con qué raíces. Mi primo le aparta lentamente los muslos con sus manos grandes. Son dos cuerpos que se estremecen. No sé porqué, pero me acerco. Veo el rictus en la cara de Fernanda, como si se olvidara de todo. Así lo hacemos en la familia, alcanza a murmurar mi primo y es todo lo que dice porque empieza a comerse a Fernanda como si tuviera prisa, como si una gran prisa le hubiera entrado de improviso, Álvaro le besa aquellos pezones grandísimos que se pegan a sus labios como si fueran ellos quienes succionaran. Por un momento es como si no estuviera aquí, con nosotros dos, con mi primo Álvaro metido en ella y yo mirándolos. Todo es muy rápido cuando Fernanda abre las piernas y abraza con ellas a Álvaro por la cintura. Empiezan a gemir y es entonces cuando ella me mira, manotea y me extiende la mano. Su mano me busca con hambre y no sé porqué pero se la tomó, la aferro. Siento a través de ella las pulsaciones. Su brazo se mueve por el vaivén y no deja de mirarme salvo cuando cierra los ojos para gritar. Y grita. El suyo es un grito gutural, casi como de una bestia que pasa por mi piel y sube por mis venas y me cala hondo en la parte más fría del cerebro y mi primo también grita pero el suyo es más callado, como un grito de enfermo y seguimos ahí los tres, trenzados, ellos con los cuerpos, yo con la mano de Fernanda que se aferra a mí como si naufragara. No puedo no verlo desnudo, su miembro enrojecido, pero cierro los ojos. Finalmente Álvaro se desatiende de nosotros y se viste. El sol ya está cayendo. La sombra de mi primo se mete entre los arbustos, como llena de vida. Lo oigo decir. ¿Ya viste? Así se hace, a qué primo este, pero ya estabas en edad de saber. Esto queda entre tú y yo. Cuando termines vente a la casa, no te preocupes por el dinero, ya está arreglado. Lo veo irse como antes llegó. Cuando nos quedamos solos vuelvo a morena desnudez de Fernanda. Ella intenta sonreírme. No me quito la ropa pero ella tampoco se viste. Su calor me invade de una manera distinta. Su respiración es cálida y siento el calor de su sexo sobre el mío. No importa que al rato pregunten por nosotros. Así nos quedamos, abrazados, hasta el anochecer. Y no sé porqué también pienso en la abuela y su sombrero estúpido en el aire. Fernanda me sonríe. Seguimos tomados de la mano.

Capullo

Por Antonio Ramos (México)

De niño escuché cómo mataron al Capullo. Lo madrugaron. Se lo llevaron a una casa y le dieron mate. No fue con pistola, ni con navaja, sino con una piedra que le dejaron caer encima. Su muerte llenó de murmuraciones las calles, pero más de miedo. El Capullo era el hermano menor del Vale, un tipo que una vez, nada más por verga, arrastró en su troca a uno de los Piratas. Lo amarró con una cuerda del tobillo a la defensa y se lo llevó más de dos cuadras hasta que dejó de gritar.

Vale había sido boxeador de joven, entrenaba en el gimnasio del «Jaibo» Esparza. Contrataba a otros pandilleros de la colonia como esparrings. Panthers, Chidos, Piratas y Grimaldos cayeron en esa lona. Empezó muy bien, oí que dijeron esa noche cuando platicábamos junto a la lumbrita, calentándonos del frío, pero a la décima pelea le ganó a la mala a un tal Pipino Ramos y nunca se pudo levantar. Vale salió herido en el orgullo. Con su fama se hizo de una banda sabrosa; puros vatos felones que lo seguían a cualquier parte. Más de una vez pusieron en desbandada a la policía y cuando regresaban a vengarse, el Vale y su banda habían desaparecido.

El Capullo tendría unos cinco años menos que su hermano. Siempre andaba pasándose de listo, cocoreando a cualquiera, puro gallo entenado. Se las daba de cobardón, pero a la hora de la hora, sacaba un coraje sabía de dónde, una fuerza brutal que aterraba. Sobresalía entre la banda del Vale porque siempre usaba chalecos. También tenía un tatuaje en el brazo: una rosa a punto de abrir. Era su mayor orgullo. Vale y su hermano tenían una cantina en Granado y Mora. Se juntaban a chiflarle a las muchachas o para asustar a los obreros camino a Cementos o Bimbo.

Luego mataron al Capullo.

