Nombre: William Zapata Montoya.
Alias: Mr. Plomo.
Fecha de nacimiento: 21 de Marzo de 1971.
Lugar de origen: Colombia.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por KALA Editorial: Miércoles 30 de abril de 2008.
Antecedentes Literarios: Dos cuentos publicados en www.vueltadetuerca.com; Diez libros publicadas en www.lulu.com, Tres guiones llevados al video en su país natal (dos de ellos ganadores institucionales). Tres cuentos publicados en la Revista Voces de España. Reseñas y entrevistas en Go-Mag de Barcelona, De La Urbe Digital de Colombia, Plasticine de Madrid y Caudillo de Connecticut. Colaboraciones esporádicas con ‘Y SIN EMBARGO MAGAZINE’ de Barcelona.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Internauta; amo de casa.
Trastornos Mentales: Primer escritor en la historia en hacerse un psicoanálisis a través de su lista de contactos electrónicos. Neoyorkino por adopción e internauta, un poco geek, conectado las 24 horas del día. Ex combatiente de la Guerra de Irak, ex espalda mojada, ex coyote en la frontera con Estados Unidos.
Cita: “¿El campo? ¡Ah! Ese lugar por donde los pollos se pasean crudos” / "El de bomberos es el menos hijo de puta de todos los uniformes" / "En un pueblo chico lo mejor que puedes hacer es irte".
Relatos publicados digitalmente en KALA Editorial:
- Problemas fundamentales del horizonte caído - 30 de abril de 2008.
- La camiseta de Maradona - 6 de agosto de 2008.
- Tus secretos cuando hablas en sueños - 15 de abril de 2009.
Expediente de William Zapata
15:54 | Etiquetas: William Zapata | 0 Comments
Problemas fundamentales del horizonte caído
Por: William Zapata (Colombia)
Me casé en diciembre. Vivo en una isla, pero ahora no es una isla desierta del todo como la soñábamos. Ninguno de mis antiguos amigos vino al matrimonio, a pesar de que últimamente contamos con computadores y teléfonos que Ernest nos ha traído y que nos mantienen muy bien comunicados con el resto del mundo. Pusimos e-mails pero al matrimonio sólo vinieron algunos nuevos amigos: viejos pescadores de los alrededores.
Era de preverse. Cuando decides dejar el arte, y dedicarte a la artesanía, nadie te lo perdona. De todos modos, hay viejas costumbres que todavía permanecen en nuestro diario transcurrir. Por ejemplo, aún tengo que caminar media hora antes de fumarme mis porros y ponerme a crear. Cuando me coloco en seco, sin poner a volar mis pensamientos por el paisaje circundante, me salen esculturas chuecas, desproporcionadas, sin estilo y con ideas mamarrachas.
Me solía pasar en los inviernos de la gran ciudad, cuando nevaba mucho y las tormentas no permitían salir a la calle. Ahora me resulta muy estimulante este clima tropical de soles extremos para salir a caminar en las mañanas y pescar y pintar y armar mis porros con tranquilidad.
Esta semana la pesca ha estado mala. Hemos vuelto con nuestras redes vacías cada mañana y nos hemos sentado en la playa a bebernos el ron que Ernest nos trae. Ernest viene cada lunes. Ernest también vino a mi boda; fue uno de los únicos; él y los pescadores.
Las cosas son diferentes aquí. Hay un dicho entre los pescadores que reza: “En la isla nadie es más débil que los otros”. Tal vez por eso es que todos nos valemos por sí mismos, aunque en los viejos tiempos era diferente. En los viejos tiempos nos ayudábamos. Algunos andábamos más mal que otros, pero nos ayudábamos, sin detenernos a contemplar el origen de nuestros males, sin detenernos a pensar si lo que necesitábamos era cervezas para nuestras gargantas ó agua pura para echarle al hoyo del water. Ahora no es necesario. Ahora todos nos sentamos en la playa después de pescar y nos bebemos el ron y hablamos sobre las últimas noticias del puerto, que nos trae Ernest. A veces no hablamos. A veces bebemos en silencio y masticamos los cocos de la playa y nos tomamos su agua y nos quedamos varias horas viendo el amanecer. Luego, cuando nos acabamos la botella, cada uno va a su casa y yo tomo el camino largo para poner en marcha mis pensamientos y recoger los trozos de madera y armarme, por supuesto, alguno que otro canuto. Los trozos secos se van a la cocina y a la chimenea, y los trozos húmedos los guardo para mis artesanías. Al llegar a casa, me meto a la cama con mi esposa, frotamos nuestros cuerpos y luego nos fritamos los pescados del día.
