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Expediente de Claudia Ávila

Nombre: Claudia Ávila.
Alias: Caramelo de Cianuro.
Fecha de nacimiento: 4 de febrero.
Lugar de origen: Monterrey, México.
Categoría: Escritora Serial.

Fichado por KALA Editorial: Jueves 1 de noviembre de 2007.

Antecedentes Literarios:
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Participante activa del Taller de Retroalimentación Literaria del ITESM con Felipe Montes.
Participante activa del taller "Borrón y Cuento Nuevo" con Eliseo Carranza.

Profesión Legal: Cantante.

Trastornos Mentales: vivir simultáneamente entre dos mundos, el real y el que sólo existe en su cabeza.

Cita: "No resultó como pensaba, pero tenía que probar"

Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Reencuentro - 1 de noviembre de 2007.
- Inmortal - 24 de diciembre de 2007.
- Cicatrices - 26 de marzo de 2008.
- Inconsciencia - 3 de septiembre de 2008.

Reencuentro

Por: Claudia Ávila (México)

Le doy otro sorbo a mi cappuccino, o para ser más exacta: a mi Cinnamon Dolce Frappuccino, según el menú de Starbucks. Cada vez que paso por uno de estos lugares me pregunto cuándo demonios… tomar un simple café se volvió tan complicado. Supongo que la popularidad de las mezclas exóticas, con nombres más exóticos aún, hace que la clientela se sienta importante en una manera directamente proporcional a la dificultad del nombre del café elegido. Yo intento ordenar algo sencillo, pero eso aquí es imposible, así que elijo lo más parecido a un cappuccino frío con doble ración de canela, y me siento en una de las mesas de la terraza, mi favorita, y mi propiedad privada, tres tardes a la semana.

Mientras tomo mi café, me entretengo haciendo lo que más me gusta en las tardes de ocio, es decir, nada o casi. Observar a la gente que entra y sale, a los meseros -casi púberes- que se sienten orgullosos de haber conseguido su primer trabajo, a las parejas que se besan sin pudor, a la señora de mediana edad que confiesa a sus amigas que sospecha que su esposo le es infiel. Me río para mis adentros, ¿sospecha?, los esposos siempre son infieles, lo han sido desde el principio de los tiempos y lo serán hasta el final de ellos, no entiendo entonces dónde está la duda. Me sorprendo yo misma de mi cinismo, pero no es algo nuevo tampoco, últimamente nada me interesa demasiado.

Continúo mi tarea de observación sólo para encontrarme de frente con la mirada de unos ojos azules. El color impresiona, pero es su frialdad la que me obliga a desviar la mirada unos segundos para después volverla a posar en ellos. Intento averiguar a quién pertenecen y descubro que la dueña es una mujer de extraña belleza, la cual por cierto, sigue observándome fijamente. ¡Qué desvergüenza! En este Starbucks la única que debería tener licencia para hacer eso debería ser yo. Intento sostenerle la mirada, y al hacerlo, recuerdo que había visto esos ojos antes, recuerdo dónde, cuándo, y bajo qué condiciones. El azul glacial era el mismo, pero en aquella ocasión el dueño era un hombre. Sí, fue durante aquel accidente del que milagrosamente me salvé. Él no dijo nada, sólo me ayudó a salir de entre los fierros retorcidos de aquel carro donde todos murieron, menos yo; me cargó hasta la orilla de la carretera y con una mirada dejó escrita en mi memoria la promesa de un reencuentro, después, desapareció.

Y ahora, frente a mí, de nuevo esos ojos, ahora con otra dueña que -ya sentada en mi mesa-, me adivina el pensamiento y me dice: “No, no somos hermanos, más bien somos la misma persona”. “Entiendo” -le respondo, sin alterarme ni interrumpir la importante tarea de disfrutar mi café. Pienso que llega en un momento oportuno, he hecho mil intentos por ordenar mi vida y en cada uno de ellos he fracasado: no consigo un trabajo decente, al hombre que amo le importan un rábano mis sentimientos, me he alejado tanto de mi familia que ahora me consideran una perfecta extraña, y la famosa ley de atracción parece empeñada en darme la espalda. Hago un balance rápido y me doy cuenta de que no tengo mucho que perder: treinta y cinco vividos, de los cuales los últimos veinte han sido un perfecto desastre. Me río en voz alta, y le ofrezco un café “para el camino”. Ella me vuelve a mirar con esos ojos de iceberg y me dice “qué bueno que tomes las cosas con humor”. “No me queda otra opción” -replico- “mi vida entera parece un chiste”.

La miro, parece complacida, supongo que este trabajo le resultará fácil y eso le agrada. “Es hora” -me dice- “puedes dejar la cuenta sin pagar, esos detalles ya no son importantes”. Muy graciosa, por una vez tengo licencia para pararme de un establecimiento sin pagar la cuenta, y justo me la dan en un lugar en el que uno no recibe nada a cambio sin pagar primero. Reflexiono en lo inútil que será el dinero en el lugar a donde voy, así que vacío mi cartera y le dejo al joven mesero la propina más generosa que recibirá en su vida. Le doy el último trago a mi Cinnamon Dolce Frappuccino, y me dispongo resignada a seguir los pasos de mi nueva amiga, la amiga de todos, la que recoge las almas, la Parca, la Fría, la Huesuda, la Dientona, o para que me entiendan mejor, la Muerte.

