Nombre: Elías Urdánigo.
Alias: Jota
Fecha de nacimiento: 19 de mayo.
Lugar de origen: Esmeraldas, Ecuador.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por KALA Editorial: Jueves 1 de noviembre de 2007.
Antecedentes Literarios: Nunca estudió en talleres de escritura creativa ni nada que se le parezca. No los odia, sólo que no tuvo la oportunidad. Ha textos hechos para varias sitios de internet, entre ellos Mojo Books (traducidos al portugués).
Ganó el primer lugar en el concurso de cuentos organizado por la revista Mundo Diners 2007.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Se gana el pan con cualquier actividad que le caiga al paso, albañil, mensajero, cobrador, periodista.
Trastornos Mentales: Hijo de divorciados. Pasó la secundaria como un bólido de fórmula 1, chocándose contra las protecciones. Expulsado de varios colegios. Nunca fue bueno en Matemáticas, ni en Literatura, ni en Educación Física. Actualmente mira la pared…y hace cosas que no producen dinero, como escribir 8 horas diarias, y al día siguiente borrarlo todo y empezar de nuevo.
Es un tipo al que le gusta la soledad sobre cualquier otro vicio, y que algún día espera escribir un texto decente.
No defiende a nadie que no tenga su sangre, que no sea su hermano de alma, ni ninguna cosa que sea pura paja y no conecte, de alguna manera, con la gente.
Cita: Epígrafe: No fue bueno pero fue lo mejor.
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- Un blues para Tom - 1 de noviembre de 2007.
- Yonkis del masoquismo - 24 de diciembre de 2007.
- Pistoleros & poetas - 26 de marzo de 2008.
- Janis, la ajedrecista exploradora - 3 de septiembre de 2008.
Expediente de Elías Urdánigo
16:37 | Etiquetas: Elias "Jota" Urdánigo | 0 Comments
Un blues para Tom
Por: Elías "Jota" Urdánigo (Ecuador)
Jack Daniels no era su mejor amigo, era una buena compañía. Las carreteras del infierno se atravesaban mejor con buena compañía. Como los viejos blues en la radio mientras cruzaba de noche la autopista noroeste. Viajando de Tijuana a Ensenada. Como los ojos claros de Zoila, ese hermoso demonio californiano. Adoraba a esa mujer. Su cuerpo firme y elástico, y esa sonrisa que borraba el frío de cualquier desierto.
Aquel verano Tom vivía en una mugrosa habitación en Ensenada, esa ardiente ciudad del estado de Baja California. La costumbre de abrevar como si escapara de un desierto la había adquirido en San Diego, también había adquirido ladillas y gonorrea pero eso era otra historia.
Cierta productora de Los Ángeles estaba interesada en grabar su música. Su manager había prometido llamar. Tenía tantas canciones inéditas que podía grabar dos álbumes dobles. Eran retazos de su vida. Una fusión entre folk, jazz con toques blueseros. Le había costado componerlas. Fue de un lado a otro abandonando mujeres y tocando en pulgosos bares de ciudades extrañas. Sentía haber perdido su lugar en la tierra y sus canciones lo reflejaban.
Como siempre, esa temporada estaba haciéndole falta algo de efectivo. Pero, según él, se trataba de cosas prescindibles, como el pago de la habitación y ciertos víveres agotados. Había estado trabajando en los barcos pesqueros de la bahía por un buen tiempo. Pero el dinero se había esfumado, no sin antes apertrecharse. Tenía lo que necesitaba, una gran reserva de botellas diseminadas en los cajones del armario y debajo de la cama. Una conmovedora reserva para todo un año.
Zoila iba y venía en su vida como una ola arrebatada. No eran una pareja tradicional. Ella era la reina de los casinos en Las Vegas, entre imitadores de Elvis y millonarios arruinados. Facturaba 1000 dólares por cada encuentro. De ninguna manera era un precio injustificado. Ella de verdad lo valía. El inconveniente era que su trabajo la mantenía alejada de Tom por varias semanas. Entonces Tom terminaba con los bares del lugar donde estuviera. Zoila lo encontraba unos días después vuelto un despojo humano.
