Nombre: Norma Yamille Cuéllar
Alias: Sick girl
Fecha de Nacimiento: 31 de agosto de 1977
Lugar de origen: Monterrey, México
Categoría: Escritora Serial
Fichada por Kala Editorial: Miércoles 11 de marzo de 2009.
Antecedentes Literarios: En 2001 presentó el plaquette de narrativa Fuegos Internos (independiente). Tercer lugar en el Concurso El Rock es Puro Cuento, de la revista La Rocka. Mención honorífica en el V Concurso Nacional de Cuento ¿El Crimen como una de las Bellas Artes?, del Instituto Coahuilense de Cultura (2005). Segundo lugar en el Primer Certamen de LiteraDURA Hijos de Satanás, del ciberfanzine subterráneo Borraska, en España (2006). Primer lugar en el Primer Concurso de Cuento del Comité Melendre, en la categoría de “La mentira”, y el segundo en la de “La muerte”, en Oaxaca (2007). Seleccionada para formar parte de la antología de la II Convocatoria para Cuentos Dañados Fantasiofrenia, de Ediciones Libera y la Sogem, en el Distrito Federal (2007). Mención especial en el Primer Concurso Internacional de Cuentos Breves de Atina Chile, en Santiago (2007).
Profesión Legal: Escritora.
Trastornos Mentales: Se come las uñas y los cueritos del interior de su boca. Antes pensaba que los muertos se comunicaban con ella, luego leyó su horóscopo y decía que los muertos sí se comunican con ella, lo que la trastornó más. Está convencida de que sus poderes psíquicos la salvan de innumerables broncas.
Cita: “La gente dañada es peligrosa. Sabe que puede sobrevivir”. (Josephine Hart)
Relatos publicados digitalmente en KALA Editorial:
- El beso de Neptuno - 11 de marzo de 2009.
- Mujer mirando hacia otra parte - 13 de mayo de 2009.
Expediente de Norma Cuéllar
1:15 | Etiquetas: Norma Cuéllar | 0 Comments
El beso de Neptuno
Realmente quería mucho a Dianita, me gustaba irme de antro con ella, aunque siempre termináramos en discusiones astrológicas. Yo me burlaba de su signo Cáncer, el cual la hacía romántica, hogareña y con una manía de conservar cualquier pendejada: desde tuercas hasta monedas antiguas de diez centavos con la imagen de un elotito.
Ella bromeaba sobre mi Neptuno en oposición con Mercurio y me describía como una eterna soñadora y psíquica fallida. Estábamos en la crisis de los treinta años, no teníamos trabajo y el dinero que nos quedaba abandonaba rápidamente nuestras bolsas imitación Tous.
Un mediodía, luego de una entrevista de trabajo que resultó ser un fraude multinivel, caminé kilómetros y kilómetros bajo el sol, vistiendo traje sastre y tacones, cargando mi bolsa extra grande donde guardaba: muestras de mis trabajos en publicidad, maquillaje, cepillo y gel para el pelo. El currículo que había entregado me había costado quince pesos, sumando: costo de la impresión, la fotografía a color, el legajo beige y la grapa. No quería gastar más en un taxi para llegar a casa y no sabía qué camiones pasaban por ahí que me dejaran, al menos, cerca del centro de la maldita ciudad; entonces llegué hasta ahí a pie.
Mis tacones se atoraban en las banquetas irregulares, me tropecé y distinguí el letrero de una tienda: Creaciones Luis. Entonces recordé a mi amigo Luis Antonio, a quien tenía mucho sin ver… y cuando recuperé la marcha, me topé con Luis, precisamente.
—¡Vero, qué gusto! —me abrazó— ven conmigo al Vips, ¡estoy con Rubén!
También tenía mucho sin ver a Rubén, así que seguí a mi amigo y nos quedamos los tres platicando y haciendo planes para irnos una noche a agarrar el pedo y brindar por la perra vida. Rubén organizaba eventos: manejaba comediantes y edecanes, contrataba servicios de comida, etc. Y, como algo extra, se dedicaba a conseguir acompañantes para empresarios.
— A ver —sonreí— defíneme acompañante, cabrón.
—Pos, Verito —sonrió— te pagan tres mil pesos por hora, por acompañar al fulano a algún evento, o por... tú sabes...
— ¿Qué sé?
—No te hagas —se espulgó la cara con su mano derecha— pero, pos, son vatos cuarentones y cincuentones de mucha lana, sí se bañan.
— ¿Empresarios como de empresas grandes, corporativos, pelados que hablan inglés y saben de vinos?
—Pos ai nomás —dijo— ¿te avientas, o qué?
