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Expediente de Damián Carrillo

Nombre: Damián Carrillo.
Alias: Conde.
Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1969.
Lugar de origen: Lima, Perú.
Categoría: Escritor Serial.

Fichado por Kala Editorial: Jueves 1 de noviembre de 2007.

Antecedentes Literarios: ha escrito durante la mayoría de las clases recibidas en su educación universitaria de economía, durante las horas que laboro en oficinas, y en las paredes de las letrinas. Ha publicado los libros El Desamor y Desamor Mundano.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1", en el libro "Diarios del fin del mundo" 2da edición.

Profesión Legal: Escritor, Músico.

Trastornos Mentales: acostumbra a hacer ejercicio, pero resaqueado. Le apasiona la fotografía pero no cuenta con una cámara, así que trata de archivar las imágenes en su mente. Amante de lo mundano, y contradictoriamente, no de lo material. Es capaz de enloquecer por amor... aún más.

Cita: “Dios no tarda, nosotros nos impacientamos”.

Relatos publicados digitalmente en KALA Editorial:
- Mi tío El Gordo - 1 de noviembre de 2007.
- No quiero soñarte - 3 de diciembre de 2007.
- Francisco, Yo y el Conde - 23 de enero de 2008.
- De vacaciones - 28 de mayo de 2008.

Mi tío El Gordo

Por: Damián Carrillo (Perú)

Contemplo el fluorescente del techo, echado en la camilla del hospital, mientras mi sangre llena la bolsa de donaciones.

La muerte no me gusta, me deja un horrible sabor en la boca. Estoy aquí para intentar combatirla.

La enfermera me dice que mi rostro le parece conocido. “Ojalá que no sea el de algún paciente terminal”, ella sonríe.

Mi tío Aurelio es el tío gordo que toda familia tiene que tener, ellos tienen la obligación de ser así, nadie quiere que adelgacen. Es el que te abraza fuerte, al que no le das la mano para saludarlo, él quiere un beso en el cachete. No importa que seas adolescente y te dé vergüenza besar a otro hombre en público, él te reclama: “¡Y mi beso carajo!”. Es el que se ríe fuerte, el que toma whisky, el mejor amigo de tu papá, el que te saca de cualquier problema, el que tiene como esposa a la tía más bonita.

Mi tío está grave. Todos los primos hemos venido a dar nuestra gota de sangre. Es bueno tener una familia numerosa, tienes un banco de sangre asegurado. ¿Cuando yo sea viejo y necesite sangre, ¿quién vendrá a donarla? Tengo que replantear mi idea acerca de tener hijos.

Antes creía que la sangre que uno donaba era usada en los parientes o amigos internados; entonces eso resultaba para mí algo heroico, una comunión de sangre. Pero luego me enteré que sirve para reponer la del banco de sangre; y es que el análisis de la sangre que uno dona demora aproximadamente tres días, y ni modo que el paciente espere por ella para resaltar nuestro heroísmo. A final de cuentas, también pienso que algo de uno se transmite por la sangre, y es mejor no ver reflejados mis gestos y temores en personas cercanas.

La bolsa de donación está llena, la veo de reojo con mi ojo derecho, no quiero observar cómo mi sangre se traslada por la cánula. Nunca he tenido problemas con donar sangre, ni con las agujas, mi umbral del dolor es alto. Pero ahora que Katrina ha vuelto, estoy cuidando que su amor no me debilite nuevamente, así que guardo mis precauciones. La enfermera retira la aguja de mi brazo, me ordena que guarde reposo. Se da media vuelta, espero que pase un minuto y me levanto. Ella se da cuenta de eso y se acerca corriendo. “Por favor, debes de recostarte mínimo diez minutos, te puedes marear”. Pero no es así, yo no estoy mareado, parece que todo ha vuelto a la normalidad, el efecto del amor no me ha menguado, me siento fuerte.

No me recuesto, me quedo sentado. La enfermera no quiere que me vaya, “precaución médica”. Vuelve a decirme que me conoce de algún lado. Permanezco callado.

- Bueno, te puedes marchar pero por hoy día nada de ejercicios fuertes.
- ¿Sexo?- le pregunto.