A los días del funeral Vale empezó a averiguar. No hizo nada esos días con el muerto tendido en la sala de su casa pero, todavía no se acomodaba la tierra sobre la tumba cuando Vale juró vengarse. Quería saber qué y quienes eran los amigos y enemigos del Capullo. Investigó, pagó por información, quiso saber con quién traía pleito su hermano: nadie quiso decirle nada.

Según los periódicos, al Capullo lo habían emborrachado y llevado a una casa verde abandonada en un monte. Siguieron con la fiesta durante la madrugada hasta que él y su acompañante se pelearon. El hermano del Vale sacó la navaja para defenderse pero se le cayó con la primera patada. El otro lo tumbó de un riscazo, después le dejó caer una piedra grande y boluda sobre la cabeza. Así lo encontraron a la mañana siguiente. No tardaron los periódicos en sacar la noticia. «Matan a pandillero en la colonia», «Le dejan caer piedra y huyen», decían los encabezados. Esa era toda la historia.

En Los Chidos hubo alarma. Mi papá habló con mis primos y les dijo: «La cosa se va a poner fea». Miró a mi tío Luis y le recomendó: «Tú, ándate con cuidado. Desde hace mucho te traen ganas». Mi tío era el mejor de la pandilla. Se le respetaba en las cuadras porque nunca se echó para atrás cuando le cantaban un tiro. Fue el último hijo de mis abuelos. A Luis lo querían todos y apenas consiguió jale en cementos se convirtió en una especie de héroe.

No hubo descanso ni del Vale ni de la ley. Pasaban las granaderas rondando con las torretas encendidas pero no franqueaban la casa del Vale. Se respiraba un aire tenso. Cualquiera diría que andaba el mal por las calles. Mi tío madrugaba para ir al jale, regresaba con el sol aún alto. Una tarde lo detuvieron pero les dijo que él no sabía nada. Capullo había sido su amigo y no quería problemas. Lo dejaron ir aunque no le quitaron la vista. Si no pasaban las chotas en sus Dodge iban los amigos del Vale en pesados Oldsmobile arrastrando miedo por donde anduvieran, un miedo que abría las calles como navajas, un miedo lustroso como las defensas gordas de sus carros.

Pesadas las noches y lentos los días.

Cuando la policía agarró al Babas, un borrachillo, de esos esquineros, incapaz de matar ni por hambre, las cosas se tranquilizaron. Lo acusaron. Otra vez nos enteramos por los periódicos. «Cogen al asesino del Capullo», «Agarran al matón de tejaban verde», repetía el vendedor con los paipers en la mano. Alguien lo había visto rondar el lugar del asesinato. «Si son pendejos», dijo el Vale, «ese huey no mató a mi hermano». Y aunque Vale no se dio por satisfecho dejó de buscar asesinos y se dedicó a lo de siempre.

El asesinato del Capullo fue como un parte aguas en la colonia porque a partir de entonces se empezaron a escuchar palabras como orden, civilidad y progreso. El municipio se dedicó a prestarle más atención a esas calles. Puso una comandancia en el centro, construyó una clínica. Obligaron al camión rayado a entrar a la colonia para acercar más a la gente. Cancelaron cuanta licencia de cantina no estuviera al día y fueron desapareciendo junto con las bandas en las esquinas y los pleitos en las calles. Incluso, el gimnasio del «Jaibo» se esfumó. En su lugar pusieron una tienda Conasupo donde metieron un expendio de leche y huevo. Hasta el Vale dejó de ser el Vale. Se convirtió en otra persona cuyo poder no pasaba de sus allegados y nada más.

Los Chidos corrieron con la misma suerte. Unos se casaron o se fueron a otras colonias, otros más se desafanaron de la clica. Mi tío Luis fue el primero en salirse. Se casó. Puso una tienda dejando los pleitos para siempre. A veces nos contaba de aquellos días, de esas calles, de esa colonia que ya no era la nuestra, de esa colonia que nos sabía a todo menos a violencia. Cuando nos hablaba del Capullo se ponía todo serio, le ganaba la risa. «Estas son puras sonseras», nos decía, «déjenme les cuento de las mujeres». Los tres o cuatro primos nos acomodábamos mejor en el piso y lo oíamos hablar de Carmen o Susana, o de la tarde cuando conoció a la tía Sandra mientras al fondo resplandecían las latas de atún por los rayos del sol que entraban por una ventana. Nosotros le terqueábamos: «cuéntanos del Vale» y él nada más negaba con la cabeza. «A chamacos estos.»

