Nombre: Emanuel Simo
Alias: Dédalo
Fecha de Nacimiento: 29 de mayo de 1984.
Lugar de origen: Salta, Argentina.
Categoría: Escritor Serial.
Fichado por Kala Editorial: Lunes 3 de diciembre de 2007.
Antecedentes Liberarios: Empezó escribiendo poesías cursis a los 12 años. Nunca asistió a ningún taller literario, aunque siempre creyó que debería haberlo hecho. No participó en ningún concurso literario, cree que sería demasiado irrespetuoso de su parte hacerlo.
Participa con un relato en el libro "Escritores Seriales. Antología 0.1"
Profesión Legal: Profesor de Psicología. Estudiante próximo a terminar su tesis para obtener la Licenciatura en Psicología.
Trastornos Mentales: Obsesivo, indeciso, inseguro, y complejo. Cita a Cortázar al decir “Mi diagnóstico es sencillo, sé que no tengo remedio”
Cita: “Me sorprende que se haya definido al hombre como un ser racional ¡Definición prematura, si las hay! El hombre es todo lo que se quiera, menos un ser racional.” (de Oscar Wilde)
Relatos publicados digitalmente en Kala Editorial:
- La niña a la que no dejaron jugar - 3 de diciembre de 2007.
- Alienación - 23 de enero de 2008.
- Las moscas - 26 de marzo de 2008.
- Eros y Nirvana. 8 de octubre de 2008.
- La iniciación - 13 de mayo de 2009
Expediente de Emanuel Simo
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La niña a la que no dejaron jugar
Por: Emanuel Simo (Argentina)
Ella lo amaba y él la explotaba. Ella lo idolatraba y él la despreciaba. Ella se sometía y él se bañaba extasiado en su poder. Los dos estaban recostados en esa cama que olía a transpiración, a sangre, a tristeza, desamparo y olvido. Las manos de él jugaban entre sus pechos marchitos, revestidos por la saliva de miles de hombres que le escupieron su dinero. Él se quedaba con un alto porcentaje; ella se quedaba vacía, a ella se le escapaba la vida.
Él tenía treinta y cinco años y le había prometido una mejor vida; ella quiso creerle, aunque sabía que, como todos, él también mentía. Ella tenía diecisiete años, pero sus ojos, sus senos, sus labios, y su piel se agrietaban y envejecían más con cada centavo ganado. Se habían conocido cuatros años atrás. Él había sido amigo de su padre; a él también se la habían alquilado.
La primera vez, ella estaba jugando en su cuarto con una vieja muñeca. No sabía por qué la habían dejado sola esa noche en su casa, ni tampoco entendía por qué el vecino de al lado había ido a visitarlos si sus padres no estaban. Pero minutos más tarde entendería y, ese mismo día, todo cambiaría. Su pesadilla había empezado.
Desde entonces, su padre vio en ella la salvación de la familia. Los amigos de aquel hombre disfrutaban de la niña y hacían con ella lo que no se permitían hacer con sus inmaculadas esposas. El padre se sentaba a la mesa, contaba el dinero y tomaba un plato de sopa caliente, mientras escuchaba gemir a sus amigos que deshojaban a su hija. Su madre, en silencio, retiraba el plato de sopa y acercaba el balde a la habitación para que los hombres se higienizaran. Abrazada a su muñeca de la infancia, ella lloraba pero entendía.
Él empezó a ir un año más tarde y luego, volvió una y otra vez. Era el único que le sonreía, el único que le regaló una rosa cuando cumplió sus quince años. Ese día, luego de regar con su semen pútrido el cuerpo, la abrazó y quedó dormido a su lado regalándole una noche de libertad y de sueño. Ella, sumida en ese desamparo, vio en él la única luz de esperanza. Pero pronto se apagaría.
A partir de sus quince años, ella lo esperaba ansiosa, sabía que una vez por semana él la visitaba y le traía chocolates, flores, abrazos y sonrisas. Ella empezó a maquillarse, a perfumarse, a esperar lo imposible. Ella lo amaba, él la usaba.
Una noche, un cliente borracho se excedió, hizo uso de una parte del cuerpo adolescente que le estaba vedada. Ella gritó, pero el padre no quiso escuchar, sólo se encargó de cobrarle más cuando el cliente salió de la habitación. Una hora después llego él. Ella lo abrazó y, llorando, le contó lo sucedido. Esa noche él se la llevó de allí para siempre.