Veo que se intimida un poco, luego responde.

- De preferencia con alguien que tenga conocimientos médicos.

Me mira directo a los ojos. Mi cerebro carbura.

-¿ Sabes?, L lo que sucede es que hace cinco días vino mi hermano a donar sangre, y me estás confundiendo con él.
- Tienes razón, dile que me llame – me dice. Y apunta su teléfono en un papel.

Sé que Killer, mi hermano, me lo agradecerá.

Ahora no tengo tiempo para conquistas. No dejo de pensar en el estado de salud de mi tío, de repente ya ni siquiera es gordo, lleva más de cinco meses en tratamiento, está en cuidados intensivos y no lo puedo ver. Dios a veces me escucha, tengo que hablar con él.

Salgo del Banco de Sangre. Me encuentro con mi tía, la esposa de El Gordo Aurelio.

-Gracias, muchas gracias – me dice.

Recuerdo el entierro simbólico que hicimos de los restos de mi abuela, sólo con los parientes más cercanos. Al final mi padre agradeció a todos por asistir. “Oye cojudo, no tienes que agradecer a nadie, es nuestra obligación”,- le dijo mi tío El Gordo.

Así que yo me he adueñado de esa frase, y ahora se la digo a mi tía, la esposa del autor, claro, obviando la palabra cojudo.

Ya no dice palabras y sólo me abraza. Me despido. Mi tío está un poco mejor, pero sigue delicado. Le prometo a mi tía mantenerme en contacto para cualquier emergencia.

Camino por los pasillos del hospital, nuevamente siento el sabor de la muerte en la boca, como el que sentí la semana pasada cuando me enteré que Gustavo tiene un tumor en el estómago, el sabor que sentí cuando me avisaron que el hijo de tres meses de Alicia murió en su vientre. Retiro el algodón que pusieron donde hincaron la aguja, tiene algo de mi sangre, lo boto a un tacho, sólo espero que mi sangre no corra la misma suerte, no por mí, por mi tío.

Dios es mi amigo, y me dirijo a él como tal. Así que le digo que tiene suerte de no tener madre, porque si no, lo mandaría a la ¡concha de su madre! Pienso bien, y digo entre dientes: “¡ándate a la concha del universo!”.

Siento temor por lo que acabo de decir, he escuchado hablar de la ira de Dios.

Suena mi celular. Me avisan que el tumor de Gustavo no es cancerígeno. Una a favor de Dios.

Recuerdo que Dios no es rencoroso, que perdona nuestros errores, pero aún sigo molesto con él, por lo de Alicia, por lo de mi tío El Gordo, así que esperaré hasta el fin de semana para pedirle perdón.

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Relato incluído en el libro Desamor Mundano.

No quiero soñarte

Por: Damián Carrillo (Perú)

Estoy contento, creo que al fin alguien me reconoció. Es jueves, acabo de correr por el Pentagonito, y una rubia en su auto me ha sonreído. He visto su cara de sorpresa y leído en sus labios mi nombre. Es posible que sea una fantasía mía, pero esa sonrisa me ha venido bien, ya que nadie me ha vuelto a sonreír desde que Carmen me dejó en navidad; a excepción de Alejandra, mi puta buena, que nunca comentó en mi blog. Tengo su teléfono en mi celular, pero mi orgullo me impide llamarla, bueno, también porque no tengo 100, y no creo que me ame gratis.

Por otra parte, estoy molesto. Conocí a Katrina por su blog. Ha colgado un video de ella cantando, lo hace muy bien, su imagen y su voz se repiten en mi cabeza, como si tuviera un You Tube ahí, y éste en opción replay. Se me ocurrió comentarle en uno de sus post que le pediría algo por este nuevo año; y por tratar de poner algo ocurrente he estado pensando aún más en ella, cuando en realidad debí poner que la quiero desnuda en mi habitación, simple y directo. A lo que voy es que tanto he pensado en ella, que ayer en la noche la soñé.