Una noche, mientras veíamos Chespirito aparecieron en la casa mi tío Raúl y mi tía Lala. Papá se levantó para saludarlos y no pudo porque antes ellos dijeron:

—Luis está muerto —Nada más vi cómo papá dio unos pasos hacia atrás y se recargó en la puerta. Salí corriendo a la casa de mis abuelos sin saber porqué. Mis abuelos veían al arqui Benavides en la televisión. «¿Qué traes muchacho?», me preguntó mi abuelo. No pude responderle. Me quedé en el vano de la puerta con el miedo, la certeza de que no tardarían en entrar mis tíos a contar la muerte. Mi abuela prendió un cigarro justo cuando aparecieron. Al principio mi tío hacía pucheros como de quien no sabe de dónde le sale el dolor. Mi tía Lala detrás de él le tomó una mano y dijo:
—Ya diles.

Mi abuelo bajó el volumen de la tele.

—¿Qué te traes? —le preguntó.
—¿Qué pasó mijito? —dijo mi abuela y apagó el cigarro.
—Luis —dijo— Luis…
—¿Qué pasa mijo, ya me estás asustando? —gimió mi abuela y se puso de pie acercándose a mi tío. La luz de un farol entraba por la puerta, en la televisión el arqui Benavides daba noticias que nadie escuchaba.
—Luis está muerto —soltó la noticia mi tío y en ese momento mi abuela comenzó a decir:
—¡Mijito! ¡Mijito, no es cierto, míjono!

Miré a mi abuelo. El coraje le trepaba hasta las sienes. Apretó el ceño, miró la televisión y la apagó enojado. Salió de la sala y no volvió a aparecer.

El funeral empezó al día siguiente. Llevaron el cuerpo a la casa de mis abuelos. Lo pusieron justo donde había estado la televisión. Trajeron cirios eléctricos y una cruz plateada. Sin saber qué hacer me quedé en el patio con los demás y esperé que las horas fueran largas. La mañana y tarde fue un desfile de mujeres. Se acercaban al féretro y después iban a abrazar a mi abuela. Así el día. Por la noche llegaron los hombres de la colonia. Esos boxeadores mal avenidos, pandilleros casados y con hijos fueron a ver a mi tío Luis; a recordarlo también de esa manera, enterrado entre cuatro paredes de hierro, recostada la cabeza sobre un cojín blanco.

Los miraba a lo lejos sabiendo sus historias. Aquél era el «Borrado», quien le había dado de tubazos a un granadero; aquel, uno que se había metido con la Giny y la había embarazado; aquel otro, uno que vendía vino adulterado bien vara para la raza y estuvo cuatro años en la cárcel por navajear a un pandillero. Cuando Vale llegó, seguido por una mujer pequeña y con el cabello canoso se me alborotó la sangre. Me acordé del Capullo, la tarde cuando mi tío Luis nos contó de su muerte.

Después que pasó de darles el pésame a mis abuelos, Vale y la mujer se separaron, ella se metió a la cocina y él fue al patio donde los otros hablaban en voz baja y fumaban. Le hicieron un lugar y alguien le dio un cigarro. Una lumbrita avivaba la noche y el frío se volvía de nada. Las llamas eran un desgreño de lumbre, un manoteo amarillo que soltaba un humo blanco. Vale fumó pausadamente. Sus ojos, me di cuenta entonces, eran verdes. Estaban medio sebosos por no sé qué cosa y semejaban los ojos de un viejo. Nunca antes lo había tenido tan cerca. Me pregunté cuánto dolor podría sentir uno por la muerte de un hermano o por la forma como le matan a un hermano y no supe qué sentir.

—Mi hermano era muy amigo de Luis —dijo Vale y los demás lo miraron con atención—. Cuando empecé a boxear, Luis y Capullo eran mis esparrings. Aguantaban los madrazos, eso que ni qué.

Sonrió al decirlo. Los demás del grupo sonrieron a medias, alguien se rió de más pero luego guardó silencio ante la mirada de los otros.

—Ya ven. A uno con una piedra, otro de una descarga y se nos van. Al menos con Luis sí sabemos quién fue.

Se levantó un silencio que tensó el aire. Me vino la imagen del Capullo como nunca lo había visto y me acordé del tatuaje.

—¿Y era bonito su tatuaje? —pregunté mirando fijamente al Vale, al mayor pandillero de la colonia.

Tuve nervios pero lo pregunté. Algunos alzaron el rostro. Me miraron con desaprobación. Otros tensaron los músculos y chistaron. Otro más escupió al fuego. Al Vale le chispeó una ira rara en las pupilas y se le fue apagando con lentitud. Se levantó y sacó su cartera.

—¿Quieres verlo?

Me extendió una mica y dentro de la mica la piel protegida contra toda suciedad y en la piel el capullo de la flor a punto de abrirse. La tinta casi desaparecía en los bordes aunque la flor seguía con su intento por florecer. Le regresé la mica a Vale y la guardó.