Ahora, todo eso había quedado en el pasado. El salvador se había convertido en un nuevo Amo. Sin embargo, él era el único que le había dado algo de protección, algo del cariño por el que ella imploraba. Desde entonces, fueron muchos hombres más los que le arrojaron su semen, como si ella fuera una escupidera siempre dispuesta a vestirse con células muertas.
Pero esa noche, todo cambiaría. Esa noche, ella volvería a tener vida. Tenía un atraso de dos meses, y ya no había lugar para la sospecha. La certeza ya latía en su vientre oscuro, amargo, y marchito. El capullo de una rosa florecía en el desierto gélido al que se accedía a través del dinero. Ella quería regalarle su rosa para hacerlo sentir tan bien como él la había hecho sentir a sus quince años.
La niña muerta podría nacer como madre. Por fin tendría a quién querer, a quién proteger, por quién aguantar. Nuevamente una luz de esperanza alumbraba la oscuridad de la tumba a la que había sido arrojada por sus padres.
En esa cama, maltrecha de tanto uso, ella miró cómo él jugaba con sus pechos fríos y le dijo que pronto, esos mismos senos se llenarían de leche que alimentaría su sueño. Pero ella no podía imaginar que el sueño no era compartido.
Por los ojos de él se asomó el demonio. La ira tensó cada músculo de su rostro. La violencia estalló como un volcán dispuesto a arrasar con todo. Primero le pegó una trompada y, cuando ella cayó al piso de tierra, con una patada le arrancó el capullo de rosa que latía en su vientre. Ella quedó inconsciente, él se fue a tomar al bar de siempre.
Cuando ella despertó, sintió la necesidad de ir al baño, pero el dolor se lo impedía. Fue arrastrándose hacia el escusado y, como pudo, logró incorporarse. Las pequeñas cucarachas rápidamente se escondieron en sus recovecos. El olor ácido y penetrante del orín de los hombres que compraban su humillación, le agitó el estómago hasta hacerla vomitar. Se sentó en ese viejo inodoro, sucio como un basural, y vio como se escabullía entre sus piernas la sangre de su única esperanza. Como pudo, salió de ese lugar y se sentó en el escalón de entrada de la casa con su vieja muñeca entre las manos y no paró de llorar hasta que un grito le inundó el alma y lo vomitó hasta hacerlo escuchar por todos aquellos que habían elegido callar.
20:53 | Etiquetas: Emanuel Simo | 0 Comments
Las moscas
Por: Emanuel Simo (Argentina)
El mediodía de verano hace que la carne se pudra más rápido. Las moscas, esos ángeles del demonio, están de fiesta. El hedor las convoca al lugar al cual nadie va por propia voluntad. Los dos policías lo saben. Se cubren la nariz con un pañuelo, y siguen a las moscas por el campo. La casa no está cerca del pueblo, pero el viento sabe llevar malas noticias, aunque el mensaje sea sólo un persistente fétido olor. Sí, algo olía mal y las moscas sabían de ello.
El pueblo es tranquilo. No necesita demasiados policías. Las cosas de Mandinga sólo ocurren en las grandes ciudades. En esa casa, sólo viven la madre, su hija, seis gallinas, tres gallos y dos perros. Pero el mal olor es llamativo, y los policías temen a los forasteros. Los que vienen de afuera siempre traen los males. Mientras se acercan a la casa, los oficiales piensan que tal vez los ladrones no sólo se hayan llevado dinero, tal vez también se llevaron vidas...
Dos días antes de la visita de los policías, Soledad se estaba preparando. La joven tiene 19 años y está frente al espejo. Se ve radiante. Llena sus pómulos de maquillaje deseando que se vuelvan más atractivos para los labios de Juan, su futuro esposo. Cepilla sus cabellos, los acomoda a su gusto, que coincidirá exactamente con el de su amado. Lleva puesto el mejor vestido que existe sobre la faz de la tierra. En pocas horas lo verá. Él llevará puesto su smoking y lucirá como un príncipe. Él es hermoso, y ella lo ama. Ése hombre la hará feliz cada uno de los días de su vida. Él se lo prometió un año atrás, cuando se comprometieron, y ella no dudaba de la veracidad de las palabras. Soledad se juró a sí misma complacerlo en todos sus deseos, ella será su mujer perfecta, de eso no tenía dudas.