Me vi en su bar, me sentaba frente a una mesa y colocaba sobre ella una botella de pisco. Luego alguien ponía a su lado una botella de tequila, me tapaba los ojos con sus manos y me decía al oído: “Dos licores fuertes para acompañar unas historias iguales de duras. El azúcar para el tequila la llevo en los labios”. Me paré, la abracé y la besé apasionadamente en la boca. Ese fue mi sueño y eso es lo que me molesta, ahora ya sé que nada sucederá entre nosotros.

No sé dónde leí o escuché esa frase acerca de la interpretación de los sueños, pienso que es de Freud, pero he buscado algo relacionado a eso en Internet y nada. Si te sueñas besando o acariciando a alguien con quien nunca has tenido algo, no sucederá nada físico con esa persona, se mantendrá como un eterno amor platónico. Y hasta la fecha eso se ha cumplido conmigo. Nunca he soñado a las mujeres con las que he estado, las puedo extrañar, pensar todo el día en ellas, pero jamás se han aparecido en mis sueños. Mientras que a las que he soñado nunca pude ni besarles la mejilla: mi instructora del gimnasio, la pelirroja de la universidad, la chata que luego fue enamorada de mi amigo, y muchos casos más.

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Estamos yendo a una feria de vinos. Hash no ha parado de reírse después de escuchar mi hipótesis sobre la rubia que me reconoció. No hay nada más estúpido que pensar que me haré conocido con mi blog, que alguien me reconocerá y se emocionará al verme. Escuchándolo de él también me da risa, hace que mi estupidez sea convincente.

El Maestro nos acompaña, teníamos tres pases. Es el paraíso, todo el vino que quieras tomar y lo mejor de todo: es gratis. Me parece que la sensación es generalizada, todos sonríen. Si antes me quejaba de mi austeridad en sonrisas, esto ya es una sobreoferta. Muchas chicas me sonríen, hasta se detienen a conversarme, todo es rápido, no puedes detenerte por mucho tiempo, la masa te obliga a recorrer los demás stands de degustación. Nosotros tenemos las copas mágicas, las compramos en la entrada, ellas aseguran que nunca te faltará vino. Si tienes las copas que te prestan en la entrada, es algo más difícil, no eres para ellos un cliente potencial, en este paraíso también hay discriminación.

Llegamos al quinto stand de vino, inclinamos nuestras copas vacías, las llenaron inmediatamente, y yo me llené de ilusión cuando la vi. La mujer de mis sueños, cabello rojo como las llagas en mi páncreas. Me acerqué y tomé como excusa el tatuaje alrededor de su muñeca para hablarle.

-¿Tu tatuaje es permanente?– le pregunté.

Sin un hola, sin presentación, esa es mi forma de abordar cuando estoy nervioso, de manera precipitada, hasta las huevas.

-Es permanente-, lo dijo sin siquiera mirarme a los ojos.

La mujer de mis sueños, decidí dejarla ahí. Como ven, soy muy fácil de desanimar. Mi teoría sobre los sueños se volvió a cumplir. Nuevamente la masa me llevó, me alejé lentamente de ella.

En otro stand el Maestro conversaba con dos chicas, me llamó y me las presentó. Una era rubia, quise pensar que era la que me reconoció, pero no era cierto. El Maestro es constantemente abordado por mujeres, es un artista consagrado, ese es uno de los frívolos beneficios de andar con él, te presenta mujeres.

Las dos estaban ebrias como todos los de la feria. La rubia me vio con sus ojos color cielo, recuerdo el cielo limeño y no veo en él rastros de celeste, así que los re-catalogo como ojos de hippie niña, los ojos más dulces y embriagantes que he visto. Como era de suponer, me enamoré de ella. Traté de sacar la máxima información útil antes que la masa me llevara. No pude conseguir su teléfono, pero cuando me dijo que no tenía idea de quién era el Maestro, tuve esperanzas, un fuerte rival menos.

La volví a ver camino a los restaurantes de la feria, hasta aquí no llega la masa, era mi oportunidad de pedirle su teléfono. Se desvió con su amiga por un pasaje y se detuvo a vomitar. Esperé a que terminara, me acerqué y le pedí su número telefónico. Me dio su email. Sin duda era la mujer de mis sueños...demonios, no quise decir eso.

