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Expediente de Hugo Izarra

Nombre: Hugo Izarra Míguez
Alias: Mr. Jones ™
Fecha de Nacimiento: 15 de septiembre de 1980.
Lugar de origen: Vigo, España.
Categoría: Escritor serial.

Fichado por Kala Editorial: Miércoles 11 de marzo de 2009.

Antecedentes Literarios: Después de estudiar Ciencias de la Comunicación en Madrid, se dedicó, durante algunos años, al periodismo social y cultural. Más tarde desempeñó otras actividades relacionadas con el mundo de las letras. En la actualidad, compagina la literatura con su trabajo como redactor en un gabinete de comunicación.
Es autor de los poemarios «Gominolas para los patos», «Ruinas incompletas», «Manual de primeros exilios», «Eyacula, que algo queda» y «La soledad es una puta con dientes de oro», además de la novela inédita «Prohibido tirar de la anilla».

Profesión Legal: Periodista.

Trastornos Mentales: Varios y floridos. Bipolaridad, depresión, impenitencia, esquizofrenia, heterosexualidad y decencia razonables.

Cita: Hi-Ho!

Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- No vuelvas a hacer eso, maldito hijo de puta - 11 de marzo de 2009.
- Tarde o temprano tenía que suceder - 13 de mayo de 2009.

No vuelvas a hacer eso, maldito hijo de puta

Por Hugo Izarra (España)

La primera vez que salí de Arizona era un mocoso de once años. No fue un viaje de placer, sin embargo. Mi padre llevaba entonces una representación de productos cosméticos junto a su socio, Hinoiri Aihara. Hinoiri era un viejo marica japonés que vivía obsesionado por la glicerina y las propiedades beneficiosas del aceite de anacardo.

Cuando Hinoiri enfermó, mi padre decidió llevarme con él a California. Sólo necesitaba un ayudante para un par de días, alguien que portease los catálogos de Cosméticos Aihara y no hiciese demasiado ruido, así que yo era su hombre. A cambio, podría conocer Los Angeles y tomar el sol como un lagarto en sus blancas playas de arena fina, bañadas por el infinito océano Pacífico.

Sonaba bien. Sonaba a cosa de adulto.

Era verano. Cruzamos San Bernardino de madrugada, huyendo del castigo excesivo del sol de medio julio, a bordo del viejo Camaro que tío Frank regaló a mi padre. Era una máquina egregia, de color borgoña, con algunas abolladuras en la parte delantera, reluciente cuando se lavaba. Uno de esos coches que te hacen sentir importante.

La radio nos acompañó todo el camino. Ni a mi padre ni a mí nos gustaba demasiado hablar, especialmente si teníamos que hacerlo el uno con el otro, así que nos dedicamos a escuchar con falsa atención las emisiones nocturnas de las cadenas locales. Acabamos un poco cansados de John Denver y de sus “Country Roads”. Y de la música country en general.

Llegamos a Los Angeles con las primeras luces. La ciudad despertó blanca y brillante con ligeros destellos de azul. Transmitía una rara pureza difícil de describir. El aroma intenso del mar inundaba el olfato e infundía vida, como un reconstituyente. Era una sensación totalmente nueva. La humedad, el olor a salitre, el rumor de vida acelerado, todo aquello contribuía a despertar en mi interior una excitación irracional.

El asfalto ardiente de Venice Beach despedía una densa capa de vaho que hacía adivinar el horizonte como un oasis frenético de civilización y palmeras. El cielo era cada vez más azul. Mi padre encontró un sitio para aparcar en un callejón que daba a la avenida principal, cogió unos cuantos catálogos del maletero y salió a recorrer tiendas en busca de clientes. Mientras tanto, yo me senté en un banco frente al mar.

Con el paso de las horas, la playa se fue convirtiendo en un hervidero de gente grotesca: gordas inmensas paseando mascotas enanas, chinos famélicos montando en bicicleta, una excursión de viejos vestidos de explorador... No se veían cosas así en Yuma. Comprobé que alguien me observaba con atención desde detrás de un arbusto. Era un hombre de mediana edad, gordo y con aspecto de mendigo. Se acercó con sigilo al banco y se sentó. Llevaba un abrigo tan largo como sucio y unos guantes de lana cortados a la altura de los nudillos que permitían ver las puntas de sus dedos ennegrecidos.

—¿Cómo te llamas, chico? —me preguntó con la mirada perdida.
—Bob... —le respondí— Bob Ochmoniak, señor.
—Óyeme, Bobby, voy a necesitar que me ayudes. Verás... —farfulló, bajando la voz— resulta que estos tipos me persiguen. Me buscan desde hace tiempo porque quieren algo que sólo yo tengo. ¿Me sigues?
—Sí, señor.
—Bien... Lo único que necesito es a alguien que esconda lo que buscan, antes de que ellos vengan para quitármelo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—¿Puedo confiar en ti, Bobby?
—Ya lo creo que sí, señor.