— ¿¡Yo!?
—Ay, mira, a huevo que hasta has pagado tú el motel de tres horas por doscientos varos, por acostarte con güeyes sin lana.
—Cien varos —se me salió— mmm... ja, no manches, no le entro.
—Bueno —se puso de pie— te dejo mi tarjeta, por si te animas.
Al llegar a casa, le llamé a Diana.
—¡Tas jodida! —gritó—, ¿qué clase de amigos tienes? ¡Pinche proxeneta, chulo de mierda!
—Ay, mira, a huevo que hasta has pagado tú el motel de tres horas por doscientos varos, por acostarte con güeyes sin lana.
—Pendeja —contestó— lo de Fernando fue nomás un amor de verano. Y —como que hizo una pausa— son cien varos, mensa. Pos no, no me late lo de tu amigo el cinturita.
—No hay pedo. Siempre habrá una empresa de telemarketing esperándote.
— ¡Cómo eres castrosa! ¡No hables de eso, me da roña! —gritó.
—A mí me da roña no traer ni pa cigarros. Eres una Cáncer sentimentaloide, todo el pedo es pensar en otra cosa, y ya.
—Sí, para ti es muy fácil, neptunita, ¡porque te la pasas pensando en la inmortalidad del cangrejo! Si yo no le entro, tú tampoco, ¿verdad?
—Chale, ya te contagié mis dones psíquicos. Mira, le llamo al chulo, le digo que le entramos, y que nos haga una cita doble, así nos cuidamos. Podríamos ir, empedar a los pelados hasta que se caigan, quitarles la cartera, el Rolex y todo, y largarnos de ahí ¡sin coger! No creo que se quejen con mi amigo, ¡les va a dar oso contar que dos nenas les vieron la cara de pendejos!
—Ya me imagino, güey —se atacó de risa— un empresario de los de acá: poderoso, acostumbrado a manejar chingos de lana, ¡desfalcado por calenturiento!
—Tons qué, ¿le entras?
—Ta güeno. ¿Y cómo tengo que vestirme, o qué?
—Pos bien fashion, manita. Somos prostis de alto nivel.
Colgó. Le llamé a Rubén. Pasaron varios días, hasta que consiguió una cita doble. Diana y yo, vestidas y maquilladas como para ir a una boda, llegamos en taxi al hotel más caro de la ciudad. Una suite. En el elevador estábamos atacadas de la risa, imaginando a mi amigo como el zar del lenocinio, manejando una empresa trasnacional, organizando orgías en yates en Mónaco.
Tocamos la puerta de la suite. Apareció un señor gordo y bigotón, con camisa vaquera, pantalón beige, cinto con hebillota, botas. Patilla larga.
—Hooola —saludó, maravillado— ¡pásenle, mijas!
—Creo que nos equivocamos de cuarto, disculpe —dijo mi amiga.
—¡Ah que no! —dijo otro gordo bigotón— ¡las estábamos esperando, mamacitas!
Entramos al cuarto lleno de latas de Tecate, bolsas de botanas, colillas de Raleigh, cacahuates y charales fritos. De un radio salían canciones de cumbia, a todo volumen.
Esta es la cumbia del chinito... mueve chinita la cintula...
—¡Ya empezó la fiesta, mi alma! —el gordo que abrió la puerta me abrazó para bailar.
El otro abrazó a Diana, quien no podía ocultar su decepción.
—¿Cómo te llamas, mamacita? —dijo mi gordo—. Yo me llamo Aurelio.
—Yo... —no quise inventarle un nombre, temiendo que Diana la fuera a regar— soy Verónica.
—Qué cinturita tan rica tienes —comentó, agarrándome con fuerza— ¿haces mucho ejercicio, Verito?
—Bailo, bailo mucho —respondí— no puedo dejar de bailar.
Diana y su gordo también platicaban. Yo no veía la hora en que ellos empezaran a tomar.
Y la hierba se movía se movía se movía se movía...
—Orita vamos a comer —dijo mi vaquerito— ¿te gustan las tortas de puerco?
—Sí, claro, me encantan.
Luego de cinco interminables vallenatos nos sentamos en los sillones de la sala. En una esquina había bolsas de polvo blanco, que según mi intuición no era sal. Los gordos nos tocaban los brazos y las rodillas con libertad. Nos dieron a beber cerveza y sacaron la “sal”, para metérsela en la nariz, ante la mirada aterrada de ambas.