Pero esta semana las cosas han estado mal. Esta semana nos hemos estado comiendo las reservas y hemos estado fritando algunos patacones de más. Me pregunto si lo de la pesca seguirá igual de malo. Tendríamos que emigrar, aunque Ernest dice que en tierra continental las cosas están peor que aquí. Tal parece que los huracanes de los últimos dos años han arrasado con media civilización y tienen sumidos a los hombres en la más cruenta guerra por la supervivencia; según las cosas, hoy día no hay agricultura que se sostenga. Según Ernest, es muy factible que algún invasor venga por acá en busca de esos recursos naturales y esa paz ya totalmente inexistentes en el mundo intervenido y modificado por los humanos.
También podríamos quedarnos en esta isla, aún no fichada en mapa alguno. Tendríamos entonces que volver a ayudarnos los unos a otros, como al principio, cuando llegamos por primera, y última vez, hace más de 50 años, cuando vivir en la ciudad se había convertido en un insufrible estado de desesperación. De lo contrario, y si lo de la pesca sigue igual, unos vamos a desfallecer primero que otros. Unos estamos más viejos que los otros y nuestros cuerpos no responden del todo cuando tenemos que remar mar adentro. Pero me temo que ya no hay vuelta atrás. Nuestro egoísmo y la competencia natural nos harán sucumbir en caso de que nuestra suerte con los peces siga igual, pues los suelos aquí son bastante áridos e infértiles y ni modo de pensar en la caza ó en la porci-avicultura, pues no hay animal que haya podido aguantar las calurosas condiciones meteorológicas. De hecho muchos, casi la mitad de los que llegamos, han muerto por causa de este tiempo. En el día alcanzamos hasta 51, 52 grados centígrados a la sombra. Y en la madrugada, cuando el sol no ha salido, fácilmente hemos de experimentar los 45 grados centígrados. Ernest dice que es el efecto invernadero. Ernest es nuestra única esperanza. Nuestro único puente con el mundo. Le hemos dicho que traiga turistas, que ellos podrían apreciar nuestras artesanías. Pero Ernest dice que los tsunamis acabaron con esa industria y que hoy día, en pleno 2083, a nadie le interesa conocer lugares nuevos ni tomar vacaciones. Que el clima, como esta isla en los últimos años, igualmente se ha deteriorado drásticamente en todo el planeta y que la lucha por la mera necesidad de comer es una tarea unívoca y titánica de cada día. Mejor dicho, que las cosas están bien jodidas allá afuera (o mejor dicho allá adentro), que nuestra especie anda por un borde muy definitivo; que el lujo, el entretenimiento y la opulencia, por ejemplo, han sido extintos de la faz de la tierra. No hay caso. Lo único que queda, según Ernest, es la vanidad.
Nosotros, de nuestro lado, esperamos que la pesca se ponga buena, porque de lo contrario, la isla quedará más desierta de lo que era, y sería una pena, porque bien o mal, éste es el lugar que mi esposa y yo hemos escogido para casarnos.
Anoche soñé que volvía Ernest. Se había tardado meses en volver y todos lo estábamos esperando, muertos del hambre, en la playa. Nunca más habíamos vuelto a pescar y ya habíamos desistido de lanzar las redes. El cielo se había convertido en una espesa sopa de llamas púrpura a punto de lanzar lluvia ácida sobre nuestras cabezas. Unos invasores habían venido a conquistar la isla en buques ultramodernos, tripulados por piratas jubilados. Pero se habían ido al enterarse de que no teníamos nada para ofrecer. Buscaron un tal tesoro de medallones pertenecientes al conquistador Hernán Cortéz, “pirata de piratas”, decían, y removieron la arena por todas partes en busca de caletas milenarias y esculcaron en las cuevas, montaña adentro, que conectaban con el mar. Vociferaban, gritaban, decían letanías en lenguajes forasteros de mundos submarinos e informaban sobre el desorden del mundo en general, y promulgaban que estaban muertos y que sólo la maldición de una isla encantada podría devolverles a la vida. Para demostrárnoslo, empezaban a darse de golpes durante 43 horas seguidas y a dispararse en sus estómagos con bolas de cañón hasta despellejarse la piel y deshilachar sus músculos, y hasta quedar con los francos esqueletos expuestos al viento salubre de la costa. Al final incendiaban nuestras chozas y, consultando sus brújulas, se marchaban por donde habían venido, no sin antes hacer un homenaje al código de la legión bebiendo y cometiendo sacrificios de doncellas locales. Después venían huracanes de todos los tiempos y veíamos los barcos de los piratas yéndose hacia el cielo. En el sueño, Ernest traía materiales para construirse una casa en la isla y provisiones para un año, y suficiente armamento como para enfrentar a un ejército de 5000 hombres. En el sueño, Ernest también quemaba la barca que lo había depositado definitivamente en nuestro entorno.