Has oído alaridos en mitad de la noche, provenientes de tu interior. Te has levantado sintiendo que el demonio es un bicho de ocho patas reptando dentro de tu espina dorsal. Temblando como una hoja en el viento. Casi arrastrándote has llegado al baño a vomitar, evitando arrojar el alma. No sé tú pero yo he tenido que echar un trago más y volver a acostarme.
Malvaviscos con tequila, empanadas de camarón bañadas en vodka, pescado frito rociado de vino blanco, postres de chocolate con mucho coñac. Café muy negro con sobredosis de ron. Whisky en las rocas, la luna que sale a la seis de la tarde con generosas medidas de brandy. Si le fuera posible, compondría canciones con alcohol. Vertería la guitarra y el piano de litros y litros de whisky. Cada canción llevaría dentro su bebida explicita. Canciones con tequila, otras con ron. Muchas con esencias de vodka, y otras con aguardiente puro. Pero las mejores eran las que llevaban el espíritu del whisky. Esa tristeza salvaje de los ríos del Mississippi. Él necesitaba esa fuerza mientras espera la llamada que haría que las cosas cambiaran.
Cuánto es el nivel de dolor que un hombre es capaz de soportar antes de rendirse. Es la última vez, siempre es la última vez. Pero mientras el frío arrecia tu destapas otra botella. La culpa se esfuma al cuarto vaso. Y todo es una lenta caída que no acaba.
La llamada llegó un lunes al medio día. Tom estaba reponiéndose de una resaca. La muerte nunca es dulce, y el tono condescendiente del manager no hizo que doliera menos. La productora se echó para atrás, no se selló ningún contrato. No se trata de tu música Tom, es sólo negocio. Y ellos dicen que no les conviene. No te preocupes conseguiremos una productora. Tú sigue haciendo lo que sabes, utiliza esto como inspiración.
No te preocupes. ¿Dónde escuchó esas palabras antes? No te preocupes dijo su padre, y nunca más regresó a casa. No te preocupes le dijeron en el ejército, pero sabía que si les hacía caso era hombre muerto. Los dueños de los bares también dicen no te preocupes mientras te tratan como a un borracho más. Los manager dicen no te preocupes, pero quieren quedarse con la mejor parte de los contratos. Zoila también lo dice y demora semanas en volver.
Con lentitud vas notando que es cada vez más imposible. El piano es una alimaña gigante que te infunde temor. Lo aporreas con fuerza, como si eso sirviera de algo. Una melodía contaminada y confusa, una lluvia inaprensible es lo que produce su estómago de madera. Entonces bebes más y mientras más golpeas las teclas, más lejos estás y lo que debería aparecer se hunde en el fondo de tu corazón enfermo. Sientes que podrías dar tu alma por componer una canción decente, pero tu alma agoniza como una sabandija bajo el sol del Valley Death. Y sólo quedan dos tragos más para que la botella termine, y sientes que es inútil seguir intentándolo. Escuchas el ruido de los pescadores que viene con la neblina, es solo un murmullo tenue, el murmullo del amanecer.
Cuando Zoila lo encontró inconsciente debajo del piano, en un charco de vómito, supo que esta vez no habría regreso. Su cuerpo ardía como si estuviera envuelto en llamas. Zoila lo sostuvo en sus piernas hasta que la camioneta llegó y lo llevó al hospital. Minutos después murió de un colapso hepático.
Una tarde de lluvia en San Diego, en un viejo estudio que habían contratado Tom y la banda que lo acompañaba para grabar unas maquetas, Tom hizo una mágica versión del clásico del blues “See that my grave is kept clean". Le agregó unas líneas a los versos y el ritmo de una guitarra efervescente. Fue el primer single de su álbum póstumo “Car Lonely”. Se sostuvo en los primeros puestos de los top five mundiales por varias semanas. El álbum fue un éxito de ventas. Venía avalado por ese aire de malditismo de su autor. Zoila y el manager estaban impresionados, ahora Tom era parte del mainstream.
Los críticos saludaron el álbum como una obra maestra. Los críticos, que buenos son.
