Desde el acuario

Por: Guffo Caballero (México)

Puedo pasar horas mirando el acuario. Cuatro Guaramis Azules, tres Ganchos Rojos, una pareja de Sumatranos Tigre y un Plecostomo que se la pasa pegado a los vidrios forman ese pequeño ecosistema de 30 galones de agua dulce que habita la sala del departamento que rento.

Desde niño he tenido peceras. Son como televisiones, pero sin basura; como mares y ríos sin contaminación. Además, el burbujeo que produce el pequeño motor de la bomba arrulla mejor que la estática gris de un televisor encendido en mitad de la madrugada. Confieso que muchas veces me he quedado dormido frente al tanque, cuando la sala está en penumbra y los alrededores del barrio en silencio; cuando llego molido del trabajo, prendo la lámpara, me desplomo en el sofá y el nado apacible –casi inmóvil- de los peces me seduce hasta el sueño.

Todavía falta adornarlo un poco, ponerle un par de troncos y algunas plantas naturales. Odio las de plástico, pues pienso que es lo mismo que sentiríamos nosotros al pasear en un bosque con árboles de cemento.

Mirando un acuario fue cuando comprendí ese término de “poner la mente en blanco.” Cuando miras un tanque con peces no piensas en nada. Uno se desconecta completamente de todo… De todo.

Recuerdo cuando le dije a mi padre que yo nunca trabajaría en una oficina como él. "Puedes ser como el pez de mar, que tiene que cazar su comida a diario, nadando a su suerte, a veces comiendo y otras no; o puedes ser como el pez de un acuario, que sabe con seguridad que su dueño le dará de comer todos los días" – respondió sereno, como si me hubiera dado la lección de mi vida. Yo, pensé que de seguro había leído esa frase en el libro motivacional que le regalaron sus compañeros de oficina el día de su cumpleaños. Lo más triste es que terminé como pez de acuario, al igual que mi padre: trabajando en un pequeño cubículo de una oficina gubernamental; bien pagado, eso sí, pero soñando a diario con ser pez de mar.

De pronto, todo se nubla frente a mis ojos e imagino que me deslizo muy lentamente desde la superficie hasta el fondo por el recién pulido cristal, caminando descalzo sobre la grava a paso de astronauta y encontrando restos de caracoles deshabitados meses atrás por las babosas; explorando en los oscuros recovecos de los troncos amontonados que acunan musgo y lama; cabalgando sobre el dorso de cualquiera de los peces que nadan a mi alrededor y destellan con sus escamas las cortinas de luz que bajan de la lámpara; recargándome para descansar en una de las cuatro esquinas reforzadas con silicón; abrazando el calentador cuando baje la temperatura del agua y guiándome con su foquito anaranjado en las noches lluviosas. Vivir dentro de un acuario ha de ser más sano y placentero que habitar este insípido departamento en una ciudad sin mar, inundada de gente que ni sonreír sabe y tampoco motivos para hacerlo tiene.

Imagino que pongo la cara en el filtro, justo donde salen las potentes burbujas que lo mantienen limpio y cristalino; que aflojo el cuerpo a la media noche y la marea de la oscuridad lo bambolea con delicadeza de una esquina a otra: de ida y vuelta y de regreso otra vez, como ondularía el cadáver de un ahogado en el fondo de un arroyo.