Erminda espía a su hija. Le tiene lástima, la considera indefensa, vulnerable y algo estúpida. Sabe que está mal, pero cree que es mejor así. Erminda conoce a los hombres. Son todos una porquería. Todos lastiman, todos usan, todos abandonan. Todos toman, todos mastican, todos escupen. Los hombres eran, para Erminda, parásitos que devoraban las almas.
La madre todavía recuerda al padre de su hija. Su piel se eriza, y los músculos de su mandíbula se tensan. Una nueva imagen es evocada en su memoria, y las venas se marcan en su cuello y en la frente. El ritmo cardíaco se acelera. Es que no sólo recuerda al padre de Soledad, sino también sus continuas infidelidades. Erminda todavía lo odia, pasaron diez años, pero todavía lo odia. Ya no quiere pensar más en él. Su presión arterial la aqueja y morirse sería darles el gusto a los hombres, y dejar a su hija desprotegida. "Toda madre tiene que proteger a sus hijos como su más preciado tesoro", se decía a sí misma, y ella tenía la certeza de ser la mejor madre.
Hace calor y una mosca se apoya sobre la boca de Soledad. La joven se la quita espantándola con su mano. Mientras, ve a Erminda intranquila. Su madre estaba mirando el retrato de su padre. Se pregunta si estará bien y las palabras no tardan en aflorar de sus labios. Erminda retira su mirada de la fotografía color sepia, la tranquiliza y le dedica una sonrisa.
Ahora Soledad también piensa en su padre. Lamenta que no pueda acompañarla hasta el altar, para entregarla a Juan. A algunas mujeres todavía les gusta ser propiedad de los hombres, pasar del padre al esposo sin descubrirse antes como seres independientes. Soledad extraña a su padre y se pregunta por qué las habrá abandonado. Ella era una niña cuando su padre fue a trabajar y no volvió nunca más. Mira a su madre nuevamente, y siente pena por ella.
A veces uno ve cuando se avecina una tormenta, pero nunca se imagina que pueda llegar a llover tanto. Erminda no esperaba que su hija se preparara con tanto entusiasmo para el casamiento. Ahora la ve levantando el teléfono y hablando con Juan. Le dice que está nerviosa, que no ve las horas de verlo, que ella está lista para ir a su encuentro, que serán felices, y que se amarán toda la vida. Es que cuando uno se enamora siempre promete grandes cosas, pues sabe que no las cumplirá. Si uno estuviera dispuesto a cumplirlas, no prometería tanto.
Erminda toma una decisión. No puede dejar que los preparativos continúen. Hay que sacar el paraguas para no mojarse tanto con la tormenta. Se acerca por detrás a Soledad, le quita el teléfono de su mano y lo cuelga. Soledad la mira estupefacta, sin poder entender qué es lo que está sucediendo. Erminda apoya sus manos en los hombros de su hija. Se miran a los ojos, como dos perras rabiosas que se desafían por un trozo de carne. La madre le dice, una vez más, que no se casará con Juan, que ese hombre es como todos, que es hijo del demonio, que la hará infeliz y amargada tal cómo hizo su padre con ella.
Soledad llora y grita, pero sus gritos no sepultan las palabras de su madre, que insiste en que no habrá boda. Ya se lo dijo muchas veces durante ese año, pero Soledad no puede creerle. Ya le dijo que Juan se fue, que no volverá, pero Soledad le dice que estaba hablando por teléfono con él y empieza a gritarle que está loca.
A veces Erminda se comportaba como si no entendiera que su hija está demente, y que se refugió en el delirio de casarse con Juan.
Es que Soledad nunca pudo tolerar la imagen de su Juan en la tumba que cavaba su propia madre. No pudo asimilar la imagen de Erminda vestida con la sangre de Juan, y armada con una cuchilla en la mano, la misma que luego arrojaría a la tumba de quién hubiese sido su yerno. Cuando Erminda fue sorprendida por Soledad, luego de haber asesinado a Juan, no le dijo nada, sólo esperó que se recuperara del desmayo. Es paradójico saber que cuando Soledad recuperó la conciencia, el horror hizo que la perdiera para siempre.