La contacté por el chat al día siguiente en la tarde, le pedí vernos, pero me dijo que no podría hasta el lunes, era viernes. Luego de que ella se desconectó, comenzó a invadirme el temor de que se cumpliera nuevamente mi teoría de los sueños. Y en realidad era lo más probable, no dejaba de pensar en ella, el You Tube de mi cabeza había comenzado a funcionar. No quería soñarla.

La encontré nuevamente en la noche en el chat, le insistí para vernos y su respuesta fue la misma, tenía que trabajar todo el fin de semana. Tuve ganas de explicarle mi teoría de los sueños, pero me catalogaría de loco, quería decirle que necesitaba que sucediera algo entre nosotros antes de soñarla, no quería perderla como me sucedió con Katrina. Estaba desesperado. ¿Cómo hacer para no soñarla? La solución era obvia: no dormir.

Fui a la farmacia y compré pastillas para no dormir, los nombres me los dio una amiga fármaco-dependiente. Eso de no dormir es una cosa de locos. Es difícil dejar los ojos abiertos. Mucho café, las pastillas indicadas, pero nada de alcohol. Me di duchas frías cada tres horas, comida ligera, y el domingo no salí a correr. Aproveché para escuchar mis viejos cds, pero no leí nada que aumentara mi imaginación, esta vigilia forzada podía hacer que confundiera la realidad.

............

Llegué a la cita después de tres días sin dormir, lo había logrado. Entré al café y la esperé.

Me saludó con un beso en la mejilla, lo sentí frío. Me dijo algo al oído, luego se sentó.

-Espérame un momento, tengo que hacer una llamada– le dije. Salí a la puerta del local, paré un taxi, subí. Como a cinco cuadras, la frase que ella me dijo al oído aún resonaba en él.

-Ayer soñé contigo– era lo que me había dicho. Y yo sabía que ya nada podría pasar entre nosotros. Me recosté en el asiento del taxi y me dormí.

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Relato incluído en el libro Desamor Mundano.

Francisco, Yo y el Conde

Por: Damián Carrillo (Perú)

Doy el último sorbo a una lata de cerveza, con la otra mano abro la puerta del departamento, entro, abro una lata más, la bebo mientras me ducho y otra cuando me visto.

Las cosas no me han estado yendo bien, el panorama se pinta igual que hace muchos años, como cuando estuve a punto de colapsar. En esos momentos mis amigos me ayudaron, hablo de Francisco y del Conde. Estaban justo en mis instantes difíciles, nadie nos presentó, ellos aparecieron solos, debe ser porque frecuentábamos los mismos lugares. Nos gustaba ir a los conciertos de música subterránea, nunca nos citábamos, simplemente coincidíamos. Pero eso fue hace mucho, de alguna manera mi vida mejoró, tomé unas vacaciones y cuando regresé nunca más los volví a ver. Ahora estoy solo.

Hoy en el bar Esquizofrenia es el reencuentro de una banda de esa época, nuestra banda favorita, así que me estoy preparando para ir, no dejo de beber cerveza. Algo me dice que los volveré a ver, lo presiento, lo sé, es imposible que ellos falten a ese concierto.

Llego al bar, en el primer piso ya no hay sitio, así que subo al segundo nivel, me siento frente a una mesa pequeña a lado del balcón que da al escenario y le pido al mozo una jarra de cerveza y tres vasos vacíos, "mis amigos no tardan en llegar" le digo.

Estoy terminando la jarra, de vez en vez bebo de la lata de whisky que llevo en mi casaca. La banda comienza a probar sus instrumentos, el cantante está disfrazado como antes, pero ahora está gordo y calvo, sonrío. Estoy ebrio, ¿cómo pude ser tan estúpido en pensar que ellos vendrían? Miro el fondo de mi vaso, cuando levanto la mirada lo veo al otro lado de mi mesa, sentado frente a mí, “no eres estúpido” me dice. Es Francisco, no nos abrazamos ni nada de eso, sólo nos decimos “salud” y secamos nuestros vasos, como en los viejos tiempos. Le cuento que mi vida es una mierda, que he vuelto al punto de partida, y él me repite las mismas frases que siempre me decía para tranquilizarme: “todo pasará”, “no pierdas las esperanzas”, las mismas palabras, como si no hubieran pasado los años.