Pero no quise contárselo a mi mujer. Al despertar, ella me salió con la noticia de que está embarazada. Yo a mis 86 años y ella esperando un hijo mío. ¡Vaya, tiempos!
21:24 | Etiquetas: William Zapata | 0 Comments
La camiseta de Maradona
Por: William Zapata (Colombia)
Mi camiseta de Maradona estuvo colgada como cortina en mi baño por mucho tiempo. Mi camiseta de Maradona ahora no la encuentro. Con esa camiseta vi el partidazo que se jugaron Alemania y Argentina en el mundial de Zidane y por esa camiseta de Maradona me han odiado en demasiadas fiestas de colombianos. Luego de un tiempo, cuando ya mi camiseta de Maradona se había mimetizado con el paisaje, yo decidí bajarla de la ventana de mi baño y volver a usarla como usa las camisetas cualquier cristiano del montón. Eso a veces pasa en los lugares donde uno vive. Pones una camiseta como cortina en la ventana del baño y luego de un tiempo te acostumbras a ver esa cara de Diego Armando, estampada en tinta indeleble.
Recuerdo que una mañana cualquiera, mientras me enjabonaba, me percaté que la camiseta llevaba mucho tiempo haciendo las veces de cortina y que si la dejaba allí, correría con el riesgo de que se deteriorara más. Mi camiseta ya tenía el cuello desjuanchado de tanto estar recibiendo los vapores de la ducha y la oxidación natural del cruel aire veraniego de New York. Así que terminé de bañarme, me vestí y casi en paños menores fui hasta el "99 cents" más cercano para comprar una cortina del baño.
Pagué 4 dólares por la cortina más barata que encontré y al volver vi todas esas cosas raras que uno ve en la calle: entre ellas, una dama vestida con gorro de lana y guantes como si estuviéramos en invierno. La dama paseaba su mascota, un labrador cruzado, y hablaba por celular a los gritos. Por un momento, pensé que se dirigía a mí. Yo iba por una acera y ella iba por la acera cruzando la calle y sus gritos me hacían mirarla una y otra vez mientras mis manos sostenían aquella cortina para el baño aún empacada en su bolsa de plástico made in China. No di más largas al asunto y volví a casa y una vez adentro me puse en el proceso de bajar la cortina de la ventana del baño e introducirla en la cesta de la ropa sucia. Ahora no encuentro mi camiseta de Maradona; qué vaína. Es una camiseta gris con letras azul-celeste y estampado negro y ha estado conmigo en demasiados momentos claves de mi vida newyorkina. Mi camiseta de Maradona ha atestiguado la forma en cómo el tiempo se encarga de cambiarme el humor. Así es. No sé si lo han notado, pero los años ,o algo parecido, se han encargado de cambiarnos el semblante.
" Ya no somos los mismos" me decía un amigo desde Medellín a través del chat y tiene razón. Ellos ya no son los mismos que yo dejé y yo no soy el mismo cuando me fui. Algo definitivamente ha cambiado y mi camiseta de Maradona no aparece. Luego de bajarla de la ventana del baño, yo volví a ponérmela varias veces y me acompañó desde el momento en que Luis, mi amigo porteño, me la había regalado al final de un partido de fútbol. También estuvo conmigo cuando armábamos conspiración contra la compañía y cuando nos echaron a Luis Y a mí por sindicalistas. Los judíos dueños del car-wash nos dijeron que uno como ilegal venía a América a trabajar sin derechos de asociación. Luego vendría el verano y yo decidí poner la camiseta en algún lado del closet para guardarla hasta el verano siguiente. Pero ahora es invierno y la he extraviado.
Me siento en el balcón y prendo un porro y miro la jaula donde solían gritar nuestros queridos pericos cuando estaban vivos. Es una jaula inutilizada y tiene la camiseta que solíamos usar para abrigar a los pericos en las noches. Lo dicho; eso pasa con las cosas de tus paisajes circundantes: uno se acostumbra tanto a verlos, que ya no los ve. Las cosas se mimetizan con la rutina, se esconden en la monotonía de las convivencias. Apago el porro y atrapo la camiseta. Afuera hace una mañana soleada, pero hace frío.
