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Expediente de Guffo

Nombre: Gustavo Fernando Caballero Talavera
Alias: Guffo Caballero
Fecha de nacimiento: 25 de octubre de 1976
Lugar de origen: Monterrey, México.
Categoría: Escritor Serial.

Fichado por KALA editorial: Miércoles 30 de abril del 2008

Antecedentes literarios: Abrió su blog en agosto del 2004, donde escribe casi a diario. Desde el 2006 publica dos veces por semana una columna llamada A la Deriva en el periódico Regio. Desde 2007 publica textos en “El Privado”, de www.eldigital.com.mx y en su versión impresa en Chihuahua.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"

Profesión legal: Caricaturista político del periódico Regio y dibujante de tiras cómicas para el periódico El Norte. Colabora también en La Tramontana, suplemento cultural de La Prensa de Monclava, hace storyboards e ilustración como freelance. Es editor de la revista mensual ¡#$%&! Cómics, proyecto ganador en el 2007 de la beca FINANCIARTE que otorga CONARTE a proyectos artísticos independientes.

Trastornos mentales: A pesar de que dibujar le da para su renta, su coche, sus viajes, su comida y sus tragos, confiesa que disfruta más escribiendo, a lo que le gustaría dedicarse de lleno.

Cita: “Nada en el mundo repugna tanto al hombre como seguir el camino que ha de conducirle hacia sí mismo”. Demian, Hermann Hesse.

Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Desde el acuario - 30 de abril de 2008.
- Las calles de un país que nunca soñamos conocer - 15 de abril de 2009

Desde el acuario

Por: Guffo Caballero (México)

Puedo pasar horas mirando el acuario. Cuatro Guaramis Azules, tres Ganchos Rojos, una pareja de Sumatranos Tigre y un Plecostomo que se la pasa pegado a los vidrios forman ese pequeño ecosistema de 30 galones de agua dulce que habita la sala del departamento que rento.

Desde niño he tenido peceras. Son como televisiones, pero sin basura; como mares y ríos sin contaminación. Además, el burbujeo que produce el pequeño motor de la bomba arrulla mejor que la estática gris de un televisor encendido en mitad de la madrugada. Confieso que muchas veces me he quedado dormido frente al tanque, cuando la sala está en penumbra y los alrededores del barrio en silencio; cuando llego molido del trabajo, prendo la lámpara, me desplomo en el sofá y el nado apacible –casi inmóvil- de los peces me seduce hasta el sueño.

Todavía falta adornarlo un poco, ponerle un par de troncos y algunas plantas naturales. Odio las de plástico, pues pienso que es lo mismo que sentiríamos nosotros al pasear en un bosque con árboles de cemento.

Mirando un acuario fue cuando comprendí ese término de “poner la mente en blanco.” Cuando miras un tanque con peces no piensas en nada. Uno se desconecta completamente de todo… De todo.

Recuerdo cuando le dije a mi padre que yo nunca trabajaría en una oficina como él. "Puedes ser como el pez de mar, que tiene que cazar su comida a diario, nadando a su suerte, a veces comiendo y otras no; o puedes ser como el pez de un acuario, que sabe con seguridad que su dueño le dará de comer todos los días" – respondió sereno, como si me hubiera dado la lección de mi vida. Yo, pensé que de seguro había leído esa frase en el libro motivacional que le regalaron sus compañeros de oficina el día de su cumpleaños. Lo más triste es que terminé como pez de acuario, al igual que mi padre: trabajando en un pequeño cubículo de una oficina gubernamental; bien pagado, eso sí, pero soñando a diario con ser pez de mar.

De pronto, todo se nubla frente a mis ojos e imagino que me deslizo muy lentamente desde la superficie hasta el fondo por el recién pulido cristal, caminando descalzo sobre la grava a paso de astronauta y encontrando restos de caracoles deshabitados meses atrás por las babosas; explorando en los oscuros recovecos de los troncos amontonados que acunan musgo y lama; cabalgando sobre el dorso de cualquiera de los peces que nadan a mi alrededor y destellan con sus escamas las cortinas de luz que bajan de la lámpara; recargándome para descansar en una de las cuatro esquinas reforzadas con silicón; abrazando el calentador cuando baje la temperatura del agua y guiándome con su foquito anaranjado en las noches lluviosas. Vivir dentro de un acuario ha de ser más sano y placentero que habitar este insípido departamento en una ciudad sin mar, inundada de gente que ni sonreír sabe y tampoco motivos para hacerlo tiene.

Imagino que pongo la cara en el filtro, justo donde salen las potentes burbujas que lo mantienen limpio y cristalino; que aflojo el cuerpo a la media noche y la marea de la oscuridad lo bambolea con delicadeza de una esquina a otra: de ida y vuelta y de regreso otra vez, como ondularía el cadáver de un ahogado en el fondo de un arroyo.

Las calles de un país que nunca soñamos conocer

Por Guffo Caballero (México)

Desperté muy temprano. Giré para mirar al otro lado de la cama. Ya estaba despierta. Me sonrió con el rostro aún inflamado por el sueño. Le devolví la sonrisa y con las yemas de los dedos quité una pestaña de su mejilla.

-No me quiero bañar –dijo frotándose el pómulo.
-Pues no te bañes.
-Pero llevo cuatro días sin bañarme.
-¿Y qué?, yo llevo cinco.
-Pero tú nunca hueles feo.
-Tu tampoco, preciosa.

Hice el montón de sábanas a un lado. De pie, sobre el piso helado, olí mis axilas. Tenía razón: no olían mal. De igual forma saqué el desodorante de uno de los compartimentos de la mochila, me embadurné los sobacos y se lo pasé. Hizo lo mismo por debajo de su suéter. Me enfundé el abrigo, el gorro y los zapatos deportivos.

-Listo, ¿nos vamos?
-Vámonos -dijo riendo y negando con la cabeza.
-¿Qué pasa?
-Nunca imaginé que podría hacer esto.
-¿Que podrías hacer qué?
-No bañarme... Andar tantos días con la misma ropa y que no me importe.

La abracé y besé su mejilla colorada por la gélida mañana.

-Vámonos.
-¿Y los demás?
-Apenas han de estar despertando. Si los esperamos vamos a perder dos horas en lo que se bañan y arreglan.
-Vámonos entonces.

Nos colgamos las mochilas al hombro y salimos del hostal tomados de la mano.
Nuestro aliento era una fábrica de nubes que se disipaban entre las calles empedradas de un país que nunca imaginamos conocer.

-¿Sabes hacia donde vamos? –preguntó a los quince minutos.
-No... No le entiendo ni putas a este mapa.

Me arrebató el plano que se agitaba con el viento entre mis manos, lo arrugó hasta hacerlo bola y lo depositó en el contenedor de basura a un lado de la estación del tranvía.

-Ya veremos cómo le hacemos… Caminos siempre hay.

La besé. Y caminamos sin rumbo, tomados de la mano, por las calles empedradas de un país que nunca -ni en sueños- imaginamos conocer.