—No voy a descansar hasta que encuentre a quien lo mató, ya sé quién es, sólo estoy esperando el momento.

Lo dijo al aire con las palabras quemándose en la lumbre, como si supiera que no saldría de ahí, que ese fuego callaría todas las bocas. El Vale se estuvo un rato más y después se fue con su mujer.

A la mañana siguiente partió el cortejo fúnebre de mi tío: tres carros, dos camionetas con las coronas de flores y un camión de la colonia lleno de vecinos y amigos. Pasamos frente a la cantina del Vale. Esperaba afuera y traía una cerveza en la mano. Yo iba en la caja de una camioneta. Se me quedó mirando fijamente. Vale alzó la mano e hizo como si me disparara y me sentí el culpable de todas las muertes de la colonia. Al regresar del entierro encontré la cantina cerrada y nadie supo nada del Vale. Tardó días en aparecer. Al cuarto de su desaparición pasaron los vendedores de periódicos gritando a todo pulmón: «Hallan muerto en la colonia», «Lo matan con piedra». Sentí mucho miedo. A los días Vale abrió de nuevo la cantina. Tardé semanas sacándole la vuelta pero una tarde me encontró afuera de la tortillería, mientras esperaba con un mantelito en la mano y las monedas grandes de mil en la otra. Se me quedó viendo. Sus ojos verdes y sebosos tenían un destello raro. Otra vez alzó la mano e hizo como si me disparara. Sentía mis latidos acelerados, la garganta seca: verlo era como si sintiera en el estómago un capullo de terror que estaba por abrirse hacia la nausea.

Ceulemans

Por: Antonio Ramos (México)

—Sí, sí, Maradona, Platini, Allawi o ese Berslei. ¿Eh? Pues para qué los quiero. Mira, a mi el que me falta es C-e-u-l-e-m-a-n-s. Es belga. Mira, aquí dice. Jugador belga. Es centro delantero. No, ya te dije, no quiero a Maradona ni a esos otros que traes. Ah… ¿quién? ¿Kostadinov? Sí, si tengo repetido a Kostadinov. A ver tu álbum… nombre, ¿qué te pasa?, te faltan un chingo. A mí ya nada más me falta ése. Si me lo consigues te doy todas las que tengo. Sí… todas: Kostadinov, estos cuatro Manuel Negrete y las demás.

Eso me dijo Pepe. Me lo dijo mientras golpeaba el fajo de barajitas contra su mano. Eran muchas.

—Pero a ver… antes dijiste otra cosa sobre unas barajitas.
—Si Pepe, con don Jaime. Los de Barcel le trajeron muchas.
Pepe se me quedó mirando y apretó los labios. Seguro pensaba algo. Miró su bonche e hizo una mueca.
—Ahistá la neta —dijo—. Hay que buscar en la camioneta de Barcel. Seguro tienen hasta álbumes llenos.
Asentí con algo de miedo.
—¿Y si nos descubren?
—Pues corremos.

Así comenzamos a investigar a qué hora pasaba el repartidor. Nos quedábamos un rato afuera del estanquillo de don Jaime a esperar; mientras jugábamos a las canicas o matábamos insectos en el llano. Cuando nos cansábamos nos íbamos a la tienda y veíamos el balón de fútbol con la firma de Tomás Boy que daban a quien entregara el álbum lleno. A mí me daba ansia nada más de imaginarlo en mis manos, segurito al Pepe le pasaba lo mismo, porque chistaba como enojado apenas le recordaba al jugador belga.

El balón, bien bonito; igual al que habían usado en el mundial un mes atrás. La firma de Tomás Boy brillaba sobre una de las caras. A veces imaginaba lo cansado que habría sido para Tomás firmar tantos balones. Le pregunté a Pepe como le habían hecho, me dijo que no fuera bestia, esa firma seguro la habían pegado.

—¿Y entonces para qué queremos el balón? —le contesté crecido ante el regaño.
—Son de colección —dijo y miró hacia el piso—. Además, le dije a mi jefe que le iba a llevar uno.
—Ah… tu jefe… pero tu jefe para qué quiere el balón.
—Oh… se lo prometí…además es hincha de Tomás Boy.

Me sentí mal por lo que dijo pero no hice por indagar; sentí como un nervio suelto en la garganta y nada más.

