Nombre: Jorge Cáceres
Alias: Killer.
Fecha de nacimiento: 20 de noviembre.
Lugar de origen: Lima, Perú.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por Kala Editorial: Jueves 1 de noviembre de 2007.
Antecedentes Literarios: Ganador del V Concurso de Cuentos “Pluma, Santiago de Surco” 2005. Lima – Perú.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Filósofo. Estudios inconclusos de Economía, Psicología, Mecánica de motos, mecanografía y un largo etc.
Trastornos Mentales: Hombre salvaje, cansado ya de huir desesperadamente de la domesticación. Depravado sexual. Pacifista frustrado. Autodidacta. Debilidad: las mujeres y el alcohol. Hobbies: la música, escribir, pasear desnudo, y entrenar a su hija a terminar una pelea lo más rápido posible, sin heridas y dañando tanto como se pueda.
Cita: “No hay peor intento que el que no se hace”.
Relatos publicados digitalmente en KALA Editorial:
- El mecánico de avión - 1 de noviembre de 2007.
- Dime que me amas - 24 de diciembre de 2007.
- El desamparado - 27 de febrero de 2008.
- Odio las palomas - 6 de agosto de 2008. El relato ha sido incluído en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Expediente de Killer
16:03 | Etiquetas: Killer | 0 Comments
El mecánico de avión
Por: Jorge "Killer" Cáceres (Perú)
Son curiosas las increíbles situaciones en que te coloca la vida. Descubrir como los roles fugaces de nuestra existencia van dando vueltas como círculos: el que fue niño ahora es viejo, el que era fuerte, hoy es débil. Dan vueltas como esta llave mientras ajusto este perno. Cada vez que ingreso un perno de estos en el poderoso motor de un avión, en el corazón mismo de la nave, mi vida entera pasa como un rayo, atravesando las etéreas dimensiones del tiempo.
Me veo de niño en mi añorada Italia, era feliz en el campo, pero todo cambio cuando sentimos la respiración del monstruo, el tirano cruel. La peor de las plagas: La guerra. Llegó galopando, feroz, implacable. Abandonamos el campo, vivíamos en campamentos, en refugios. La guerra soltaba sus garras: las bombas que caían del cielo, destrozando, aniquilando sin piedad, sin distinción. Rugían los aviones, era el monstruo que llegaba, y luego las garras que caían silbando en el aire. Nuestra sangre ya no era sangre, aquella estaba desparramada, tiñendo las paredes, las veredas, los ríos. Terror era lo que circulaba por nuestras venas, hielo aguijoneando nuestras arterias, nuestros corazones.
Doy otra vuelta al perno, delicadamente, falta poco. Es curioso, decía, que yo, sobreviviente de esa guerra, este trabajando aquí, en la fuerza aérea, mimando y manteniendo a estas máquinas de destrucción, al rugido del monstruo.
Guardo un recorte de periódico que conservó mi madre de la guerra, data del 20 de mayo de 1941, curiosamente un día como hoy. Se ve la foto de un hospital que funcionaba como guardería y en el que acostumbraba dejarme cuando iba a trabajar. Sintió un día la imperiosa necesidad de verme y estar conmigo. Me recogió y me llevó a pasear y comer galletas. Horas después una descuidada garra cayó con todo su odio sobre el hospital repleto de niños. Malditas máquinas, maldito dios que permitiste esa y tantas desgracias. Maldita sea la guerra. ¡Maldita!
Es curioso, decía, pero todos tenemos debilidades, la mía es la mecánica. Los aviones también tienen su debilidad, por eso estoy yo aquí, para que esa debilidad no se manifieste, para que estén siempre en perfecto estado y en caso de conflicto puedan liberar las garras con precisión, y puedan seguir navegando en el reino de los cielos.
Así pues, pensando en estas cosas curiosas, termino de introducir este perno rajado en el motor del avión. Y es curioso también, como iba diciendo, que nadie se pregunte por qué desde hace 6 años, cada 20 de mayo, cae un avión con el corazón hecho pedazos.
