Nombre: Alonso Hernández
Alias: Amorexia.
Fecha de nacimiento: 31 de mayo.
Lugar de origen: Desamparados, Costa Rica.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por Kala Editorial: Lunes 24 de diciembre de 2007.
Antecedentes Literarios: Perteneció al café cultural de el Instituto Nacional de Seguros en Costa Rica, y su única formación literaria es la de los maestros que le han tratado de enseñar el oficio desde sus obras, como lector empedernido que es.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Es Licenciado en Ciencias Contables, estudiante de Psicología, de Administración de recursos humanos y espera morirse estudiando.
Trastornos Mentales: Odia la contracción “Del” hasta el día de hoy se niega a usarla. Tiene pánico a las cucarachas y los payasos, nunca fue bueno en matemáticas a pesar de su profesión, ama la noche, la lluvia, un buen libro, un buen cigarro.
Cita: “Hice un acuerdo de coexistencia pacífica con el tiempo, ni el me persigue ni yo huyo de él, algún día nos encontraremos”. Mario Lago.
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- La invención de la distancia - 24 de diciembre de 2007.
- Subconsciente - 27 de febrero de 2008.
- P.D. Nuestro gato está muerto - 28 de mayo de 2008.
- Volver al polvo. 8 de octubre de 2008. El relato ha sido incluído en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Expediente de Amorexia
1:17 | Etiquetas: Alonso "Amorexia" Hernández | 0 Comments
P.D. Nuestro gato está muerto.
Por: Alonso "Amorexia" Hernández (Costa Rica)
Nuestro gato murió ayer durante la cena, dio un maullido extraño y murió. Yo no pude, por más que me contuve, evitar mirarte extrañado por aquello, mientras tú, con una tranquilidad pasmosa y saboreando un nuevo bocado de asado decías: "¡Oh que bien, cómo molestaba ese gato!"
No pude cenar, me fui al patio trasero y bajo una lluvia terrible y conforme terminaba de oscurecer, cavé lo más profundo que pude y allí terminó nuestro amado gato, sepultado bajo el árbol aquel donde por vez primera nos besamos cuando esa todavía era la casa de tus padres; aquella noche de brujas y duendes en que la noche nos encontró tan solos como su luna, y no pudimos entonces evitar enamorarnos de golpe.
— ¿Te acuerdas cuando nos amábamos?— te pregunté al entrar empapado y lleno de barro a la cocina, donde tú terminabas de botar las sobras de mi plato y las del gato que ahora estaba muerto bajo el árbol. Me volviste a ver y con ese modo de patanería y superioridad que tanto odiaba en ti me respondiste casi sin mirarme: "Sí, pero éramos jóvenes, nadie podrá nunca culparnos por eso".
Y es que con el pasar de los años se nos fue haciendo imposible mirarnos a la cara y amarnos, sin -con cada gesto y con cada mirada- recordarlo a él, a ese niño que era tal como el niño de Benedetti, que era para nosotros nuestro amor, que no era mas que un niño muerto. Lo extraño es que el libro de Benedetti nunca dejó de estar en tu mesita de noche, aunque el amor sí dejo de estar en nuestra cama.
Esa noche extrañé en demasía al gato que yacía muerto bajo el árbol donde nos enamoramos, llovía y con mucha más razón lo extrañé en mi regazo mientras fumaba y veía televisión. Tú, en cambio, te divertías con tu cabello y la plancha frente a la coqueta que te regalé durante el embarazo. Yo entonces, viéndote tan "como siempre", decidí irme a dormir; de todas formas, y como cada noche desde hace siete años en que nuestro hijo murió, no había nada bueno que ver en la televisión. Tú asustada te apuraste y pronto sentí tu sombra acostarse junto a la mía, porque eso éramos desde entonces: dos sombras en una cama, paralizadas e incapaces de acercarse, paralelas, cada una llorando hacia su orilla.
Y así pasaron los días, los meses, los años, siete en total, y sin más qué hacer decidí con las ideas crearme un mundo para sobrevivir. Tú por tu lado, adoptaste a la monotonía como compañera, y nos quedamos solos y el árbol donde nos enamoramos.
La guerra llego en la noche, como un ladrón. Y yo, demostrando que no son sólo los jóvenes quienes mueren en las revoluciones, me dejé arrastrar por el ideal de la contra, porque los de la derecha no bajamos de la montaña, morí a la hora de la cena, en una calle del centro, enfrentado con estudiantes y guerrillas.
