Nombre: Javier Luján
Alias: Javidover
Fecha de nacimiento: 30 de marzo.
Lugar de origen: España.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por Kala Editorial: Lunes 3 de diciembre de 2007.
Antecedentes Literarios: Por el momento sin antecedentes literarios ni policiales, aparte de todas esas cosas que irremediablemente han terminado, o perdidas o en una papelera, así es la vida…
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Fotógrafo, aunque ahora se divierte poniendo copas en un bar nocturno, así le sale más barato eso de alterna y de paso conoce cantidad de mujeres, de todas las edades, credos y cataduras morales.
Trastornos Mentales: ¿Dios mío, eso existe? Le apasionan los libros, el whiskey, los amigos y esas borracheras que al día siguiente no te acuerdas de nada. Es como si empezaras una nueva vida aunque más tímidamente, eso sí.
Cita:
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Desde mi buhardilla - 3 de diciembre de 2007.
- La ciudad blanca - 23 de enero de 2008.
- La pianista - 26 de marzo de 2008.
Expediente de Javier Luján
13:57 | Etiquetas: Javier Luján | 0 Comments
Desde mi buhardilla
Por: Javier Luján (España)
La buhardilla de la Rua das Palmeiras tiene una estrecha ventana, desde la que puedo contemplar la parte baja de la ciudad, recortada entre los tejados de las casas que van escalonándose, continuando la pendiente descendente de la colina. Desde hace tres meses vivo en esta parte alta de Lisboa, más allá de la Praça de Espahna.
Me gusta pasear y hacerme preguntas que dejo sin respuesta, en un silencio que las devuelve a la nada de donde nunca debieron salir. Y, continuando con Saramago, no puedo evitar recordar estas palabras: “Ciertas preguntas se hacen para hacer más explícita la falta de respuesta”.
He venido a esta ciudad tratando de alejarme de un sentimiento, de una enfermiza pasión que, pese a la distancia, sigue viva dentro de mí. Soy incapaz de apartarla de mi cabeza, de mis sueños, de las pesadillas que habitan mis noches.
Por las tardes recorro las viejas tabernas que aún se mantienen en píe. Es en ellas donde me nutro de la sangre que sigue circulando por mis venas. Bebo, copa tras copa de absenta, junto a los ancianos, quienes ya se han acostumbrado a mi diaria presencia entre esos azulejos blancos de las paredes y las gastadas barras de zinc. Sí, mi vida, en estos meses que llevo en la ciudad, se reduce a la absenta, los paseos y a este ritmo impredecible de encuentros con Glôria de una tarde, de una noche o de una semana entera. Sé que esto último no es lo más aconsejable para alguien que quiere escribir una historia de amor, donde ella no es, ni será, la protagonista; pero en cierta manera la necesito para no perderme, aunque sepa que la mejor manera de crear una obra es perdiéndose. Perderse para encontrar otra realidad, otro paisaje profundo.
Esta noche Glôria no está aquí. Apago la luz tratando de dormir, pero la angustia de saber que cuando la ciudad despierte, las luces se enciendan y escuche esos primeros pasos solitarios en el asfalto, me quedará un nuevo día por delante, lleno de horas vacías; y después una nueva noche con todos los fantasmas del pasado rondando a mí alrededor. Todo esto es lo que me impide dormir; pero de nada vale saberlo.
Me levanto y trato de escribir sobre la hoja en blanco:
“Desde esta terraza de “La Suiza”, en la que estoy sentado tratando de matar el tiempo y esta soledad, los aviones parecen descender en medio de la ciudad, entre el tráfico de los automóviles. Miro sin mirar, miro sólo viendo estas sensaciones fragmentadas que hielan mi corazón.”
Me asomo a la ventana. Sigue lloviendo. Gotas que resbalan por el cristal, distorsionando el otro lado de la calle. Llueve a ráfagas lluvia salada que irá a parar al mismo río en el que se hunde mi esperanza.
En la calle se oyen unos pasos acercándose, veo a Glôria distorsionada tras el cristal, está saludándome desde abajo.