20:14 | Etiquetas: Killer | 0 Comments
Dime que me amas
Por: Jorge "Killer" Cáceres (Perú)
Me pides que te diga que te amo, pero ¿sabes qué? En la mañana me llegó la nota de desalojo, me van a tirar a la calle como a un perro, con las pocas cosas que me quedan, la cama, la mesita, la máquina de escribir, la radio, las cenizas del último cigarro, las penas hondas que vivían en las grietas del cuarto, el olor infantil de tu perfume, el recuerdo de tu sexo, las alegrías compartidas y mis risas solitarias. ¿Dónde se refugiará mi cuerpo necesitado de ti? ¿Dónde esconderé la miseria de mis medias con hueco? Siento tristeza pero también siento rabia, rabia contra el arrendador, ese viejo infame que no se compadeció ante mis suplicas, que no aceptó las monedas que pesaban en mi mano después de entregar mi guitarra a un prestamista. Fui Judas por ese maldito y ahora sólo me queda esto, el peso de la culpa.
Sonó el teléfono, contesté y escuche tu voz. Me dijiste para encontrarnos aquí en ésta banca del parque.
Luego llegó el tipo de la bodega, con la sonrisa forzada, tratando de disculparse mientras se llevaba la máquina de escribir, el viejo dinosaurio, compañero entrañable, cómplice absoluto de nuestras cartas de amor, de mis historias ridículas y de mis sueños de héroe. Se la llevaba porque sabía que era imposible que pudiera pagar lo que le debía y “como ya me iba a ir”. Sonreí también por su ingenuidad, la máquina no tenía ningún valor comercial y si bien me daba pena perderla, prefería conservar el dinero que me dieron por la guitarra. Pero no sonreí cuando regresó con un ayudante, siempre tímidamente, a llevarse la cama y el trajinado colchón. Ahora si estamos a mano, dijo. Se fue, siempre amable, con un ligero rubor en el rostro.
Y me pides que te diga que te amo.
Me miro en el espejo y veo a un perdedor, un inepto en la supervivencia en este mundo de concreto. Estoy envejeciendo y me siento sólo y terminado. No me imagino quién puede querer a un hombre como yo. Pero sonó el teléfono y escuché tu voz otra vez, no necesité escuchar las palabras que me dicen que no me olvide de la cita en el parque. Sólo el sonido dulce de tu voz, que entra como una droga, poderosa y efectiva. Y pienso: esto no es tan malo.
Ahora estamos sentados aquí en el parque, en esta banca triste de los colores idos y me miras con tus inmensos ojos, me coges las manos frías de abandonado y me pides que te diga que te amo y no puedo. No puedo porque las lágrimas se me atraviesan como una soga en la garganta.
16:05 | Etiquetas: Killer | 0 Comments
El desamparado
Por: Jorge "Killer" Cáceres (Perú)
Siento el primer golpe, es fuerte, lo detuve con el antebrazo pero me sacudió. Deja su rostro descubierto, podría romperle la nariz en un segundo, hice un pequeño amague, un recto con la derecha que se quedo ahí, en el codo, antes de nacer. Es un reflejo, las reacciones salen cuando hay dolor. Tantas peleas te acostumbran a soltar los golpes casi mecánicamente, sin pensar. Sólo fluyen como un resorte liberado. Él ni siquiera lo notó, está furioso, no puedo entender por qué.
Tocamos el timbre de su casa, estábamos haciendo nuestro recorrido predicando la palabra de Dios. Ella presionó el timbre con uno de sus delicados dedos y volteó a sonreírme. Me sentí reconfortado, ella me trajo al servicio del señor. Así como hoy, ella también llegó a mi casa. Desde que la vi sentí la necesidad de compartir su vida, de recibir siempre esa sonrisa con que se presentaba. Me adentré en las lecturas de la Biblia. Leía todo pero por momentos perdía los comentarios, las explicaciones; a veces quedaba confundido, me perdía observando su belleza, los movimientos de su boca, la mirada coqueta que a veces escapaba como el brillo nocturno de una nube azul, intrigante, cautivadora.