Esa misma noche desenterraste a nuestro gato, justo debajo del árbol donde nos enamoramos lo encontraste, y entonces me recordaste, mas allá de nuestro hijo muerto, sin tener que ver mi cara para recordártelo, con mi muerte como escusa para olvidarlo, y volviste a amarme, y volviste a extrañarme, y esa noche me escribiste esta carta cuyo posdata concluye, que nuestro gato está muerto, igual que tú, que moriste mañana durante la cena. Y sólo observo al camión militar alejarse, y te espero, bajo del árbol aquel donde nos enamoramos, cuando esta casa aún era de tus padres, y espero que la soledad de esta noche, y este niño muerto que al fin sostengo en mis brazos puedan de nuevo, enamorarnos de golpe, allá los vivos con sus guerras.
19:47 | Etiquetas: Alonso "Amorexia" Hernández | 0 Comments
Subconsciente
Por: Alonso "Amorexia" Hernández (Costa Rica)
La anciana parece haber estado allí siempre, nadie recuerda nunca verla llegar, ni nadie la ve irse. Se sienta quieta y callada en las gradas del ministerio. Al principio sólo quería saber qué había sido de ellos; nunca nadie le pudo explicar. Sigue allí siempre con los ojos llorosos, sin decir palabra, sin pedir una limosna, sin recibir nunca una ayuda, un almuerzo, un café, todos saben que esta allí y ya a nadie le importa, no estorba, no existe, es una sombra.
Para ella todos son imágenes borrosas, cuando alguien la mira o le habla, ella parece más ausente que nunca. Quizás es parte de la escalinata, y todavía no se ha dado cuenta que perdió la esperanza, que en verdad no está allí, que su mente y su alma impasibles no se retiran desde hace ya varios inviernos, hace ya varios veranos.
Tira su cuerpo hacia atrás, se limpia las lágrimas, y emite un quejido lastimoso mientras jala aire pesadamente; esto llama la atención de la mujer que vende periódicos, del viejo que vende libros legales y códigos, de la muchacha que vende empanadas, sobresaltados se acercan a ella, le gritan, le preguntan, mas para ella son sólo fantasmas, no logra siquiera reconocer sus caras, se fastidia, se enerva.
Llaman al oficial de seguridad que presuroso avisa por la radio, ella se levanta de la escena, baja los escalones y vuelve a ver a todos agitados ayudando a una anciana, le da la mano al invisible alto y delgado que la llama, y se apresura a buscarlos; la niña camina saltando mientras se aleja de la mano de el espigado hombre de negro, mientras en la conmoción la anciana muerta se vuelve de nuevo humana.
19:42 | Etiquetas: Alonso "Amorexia" Hernández | 0 Comments
La invención de la distancia
Por: Alonso "Amorexia" Hernández (Costa Rica)
Estoy en el mismo café, la misma mesa, te espero.
Llueve, la gente corre en busca de el abrigo frío del concreto. ¿Te estarás mojando?
Miro el reloj, también a la muchacha que me sonríe tras el mostrador hipócritamente, mientras manda al empleado a avisarme, que es hora de cerrar, yo aún te espero.
Dejo el dinero sobre la mesa y tomo las rosas que te aguardaban, se las doy a la muchacha que las acepta por cortesía. Me abrigo en la puerta, vuelvo a buscarte en medio de los que corren. El empleado trata de darme el paraguas que dejé en el asiento –no gracias, prefiero mojarme- meto mis manos en la gabardina y camino despacio, yo sé que tu moras en el viento, lo sé por que huele a ti. Tropiezo, caigo en la acera, la gente, aunque se da cuenta, no se detiene. Me siento en el caño a quejarme, no de la caída, sino de tu ausencia, de pronto te siento a mi espalda, me dices despacio –¿mírate a ti, que viniste a inventar la distancia!- no te vuelvo a ver, tal vez por vergüenza o por miedo a tu cercanía y dejo que te alejes mientras le vuelas a una señora la sombrilla y despeinas a la oficinista que ya no le importa, está empapada; ni siquiera vuelvo a verte, te alejas silbando y esparciendo lluvia, la gente te confunde, mas yo sé que eres la misma que abrió una noche la ventana y se lanzó a la distancia, mientras yo dormía.
19:32 | Etiquetas: Alonso "Amorexia" Hernández | 0 Comments




