Nombre: Robert D. Paz
Alias: Rober Ray
Fecha de nacimiento: 2 de febrero
Lugar de origen: Madrid, España
Categoría: Escritor Serial
Fichado por Kala Editorial: Miércoles 30 de abril de 2008
Antecedentes literarios: A los catorce años quedó primero en el concurso de relatos de su instituto. Todavía duda de si se presentó alguien más. Años después realizó un montón de reseñas literarias para diversos e-zines, hasta que le cansó el asunto. Ha publicado en tres antologías de relatos breves, y está a la espera de hacerlo en dos más. A día de hoy y en un acto que le honra y le retrata como un inconsciente, publica “en directo” una novela en Internet.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión legal: Licenciado en Sociología. En estos momentos se gana la vida como Trabajador Social. No sabe si por vocación, necesidad o para encontrar argumentos para nuevas historias.
Trastornos mentales: Escribir la primera gran novela generacional del siglo XXI, lograr una micra del sentido del humor de Vonnegut o del talento de Auster y recibir el premio Nobel de la paz.
Cita: “Tracé un ambicioso plan, consistía en sobrevivir” Nacho Vegas
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Buen material - 30 de abril de 2008.
- Juntos - 6 de agosto de 2008.
Expediente de Rober
16:54 | Etiquetas: Rober Paz | 1 Comments
Buen material
Por: Rober Paz (España)
Imagina la típica cena de Nochebuena.
Quince invitados que abarrotan los setenta metros cuadrados del apartamento de tus padres. La familia al completo reunida en torno a la mesa. Personas de la misma sangre que son casi desconocidos pero que juegan a profesarse cariño mutuo. El cuñado gracioso y sus vástagos que ya se parecen peligrosamente a él, la tía del pueblo que monopoliza el cuarto de baño y tu prima. Esa prima que hace que te sientas como un amoral por replantearte ciertos tabúes. Pero la abuela se ha currado la cena y es mejor poner buena cara. Así que Martín, Martinín para todos en esa cena, decide creerse que aquel es un momento entrañable, y sonríe. Sobretodo a su prima.
Imagina que en mitad del asado te suena el móvil. Te llama un amigo, desde urgencias. Martín siente como el estómago le da la vuelta, siente ganas de vomitar. Para una vez que le toca la parte churrascada del cochinillo, tiene que abandonar la cena a toda velocidad, apenas sin tiempo para lavarse las manos. Pero evidentemente eso le importa poco. Lo único en lo que piensa es en llegar a tiempo al hospital.
Si te has imaginado todo esto, ya puedes comprender por qué Martín conduce a ciento ochenta su Audi TT por mitad de Madrid. En su cabeza resuenan las palabras de Paco, su amigo del alma: “La pobre está hecha migas, es cuestión de vida o muerte. Colega, date prisa”. Su zapatilla humilla el acelerador sin piedad, como si le estuviera pisando el cuello al hipotético asesino de su madre, sólo rebajando la presión cuando hay que tomar alguna rotonda. Nada de tocar el freno. Por suerte las calles están prácticamente vacías.
Martín aparca en el primer hueco que ve y sale a toda prisa del coche. En la puerta de urgencias le está esperando Paco. Allí está, con su uniforme de enfermero y su cara de empollón que no ha roto nunca un plato. Más o menos como Martín. Dos chicos ejemplares que siempre han estado juntos en todo. Y en esto también.
—¿Qué ha pasado tío?— pregunta Martín mientras atraviesan el hall.
—Un accidente de tráfico.
—No jodas.
—Sí, colega. Al parecer se saltó un stop.
—Me cago en todo, ya la vale.
Caminan apresuradamente por lo que parece un intestino gigante pero que en realidad no es más que un pasillo enorme que se repliega una y otra vez sobre si mismo. Es nochebuena y hay poca gente trabajando. No se oye nada. Sólo el ruido de los zuecos de Paco y el rechinar de las zapatillas nuevas de Martín sobre el suelo recién encerado. Al cabo de tres minutos de caminata un cartel les indica que están en el área de cirugía. Sobre uno de los mostradores que permanecen desiertos, descansan diez o doce botellas de vino y sidra totalmente vacías. En el interior de un cuarto de personal, alguien alza la voz entre silbidos y carcajadas para proponer un brindis. Martín decide no pensar en aquel momento en lo inquietante que resulta el binomio cirugía y botellas de alcohol vacías.
—Es aquí— dice Paco señalando una puerta verde. Pasa tranquilo, sólo puedes verlos tú por el cristal. Así no se ponen nerviosos.
—¿Vienes luego a buscarme?
—Sí, antes de que terminen. No te preocupes. Venga pasa.
Martín obedece a su amigo y entra en la habitación con el corazón desbocado. Una enorme ventana ocupa todo el lateral de la derecha. A través de ella se puede ver lo que sucede en el quirófano contiguo. Martín toma aire, se limpia el sudor de la frente y se sienta en uno de los bancos que hay dispuestos en forma de grada y que normalmente son ocupados por estudiantes de medicina. Está nervioso, algo mareado. Sus ganas de vomitar se multiplican cuando en uno de los plasmas ve la cara de la mujer que está tumbada en la mesa de operaciones. Una cara que no ha visto en la vida.
Martín se abre la clásica chaqueta de tweed que llevan los chicos formales y saca una pequeña videocámara. Por un segundo el remordimiento le puede, pero finalmente se convence a si mismo de que no está haciendo nada malo. El razonamiento es sencillo: si hay demanda, tiene que haber oferta. Al menos eso es lo que le enseñaron en la carrera de económicas. Él no deseaba que aquella mujer se saltara el stop. Si pudiera hacer algo por salvarle la vida, lo haría sin dudarlo. Pero el caso es que no puede hacer nada, salvo documentar el momento de la muerte. Porque la pobre está jodida.