Sobre una mesa había unos brownies, a los que ni mi amiga ni yo les hicimos el feo: ya teníamos hambre. Ellos tomaban muchas cervezas, y esperábamos que el alcohol los atontara pronto. Seguimos platicando. Mi amiga y yo sólo bebimos dos cheves. Los gordos aseguraban que se dedicaban al negocio ganadero y empezaron a hablar de las bondades de la res Charolais. Más cheve. Entre más brownies comía, más lento parecía que ellos hablaban: por la “sal”, los vaqueros no tardaron en confesar sus verdaderos negocios: hablaban de encobijados y descuartizados como si cualquier cosa.
Qué bello cuando me amas así... y muerdes cada parte de mí...
Nos pusimos de pie para volver a mover el esqueleto, y sentí un extraño mareo. Igual Diana. Yo nomás me dejaba llevar por los brazotes de Aurelio, que parecía muy lejos del cansancio. Mi amiga, que había tomado más que yo, se doblaba de la risa con cada comentario de su vaquero. Al poco rato yo también reaccionaba así con los de mi gordo. El gordo de Diana le besaba el cuello, le pasaba la lengua por una oreja. El mío hizo lo mismo. Mi amiga sintió mucho calor y se quitó las medias y los tacones. Hice lo mismo.
Ya no supe cuántas canciones siguieron, porque no recuerdo más. Amaneció. Desperté en una cama, tapada por sábanas, desnuda, junto a Diana, también sin ropa. Más bien, las dos abrimos los ojos al mismo tiempo y gritamos: teníamos cara y cuello embarrados de algo blancuzco, que se resquebrajaba como pegamento seco.
—¡No mames! —gritamos, no sé cuántas veces. Salimos de la cama y el trasero nos dolió. Los rancheros nos habían dado brownies con marihuana pelirroja. También llenaron de agua las latas de sus Tecates. Y no nos dejaron ni un peso.
21:59 | Etiquetas: Norma Cuéllar | 5 Comments
Mujer mirando hacia otra parte
Por Norma Cuéllar (México)
Mirthala frente al espejo se recuerda: está casi igual que hace 10 años. Todo gracias a sus cachetes, los mismos de los que siempre se queja y vive amenazando con quitárselos para quedar como Kate Moss. Ya llegó el día. Ha esperado una década para ver de nuevo al “amor de su vida”: Edgardo Vega.
Desde la graduación de prepa ya no supo de él. Mirthala se quedó en Nuevo León. Esperando por él en Guadalupe, yendo a cada antro del estado, a cada café, a cada bar para ver si se lo encontraba. Nada.
Pero mañana va a ser la reunión de la camada 1992-1994 de la preparatoria 15, ya le aseguraron la presencia de más del 80 por ciento de los estudiantes.
Es de noche, ya tiene toda su ropa del día siguiente limpia y planchada. Hasta se inyectó una solución para retrasar su periodo, no quería contratiempos. Dicen que la persona que te rechaza es a la que más recuerdas. Nunca pudo siquiera tocarle un brazo, acercarse siquiera a aquella boca rosadita.
En tiempos de escuela él siempre supo del amor de ella y siempre la ignoró. Sólo una vez platicaron todo un día largo y tendido; al final de la jornada él le pidió ser incluido en su equipo de Historia de México, porque ella tenía el trabajo a máquina ya terminado.
Mirthala, ya acostada, recuerda ese incidente –como acostumbraba antes de dormir– y lo perdona –como siempre– diciendo para sus adentros: yo también lo hubiera hecho. Miente.
Amanece. La junta de generación será en una quinta, a las 6 de la tarde, en Los Cavazos. Ella come, se baña al mediodía, se arregla. A las 3 de la tarde ya está lista para salir, espera el reloj a las 5:30 viendo televisión para distraer sus nervios. Algunas ex compañeras le mandan mensajes al celular confirmando su asistencia.
Ella se va en taxi a las 5:30, guiada por un croquis. Llega a la quinta a las 6, saluda y abraza a los pocos ex compañeros de prisión puntuales, sus antiguos compinches de trague, de comer en el salón de clases conchitas con salsa verde y lonches, pastel, chocolates.
Todos platican y ríen, recordando pendejadas de hace 10 años, les da hueva hablar de su vida actual porque creen –o saben– que no se verán de nuevo hasta dentro de otros 10. Llega más gente, algunas ex compañeras con sus esposos y bebés. Cheves para todos, un karaoke, cintas, mesas con antojitos.
Ella es atractiva, y varios ex compañeros solteros como ella se le acercan, le sacan plática.
Pero ella no deja de mirar hacia la entrada del lugar: Edgardo no llega, y ya son
las 8:30.