La banda empieza a tocar, los pendejos tocan exacto, no han perdido la fuerza, el cantante tampoco, lo hace bien pero aún me causa gracia. Nos paramos apoyados en la baranda. Saco la lata de whisky, la termino. Cada trago que bebo es el pase de un trapo despavonando de normas el vidrio de la ventana mental hacia mi pasado.

Suena el punteo inicial de “Destruir”, la canción favorita del Conde, ¡qué buena canción carajo!, escucho a mis espaldas la voz del Conde cantándola a todo pulmón. La música tiene un volumen exagerado, como debe de ser. No podemos hablar, el Conde no necesita hacerlo, estamos los tres nuevamente juntos.

Alguien me empuja por la espalda, sólo distingo algunas lisuras, volteo, es uno de tres muchachos, de casi la misma edad que la que tenía yo cuando conocí a mis amigos. Parecen hijos de mami, cuando termina la canción entiendo que lo que quieren es que me mueva, que me siente porque no los dejo ver. ¿A quién se lo ocurre escuchar esta música sentado?

Francisco me dice "ignóralos, son unos niños, además ya falta poco para que termine el concierto". El Conde no me dice nada, sino que de frente les dice que se vayan a la mierda. Uno de ellos trata de golpearme pero sus amigos lo sujetan, me hacen gestos para que salga a la calle a pelear. No logro entender como unos adefesios como esos van a pretender pegarnos a tres de la vieja camada, de los que no sólo hemos protestado con palabras, sino también con nuestros puños.

La banda termina de tocar y se despide, Francisco me dice que no salga, pero veo que el Conde ya está bajando las escaleras, lo sigo, he esperando tanto para estar juntos, no lo voy a abandonar.

Los tres niños están parados en la acera de enfrente retándonos, vamos hacia ellos y empezamos nuestra vieja rutina: Francisco, Yo y el Conde, ése es el orden en que enfrentamos nuestros problemas.

Francisco se acerca primero, él es bueno con las palabras, a veces hacen más daño que los puños del Conde, pero ellos no quieren entender, y uno le lanza una lata que le impacta en la ceja, sangra. Ahora es mi turno, Yo peleaba siempre antes del Conde, tenía más resistencia, los cansaba y los preparaba para la masacre. Siento que estamos parados sobre un charco de combustible, sólo una chispa convertiría esto en un infierno. Pienso que los tiempos han cambiado, que ya no soy el mismo, y les digo que nos retiremos. Pero el Conde dice su frase favorita: “ahora no se metan que yo puedo solo”.

Los niños nunca se intimidaron ante nosotros, ni aún sabiendo que éramos el mismo número de oponentes, pero cuando ven los ojos del Conde puedo sentir sus miedos. Uno de ellos se adelanta, da un paso con la pierna izquierda, el Conde salta y cae con la suela de su botín sobre su rodilla, se escucha un chasquido como cuando desarticulas una pierna de pollo. Chilla como una niña tirado en el suelo, sus amigos se rinden, no quieren más. Convencemos al Conde que entremos al bar, ya fue suficiente.

Nos sentamos en una mesa, pedimos una jarra más. Antes, la pelea no hubiera terminado ahí, hubiera sido una matanza, por eso me sorprende que el Conde haya aceptado dejarlos en paz. "Debemos ser civilizados, parte de la madurez es saber que la violencia no te lleva a ningún lado, que no vale la pena hacer caso a los insultos" dice Francisco. Ya no quiero escucharlo, mis problemas me superan, el cristal de mi memoria está ahora limpio, puedo ver mis oscuros recuerdos repitiéndose en el presente, y siento rabia.