20:48 | Etiquetas: Javier Luján | 0 Comments
La ciudad blanca
Por: Javier Luján (España)
Un repaso furtivo al tiempo de mi permanencia en esa ciudad arrojaba tras de sí muy pocas cosas, apenas ninguna: un libro escrito en el que no creía y una serie de fotografías que murieron en el mismo instante que apreté el disparador de la cámara.
No, no era excesivo bagaje, ni tampoco positivo. No existía ningún motivo para sentirse feliz, realizado o cualquier otro adjetivo que me calificara de forma halagüeña. Quizá lo más cercano al estado emocional en que me encontraba era la desesperación. Una desesperación que iba comiéndome por dentro, cada vez con bocados más grandes. Una desesperación de la cual uno no espera poder despegarse ya. La única esperanza se reducía a abrir los ojos y comprobar que todo era nada más que una molesta pesadilla; pero mis ojos se encontraban lo suficientemente abiertos como para que esta esperanza pudiera existir.
Pensé que ya no me quedaba nada más por hacer en esa ciudad blanca, extendiendo esto a cualquier otro sitio, porque todos los lugares terminan por ser el mismo, siempre.
Entre preguntas y preguntas dirigidas a mí mismo, trataba de evitar la verdadera pregunta, esa que consistía en si quería seguir viviendo; pero resultaba tan difícil lanzármela a bocajarro, y mucho más responderla sinceramente, sin nostalgias y sin falsos patetismos. Imaginé la pregunta: “¿Javier, quieres seguir viviendo?”. No me sonó verdadera, algo en su estructura fallaba. Ese tipo de cuestiones no se preguntan de esa forma. Tal vez fuera el nombre lo que me confundía. Ensayé nuevamente suprimiendo mi nombre. “¿Quieres seguir viviendo?”, me resultaba mucho más apropiada; pero, también, más impersonal. Tampoco terminaba de convencerme. Era consciente de que era una pregunta demasiado trascendental como para tomármela a la ligera.
El caso es que estaba casi seguro de la respuesta. El único problema estribaba en la maldita formulación de la pregunta, que debía ser precisa y concisa, que llevara la respuesta implícita en sí misma. Una pregunta que se despojara de todo sentimentalismo barato, que me dignificara ante mis propios ojos en el momento de ejecutar la determinación escogida. Esa maldita pregunta podía estropear todo, hacerme vivir por un espacio de tiempo indeterminado e indeseado.
Todo era tan jodidamente ridículo que empecé a sentir frío, un frío nervioso acentuado por la cerveza. Por hacer algo empecé a hojear el libro que esa tarde llevaba conmigo. Todas las páginas estaba escritas, llenas de pequeñas manchas negras que sin duda tenían un mensaje encerrado, profundo, destinado a mentes más claras y que no estuvieran tan preocupadas por una pregunta que imposibilita irse a descansar y que me mantenía con el culo pegado a una silla de plástico, con la mirada fija en el vacío, en el río. El libro era de Savater y comenzaba a dolerme la cabeza. Pero lo peor de todo era que comenzaba a sentirme frívolo, con ganas de continuar bebiendo hasta ese punto donde, quizás, mi esperada pregunta surgiera de un modo natural y concluyente. Una cerveza que incitaba a seguir bebiendo al otro lado del río, en mi pequeño espigón donde el día moría entre los reflejos del agua, mientras los automóviles seguían cruzando, en ambas direcciones, el puente 25 de abril.
Y crucé el Tajo con una cerveza enlatada, sintiéndome por unos instantes todo un intrépido navegante surcando los más peligrosos mares, acodado en un hierro oxidado y recibiendo de lleno en el rostro los espumarajos del río. Lástima que se llegara tan pronto a casilhas, a mi rincón particular de luces y sombras, y que mi singladura naútica solo fuera un mero aperitivo de la inmensidad del océano.
Sabía muy bien ya que mi pregunta quedaría aplazada un nuevo día. No escuchaba preguntas cuando surgía esa música salida del ambiente, de ese entorno donde nunca lograba pasar desapercibido. En esos momentos todo se detenía y sólo podía entregarme a seguir a ese ritmo oculto que iba guiando mis pasos hasta ese punto donde contemplaba, en un silencio interior, lo fácil que le resulta al sol ocultarse a todos los ojos. Ese era el silencio que perseguía, lo malo que no era eterno, a veces podía tatarearlo. Me dije entre risas que, para un coleccionista de decepciones, la poesía sólo servía para manchar hojas en blanco.
