Nombre: Isabel Barceló Chico.
Alias: Isabel Romana.
Fecha de nacimiento: 8 de abril de mil novecientos y pico
Lugar de origen: España
Categoría: Escritora Serial.
Fichada por Kala Editorial: Miércoles 30 de abril de 2008.
Antecedentes Literarios: Ha escrito numerosos relatos breves, algunos de ellos premiados y publicados en diversas revistas en España. Ha publicado en Mexico en el suplemento cultural El Laberinto del diario Milenio Portal (2006). Autora de libros de turismo: Descubriendo tesoros: los museos de Valencia (2003); Valencia (2004); y Guía de Valencia y su provincia (2007) éste último en coautoría con Alejandro Lillo Barceló. En 2004-2005 recibió del Ministerio de Asuntos Exteriores español la prestigiosa beca de literatura Valle-Inclán para una estancia en la Real Academia de España en Roma, a fin de escribir un libro sobre las mujeres romanas. En la actualidad, administra el blog de creación literaria Mujeres de Roma y tiene un par de libros en cartera.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: ¿Qué es eso?
Trastornos Mentales: Un amor fascinado por Roma, sin llegar a ser patológico, un interés sin límites por las historias de las mujeres y, a veces, alucinaciones: cree vivir en un sueño mientras escribe.
Cita: (…) la muerte, tirando de la oreja, dice: Vivid. Vengo. (Virgilio)
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- El amor y la muerte - Relato incluído en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
- Claudia y la diosa Cibeles - 30 de abril de 2008.
- La decisión de la reina - 8 de octubre de 2008.
Expediente de Isabel Barceló
0:59 | Etiquetas: Isabel Barceló | 0 Comments
Claudia y la diosa Cibeles
Por: Isabel Barceló (España)
El carro que transporta a las vírgenes vestales desde Roma al puerto de Ostia avanza traqueteando sobre las grandes losas de la calzada. Atrás ha quedado la puerta de la muralla y las multitudes que han contemplado su paso con miradas hostiles. Los viandantes se detienen y se arriman a las orillas de la vía a medida que el carro los alcanza y, cuando los adelanta, se quedan observando en silencio cómo se aleja, con las vestales moviéndose a derecha e izquierda. No hay voces ni alegría, nadie canturrea para aliviar el cansancio del camino o sostener el ritmo de la caminata. En pocas horas Roma ha pasado de la alegría al estupor. Y el estupor se ha convertido en miedo.
La vestal Claudia, sentada en el carro entre sus compañeras, guarda silencio. Ha sentido sobre sí los ojos de cientos de romanos buscando en su rostro indicios de culpabilidad. Ella lleva la mirada baja, pero le arden las mejillas de vergüenza mientras su cuerpo permanece helado. A su mente asustada acude una y otra vez el recuerdo de la última vestal condenada a muerte por faltar a su castidad. Sus lamentos inarticulados y agudos, desesperados, horadaron entonces su cerebro y ahora recobran intensidad y crudeza. Vuelve a ver sus ojos desorbitados y turbios, la boca abierta y desencajada luchando por tomar una última bocanada de aire antes de entrar en la cámara en la que sería sepultada viva. Ese será el destino de Claudia, la muerte espantosa que le espera si las acusaciones contra ella prosperan. Su castidad ha sido puesta en tela de juicio y desde hace varios días por toda Roma se murmura que tiene un amante.
En los dieciséis años que dura ya la guerra contra Cartago, los romanos han sufrido mucho. Han muerto miles de hombres, se han destruido ciudades, campos y cosechas, la ciudad está exhausta y el suelo itálico destrozado. Un oráculo había dictaminado que, para vencer a los cartagineses, la imagen de la diosa Cibeles debía ser trasladada desde Frigia a Roma. Esa esperanza había sostenido el ánimo de sus habitantes en los últimos meses. El barco que transportaba la imagen debía llegar al puerto de Ostia y, desde allí, remontando el río, arribaría al puerto fluvial de Roma donde sería recibida con todos los honores. Y he aquí que ayer a mediodía, mientras se celebraba la noticia de la llegada de Cibeles a Ostia, otra noticia golpeó a los habitantes de la urbe como un mazazo: la nave había encallado a la entrada del río y corría riesgo de naufragar. La preocupación se transformó en pánico cuando se supo que todos los esfuerzos para liberarla habían fracasado. Los ojos de los romanos se volvieron furiosos hacia Claudia. Era culpa suya que, a las puertas de Roma, la diosa Cibeles se negara a entrar.