El Conde dice que va al baño, sé que no es así, y cuando sale por la puerta hacia la calle, el tiempo se congela para mí, un puñado de minutos que dejó de existir dentro del bar. Todo continúa, solamente cuando el Conde se sienta de nuevo con nosotros. Veo su mano ensangrentada, “eso pasa cuando le revientas los dientes a unos bocones” dice. No fue necesario que le preguntáramos a dónde fue, se para y vocifera: “recuerden nuestro lema, si empiezas algo termínalo, y eso es lo que acabo de hacer. Sé que los tiempos han cambiado, pero por suerte, yo no”. Levanta su vaso y hasta Francisco brinda.

El mozo me despierta, estoy tirado sobre la mesa del bar, le pregunto por mis amigos, él dice que no me ha visto con alguien. Voy al baño, me miro en el espejo. Tengo un corte en la ceja: Francisco. Veo mis ojos: Yo. Observo mi mano derecha con sangre: el Conde. Son tiempos difíciles, mis amigos han vuelto, no estoy solo, soy nuevamente Francisco, Yo y el Conde.

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Relato incluído en el libro Desamor Mundano.

De vacaciones

Por: Damián Carrillo (Perú)

Me paro frente al ventilador y cierro los ojos mientras bebo una cerveza bien fría. En mis audífonos escucho la voz de Sinatra. Por un momento pienso que no hay nada mejor en el mundo, no es así, porque volteo y me encuentro con un incomparable paisaje caribeño, de esos que sólo ves en las postales, pero este es real, hago surcos en la blanca arena con mis pies y el mar turquesa se mece al igual que la cerveza en mi vaso. Estoy en el paraíso, aunque la cabeza me duela y no pare de sudar, pero con cada vaso de cerveza que bebo el fastidio se hace mas leve. Estoy de vacaciones. Frente a la barra de la playa de este resort todo incluido, no tengo que preocuparme de contar las cervezas. Daniela debe estar por llegar, cuando salí del cuarto no la vi, pero ella sabe donde buscarme. Desperté tarde, con esta resaca no hice más que salir con la ropa que traía puesta, dentro de un rato iré al cuarto a ponerme la ropa de baño para meterme con Daniela al mar, sujetándome de sus caderas, me pegaré a su espalda, sin parar de besarle el cuello, ella sonreirá porque eso le da cosquillas, y me tirará agua en la cara con la palma de su mano, avanzaremos hasta que el mar llegue a nuestras cinturas, ahí nos sumergiremos, nos besaremos bajo el agua, y fuera de ella, sus besos sabrán salados, su cuello y la parte visible de sus senos también, no pocos nos estarán mirando, pero somos jóvenes, todo nos está permitido o no nos interesa.

Me quito los audífonos, después de una buena cantidad de cerveza la música que suena en los parlantes del bar me deja de importar. Le pido otra al barman, voy a tomar sólo eso, nada de ron, quiero que Daniela disfrute de estas vacaciones, para que no se repita lo que pasó la primera vez que vinimos a este resort. En esa ocasión también conocimos a un señor español, todo un personaje, al que le llamamos Chaval, todos los días a partir de las tres de la tarde se aparecía frente a la barra de este bar siempre solo y con una cerveza en la mano. La segunda noche se nos acercó, nos preguntó de donde éramos, se sentó en nuestra mesa, nos abrazó. Daniela ya no quiso volver a sentarse con él, "huele mal, a borracho y a sucio". Así que los siguientes días para evitarlo nos mudamos a la barra de la piscina. ¡Chaval! era la forma en que me saludaba cuando me veía pasar en su trayecto rumbo a la barra de la playa, no lo vi nunca zambullirse en el mar, ni nadar en la piscina, el paisaje era para él sólo una postal gigante. Cuando empezaba a oscurecer se acercaba tambaleando a las muchachas, ellas se alejaban espantadas; después de algunos fallidos intentos para tratar de besar o abrazar a alguna de ellas se retiraba cabizbajo a su habitación y cuando pasaba frente a nosotros alzaba una mano y nos gritaba: ¡A joder chavales! Yo le respondía: ¡Cuídate, mañana nos vemos!