Pero Erminda no sabía que la mente humana es maquiavélica. La mente no conoce, o no quiere conocer, u olvida qué es la realidad. La mente elabora razones, crea novelas, construye delirios sólo para hacer más tolerables las imposibilidades. Y la muerte es la imposibilidad de la vida, y Soledad lo supo sin saberlo.
A partir de ese día, la joven empezó a manifestar su locura dormida. Empezó a creer que nada malo había pasado. Empezó a creer que el casamiento ocurriría, tal como lo habían planeado.
Cuando la tormenta empieza, las moscas también quieren huir. Vuelan y vuelan, hasta que chocan contra una ventana. Algunas juegan sobre el vidrio, otras caen rendidas. Las palabras son ventanas que nos permiten mirar un mundo que es irreal. Las palabras de Erminda no eran palabras, sino que eran un acto, pues desnudaban ese mundo real. Las palabras de Erminda rompían los vidrios sobre los ojos de Soledad, que ahora sangraban lágrimas. Y la joven, como una mosca, se golpeaba duramente y ya no quería volar.
Contra la realidad se pueden hacer dos cosas: negarla o transformarla. Soledad ya había negado, hasta que su madre la había denunciado. Erminda le había arrancado los párpados, obligándola a ver, sin saber que pagaría caro por hacerlo. Ahora Soledad quería transformar la realidad. Ahora Soledad quería romper el mundo. Ahora Soledad estaba ahorcando a esa madre, que tanto la había asfixiado. Es que uno siempre termina por hacer lo que le hicieron a uno.
Los policías no encontraron palabras para describir el mundo que encontraron. Erminda yacía sin vida al costado del teléfono. Las moscas se paseaban por su boca y sus ojos abiertos. Y el olor los penetraba hasta que, el más débil de ellos, terminó por vomitarlo. Pero las grandes tragedias se dan por la suma de acontecimientos que las desencadenan. Y aquella pieza de dominó que se pudría junto al teléfono, era sólo la última en caer y al mismo tiempo, la que había iniciado la caída de todas las otras.
Ya lo he dicho. Las moscas, esos ángeles del demonio, están de fiesta. El hedor las convoca al lugar al cual nadie va por propia voluntad. Los dos policías lo saben y continúan siguiendo a las moscas hasta la parte trasera de la casa. Allí encuentran a Soledad, con su vestido de novia manchado por su propia orina. Allí está la novia, con las uñas rotas y los dedos infectados. Sus manos están llenas de la tierra que, con tanto esmero, ha cavado. Allí está Soledad, abrazada a los restos del cuerpo del que hubiese sido su esposo si no se hubiese entrometido la madre. Ahí están pudriéndose los cadáveres de la madre y del prometido. También el del Padre, aunque eso se supo mucho después. Y ahí está la joven, viva aún, pero con la mirada perdida. Allí está la novia Soledad, esposada a un cadáver que sólo tiene para darle sus gusanos y sus moscas.
16:56 | Etiquetas: Emanuel Simo | 1 Comments
Alienación
Por: Emanuel Simo (Argentina)
“Uno, dos, Freddy viene por ti
tres, cuatro, cierra la puerta
cinco, seis, toma el crucifijo
siete, ocho, mantente despierto
nueve, diez, nunca más dormirás”…
Se sentó sobre aquel lugar al que allí también llamaban cama. Se había sacado toda la ropa. Con el cuerpo desnudo y la mirada perdida, se balanceaba, mientras volvía a cantar esa vieja canción e imaginaba sus próximos pasos…
De vez en cuando recordaba la niñez. A veces pensaba en su familia. Cada tanto, su madre también recordaba su existencia; aunque hubiese deseado poder olvidar. Después de ese último episodio, había podido entender todo, pero ya era tarde.
Anabel y Efraín eran hermanos. Ella era dos años más grande que él. Muchos años después, su madre recordaría que desde el día en que supo de la existencia incipiente de su hermano, ella lo odió tan intensamente como sólo pueden hacerlo los niños. Luego de anunciada la noticia, Anabel empezó a orinarse en la cama.
Como era de esperarse, meses después su padre la llevó al hospital para que conociera a su hermano. Ella hubiese querido regalarlo, pero sus padres le explicaron que su hermano no era una mascota de la cuál podían deshacerse a su antojo. Además, ellos parecían estar muy contentos y el contraste con su bronca se acrecentaba al ritmo de sus celos. Anabel supo tempranamente lo que era odiar.