Cicatrices

Por: Claudia Ávila (México)

Por tercer día consecutivo, me levanté de la cama sin haber podido dormir en toda la noche. Cada vez que había estado a punto de conciliar el sueño me devolvían a la realidad las palabras escritas en su último e-mail. El amor de mi vida –de quien prefiero guardarme el nombre-, se había dado cuenta de que no me amaba tanto como decía. Mi carita de muñeca, como él la llamaba, le había aburrido, y al parecer no encontraba ya interesante compartir su tiempo conmigo. Le pareció fácil explicármelo en un frío correo electrónico.

Mi cuerpo aterido, no por el frío, sino por el dolor que emanaba de mis entrañas, apenas respondía a los impulsos de mi cerebro. Me habían quitado lo más preciado: el corazón y los sueños. Fue entonces que pensé en un remedio que seguramente me ayudaría a distraerme un poco: limpiar la casa. Pensé que con eso lograría sentirme un poco mejor, porque limpiando, de alguna manera las huellas de su paso por ahí desaparecerían con la fuerza del cloro y de los distintos productos que acostumbraba utilizar. Cuando terminé la casa quedó impecable, los pisos brillaban, los cristales de las ventanas parecían invisibles y no había prenda que no hubiera pasado por la máquina de lavar: mi necesidad se había convertido en obsesión.

Pero todo fue inútil. El dolor que sentía por su desprecio y por su ausencia, era como un calor insoportable y mortal que seguía surgiendo desde mis adentros. Limpiar la casa no había sido suficiente porque su huella seguía en mí, era entonces a mí a quien tenía que limpiar. Elegí entonces el producto más concentrado de todos, el más cáustico, y me coloqué frente al espejo de cuerpo entero del baño para estar segura de que no dejaría ni un centímetro sin tallar. El murmullo del ácido al quemar mi piel me pareció curioso, y el calor que producía en mi cuerpo era un calor diferente que ahora iba de afuera hacia adentro, y se reunía con el lacerante dolor interno, produciendo una sensación casi excitante que me hizo olvidar por instantes la causa de mi desgracia.

Finalmente terminé mi tarea. Después de un rato, el dolor físico amainó hasta un punto casi soportable, no así el otro, que se mantuvo inamovible durante el proceso.

Me miré al espejo… ya no era la misma. Mi cara y mi cuerpo estaban llenos de heridas y quemaduras que pronto se convertirían en cicatrices. Qué más da –me dije- en mi interior ya tampoco soy la misma. Pensé entonces que a partir de ese momento, si lograba encontrar un hombre que me quisiera, éste tendría que amarme por mi interior y no por mi imagen, que ahora lucía opaca y desigual. La idea de pensar en ello me motivó a sonreír otra vez.

Agotada, me metí en la cama, nítidamente arreglada, y finalmente, después de varios días: pude dormir.

Inmortal

Por: Claudia Ávila (México)

Siempre he tenido una percepción extraña acerca de las enfermedades mortales y los accidentes fatales, tengo el presentimiento de que estoy a salvo de ellos. Me parece que mi cuerpo no aceptaría la invasión de algún virus errante, y que mi destino jamás me colocaría en el escenario de un accidente grave. Pienso que de contraer alguna enfermedad mi cuerpo se regeneraría mágicamente, y que manos invisibles me protegerían si llego a participar en algún accidente mortal.

No por eso soy de los que viven desafiando al destino practicando deportes extremos o brincando de cama en cama sin protección...me parece que hay maneras más seguras de suicidarse. Sin embargo, desde niño me vi involucrado -sin querer-, en situaciones de alto riesgo de las que siempre salí bien librado; quizás en eso se fundamentan mis sospechas.

Recuerdo la ocasión en que una epidemia de varicela atacó a todos los niños de mi clase, excepto -inexplicablemente- a mí; o la volcadura de autobús de la cual salí sin un rasguño; o la vez que me caí de un andamio colocado en un segundo piso, y sólo me fracturé un brazo. Y a la lista puedo añadir las ocasiones en que debería haber resultado intoxicado, golpeado o con quemaduras graves después de algún incidente.

Cuando pienso en todo eso, más me convenzo de que alguna clase de vacuna contra todo mal me fue administrada al nacer; o, llevando mi situación al plano de lo sobrenatural, quizás la razón de mi inmunidad sea que tengo un ángel guardián que trabaja horas extra para protegerme. Seguramente viviré muchos años, y moriré de viejo cuando el corazón se canse de bombear vida al resto de mi cuerpo, o cuando los pulmones sean incapaces ya de guardar oxígeno.