13:22 | Etiquetas: William Zapata | 0 Comments
Tus secretos cuando hablas en sueños
Por William Zapata M. (Colombia)
La conocí bailando hip-hop. Bueno, qué se podía esperar de una mujer que uno conoce en una discoteca y cuyo único anhelo es pescar cada noche el pene de algún negro mientras encuentra alguien que la merezca. Ligereza; eso se podía esperar; falta de significado. Siendo el amor algo tan profundo.
Y es que uno no entiende las modas de estos días. El caso es que yo estaba allí. Había entrado a aquella discoteca nada más que por un par de fósforos y había salido con el corazón incendiado y con el número telefónico de ella, anotado en una servilleta, cual indicación escrita por los dedos de la más fina de las damas. Lo que vino luego fue una madeja de sucesos que nos llevaron a la convivencia y, posteriormente, a la traición, al rompimiento de un florero en una tienda de cristales.
Nos tomamos aquel amor como quien se toma una jarra de GinTonic. A sorbitos, con mucho gusto. Embriagados, conocimos los Hamptons desde la banca de atrás de un auto de carreras, conducido por el más lúcido de los locos: un corredor amigo de Wall Street. Divisamos las zonas cenagosas de la pampa boliviana; los barrios de los sicarios en Medellín; paisajeamos en las sinuosas calles del Village; en los casinos de Atlantic City y, en fin, como diría cualquier resacado desprevenido: borramos casette.
Ella saltaba de la cama del negro haitiano en las mañanas y se metía en la mía por las tardes. Cómo no iba yo a esperar que, dos años después, la sorprendiera revolcándose por enésima vez con nuestro compañero de piso. Y estoy de acuerdo: las mujeres siempre se han derretido por esos aventureros apasionados y, quizá, cuando una mujer te pone los cuernos, es porque ha sido un tanto abandonada. Pero eso no le da el derecho de que irrespete tu propia casa, tu propio living room. En eso nadie me puede conceder una objeción.
Mi primera moraleja es: nunca metas testosterona gitana a tu casa, especialmente si él es un universitario inexperto y ella una frustrada con un sentido del olfato muy desarrollado, una de esas que se ufanan de ser unas esposas muy decentes. Ya, la sola auto promoción de su moralidad, es de por sí altamente sospechosa.
Bueno, tal vez pudo ser que, después del aborto, aquella pobre dama de la más distinguida alcurnia popular se sintió muy culpable; es preciso recordar que ya no era una chavalilla: tenía 34 años y había sido ella quien había tomado la unívoca decisión. No cualquiera puede ser digno aspirante de tu útero a esa edad.
“¿Por qué crees que vienen de tan lejos en busca de un semental?”, me dijo mi casero hace poco cuando se lo comenté. Mi casero la conocía muy bien y conoce muy bien a la gente de aquel país, “Hay a quienes no se les puede pagar hora-extra, porque se dan el lujo de quedarse toda la vida en tiempo de descanso”, remató mi casero. Mi casero es italiano. Mi casero es muy sabio.
En el caso particular de mi ex mujer, sólo podríamos hablar en términos de sexo casual. Era sólo una ninfómana adecuadamente encubierta, hasta que a mí se me ocurrió la maravillosa idea de meter a este extraño, supuesto ciudadano honorable, al cuarto que nos sobraba en el fondo del hogar. A veces, haces un favor, lo lanzas con efecto de boomerang y se te devuelve con efecto de balazo.
El caso es que, a partir de entonces, ella no pudo ocultar sus erupciones de tormenta solar. Emergió toda la verdad cual rollo fotográfico recién revelado. Por primera vez la vi con un destello en sus ojos; aquel síntoma ineludible de que estaba lista para reproducirse. Disfrazó sus calenturas de mil formas. Se hacía la sin tabús, la moderna, un animalillo al servicio de sus más secretos instintos. Una verdadera invitada de honor al más elegante festín del diablo. La que podía sobrellevar la convivencia cotidiana y el deseo en un mismo vagón, sin mezclarlos. Desorganizó por completo sus horarios. Trabajaba por las noches hasta la madrugada y dormía en el día hasta las horas que le convenía. De antes, ya se había inventado viajes ficticios probando otras leches; ya venía propiciando un ambiente. Es cierto que tú lo reconoces cuando lo ves venir. Se fabricaba fábulas para él y fantaseaba con participar en su promiscuidad cotidiana. Ello le hacía el juego más interesante. Ella sabía que, por ‘A’ o por ‘B’, se iría a quedar con el trofeo. Una existencia desde la base como si en realidad nada en este mundo mereciera respeto.