16:31 | Etiquetas: Javier Luján | 0 Comments
La pianista
Por: Javier Luján (España)
Conocí a la pianista en junio del 99. En una noche cargada de alcohol y de humo, me la presentó Concha en el Dover, mi antiguo bar de copas. Enseguida nos pusimos a hablar y no paramos de brindar con chupitos durante toda la madrugada. Al final de la noche los tres, Concha, la pianista y yo, acabamos en la cama, dando rienda suelta a nuestras más turbias pasiones.
Los siguientes días la pianista -Irene- continúo viniendo por el Dover y acostándose conmigo. Nos habíamos acostumbrado a ello. Tumbados en la cama me hablaba de Chano Domínguez, de Jorge Pardo, de Michel Camilo, de Lou Bennett y de toda esa gente que había tocado o que tocaba con ella en la actualidad, por los circuitos jazzísticos de Europa. Le pregunté que qué es lo que hacía una chica tan atareada como ella en un lugar como éste. Desconectar durante unos días en Cabo de Gata de la continúa vorágine a la que me veo sometida, antes de ir a grabar un disco con Lou en Nueva Orleans, me respondió liándose un tremendo canuto.
Pasaron las dos semanas que tenía para recargar las pilas y regresó a Madrid y de allí voló rumbo a Nueva Orleans, donde la esperaba Lou, yo también me había acostumbrado ya a llamarlo así. Nos habíamos despedido con un hasta otra, de esos que no dejan mucha esperanza para un próximo encuentro; mas no por eso dejaba de sentirme satisfecho, había conocido a una persona interesante, con unos espectaculares ojos azules y encima había hecho un trío con ella y Concha, por la cual siempre me había sentido atraído, desde que la conocí en Madrid, y que hasta entonces no había tenido la más mínima ocasión de poner mis manos encima de ella. Como se suele decir, había matado dos pájaros de un tiro y encima había realizado una de mis fantasías más calenturientas: un ménage à trois. Sí, me sentía satisfecho y encima la temporada de verano estaba a la vuelta de la esquina, lo que significaba turistas para el negocio, gente por conocer, muchas chicas en busca de placer y el reencuentro con los clientes que volvían un año más a desbarrar por estas tierras de pitas, pitacos y playas vírgenes.
Al mes de la partida de Irene, recibí una postal con un matasellos de Nueva Orleans. En la que me venía a decir que me extrañaba y que, muy a su pesar, había nacido en ella un sentimiento profundamente confundido hacia mi persona y que estaba deseando regresar a San José para pasar unos días junto a mí y comprobar si ese profundo confundimiento se aclaraba o se liaba aún más. Tras terminar de leer la postal me quedé reflexionando un rato, tratando de buscar un asomo de profundo confundimiento en mí; pero no, el mágico verano había comenzado ya y toda clase de mujeres poblaban la barra del bar. Pensé que lo único que me confundía era la noche, como a Dinio.
Acto seguido, dejé la postal de la pianista entre las facturas sin pagar y me dirigí hacia un corro de inglesas, que copa en alto no paraban de pedir guerra y que las invitara a unos chupitos de esos tan buenos de la casa.
-Joder, tío, tienes el bar más enrollao de Almería, esto siempre está lleno de mujeres -me dijo un pseudohippie mientras me dirigía al grupito de inglesas, con la coctelera en la mano. -¿Quieres unas caladas?-
-¿Cómo se te ocurre ponerte a fumar maria aquí dentro? Anda, tira para la calle, que me estás atufando todo esto con un aroma que va a llamar la atención de toda la Guardia Civil de los alrededores.
-Perdona, tío, como he visto que este sitio mola tanto he pensado que se podía fumar aquí dentro.
-Anda, sal para afuera que ahora salgo yo a darle unas caladas.
-Vale, vaya marcha que tiene este garito.
13:40 | Etiquetas: Javier Luján | 0 Comments