Claudia ha pasado la noche en vela ante el altar de Vesta, con un sufrimiento tan intenso que varias veces ha estado a punto de desfallecer. Durante la vigilia en su corazón se ha abierto paso la idea de presentarse en Ostia, allí donde estaba detenida la imagen de Cibeles. No sabe qué va a hacer allí ni si acertará a librarse de las acusaciones, pero debe ir. Cuando, al amanecer, la Vestal Máxima se ha dirigido al templo para las ceremonias matutinas, Claudia ha salido a la puerta y se ha arrojado a sus pies. Se ha declarado inocente y le ha pedido su apoyo y compañía para salir al encuentro de la diosa.
El público abarrota el puerto de Ostia y contempla en silencio las maniobras para liberar la nave. Las señales no pueden ser más alarmantes cuando las vestales llegan a la orilla y descienden del carro. El barco está escorado en medio de la corriente, con el agua a punto de asaltar la cubierta. Varias chalupas dan vueltas a su alrededor, sin osar acercarse. Está a punto de zozobrar. La arena del fondo cede de repente y el flanco se hunde un palmo más. Claudia da un grito. Cae al suelo y toca la tierra con la frente. Permanece así durante unos minutos y al fin se levanta muy despacio y pide en voz alta que se acerque una de las chalupas. Se desciñe lentamente el cinturón y, cuando el patrón de la barquita se acerca a ella, le entrega uno de los extremos y le ordena atarlo a una de las cuerdas de remolcar.
El puerto queda en silencio. Sólo se oye el chapoteo del agua y el ruido de los remos alejándose de la orilla. Claudia mantiene en su mano derecha el extremo del largo cinturón y observa cómo anudan el otro a una gruesa maroma. Cuando el patrón ha verificado la fortaleza del nudo y aleja la barca, la vestal pasa el cinturón por encima de su hombro y, sujetándolo con ambas manos, comienza a andar. El cinturón y la maroma se tensan. Claudia ni siquiera siente el momento en que la nave empieza a moverse al compás de su paso. En el puerto el gentío contiene la respiración. Tras algunas leves sacudidas, la nave queda por completo libre, se endereza y recupera la línea de flotación. Surca las aguas del Tíber rumbo a Roma y la multitud estalla en gritos de admiración y de júbilo. La vestal sigue caminando y caminando, sin más esfuerzo que tirar suavemente de su cinturón.
Las lágrimas corren por el rostro de Claudia. Da gracias en su corazón a la madre Cibeles: quizá la diosa ha querido que encallara su nave para que ella pudiera proclamar su inocencia ante toda Roma.
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La decisión de la reina
Por: Isabel Barceló
- ¿Es ésta la copa de la que habla mi marido? – pregunta Sofonisba al esclavo. El muchacho, un joven de ojos asustados y tez oscura, responde con una afirmación. Sujeta con las dos manos la bandeja sobre la que brilla una copa de plata. Sus manos tiemblan ligeramente, como si estuvieran soportado un peso superior a sus fuerzas. La luz del sol penetra a través de la abertura de la puerta y oscurece aún más la penumbra en el interior de la tienda de cuero. Fuera se oye conversar y discutir a los soldados mientras aplican aceite a sus armas para que no se oxiden. De vez en cuando estallan risotadas y maldiciones, un vozarrón que exige a gritos algo de beber y más risas. La reina Sofonisba permanece en pie, sujetando en la mano el mensaje que le ha enviado su marido.
- Déjala ahí – dice señalando una mesita – y márchate. Di a mi doncella que venga enseguida.
Se sienta en el borde del lecho y se cubre la cara con las manos. Su cabellera negra cae sobre los hombros formando ondas que se mueven, como un mar nocturno, a impulso de sus sollozos. ¡Qué terrible es la guerra! ¡Cómo transforma la existencia en el curso de unas jornadas o unas horas!
Desde que su primer marido declaró la guerra a Roma, el suelo de África está sembrado de muertos. Hace apenas ocho días, los soldados asaltaron y saquearon su palacio. Irrumpieron en sus aposentos, mataron a sus esclavos y violaron a sus criadas antes de degollarlas en una orgía de furor y sangre. A ella y a su vieja nodriza las arrastraron fuera del cuarto y las maniataron. No las salvaron de la muerte por piedad o respeto, sino para exhibirlas como si fueran alimañas en un gran desfile por las calles de Roma.