Sus amigas Rosita, Ana y Laura llegan y ya juntas en bola toman, fuman, juegan con la comida como lo hacían en la escuela, se suben al improvisado escenario para cantar karaoke. Qué afán de ser el centro de atención. Por eso en las misas de la prepa siempre las castigaban, por hacer la lengua taquito con todo y hostia, por darles a los cánticos religiosos toques de cumbia.
Mientras cantan “Tu Cárcel”, de Los Bukis, Mirthala se sorprende: su amor imposible ha llegado, ya hasta lleva dos platos de flautas. Él platica con varios amigos, de repente voltea al escenario, sonriendo.
Ella se apena, ya no canta con enjundia. Ya ni desgarra la voz en las rolas de Paquita la del Barrio. Luego el grupo baja del escenario entre aplausos, cenan. Edgardo ya está medio pelón, se ve más delgado. La cerveza sigue fluyendo, el objeto de deseo está lejos de Mirthala, quien ríe con sus amigas y lo ve de reojo; toma cerveza Indio, lo ve de reojo.
Al fin él se acerca, sólo para saludarlas levemente y pedirles lumbre para su Camel. Ya hay varias personas ebrias, bailan al ritmo de las cintas. Mirthala y sus amigas no quieren bailar, nomás platicar y emborracharse.
Él se la pasa con hombres. La gente se va retirando poco a poco, es casi medianoche. Sólo quedan las personas exactas para poner sillas en forma de círculo y conversar; Edgardo y amigos se juntan con Mirthala y amigas. Ella conversa con un amigo de su amado.
A las 3:45 de la mañana sólo quedan las personas suficientes para repartir en dos autos a los desvelados: Mirthala, Rosalinda y Edgardo se van en el Sentra de él, porque se ofrece a darles aventón.
Él y Rosy van adelante, platicando; Mirthala va atrás, callada. Primero dejan a Rosalinda, entonces ahora queda adelante la pareja principal de esta historia.
Él pone un CD de Metallica a todo volumen. Ella sueña: en un semáforo en rojo él la besa desesperadamente y confiesa: “Yo también te ha extrañado” y “Te adoro, nunca te dije nada por timidez”. Falta un buen tramo para llegar a casa de la joven. Mirthala ha cambiado algo desde la prepa... y ya está peda. Busca en su mente temas de conversación, mirando a través de su ventana.
El tiempo corre.
Cómo hablarle de su vida actual si hacía apenas unos días había estado en la cárcel porque la cacharon intentando robar joyería en un García Yturria, la quería para venderla y pagarse una operación de busto, para que él la viera tetona. Y al menos por eso la pelara.
Cómo preguntarle “dónde se rola” si tiene pavor a hablar porque por la peda que trae le saldrían puras incoherencias; también tiene pavor de haber sido vista por él cuando la han corrido de antros porque ya borracha se pone a vomitar como Linda Blair en El Exorcista.
Cómo platicarle de sinceridad si ella días antes habló por teléfono con las “viejas estúpidas” pretendidas por él en la prepa y les avisó “en buena onda” que la reunión de generación había sido cancelada por un evento cristiano.
Cómo decirle que su amor por él es como una droga, si ya probó la coca, la marihuana, el crack; si ya estuvo un buen tiempo siendo adicta al sexo, de hecho todavía lo es. La neta, nomás piensa en empinarse y ser cogida como animal, porque la costumbre dicta acabar así cuando está a solas en un carro con un hombre.
Tic tac.
Cómo invitarlo a casa a cenar, si no lo quiere ni cerca de la cuadra porque ya se ha cogido a todos los vecinos, y todos le gritan “¡zorra!” porque una vez se los echó a todos en un aparatoso gang bang.
Cómo decirle de nobleza, si lleva más de 15 novios-amantes, y muchas veces se ha cogido a hombres con novia, nomás porque no soporta que a un chavo le guste más otra morra.
Cómo platicarle de bondad, si ha tenido tantos abortos… ya asesora profesionalmente a chavitas próximas a hacerse uno en clínicas clandestinas –y le deja más lana que su chamba en Merkafon.
Cómo hablarle sobre honradez… la neta, ella llegó en su propio carro a la quinta y fingió no saber de quién era ese Taurus viejito, para irse con él.
Llegan a su calle. Mirthala, vencida, parpadea mucho para no soltar alguna lágrima. Para abrirse la puerta del Sentra hace un enorme esfuerzo. Se despide con puras frases hechas: “no te desconectes”, “estamos en contacto”, “me dio mucho gusto verte”.
La Penélope moderna entra a su casa y se acuesta, mareada. A lo mejor, en otros 10 años, se encuentren en otras circunstancias.
12:16 | Etiquetas: Norma Cuéllar | 2 Comments