No, sólo es material. Es un buen material. Martín, Martinín para su familia, enfoca el rostro de aquella desconocida y pulsa el botón de rec.
21:09 | Etiquetas: Rober Paz | 3 Comments
Juntos
Por: Rober Paz (España)
Cuando entré en la habitación tuve que apretar el culo para no hacérmelo encima.
Joder, todavía se me ponen los pelos de punta. Era un cuartucho pequeño, situado en el rincón más oscuro de un húmedo garaje del barrio de Lavapies. Las paredes, el suelo y el techo estaban completamente forrados de papel de periódico. No se veía ni rastro del verdadero color de las paredes, ni de las baldosas del suelo, ni del hipotético gotelé del techo. Sólo había periódicos, y a juzgar por el color blanco de los mismos, eran recientes. Si allí hubiera estado mi padre, seguro que habría aprovechado para echarme en cara mi nula afición por la prensa. Me habría dicho algo así como “mira, hasta los chinitos leen más que tú”.
Nunca he sido muy listo, pero deduje sin dificultad que el amarillo que había de pie al otro lado del escritorio, no había dispuesto así la habitación por estética. Lo cierto es que la pistola que llevaba metida en los huevos me ayudó a atar cabos. Una cabeza reventada por un disparo debía ensuciar un huevo. Mi padre solía decir que los chinos eran tipos muy limpios y emprendedores. Al César lo que es del César, no le faltaba razón. A nadie salvo a ellos se les habría ocurrido montar un negocio como aquel, con un sistema de limpieza tan simple y barato.
Mi padre siempre ha tenido buen ojo para catalogar a las personas. Según él, los negros son el fruto de un primer intento fallido por lograr un ser humano en condiciones, los latinos la versión de bajo presupuesto de los europeos, los chinos gente que vive al borde de la hepatitis de tanto trabajar, y yo, un completo subnormal. Y me jode reconocerlo, pero vuelve a tener razón.
Allí estaba yo, sentado junto a mi novia en aquel cuartucho de mala muerte, jugándome que me tocara precisamente eso, una mala muerte. Mi novia Alicia parecía más tranquila que yo, lo que tampoco era muy complicado. En el peor de los casos, si una bala me atravesaba la frente ella cobraría el seguro de vida, y si todo salía bien y lográbamos lo que habíamos ido a buscar, sería feliz para toda la vida. No es que desconfiara de su amor hacia mí, es que desconfiaba de todo en general.
Un moscardón enorme se chocó contra la única bombilla que alumbraba precariamente la habitación. Pensé durante un instante en por qué coño aquel bicho había elegido estar en aquella húmeda y siniestra habitación pudiendo volar por la calle en busca de alguna mierda de perro. Cuando me acordé de la afición de las moscas por la carne muerta, mis tripas se aflojaron y a punto estuve de ser yo el que le dispensara algo de mierda fresca.
El chino se sacó la pistola del paquete del pantalón y la dejó encima de la mesa como, si pudiera oler que éramos dos retardados mentales incapaces de calibrar donde nos habíamos metido. Luego se sentó y me miró fijamente a los ojos durante un segundo. El cabrón tenía los ojos rasgados, como si llevara una semana sin dormir. Pero no, estaba bien sereno porque sabía que tenía que darse prisa. Afuera había un montón de desgraciados como nosotros aguardando su turno. De esas dos pequeñas aberturas amarillentas que eran sus ojos, salió una mirada fina y penetrante que me examinó el alma. Y no lo digo por decir. Nunca he sido un tipo místico, pero eso es lo que sentí. Luego, como si hubiera visto algo en mi interior realmente asqueroso, me hizo un ademán con el rostro congestionado para que le enseñara lo que realmente quería ver. Abrí el maletín que tenía en mi regazo y dejé a la vista los seis mil euros. El chino se levantó a toda leche y vino hacia mí, cerró el maletín y lo agarró bien agarrado. Luego desapareció por una portezuela hacia Dios sabe que rincón de aquel submundo. En ese momento Alicia me miro como solo ella podía hacerlo, con una capacidad inigualable para hacerme sentir como un gilipollas. “Bien, pedazo de imbécil, ahora nos hemos quedado sin pasta y sin nada”, debió pensar.
Por suerte el tipo regresó al poco portando un pequeño saco blanco. Lo puso encima de la mesa y emitió un sonido gutural mientras señalaba al saco. Joder con las prisas, que esperaran las demás parejas como habíamos esperado nosotros. Era el momento. El futuro de Alicia y mío estaba en juego. Introduje la mano, revolví un poco mientras mi corazón se desbocaba como una yegua en celo. Finalmente cerré los dedos alrededor de una y saqué la mano. Apunto del colapso la partí, desenrollé el papel que había en el interior y leí.
Joder que sensación, mejor que mil orgasmos. Los seis mil euros habían merecido la pena, eso desde luego. Se acabaron las dudas, la incertidumbre, la desconfianza. Adios tener que pagar abogados, psicólogos, putas para recuperar el sexo perdido. Alicia me vio la cara de felicidad y se contagió inmediatamente.
—¿Qué pone? ¿Qué pone? —me preguntó como una loca.
—Toma cariño, lee.
Alicia tomo el papel grasiento y leyó con lágrimas en los ojos:
La Galleta de la Fortuna dice:
Usted y su pareja serán felices juntos para toda la vida.
13:13 | Etiquetas: Rober Paz | 1 Comments