20:26 | Etiquetas: Elias "Jota" Urdánigo | 0 Comments
Yonkis del masoquismo
Por: Elías "Jota" Urdánigo (Ecuador)
Estoy tratando de escribir sobre un asesinato de tres menores de edad ocurrido en Quito. El asesino es un muchacho de 18 años, hermano de las víctimas. Un psicólogo ha dicho en la TV, que el chico estaba envenenado de celos contra sus hermanos porque se sentía desplazado. Yo tengo otra teoría del asesinato pero antes de que pueda desarrollarla Elizabeth llama por teléfono y me cuenta que ha soñado conmigo, y a continuación, y sin que yo se lo pregunte, me cuenta el sueño. Es algo común: me acerco, le cuento cosas, le hago el amor.
Intuyo, bueno, no intuyo, sé que está enamorada de mí. Pero yo no tengo la culpa de esa aberración. Lo digo porque soy una mierda y nunca le he demostrado lo contrario. Es imposible corresponderle, esta loca, sólo alguien así puede interesarse en alguien como yo. Elizabeth, la interrumpo antes de que continúe con el especial del día: sus chistes, estoy escribiendo un post para actualizar mi blog. Qué es eso dice ella. Una página que tengo en la Web. En el Internet. Sí. Y cuál es la dirección. Lo pienso un momento y luego, con toda la intención, le suelto una mentira: tragaperras.blogspot.com. Ella afirma entusiasmada que me buscará en la Web. Y sé que lo hará, por eso la mentira, no quiero que la página se vuelva un cementerio de comentarios cursis y chistes sin sentido. Bueno te dejo, me dice. Chao, le digo. Cuelgo el teléfono.
Minutos más tarde descubro que he olvidado totalmente mi teoría sobre el asesinato y no es la primera vez que me pasa. Últimamente me desconcentro con facilidad, pero eso es otra historia. Cierro la ventana de Entrada Nueva. Y pongo en el musicmatch algo de los Ilegales: "Acabaremos mal".
Voy a la oxidada mini nevera y saco la botella de vodka, que he sobrado de la navidad. Está casi llena diría un optimista. Yo digo: es suficiente para esta noche, no pienso emborracharme.
Miro por la ventana, Ciudad Muerta huele a paz, y la noche está tibia como un dulce coño. Acá dentro huele a soledad y alcohol, pésima combinación de fragancias, ¿serán otoñales?
Nunca me hubiera imaginado cumplir otro año más en Ciudad Muerta. Alguien debería subir las gradas, patear la puerta y asesinarme. Pero el mundo no es perfecto, tú lo sabes brother, you know man. Empiezo a captar ondas raras, ondas del pasado. El vodka no actúa tan rápido, pero la música es una inyección con una dosis letal de melancolía. En los parlantes de la computadora hay un vertedero para yonkis de la tristeza: En el “Parque de Invierno”: Seguirá ella teniendo 15 años después de tanto tiempo. Bebo vodka como un jodido ruso, en un cuarto alquilado en el centro de Ciudad M. Odio la gente llorona, incluso más que los que viven eternamente riendo. Que hay malos escritores eso lo sé, y músicos de mierda y señoritas con dos gramos de materia gris, pero eso sí, divertidas. Sin embargo que no haya nada más que elegir, esa si es una puta tragedia.
Suena el teléfono de nuevo, ni siquiera tengo que oír su voz para saber quien es. Alguien puede llegar a hostigarte tanto, alguien que espera que bebas y enloquezcas, y le digas toda esa ola de insultos que, anhelosamente, desea oír. Porque, así como hay yonkis de la tristeza, los hay también del masoquismo. Para mayor referencia preguntar a los que aman a sus verdugos. Latinoamérica tiene de esos bastante. Pueden empezar por Cuba y Chile.
Me levanto y voy hacia el teléfono, de pronto me siento una especie de dealer con el producto definitivo, el dulce de los yonkis del masoquismo: El desprecio.
16:14 | Etiquetas: Elias "Jota" Urdánigo | 0 Comments
Pistoleros & poetas
Por: Elías "Jota" Urdánigo (Ecuador)
En 1995 yo tenía 15 años y era bastante pretencioso. Las cosas no iban del todo mal pero tampoco bien. Tenía problemas en el colegio. Y en casa no era la excepción. Me juzgaban de extremo a extremo, o era un descerebrado o un sabelotodo. En fin la mierda sólo seca deja de apestar.