De mi parte ya no quedaban muchas opciones que agotar. Es cierto: tal vez no la respetaba a ella tanto como respetaba a Dios. Cuestión de tener una prioridad en tu escala de valores. Cuestión de tener una escala de valores. Había fallado en el principal de los postulados para con sus costumbres sociales; la había hecho abochornar.
Moraleja # 2: No hagas abochornar a tu pareja con lo que haces para traer dinero a casa. En estos tiempos de movimientos demográficos, una de las reglas del inmigrante es romperse la espalda haciendo trabajos de mierda y luego poner un e-mail a casa diciendo que has montado tu propia oficina. Una vida real y otra virtual; con la real comes y con la virtual no decepcionas a tus padres. Con la real alimentas tu capacidad de supervivencia y con la virtual alimentas tu ego y de paso ejercitas el exquisito arte de la presunción, para no abochornar, por ejemplo, a tu esposa.
Es real que yo me ganaba la vida como podía: construcción, limpieza, mudanzas, domicilios. Es virtual que lo hacía como escritor: pasquines; web sites de segunda categoría. Pero en la sociedad emergente newyorkina la lucha es fratricida; de nada te sirve que seas el próximo Saul Bellow, si por lo menos todavía no te pagan dinero o no te invitan a fiestas intelectuales. Pobre ex esposa mía; debió haber sufrido lo inimaginable viéndome hacer aquel tipo de trabajos; atestiguando mis patologías de esclavo laboral; oyéndome, en cada retornar a casa, aquellas historias deprimentes de la clase obrera más baja del sistema, de los seres más desafortunados. Historias, al final de cuentas, que le recordaban su infancia inmerecida al lado de un padre camionero.
Total, de todos modos, se me hacía muy falso eso de ponerme a pretender, a fanfarronear en cada reunión de sus compatriotas ó en las entrevistas con sus padres. Ello evidentemente no era nada efectivo para fomentar el orgullo de una fotógrafa, cuyos mejores close-ups llegaban hasta la punta del Empire State. Ya se sabe que el mundo de lo aparente e ilusorio, más no lo esencial, es la materia prima de quienes se dedican a disparar el obturador. Ya se sabe también que lo sagrado siempre será invisible a los ojos.
Pero ella era esa suerte de fotógrafa que vivía en el mundo de las bellas formas materiales. Esa era su inmutable naturaleza, su educación, su crianza, su forma de relacionarse con el mundo a no ser que tuviera que desmentirlo en el plano de las conversaciones platónicas. Pero en el fondo, cualquier atentado religioso contra aquel sistema de fuerzas paganas era motivo de vergüenza, no importara que hubiera sentimientos reales de por medio. En la sociedad de los ilustres desconocidos, lo importante eran las apariencias y eso nos mató. A los dos.
Moraleja # 3: Si te gusta alguna chica de la clase media, aprende a inflar tu valor como forma de homenajearle a ella; hazle creer a su círculo de amigos que tus camisetas de marca no fueron compradas en una tienda de saldos. Aquella chica no te lo creerá, pero dile que tu teléfono celular te lo regalaron en el banco por hacer muy buen uso de tus tarjetas de crédito y que tus padres millonarios no te aguantaron en tu país de origen; díselo; lo necesita; dile que tú eres la oveja negra, el bohemio, el loco de la familia entre un distinguido grupo de hermanos exitosos. Miente! Ese tipo de mujeres, que nunca han sido ricas, les gusta, se merecen, que les hagas creer en universos paralelos. Si tú te rebajas, las rebajas a ellas y, en los tiempos que corren, la verdadera dimensión espiritual de las cosas es totalmente irrelevante para su forma de entender el mundo. Les es indiferente. Estamos aquí para reproducirnos sin ningún tipo de significado metafísico, evolucionar biológicamente sin conciencias supra-terrenales, mejorar una especie a partir de las bondades de ciertas razas, lo cual nos concede plena auto determinación sobre el destino.