A las semanas de rondar la tienda de don Jaime descubrimos que la camioneta de Barcel pasaba siempre entre las cuatro y cinco de la tarde. La conducía un señor barrigón vestido de uniforme café. Estacionaba la camioneta justo a un ladito de la tienda. La dejaba sola un rato, en lo que entregaba las charolas con papas. Pepe fue el primero en hacer un plan. Él entraría a la camioneta. Yo me esperaría en la puerta, él revolvería las cosas, sacaría las barajitas. Si el vendedor salía me pondría a gritar: «Boy Boy». Al final nos íbamos a encontrar en un llano lejos de la tienda.

La tarde que preparamos el golpe hizo mucho sol. Aunque yo no iba a hacer nada heroico estaba nervioso. Sentí como si me hubieran dado un balonazo en la panza cuando llegó la camioneta y bajó el chofer.

—¿Listo? —preguntó Pepe.
—Enterado —le respondí como había visto en la televisión.
—¿Qué vas a gritar si sale el ñor?
—¿Tengo que decirlo ahorita?
—Sí.
Qué difícil era no ser el líder.
—Boy, boy.

Nos acercamos a la tienda. Nos separamos. Me fui hasta la entrada y me quedé ahí. Escuché al chofer hablar con don Jaime, a don Jaime reírse por algo y luego se puso a contar las bolsas de papas en las charolas.

Miré el balón con la firma de Tomás Boy. Estaba bien padre. Colgaba junto a un póster del estadio Azteca llenito de gente y con la leyenda de: «Llévate la firma de nuestros héroes». No había ni pasado un mes de terminado el mundial. En los llanos la gente había puesto televisiones para ver los partidos o se reunía en las casas. Hasta un equipo de la colonia se cambió el nombre de «Fuerzas Manzano» a «México 86». Les fue muy mal. Pepe y yo nos salimos de la escuela para ver el México contra Irak. Ganamos. Pensé en el papá de Pepe sin ver ningún partido, hundido en la cárcel después de aquel robo a la tienda de refrigeradores y no sé porqué, el alma se me hizo delgadita de los nervios y la tristeza. Miré hacia atrás donde Pepe seguía en la camioneta revolviendo las cosas para encontrar las barajitas. «Llévate la firma de nuestros héroes», decía la leyenda.

Envalentonado, me acerqué al vendedor y le dije:

—Estoy buscando una estampa, la de un tal Culemans… para llevarme el balón con la firma de Tomás.

Don Jaime se cruzó de brazos.

—No sabes qué lata da con eso de las barajitas —le dijo al chofer quien me miró y sonrió— se sientan afuera nada más a esperar tu camioneta.
—¿Quieres el balón? ¿Lo quieres? —preguntó el chofer—. A ver, ¿dónde está el álbum?
—En la casa.
—No, pos ahistá muy bien.

Don Jaime y el chofer se rieron.

—Pues qué esperas… órale, ve por el álbum; te lo doy aunque te falte una estampa.

Incliné la cabeza y miré hacia la camioneta. Iba a salir y gritar: «Boy, Boy» cuando el chofer se me acercó, descolgó el balón y me lo dio.

—Total, la promoción ya se terminó.

Salí de la tienda muy contento. Me sentía héroe. Un verdadero héroe como Quirarte, Boy, Servín y Aguirre. Iba a decir las palabras claves pero vi corriendo a Pepe a lo lejos. Lo seguí hasta el llano con el balón en la mano. Casi volaba. Ni el mismo Maradona cuando le metió ese gol a Inglaterra. Pepe me esperaba sentado bajo unas lechuguillas. Estaba muy serio. Mucho muy serio. Yo llegué muy contento con mi trofeo.

—Mira lo que traje —le dije muy acá—, y sin la barajita del Culemans.

Apenas lo vio, Pepe empezó a llorar y sus lágrimas me dolieron no sé porqué.

—¿Pues por qué lloras? Si ya tengo el balón para tu papá. Mira la firma. Está pegada como dijiste.

Pepe miró al suelo y seguí su mirada. Había, entre las piedras, un montón de monedas, billetes y bolsas abiertas. Algunas papas estaban en el suelo. El dinero brillaba junto a ellas lo mismo que los billetes. No había ninguna barajita, nada del álbum. ¿Pues qué hiciste? Le iba a preguntar pero de pronto me sentí tonto con el balón de Tomás Boy en la mano. Me sentí tonto con todo ese dinero a mis pies y un álbum al que le faltaba una barajita escondido bajo la almohada de mi cama. Me senté junto a Pepe y llegué a la conclusión de que nunca había visto jugar a Culemans en el mundial pero ya no tenía importancia. Así nos quedamos un rato hasta que tomé una papa y la mordí. Por primera vez en la vida no me supo a nada.