Una tarde después del colegio, me encontraba en casa escuchando Nirvana. Subí un parlante del equipo a la terraza. Miraba el cielo y oía "Rape me". La canción hablaba sobre un estupro. Esa misma tarde me tomé una botella de Trópico seco yo solo. Después llegó Carlos y compramos otra. Ya a las 7 de la noche estábamos borrachos. Salimos a dar una vuelta. Fuimos a parar a casa de María Luisa, una compañera de colegio de ambos. No quedaba muy lejos de nuestro barrio. Yo tenía ganas de hacerlo con ella. En realidad, por ese entonces quería hacerlo con todas… No presté mucha atención a la conversación. Me dejé llevar por sus curvas y al poco rato le estaba metiendo mano en medio de las piernas.
-Estás loco, suéltame, que haces… te digo que me sueltes.
Sentí la hendidura de su vagina bajo la tela del calzón, y hurgué con más fuerza. Ella gritaba y aruñaba. De pronto el brazo de Carlos se cerró alrededor de mi cuello. Tuve que soltarla.
-Qué chucha es lo que te pasa.
Le pegué un empujón y él me lo regresó haciéndome caer de espaldas. Maria Luisa entró corriendo a su casa. Me quedé un rato en el suelo. Sentí que todo daba vueltas alrededor, traté de levantarme y entonces vomité.
Diez minutos más tarde Carlos me ayudaba a volver a casa.
Al siguiente día recibí dos sonoras chateadas de María Luisa.
-La próxima vez te hago pegar de mi hermano una buena paliza.
La próxima vez, me dije, hasta ella pensaba en una próxima vez.
El profesor de matemáticas era admirado. Enseñaba bien su materia, eso decían todos. Pero yo odiaba las matemáticas. No sabía donde meterme cuando llegaba su clase. Por lo general me fugaba esas horas, iba a esconderme por detrás de las canchas de fútbol. Me quedaba ahí todo el rato mirando la hierba, los huecos llenos de agua en la superficie de la cancha, el cielo nublado, fumando y pensando en tener dinero, ser estrella de rock, o en escribir libros y ser famoso. A veces cuando estaba ahí sacaba mi libreta y escribía algunas cosas. Carlos solía acompañarme, también detestaba las matemáticas. Carlos sabía de mis fantasías megalómanas.
Varias veces hice poemas para sus conquistas. Decía que yo lograría algo con lo que escribía. Pero mientras tanto quien lo estaba logrando era él. Dos de sus conquistas se abrieron de piernas después que les leyó uno de mis poemas. Carlos lo había estampado en una camiseta y les presumía diciendo que era suyo. Ya no recuerdo de que iba el poema, era algo así como "Las chicas sueñan con que no les rompan el corazón, y yo sueño con ser Superman. Algún día las llevaré a volar" etc.
Cuando estábamos detrás de las canchas, solos, hablábamos de aquello.
-Por qué no recopilas algo y lo mandas a una editorial…
-Dudo que les agrade, si lees lo que se imprime por ahí, te das cuenta que no saben nada de poesía.
-…
-Todo el país es una puta verga.
-Pero las cosas se transforman, no escuchas las clases de química.
-Si, pero la mierda sólo se hace tierra. ¿Tienes un cigarrillo?
-Ten… Enciéndelo, voy a dibujarte con el cigarrillo en la trompa. Ponlo así.
Carlos dibujaba bien. Y cuando hacía mujeres desnudas era lo mejor. Yo solía pedirle que me dibujara a la profesora de educación física. Y él hacía un comic entero de unas 10 páginas, al final de la historieta los dos terminábamos culiando a la profesora. Uno por delante y el otro por detrás. Y recitábamos riendo una y otra vez: tu culo se ancha, tu culo se encoje, llega mi verga y te lo descompone. Éramos incultos, salvajes y pretenciosos, no sabíamos nada de la vida, tal vez éramos felices.