Ahora él está lanzándome puñetazos al cuerpo, retengo los golpes con los brazos pegados a mi tórax, no causan daño pero arden, duelen. Siento la ira que nace dentro de mí, pero tengo que controlarme, soportar, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra. Sé que esto es una prueba, fui entrenado para recibir golpes. Él se cansará. Ella estará orgullosa de mí. Ya está muy agitado, resopla. Sus fosas nasales se agitan como el hocico de un toro, parece una caricatura; está bajando los brazos, respira balanceándose hacia adelante. Ahora podría empezar a pegarle hasta hacerle vomitar los intestinos, pero me controlo, respiro profunda, lentamente, ella me mira y siento una especie de comunicación, recuerdo las palabras: Amad a vuestros enemigos y bendecid a los que os maldicen. Sí, yo tengo que ser así. Ella sigue mirándome, parece sonreír, yo entonces me atrevo a pronunciar: Te perdono. Antes de terminar estas palabras sentí el tablón que caía sobre mi espalda golpeándome la cabeza, me derribó. Una rodilla tocó el suelo, luego otro golpe más, caí sobre mi costado, sentí a los dos hombres moliéndome a patadas y golpes.
Recuerdo, que la música era de heavy metal, muy dura, cuando abrió la puerta se sintió claramente. Sus ojos estaban rojos y tenía la cara grasienta, probablemente sudando el alcohol que había estado ingiriendo y que apestaba terriblemente en su boca.
-¡¿Qué mierda quieren aquí?!- gritó.
-Disculpe si lo molestamos, seguiremos nuestro camino- dije, tratando de evitar que la cosa empeorara.
-¡¿A dónde crees que vas huevón?!¡Cucufato de mierda! Ven para que te meta esa Biblia por el culo cabrón.
Ahora, tirado en el suelo, cubriéndome la cabeza con las manos, siento ganas de morir y terminar con esto, levanto la cabeza, la busco con la mirada. Ella no está. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? El dolor se está alejando y ellos parecen golpear con menos fuerza. De pronto algo crece en mí, con fuerza, desde dentro, es como una luz, una luz que borra todo, comienzo a olvidar, no encuentro asidero, trato de recordar algún pasaje del nuevo testamento, todo está en blanco, ya no hay nada. No siento nada, sólo una calma blanca, una luz verde y luego un nuevo recuerdo, el antiguo testamento viene a mi, nítido, llenándolo todo. Así dijo el Señor de los ejércitos: Me acuerdo de lo que hizo Amalec a Israel; que se le opuso en el camino, cuando subía de Egipto. Ve pues, y hiere a Amalec, y destruiréis en él todo lo que tuviere; y no tengas piedad de él; mata hombres y mujeres, niños y mamantes, vacas y ovejas, camellos y asnos. Abro los ojos, ellos están parados mirándome, sin fuerzas, el que me atacó primero trata de patearme en la cara. Detengo la patada con mis manos y muerdo su pantorrilla, hondo, hasta sentir mis dientes penetrando la carne, se juntan, debo haber sacado un buen pedazo, cae al suelo aullando de dolor. Ve, y destruye a los pecadores de Amalec, y hazles guerra hasta que los acabes. El otro miserable está paralizado del miedo, extiende sus manos para evitar que me acerque, lo cojo de la muñeca, lo tiro al suelo, pongo mi pie sobre su hombro y de un tirón le disloco el brazo. Veo una botella tirada en el piso, la recojo y la rompo contra el suelo. Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag delante del Señor en Gilgal.
Luego que acabé con esos desgraciados procedí a entrar en la casa. Dentro ladraba un perro, y mientras lo buscaba pensaba que quizás yo, como esas viejas computadoras, trabajamos mejor con versiones anteriores…
15:44 | Etiquetas: Killer | 0 Comments




