Las calles de un país que nunca soñamos conocer

Por Guffo Caballero (México)

Desperté muy temprano. Giré para mirar al otro lado de la cama. Ya estaba despierta. Me sonrió con el rostro aún inflamado por el sueño. Le devolví la sonrisa y con las yemas de los dedos quité una pestaña de su mejilla.

-No me quiero bañar –dijo frotándose el pómulo.
-Pues no te bañes.
-Pero llevo cuatro días sin bañarme.
-¿Y qué?, yo llevo cinco.
-Pero tú nunca hueles feo.
-Tu tampoco, preciosa.

Hice el montón de sábanas a un lado. De pie, sobre el piso helado, olí mis axilas. Tenía razón: no olían mal. De igual forma saqué el desodorante de uno de los compartimentos de la mochila, me embadurné los sobacos y se lo pasé. Hizo lo mismo por debajo de su suéter. Me enfundé el abrigo, el gorro y los zapatos deportivos.

-Listo, ¿nos vamos?
-Vámonos -dijo riendo y negando con la cabeza.
-¿Qué pasa?
-Nunca imaginé que podría hacer esto.
-¿Que podrías hacer qué?
-No bañarme... Andar tantos días con la misma ropa y que no me importe.

La abracé y besé su mejilla colorada por la gélida mañana.

-Vámonos.
-¿Y los demás?
-Apenas han de estar despertando. Si los esperamos vamos a perder dos horas en lo que se bañan y arreglan.
-Vámonos entonces.

Nos colgamos las mochilas al hombro y salimos del hostal tomados de la mano.
Nuestro aliento era una fábrica de nubes que se disipaban entre las calles empedradas de un país que nunca imaginamos conocer.

-¿Sabes hacia donde vamos? –preguntó a los quince minutos.
-No... No le entiendo ni putas a este mapa.

Me arrebató el plano que se agitaba con el viento entre mis manos, lo arrugó hasta hacerlo bola y lo depositó en el contenedor de basura a un lado de la estación del tranvía.

-Ya veremos cómo le hacemos… Caminos siempre hay.

La besé. Y caminamos sin rumbo, tomados de la mano, por las calles empedradas de un país que nunca -ni en sueños- imaginamos conocer.