Ya son casi las cinco, Daniela por nada del mundo se perdería el buffet del almuerzo; yo he pedido que me traigan una hamburguesa con papas a la barra del bar, no quiero moverme de aquí para que ella me ubique más rápido cuando venga a buscarme, debe de estar esperando su turno para una sesión de masajes o estará comprando souvenirs en las tiendas del hotel. No dejo de pensar en lo hermosa que es, lo bien que debe verse con la toalla para los masajes, igual que cuando sale de la ducha con los hombros descubiertos y el pelo mojado, siempre con las mejillas rosadas y los labios rojos porque le gusta bañarse con agua muy caliente. Yo le digo que me gusta así, sin maquillaje y quiero besarla, pero ella corre por la habitación, no quiere que la vuelva a ensuciar me grita riéndose, hasta que finalmente la atrapo y terminamos besándonos sobre la cama. Contengo mis ganas de ir a buscarla, dejaré que se relaje y que disfrute esos gustos: las compras, los masajes, que para mí son difíciles de entender. No quiero sofocarla nuevamente, eso es lo que ella alegó cuando quiso dejarme. Esperaré un poco más y la iré a buscar para meternos en el tibio mar del atardecer.

Daniela no volvió a acercarse más a Chaval pero yo lo hice todas las veces que pude, conversábamos en el bar de la playa. La parte oculta de su vida solitaria me intrigaba, él tendría mas de setenta años se notaban el paso de los años y del alcohol pero tenía todos los rezagos de haber sido un hombre fuerte, más aún cuando sus ojos me miraban con esa esperanzadora juventud. Me contaba sus aventuras en altamar, cuando fue ingeniero mecánico de buques mercantes, “de esas inmensas islas de metal, que transportan una parte del mundo, todos somos una parte de él, el mundo nos necesita para girar y no dejar de funcionar. Al igual que en un buque, cuando una minúscula pieza del motor no encaje, no ande bien, éste se detiene. Tengo que reemplazar la pieza faltante por otra exacta o similar, eso es lo ideal pero no siempre es así, a veces hay que improvisar, como la vez que nos quedamos sin energía cuando falló un acumulador en pleno mar antártico, no teníamos repuestos para eso, tuve que poner una conexión directa para que la energía siguiera su paso, le hice creer al motor que la pieza estaba ahí, y funcionó”. Chocó su cerveza contra mi vaso de ron cola. Luego Daniela apareció parada en la puerta del bar, saludándonos con los dedos como si tipeara en el aire, me despedí, esa fue la última vez que vi a Chaval. Hasta hoy pienso qué le habrá pasado, por él supe que siempre volvía aquí para sus vacaciones, no me atreví a preguntarle por qué lo hacía solo. Tal vez haya tenido también una Daniela, una única razón para vivir. En ese caso lo comprendo porque morir es lo que sentí la vez que ella me dijo que lo nuestro no iba más, como si mi energía se interrumpiera, sin nada en mí que acumulara fuerzas para seguir. Por eso hoy hemos vuelto a este sitio, para corregir mis errores, para ser el hombre que ella siempre quiso que yo fuera, para que recuerde que en este paraíso también fuimos -en cierta medida- felices.

Las siete de la noche, he estado esperando a Daniela desde las tres, estoy algo mareado, iré a buscarla a la habitación. Ya no es necesario, la veo acercarse con su incomparable belleza, salgo a su encuentro, trato de besarla pero ella se aparta. ¡Qué le pasa!, no es ella, "Lo siento me equivoque", me siento estúpido y sonrío como tal. Volteo hacia la barra para pedirle al barman otra cerveza, y Daniela está sentada de espaldas a mí, cuando la voy a tomar de la cintura, voltea y me empuja: ¡Oiga está loco! Nuevamente me equivoque, "Perdón". Es un hecho, ya he tomado demasiado, es mejor que me vaya a mi habitación, camino cabizbajo tratando de no tambalearme. Soy parte del engranaje del mundo y el mecánico de mi vida, debo encontrar la forma de que éstos no dejen de funcionar. Veo que una pareja de enamorados me mira a lo lejos, les grito: ¡A joder chavales! ¡Cuídese señor, mañana nos vemos! Me responden.