Cuando le anunciaron que era prisionera del rey Masinisa de Numidia, la reina creyó ver una luz dentro de su desgracia. Cierto que Masinisa era aliado de Roma pero, a la postre, su reino estaba en suelo africano. Al ser conducida ante él, sin atreverse a mirarlo, se arrojó a sus pies.
- Rey Masinisa – le dijo – Sólo soy una mujer y, como ves, no empuño armas ni visto armadura. No he declarado la guerra a nadie; no soy enemiga tuya ni de Roma. Mi único delito es ser la esposa del hombre contra el que estás luchando, y me casé con él porque así lo dispuso mi padre. ¿Ha de pagar una mujer por las acciones de los hombres de su familia? No te pediré clemencia, pero sí te suplico que no me entregues a los romanos ni a sus ritos deshonrosos. Si crees que merezco un castigo, decídelo y aplícalo tú mismo. Y si es la muerte, que sea digna y de acuerdo con nuestras costumbres.
Después de unos instantes eternos, una mano sujetó con suavidad su barbilla y le hizo levantar el rostro. El rey Masinisa la contempló con detenimiento. Se detuvo en sus lágrimas y las siguió mientras se deslizaban por sus mejillas. Le miró la boca, el cabello que la envolvía como una aureola. Se fijó en su cuello y sus pechos, en sus caderas redondas y tiernas. Sus ojos brillaban cuando se encontraron con los de la prisionera.
- Te protegeré, reina Sofonisba – respondió – Soy aliado de Roma, así que sólo convirtiéndote en mi esposa podré salvarte.
¿Qué otra solución se le ofrecía? La reina decidió aceptar.
Aún está caliente el lecho sobre el que se consumó su matrimonio y fue escenario de noches ardientes, combates amorosos sazonados con palabras de amor y de pasión, promesas de devoción eterna. Sin embargo, los dos últimos días Masinisa ha estado esquivo. Los romanos lo han llamado varias veces a su campamento y Sofonisba ha leído preocupación en sus ojos al volver de esas reuniones. Sus caricias no han sido acogidas con la satisfacción de costumbre. A oidos de la reina han llegado rumores preocupantes: los romanos insistían en que ella y su familia eran enemigos encarnizados de Roma y debía ser conducida como prisionera a esa ciudad para que el pueblo romano la juzgase y decidiera su suerte.
El mensaje que acaba de recibir de su marido confirma sus temores. Al oir los pasos de la nodriza, Sofonisba se descubre la cara. Las lágrimas han dejado un rastro enrojecido en sus párpados y sus mejillas.
- ¿Qué tienes, mi reina? – le pregunta la anciana – No me gusta verte triste. ¿Qué pensará tu marido, si lo recibes llorosa?
- Tienes razón, querida mía. No es nada. Prepárame las joyas y la túnica púrpura. Esta tarde quiero estar especialmente bella.
La nodriza no deja de charlar mientras le cepilla el cabello. Le ayuda a colocarse el vestido, ajusta el cinturón a su talle y le calza las sandalias bordadas en oro. Completa el ornato con brazaletes, anillos y un collar de lapislázuli que le cubre todo el pecho. La anciana da un paso atrás para contemplarla. Adora esos ojos almendrados y negros, la suavidad y firmeza de su carne joven, el porte regio de su querida niña. Se acerca de nuevo para arreglarle un piegue de la túnica y se despide con una sonrisa.
Sofonisba se acerca a la mesita y con ambas manos toma de la bandeja la copa de plata. Su marido ha sido claro en su mensaje: muy a su pesar, debe entregarla a Roma. Y ha tenido la gentileza de enviarle una copa de veneno para que se la beba si quiere escapar a esa humillación: la decisión es suya.
- A ti me entrego, muerte – murmura la reina cerrando los ojos – Tu beso es mil veces más leal que las promesas de los hombres.
Mira el brevaje durante unos instantes antes de llevarse la copa a los labios y apurarla. Luego se tiende en el lecho y cubre su hermoso rostro con un velo.Desea que la muerte llegue con la mayor dignidad y la despose como a una novia,
* La reina Sofonisba murió el año 203 a.C
22:48 | Etiquetas: Isabel Barceló | 0 Comments