Carlos era un buen tipo, el único genio que yo he conocido personalmente. Aunque su padre alcohólico dijera que era un pedazo de mierda. Yo le decía que era mejor uno que te dijera pedazo de mierda, a no tener nada. Eran los pensamientos de un hijo de padre desconocido. Nunca había tenido un hijo de puta a quien llamar padre. Carlos decía que eso era mil veces mejor. No sé quien tenía la razón, no lo sé. Una tarde mientras bebíamos en su cuarto y escuchábamos Nirvana, a él se le ocurrió una idea: asaltar una gasolinera. Era la idea de un puto genio, pero para probarlo le dije:
-Y con qué piensas hacerlo... con pistolas de agua.
-Eso ya está resuelto, voy a robarle tres pistolas a mi papá, Taurus 9 mm. Se las traen mañana de Guayaquil, va a vendérselas a unos amigos.
Yo me pasaba los días pensando y pensando y haciendo muy poco. Lo que Carlos decía no era que tuviera sentido, pero era una línea, una directriz trazada en la página blanca de nuestros días; un escape de Ciudad M.
-Sólo nos falta alguien más.
-Eso también podemos resolverlo –dije yo, pensando enseguida en Xavier. Xavier era un tipo del barrio, que trabajaba en una mecánica de bicicletas. Un pelado lo bastante duro y loco como para entrarle a una propuesta semejante.
Más tarde Carlos hizo un retrato de nosotros tres, de cuerpo entero, empuñando las armas, con una mirada cruel. Pero finalmente nunca llegamos a hacerlo, descubrimos que necesitábamos un auto y eso conllevaba un delito anticipado al golpe mayor. Resultó demasiado.
Carlos se robó las armas igual, y recibió una paliza del diablo. Para explicarlo mejor: su padre le rompió el brazo. Pero nunca confesó qué había hecho con las pistolas, ni nos delató.
Lo que hicimos fue venderlas a unos pandilleros. La plata la gastamos en botellas, golosinas y libros. A Xavier le dimos su tajada. Nosotros nos fuimos a Quito. Recorriendo las librerías de la ciudad, y en sus pasillos descubrí a Cioran. Después lo he olvidado, porque Cioran es un pleonasmo en Ciudad M. No hicimos nada de lo que planeamos en aquel tiempo. Nos fuimos metiendo en la vida, y la vida se fue enquistando en nosotros como un parásito que aniquiló nuestros sueños más íntimos.
Lo último que supe de Carlos es que se divorció de su mujer por cuernos. Ella se los puso con el gerente de una empresa de electrodomésticos. Yo por mi parte tengo una chica que maneja 5 horas todos lo fines de semana para verme. Es catedrática de literatura hispanoamericana en una universidad de Guayaquil, asegura que tengo mucho talento. La pobre está enamorada. Mientras tanto trabajo en un pulgoso periódico de Ciudad M, y hace tiempo que perdí las ilusiones. De vez en cuando me publican alguna crónica. Es lo más cercano a ser un escritor reconocido que he estado nunca.
13:34 | Etiquetas: Elias "Jota" Urdánigo | 0 Comments
Janis, la ajedrecista exploradora
Por: Elías "Jota" Urdánigo (Ecuador)
La conocí en Nueva York, en otoño de 2006. Tenía 16 años y hablaba español porque sus padres habían sido embajadores en Argentina. Era rubia, de ojos azules y nariz fina. Su cuerpo era perfecto. Delgada, alta, atlética, sexy. Yo tenía 20, y trabajaba en la redacción de Journals Young, como su nombre lo dice era una publicación de jóvenes, para jóvenes. El único que llegaba a los 29 era nuestro director y editor en jefe del semanario, Pierce, el inaudito.
Yo tenía el encargo de realizar una entrevista a deportistas jóvenes. Así que se me ocurrió ir a la federación de ajedrecistas. Ella se llamaba Janis Holfind, tenia 16 años, era rubia, y era la mejor ajedrecista en su categoría. Yo era un chico venido de Sudamérica, con apenas 20 años, haciendo una pasantía en el Young. Con padres de clase media, dedicados y cristianos. Y me metía de vez en cuando un pase de cocaína, para animar cualquier fiesta, y aniquilar la depresión.
Después de la entrevista la invite a salir. Nos fuimos a un bar cerca de Fifth Avenue. Un bar con lucecitas de colores en la entrada. No te vendían licor, sino mostrabas identificación. Pedimos un par de malteadas, y escuchamos un par de canciones de Cristina Aguilera, y Fiona Apple.