Reflexiono ahora en mi relativa inmortalidad, y me pregunto entonces, porqué llevo más de tres horas sentado en la barra de un bar, sin haber encontrado en un tequila doble el valor suficiente para abrir un sobre. Ese que contiene el resultado de los estudios clínicos que me hicieron para determinar si la mancha oscura que tengo localizada detrás del ojo derecho, es un tumor o no.

Inconsciencia

Por: Claudia Ávila (México)

—Entonces —dije—, ¿no estás de acuerdo conmigo cuando digo que todos albergamos al mal dentro de nosotros? Te concedo que quizás no lo hacemos en la misma medida que un asesino serial, pero te aseguro que los humanos actuamos mal mucho más seguido de lo que los demás piensan y mucho más de lo que nosotros mismos estamos dispuestos a admitir.
—Oye mujer —replicó Marcela— en caso de que lo hayas olvidado, desde pequeños se nos va inculcando una gracia llamada conciencia, y gracias a ella es que podemos darnos cuenta si lo que estamos a punto de cometer es una maldad, y entonces detenernos a tiempo.
—La conciencia, Marcela, no tiene nada que ver en esto —le respondí. Uno puede darse cuenta de que está actuando mal, y sin embargo seguir haciéndolo. La verdad es que la conciencia sólo nos indica cuando estamos a punto de cruzar una frontera, pero no puede impedirnos que lo hagamos.

Mi amiga se quedó callada unos segundos intentando asimilar mis palabras, para después mirarme fijamente y con expresión grave.
— ¿Qué has hecho?— me interrogó.
— Ja, ja, ja, ja…— mi carcajada inundó el pequeño café provocando que los pocos presentes voltearan a vernos con curiosidad. — ¿Qué no he hecho?, diría yo.
Ella se revolvió inquieta en su sillón.
— Mira Marcela —le dije—, lo que yo me pregunto es qué hace que una persona sea considerada “buena” o “mala”. ¿Hay que estar cien por ciento de un lado o del otro? ¿O es como un juego de puntuación: te quedas del lado donde anotas más, aunque la diferencia la marque sólo un punto? ¿O se puede ser bueno y malo a ratos, y pasar la vida brincando de un extremo a otro? Y más aún, ¿de qué sirve la famosa “conciencia”, si como te dije antes, a veces es incapaz de generar algo más que un leve recordatorio de lo que no debemos hacer?
— No entiendo a qué vienen tus divagaciones, ¿acaso estás aplicando a ti misma estas teorías?
— Quizás —le contesté.
— Haces mal —me dijo— tú eres una chica buena: te ocupas de tu familia, has apoyado a tus amigos cuando lo han necesitado, llevas una vida sana… Por lo menos, en lo que a mí respecta, debo decirte que has sido una excelente amiga y que me has demostrado incontables veces tu apoyo incondicional y tu cariño; es por eso que a mis cuarenta y tantos, te considero una de mis mejores amigas.
— Eso —la interrumpí— es lo que tú percibes, así es como tú me consideras, pero ¿qué dirías si te contara, por ejemplo, que alguna vez me enredé con el mejor amigo de un hombre que me amaba, o que preferí gastar en mí el dinero que había reunido para pagar una deuda que tenía con mi padre, o que le mentí a mi hermana sobre algo que hice para evitar una discusión, o que alteré mi último reporte de gastos de viaje de la oficina para ocultar una cena a todo lujo? Dime… ¿qué dirías?
— Diría —me dijo sacudiendo lentamente la cabeza— que todo eso te lo has inventado, porque no es posible que alguien como tú, que es capaz de hacer cosas tan buenas como las que yo he visto, sea capaz también de cometer tanta estupidez y de lastimar a la gente que la quiere.
— Pero si lo fuera, ¿qué pesaría más? ¿Las anotaciones del lado bueno o las del lado malo?
— Pienso que todos tenemos derecho a equivocarnos y opino que deberíamos dejar de filosofar. Ya vuelvo —me dijo, mientras se levantaba y se dirigía al tocador.

Me quedé pensando en nuestra conversación, quizás yo sea un caso único, o quizás la gente se pasea –como yo- de un lado al otro de los valores morales, ignorándolos de vez en cuando sin hacer, claro, alarde de ello. He de decir que la luz de alarma de los míos falla de manera regular, liberando la parte de mi personalidad que no tiene escrúpulos, permitiéndome así cometer cualquier tipo de locuras, mismas que –inexplicablemente- siempre han quedado ocultas a la vista de las demás personas. Y mi conciencia intenta aparentar que se alarma ante los actos cometidos, sólo para volverse después cómplice mudo de los mismos, sin exigir explicaciones ni cobrar multas que ayuden a acallarla.
Martha volvió del tocador cuando yo ya había pagado la cuenta.
— Me tengo que ir cariño —le dije.
— Ese brillo en tus ojos no miente, vas a encontrarte con un hombre, ¿cierto?
— Cierto —le respondí.
— Vaya, a ver si esta vez es algo serio y pronto te animas a contarme de quién se trata.
— Ya veremos, le respondí a mi amiga diez años mayor que yo, mientras le daba un beso en la mejilla y me dirigía a mi apartamento, donde ya me estaba esperando Javier, su hijo, quince años menor que yo.