El hombre introdujo la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó un fajo de papeles arrugados que olía a sudor y a fritanga. Eran hojas de apuestas deportivas Ladbrokes escritas por las dos caras. Las miró por última vez antes de meterlas en mi puño y me hizo prometerle que no hablaría de aquello con nadie.

Estaba a punto de responderle que sí cuando sentí que alguien lo levantaba por la espalda. Era mi padre.

—¿Qué hacías con mi hijo, maricón? —dijo mientras lo empujaba.

El mendigo cayó al suelo y comenzó a aullar y a pedirme que corriera. Yo permanecí allí estático, lleno de rabia, sin poder hacer nada.

—Querías follarte a mi hijo, ¿verdad? —gritaba mi padre delante de todo el mundo— ¡Yo te daré tu merecido!

La gente formó un corro alrededor de los dos, jaleando a mi padre. El otro hombre lloraba como un niño y creo que yo también lloré. No tenía nada que hacer. Mi padre lo dejó allí tendido sobre el asfalto, sangrando como una rata, felicitándose por su valor.

Vino hasta donde yo estaba y me arrancó los papeles de la mano. Los rompió en pedazos y los tiró junto al mendigo, satisfecho. Los estúpidos que se habían congregado junto al banco le aplaudieron. Jamás había sentido tanto dolor. Le grité con todas mis fuerzas, como sólo un niño de once años puede gritar:

—¡No vuelvas a hacer eso, maldito hijo de puta!

Y me juré que jamás le perdonaría por aquello.

Tarde o temprano tenía que suceder

Por Hugo Izarra (España)

Dejé atrás la ciudad como una cicatriz de cristal en la espalda y enfilé hacia Arizona por la estatal 40 en el desvío de Montara Road. Para cuando quise darme cuenta, había recorrido ya más de treinta millas sin enterarme. Estaba cruzando el desierto. El maldito desierto de Mojave a las cinco de la madrugada: La definición total de un desierto.

Llovía a ráfagas. El agua se mezclaba con el polvo formando una molesta cortina marrón, pegajosa e igual de espesa que el escupitajo de un gigantesco viejo tuberculoso. El coche entero era un escupitajo de barro. Tuve la impresión de estar viajando con una nube de flema sobre el capó destartalado.

La radio del coche viajaba en silencio por pura inercia. Acostumbrado a no tenerla, lo más fácil era ignorarla igual que al cenicero. La encendí por sentirme menos solo y también por despejarme un poco: Lo necesitaba. Llevaba casi un día entero sin descansar ni probar bocado. Y la promesa de un área de descanso donde poder hacerlo se presumía aún lejana e improbable. Un oasis de felicidad perdido en un océano de mierda.

Las marcas de pintura amarilla en el asfalto señalaban el camino de vuelta a casa. La dirección a Yuma. Cuando pisaba el acelerador a fondo se hacían una, como un rastro infinito de oro en la inabarcable inmensidad de la noche, invitándome maliciosamente a cerrar los ojos y dejar que el coche siguiese solo, igual que un jodido canto de sirenas. Sólo que en Mojave las únicas sirenas que sonaban eran las de las ambulancias y las del sheriff del condado. Y, en mis circunstancias, prefería no tener que oír ninguna de las dos.

Seguí conduciendo durante una hora, cabeceando como un borracho, saliéndome a ratos de la calzada. Con un ojo encima de la aguja del nivel del combustible, cada vez más temblorosa y cabizbaja. Si me quedaba sin gasolina allí, en pleno desierto, me podía dar por jodido. No vi más que un par de camiones en todo el trayecto. Ni un miserable coche. Ni una maldita casa dejada de la mano de Dios. Estaba yo y después estaba la nada.

Me recompuse al vislumbrar un infeliz cartelón empolvado, probablemente obsoleto, aunque eficaz, anunciando con timidez la distancia hasta la estación de servicio más próxima: National Trails Highway. Sesenta millas. Con un poco de suerte, llegaría.

Me encomendé a Satán y a todos los santos y recé una novena a San Patricio para que todo saliese bien por una puta vez y no me quedase tirado en medio de aquel desierto de arena y agua sucia. Y al parecer funcionó, porque el depósito aguantó el trayecto, renqueante, más por fe que por gasolina.

Reposté. Llené el tanque, muy satisfecho. Me hice a un lado en el arcén del área de descanso y me eché a dormir. Seguía lloviendo y aún no era de día.

Ya tendría tiempo de desayunar por la mañana.