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Expediente de Jorge Pujado

Nombre: Jorge Pujado Torres
Alias:
Fecha de nacimiento: 19 de noviembre de 1970
Lugar de origen: Iquique, Chile.
Categoría: Escritor Serial.

Fichado por Kala Editorial: Miércoles 28 de mayo de 2008.

Antecedentes Literarios: Se tituló como periodista en la Universidad de Chile y luego realizó un magister en Comunicación en esa misma casa de estudios. Su tesis de posgrado –un ensayo etnográfico sobre marginalidad sexual urbana- fue publicada como libro por la editorial Laertes (Barcelona, enero 2000) bajo el título “Los regios del Santa Lucía”. Ha colaborado en diversos medios chilenos, tanto escritos como en soporte web, y participó durante tres años en un programa de desarrollo agropecuario y cultural en la comuna de Huara, en el norte de Chile, un sector de con altos índices de extrema pobreza. Durante ese periodo, coordinó un proyecto de rescate del baile tradicional cachimbo, y recopiló mitos y leyendas en las comunidades de agricultores de origen quechua de la quebrada de Miñi Miñe. En la actualidad, prepara la edición de ese registro, bajo el título “Memoria fragmentada de niña bonita”, al que se suman las fotografías testimoniales del artista José Miguel Lucero. Además, en enero del año 2004 ganó el primer lugar del Primer Concurso de Cuentos Eróticos de Revista Caras y Editorial Planeta, con el relato “Mañana es lunes”, que fue incluido en la antología publicada con motivo del concurso.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"

Profesión Legal: Periodista.

Trastornos Mentales:

Cita:

Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- La primera vez - 28 de mayo de 2008.
- Ángulo pendiente - 3 de septiembre de 2008.

La primera vez

Por: Jorge Pujado (Chile)

Me bastaría un síntoma, un cambio, una rareza más dentro de mi organismo, para que no existieran dudas al respecto Francisco, te dije y te reíste, aunque a ti te parezca imposible, absurdo, como te reíste cuando te dije que era mi primera vez, que no acostumbraba irme con caballeros a sus departamentos. Después de varios intentos tuyos por fin cedí. Era bonito tu nido, de ese modo lo llamabas, porque no era tu hogar, y apenas llegando ahí me sacaste el uniforme como a mordiscos, como ronroneando. A mí se me erizó todo y me dolió bastante y sangré un poquito y te dije que te amaba, porque me había entregado sin medir las consecuencias, y te musité (más por timidez que por falta de convencimiento, ya que después te juré la veracidad de mis palabras) que te amaba, nuevamente, así, al oído. Ahí desplegaste tu risa cínica, llenaste el living con tu risa. Ni alcanzamos a llegar al dormitorio la primera vez debido a tus urgencias, y sólo me dijiste con esa cara de sensualidad tuya, Ale (te gustaban los diminutivos, te gustaba disminuirme, nunca el nombre entero, nunca la entrega total), amorcito, ricura, cosita, pero nunca te amo, ni siquiera esa primera vez.

El discreto médico amigo tuyo se sonríe igual a ti mientras me saco el uniforme y a mí me viene el convencimiento de que todos los hombres que sacan uniformes son idénticos, que son amigos, cómplices, que se sonríen y se dan codazos después, en la revisión. Me da la idea que todos acuden a este consultorio alegres, satisfechos, a compartir las anécdotas de cómo fue, cuánto gritó la guagüita, cómo se movía, de si pedía más. El médico amigo tuyo insiste en no comprender el motivo de la consulta. Se encoge de hombros ante mi insistencia. Tú también Francisco. Le explico que asisto a su despacho debido a mis mareos después de, sobre todo después de la primera vez. Es que te fuiste al chancho, te explica. Pobre guagüita, agrega, y me mira tierno. A mí me viene el pudor de quitarme toda la ropa porque sólo tú, Francisco, me has visto así, y el doctor sube con el aparato frío por mis piernas mientras me trago, horizontal en la camilla, el miedo a haber metido la pata, a tener que enfrentarlo sin ti, una nueva vida sin ti, porque tu sonrisa ahora no sirve para nada, tus carcajadas de quien está acostumbrado a conseguir lo que quiere, casi como un designio de cuna, no detendrán el ensanche de mi cuerpo, no van a afirmar las costuras del uniforme. Y ahora el roce del metal me estremece como tú me estremecías cuando subías con las manos y la lengua por mis piernas, y yo me entregaba, me volvía como un caldo hirviente por dentro, como esas perras que se quedan paradas en las esquinas de mi villa sin ladrar, aguantando que se les suban, ayudando a que entre más con su propio meneo.

Aunque yo sé que si ocurre lo que no deseo pero espero sin remedio, no vas a estar conmigo, sino con tu familia ya constituida.