Janis era muy desinhibida, divertida e inteligente. Le gustaba mi profesión.
- Vivir cosas y luego escribirlas, es mejor que inventarlas. Es mejor que ser un escritor de ficción, aunque Paul Auster es…
Nadie va hablar de Auster, nadie va hablar de periodismo, ni siquiera de literatura, o tal vez un poquito. Porque sus ojos lo pedían, y yo tenía que satisfacerlos. Entonces hablé de Onetti, de Borges y Cortázar. Todo lo demás puedes saltártelo, Latinoamérica no es un lugar de escritores sino de funcionarios corruptos, le dije.
Luego me invitó a casa de una compañera suya, donde otros chicos, suavemente rudos, tenían una reunión. La reunión se transformó en fiesta. Y terminé enseñándoles a bailar salsa y reggeton aun montón de blancuchos insípidos, con aspecto de bebés superdesarrollados. Por más tatuajes, o piercing que llevaran en la cara, no eran los chicos salvajes que querían aparentar, tal vez eran un poco inteligentes, según lo que pude comprobar luego, pero no lo suficiente como para salir del molde. Como para ser la bestia que se fuga de la manada.
- Tus amigos también juegan ajedrez -le pregunté a Janis.
- No, ellos son compañeros de la escuela y sus habilidades son otras. Por ejemplo Carl es pintor, expone en la escuela, e incluso ha vendido un par de pintoras. Dibuja cuadros realistas pero dentro mete un par de detalles fuera de contexto, un caballo en un bar de Manhattan, una torre de telecomunicaciones en una playa concurrida. Liza es poeta, el próximo año le publican su libro, Golosinas Venenosas. Michelle es escultor.
- Ok, ok, no quiero todo el prontuario.
- Pensé que a los periodistas les gustaban los detalles.
- Tal vez, pero solo cuando están de servicio y este no es el caso.
- Así que ahora es algo personal.
- Sí, exactamente eso, algo personal.
Me acerqué a sus labios y la besé.
- Por qué elegiste el periodismo -me preguntó después de un breve minuto, la tenía apretada contra mi cuerpo bailando una salsa de Mark Anthony. Su pelvis chocaba en mi muslo derecho. La erección iba lenta, ascendiendo en la oscuridad como un tejón saliendo de su madriguera. Evité una contestación directa y me dediqué a pasearle mi hombría por su abdomen esponjoso.
- Fue mi destino -le dije.
- ¿Es verdad eso que me estas insinuando?
- Completamente. Sólo hace falta un lugar más íntimo para demostrarlo con hechos.
- Arriba hay un par de alcobas libres -dijo. Pero me aseguró que solo subiría si yo le mostraba los preservativos, y las cosas se descompusieron. No estamos preparados.
Bailamos un par de piezas más y mientras tomaba apuntes de su vida para la crónica. Me dijo que algún rato quería ir a la Argentina. Recorrer toda Sudamérica y enamorarse de un lugareño. Le hablé de los condones.
- Sí -me dijo-. Tengo pensado llevar toda una provisión.
Charlé con Liza la poeta y con un par de músicos cachorros, adoradores de Brian Eno. Eno me gustaba pero no lo suficiente como para acreditarlos en su gusto desmedido por la experimentación de sonidos electrónicos. Liza trató de transformarme en un potencial consumidor de su cercana opera prima. Me recitó un par de poemas, que no me indujeron al vómito porque odio vomitar sin haber bebido. Me acerqué a Janis y le pedí volver a vernos.
- Después de que lea la crónica -me dijo. Su estrategia era hacer rodar un ataque directo untándole una tenue capa de humor.
- Ok -le dije-, estás en todo tu derecho. Un par de besos más tarde me fui del lugar. Había exprimido los límites de la profesión. Me había intoxicado con el efluvio viscoso de jóvenes de deportistas y artistas adolescentes. Necesitaba unas rayas para desintoxicarme. Un wiski y la música de Pulp ajustando mis sentidos, buscando en el fondo de la historia, la historia que debería contarse de Janis la ajedrecista exploradora.
13:03 | Etiquetas: Elias "Jota" Urdánigo | 0 Comments