Eso, más o menos, fue lo que me pasó con mi ex mujer. El inicio de los acontecimientos se fue liando de tal modo, que ella vio en mí a un personaje singular, el tipo de hombre que siempre había soñado. Un Frankestein construido por el olfato de una desesperada. Una figura de cera a quien, sinceramente, yo no conocía, pero que ella moldeaba con el curso del tiempo.
Mi principal error fue haber tumbado a patadas ese prototipo, estatua de barro, en el propio museo de su imaginación. Le hablé sinceramente sobre mis orígenes, el barrio en el que me crié, mis padres, la crisis de toda una sociedad, los horrores de la guerra en mi país, lo criminales que eran mis amigos de infancia. También le dejaba ver mis apuntes de escritor y me sinceraba cada vez más en mis estilos literarios. Desgarraba mi corazón. Moraleja #4: trata de hacerte lo más posiblemente invisible. Actúa una farsa; ponte disfraces de buena persona; dobla tu personalidad; sé otro distinto a tu verdadero “yo”. No permitas que ella te vea. Y, especialmente, no te dejes ver así subdesarrollado, tal como sos, por sus amigos los civilizados. NO la avergüences ante la sociedad!! Obviamente, si ella, una correcta ciudadana del primer mundo, ha escogido juntarse con un escritor tercermundista, es porque cree en tu inocencia de cordero involucionado y porque realmente desea que le escribas bellos poemas llenos de ideas luminosas y no esos arrebatados dardos de sinceridad y veneno que te llaman desde la oscuridad. Cualquier mujer que se enreda con un escritor quiere que tus letras desborden vida y no muerte. De lo contrario, corres con el riesgo de perder a tu adorada. En lo personal, fui víctima de mi propio invento. Escribía historias de amores imposibles y dejaba que ella husmeara aquellos textos. Se los creyó. Súbitamente, empezó a materializarse en mis heroínas. Quiso apropiarse de aquellas trágicas tramas. Puras mujeres auto suficientes que anteponían su libertad como valor supremo. Verdaderas tontas del culo, a mi parecer. Eso de la libertad y la fortaleza interior eran las basuras más grandes de las que yo siempre escribía. Yo lo hacía por artificio; a manera de malabar literario. Ni en pedo podría creerme esas mentiras del universo contemporáneo femenino.
Sin embargo, ella, mi ex mujer, empezó a incorporar inconscientemente todo lo que yo escribía. Y cuando uno deja que su mujer lea sus cosas, puede pasar que: A) quiera convertirse en el objeto de tus deseos. B) Pille todas tus debilidades y las utilice el día menos pensado para destruirte. Así de simple.
Moraleja #5: no le muestres todo tu interior a una mujer. Siempre guarda algo, un excedente. No le entregues toda tu fe. Algún día la puede usar en tu contra. Es mejor andar por la senda del misterio. Dale poesía, pero no información confidencial, nada de datos. Sólo poemas. Una mujer con tu información íntima es más peligrosa que una sopa de anzuelos; sobre todo si es aquella mujer con la que te acuestas cada noche.
Voy a contar qué pasó la vez que le dije a mi ex mujer que la extrañaba; dijo: “Yo no me la llevo tan mal”
Ahgg!!?? SE CREÍA LA PROTAGONISTA DE MI ÚNICA NOVELA!!!
Sin darme cuenta, de un tiempo para acá, venía diciéndome frases que decían los personajes femeninos de mis escritos: “Ah no es para tanto”, “Ya se sabe que en el amor pasan esas cosas”
“Es natural” “No te pongas melodramático"
Mhh! Bueno, debo decir que, en aquella relación, ella siempre fue Mrs. Perfección y yo Mr. Desastre. Era yo el que tenía accesos de cólera y celos. Ella Pelé y yo Maradona. El orden y la anarquía. Yo el neurótico, el que le ladraba a las palomas en la calle; ella quien siempre estaba en su centro y quien siempre conservaba sus empleos. La mata de la paz interior. Siempre estuvo hecha. Una de esas que ya ha superado a Dios. Yo, en cambio, como los soldados que siempre van al frente.
Nada queda de aquel amor. Y es que lo que empieza en discoteca termina en resaca. Sólo queda mi literatura, la cual me hizo víctima de su efectividad. También queda mi fe en Dios y una nueva chica con la que sí puedo leer la Biblia. De mi ex mujer, nada sé. Quizá haya vuelto a sus andanzas de ir de cama en cama, o quizá haya encontrado un valor superior al de su propia, bien merecida, libertad.
12:30 | Etiquetas: William Zapata | 4 Comments