Tu amigo médico te pega un segundo codazo, y los dos me miran riéndose. Insisten que es imposible, que no pasa nada. Yo te digo bajito, con vergüenza, que llevamos más de dos meses dándole así nomás, a la buena de Dios (yo espero que Dios no se moleste por mezclarlo en estos asuntos engorrosos), y que cómo que no pasa nada. Tú te ríes, me tiras el uniforme a las manos para que me vista, me lo ordenas sólo con la mirada, y le dices en voz baja al doctor que no me mire tanto, que no se entusiasme con esta guagüita, que este potito no te lo voy a heredar, éste no, definitivamente, y el doctor me mira y le brillan los ojos, casi tanto como su argolla.

A ti te brillaban los ojos también esa primera vez, ¿recuerdas Francisco?, cuando después de consumar nuestro amor en el sofá del living me miraste de frente, a los ojos (nunca más lo volviste a hacer), y me dijiste que yo era lo más importante para ti, pero que a pesar de eso no se podía deshacer una vida ya hecha, remar contra los prejuicios, no se podía lastimar a gente inocente, a tus niños, los que te rodeaban jugando cuando te divisé en la plaza y tuviste que fingir que no me conocías. Después de poseerme encendiste dos cigarrillos y me ofreciste uno. Parece que era el día destinado a mis primeras veces. Entonces, ¡cómo lo recuerdo!, a las puntadas que sentía todavía adentro se unieron mis ahogos ridículos, mis toses infantiles en la alfombra. Y te reíste tanto Francisco. Ahora comprendo que te reías de mí, con el cinismo de tu risa ronca que aprendí a reconocer entre tus embestidas diarias por las tardes, cada día menos cariñosas. Porque te olvidaste que te había costado tenerme, que no me deje seducir al tiro, cuando te acercaste por primera vez en la puerta del liceo, entre las miradas maliciosas de mis compañeros de curso, con el brillo en los ojos que tienen los hombres que comparten la complicidad de los amores clandestinos, de los que ya se han enviciado con el ardor furioso y repentino de los hombres allá abajo, con el brillo y la baba como pegada a mis caderas de tanto mirarme mientras me alejaba en dirección hacia ti, sin remedio hacia ti, mi Francisco.

Mientras me pongo el uniforme el doctor sonríe. Yo insisto en el tema que me preocupa. Francisco, no puedo dejar de pensar en la desilusión de mi papá, de mi mamá, la vergüenza para mis hermanos chicos, la salida segura del liceo, trastocar todo mi destino porque tú, mi Francisco, sólo tú, me arrastraste a esta pasión incontenible, a este incorrecto juego maldito (para mí no ha existido nada más serio, para ti fue sólo eso), a este desasosiego de mi cuerpo que ahora se revuelve entero desde el estómago temiendo por las consecuencias de tu abuso. Sí Francisco, igual tú te aprovechaste, con tu experiencia. Ahora no tengo dudas de que yo fui parte de una larga lista marcada por la inocencia, la calentura y la estupidez, por el amor a fin de cuentas.

Me agacho para colocarme los zapatos. Veo que el doctor se pone serio. Hace unas señas de que no entiende, se le acaba la sonrisa cuando se refiere a mi porfía, y me pide que me tranquilice. Y a ti Francisco te dice lo mismo, que te calmes. Ahora el doctor te pregunta que a qué liceo rasca te fuiste a meter esta vez y se sonríe, me grita ignorante sólo con su mirada de haber sido universitario exitoso, tú te ofuscas, pero cargas conmigo, con la furia que conocen mis caderas ensanchadas, desde aquella primera vez, me haces callar, yo insisto Francisco, Ale, me gritas, te enojas, pero Ale, pero nada te contesto, te enciendes distinto al departamento, sin ronroneos, sólo con rabia, Ale, imbécil agregas, no te permito continuar, dijimos que habría respeto siempre Francisco, te amenazo con que me tengas que responder, con denunciarte, tengo trece años te grito y me levantas la mano como para golpearme, para volarme los dientes, y yo me mantengo ahí, materia dispuesta, comida rica sobre la mesa, sobre la cama, sobre la alfombra, donde sea, Ale, guagüita, cosita, como siempre, como de un tiempo a esta parte que sólo se me ha revuelto el estómago, la vida, y de pronto te sonríes, ignorante me dices, masticas la palabra con ternura, con la misma ternura del principio que ya creía perdida para siempre, te ríes sin poder contenerte y me fulminas: "¡Ale, Alejandro, imbécil, los hombres no se embarazan!".

Ángulo pendiente

Por: Jorge Pujado (Chile)

Llegamos al punto donde cayó la avioneta al mediodía. El aroma de la carne chamuscada nos había conducido al lugar preciso, como le ocurre a los carroñeros con algún cadáver disponible. En las cercanías, un individuo pálido y de expresión demacrada, enfundado en un abrigo negro, apuntaba algo en una libreta o hacía bosquejos de la escena, no nos quedó claro al principio, pero luego nos dimos cuenta de que su rostro nos resultaba extrañamente familiar. Nos acercamos un poco más para comprobar que el individuo realizaba cálculos sobre el papel a un ritmo vertiginoso y luego, con creciente preocupación, observaba desde distintos ángulos los rostros y los trozos de los cadáveres, desperdigados entre los escombros. Pese a la desolación que provocaba la presencia de cuerpos, asientos deshechos y retazos todavía humeantes de metal, el conjunto irradiaba una extraña armonía cromática, cierta tonalidad uniforme propia de los museos de cera.

El hombre, cercano a los cincuenta años, caminaba con elegancia entre los restos, utilizaba sus seguras zancadas para establecer medidas, las que incorporaba a los planos que, en rápidas sucesiones, elaboraba en su libreta.

- Buenas tardes. Ustedes deben ser los dos únicos sobrevivientes – nos interpeló.
- Buenas tardes- respondió Elisa, retirando su bufanda del rostro, con lo que se le hizo más patente el olor penetrante de la quemazón de carnes.
- Nosotros no estábamos en el avión, sólo observamos – añadí algo confundido, tras un gesto leve con el que respondí a su saludo.
- Usted, señorita, debe practicar gimnasia con aparatos, esa gimnasia que siempre ganan las rumanas y las rusas en las Olimpiadas, ¿cómo se llama?, bueno, no importa, el punto es que la curvatura perfecta de sus piernas le permitió saltar sin problemas hacia afuera y salvarse, ¿no es cierto?-. En su mención a las contorneadas piernas de Elisa no hubo ningún atisbo de deseo, sólo una constatación técnica que reafirmaba su tesis.
- No señor, no es cierto. Le insisto, yo no estuve en el accidente. Sólo observo lo ocurrido, y con muchísima tristeza.
- Con tristeza y con rabia. No se autocensure. No estamos aquí para medirnos en los calificativos. Cuando una vida es arrancada de cuajo es imposible sustraerse del odio.

El hombre clavó la vista en un punto lejano, y por un instante, dejó de hacer sus bosquejos en la libreta y pareció entristecerse. La cabeza de una muñeca antigua se distinguía entre el gris pizarra.

- ¿Y para qué está usted aquí? Ya no tiene sentido su presencia, ¿no se da cuenta, acaso, señor Ríos?

Terminé la frase casi en un susurro. Recordé que los tres nos habíamos visto antes, en sucesivas ocasiones, repitiendo las mismas frases inútiles, con el mismo triste telón de fondo. Aunque si obviábamos el fuerte olor de la carne, el lugar se asemejaba más a una bucólica postal campestre que al epicentro de una tragedia. Reinaba el silencio. No se escuchaban trinos ni voces lejanas, ni el sonido del agua de un riachuelo cercano, menos aún llantos o quejidos de algún sobreviviente. Es que no hubo sobrevivientes. Y si es que hubo alguno, decidió morir para los demás, en un silencio irreversible.

- La ductilidad que logran los deportistas de élite en sus extremidades nunca llega a la agilidad extrema de los lactantes, lo que unido a su inconciencia frente al peligro, puede llegar a salvarlos en un accidente como éste – prosiguió impertérrito el hombre.
- Sólo en algunas ocasiones-. No pude evitar el comentario.
- ¡Cómo vamos con el informe!- inquirió una voz estentórea venida desde el cielo. Elisa y yo nos negamos a mirar hacia arriba. El milagro de la nube abriéndose para dar paso a las enseñanzas divinas como en un capítulo de “Grandes héroes de la Biblia” habría sido demasiado para una sola jornada. Mantuvimos la vista en el hombre de negro.
- El análisis de los ángulos no considerados anteriormente permite sostener que, de no mediar la consabida negligencia del piloto, podría haberse reducido considerablemente el impacto.
- Puro gesto inútil- farfulló Elisa.
- Inútiles son los juegos de los niños más pequeños, señorita. Usted ya debería saberlo. ¿No tiene niños aún? ¿Qué edad tiene, qué edad tienen ustedes?

Contuve a Elisa para que no respondiera. ¿Sabíamos siquiera qué edad teníamos?

- Si revisa el ángulo desde la cabina, desde el asiento del piloto, verá que no se podía hacer nada, absolutamente nada. Termine por favor con esta jugarreta, dígaselo a él de una vez por todas- suplicó Elisa.
- Tal vez ustedes sean raros, como no tienen niños...

El hombre de negro ya no nos escuchaba. Seguía instrucciones de la voz, hacía estimaciones en su libreta, se movía entre los escombros. Me llevé a Elisa casi por la fuerza, tapándole la boca. Ella hubiera querido gritar, como quiso en tantas ocasiones, que revisara el único ángulo no considerado, que ya acumulaba demasiado cansancio en esos encuentros. Yo también hubiera querido gritarle “Tata, tatita, no se podía evitar, nadie tuvo la culpa”, pero me retiré en silencio.

- ¿Y si revisamos desde adelante?-, indicó el hombre de negro.
- ¿De dónde sacaste esa idea, Ríos?
- ¿Y si lo revisamos?

El hombre no pudo escuchar la respuesta. Una alarma furiosa venida desde el cielo se lo impidió. El anciano cuerpo que contenía a la voz estentórea se puso de pie, observó la maqueta en la que había un pequeño hombre de negro, caminó hacia la cocina y retiró la cena, quemada, desde el microondas. Tampoco tenía ya control sobre estos aparatos.