Los años pasaron, como suelen hacerlo, sólo para empeorar. Los juegos que ella proponía a su hermano nunca satisfacían sus verdaderos planes. Es que hasta los mejores planes suelen fallar.
A Efraín, su hermana lo divertía. Ella ingeniaba las aventuras más exóticas que uno pudiera imaginarse. Sus padres no calificaban de esa manera los juegos ya que, constantemente la reprendían por ser demasiado riesgosos. Él reía a carcajadas cuando salía airoso de los desafíos planteados por su hermana. Ella siempre terminaba terriblemente enojada, y él empezaba a entender por qué.
Una vez se quedaron solos. Ella tenía trece años, él tenía once. Anabel tenía miedo y quería que él también lo tuviera. Ella se temía así misma, porque sabía bien lo que era capaz de hacer. La crueldad crecía en ella sin obstáculos. El dique se desbordaría pronto y arrasaría con todo.
A veces uno desea algo, lo planea detalladamente y no resulta. Otras veces las cosas se dan espontáneamente, sin que uno se las proponga. Esta vez, las casualidades estaban de su lado. Encendió el televisor y vio que pasarían una de las pesadillas de Freddy Krueger. Ya sabía qué era lo que tenía que hacer. Obligó a su hermano a ver la película con ella, imponiendo la condición de no taparse los ojos en las partes más terroríficas. Anabel lo amenazó y lo condenó al silencio. Esa había sido la primera condena, luego vendrían muchas más. Ella le dijo que los secretos entre hermanos morían entre hermanos, pacto de sangre remarcó, y él le creyó. Lo de “sangre” pareció interesarle demasiado.
La noche llegó y, como era previsible, él no podía dormir. Las horas pasaban y en su mente las escenas de la película no paraban de aflorar. Su padre era policía pero, según había visto en la película, contra Freddy ningún padre podría. Escuchó a su hermana abriendo lentamente la puerta. Vio su figura deslizándose sigilosamente hacia su cama. La escuchó: “uno, dos, Freddy viene por ti…”. Ella le cantaba con una voz extraña, que no era de ella pero que no era de nadie. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Efraín. Los labios temblaban y agitaban las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos. Sus oídos le dolían, no soportaba escuchar esa música tétrica que le escupía su hermana. Ella saltó sobre él, le tapó la boca con una mano, mientras la otra apretaba su cuello. Vio en el rostro de su hermana los ojos de una serpiente, escuchó en su risa cruel a las hienas, sintió en sus manos las arañas. Todo era demasiado real, tanto que su hermana parecía poseída, transformada en un ser que no era ella.
Anabel no supo que él también jugaba, que él sabía de sus intenciones y eso alimentaba las suyas; ella no sabía que seguirle la corriente era parte de sus planes.
Las escenas se sucedieron una tras otra como si se tratara de un cortometraje. Efraín clavó el crucifijo en uno de los ojos de víbora de su hermana. Anabel lanzó un alarido tan fuerte, que lastimó su garganta. El padre corrió a la habitación del hijo intuyendo lo peor, creía que Efraín era atacado. Apenas entró, vio un bulto sobre su hijo, y no dudó. El ruido de la pistola fue un grito en la noche oscura. Había disparado dos veces sobre ese bulto que un segundo después supo que era su hija.
Lo que sucedió después era predecible. El padre no tuvo otra opción más que el suicidio. Los dos familiares muertos estaban tendidos frente a Efraín que reía como un loco.
La justicia ordenó que fuera recluido en el manicomio. “Peligro para sí mismo o para terceros” dijeron las pericias psiquiátricas.
Efraín vivió ahí durante años, que es lo mismo que morir. Su madre no se olvidó de él, pero su recuerdo era una blasfemia. Su hermana y su padre se pudrían en el cementerio y alimentaban a los gusanos.
Pero ese día, Efraín sentía que todo cambiaría. Mientras cantaba la canción, se le ocurrió que el tiempo era una construcción falaz. Tenía la certeza de que ese día todo empezaría. Se vistió de una manera completamente diferente, como lo hubiese hecho Anabel, peinó su cabellera hasta parecerse demasiado a su hermana y se escapó del manicomio para buscar un nuevo hermano.
16:18 | Etiquetas: Emanuel Simo | 0 Comments
La iniciación
Por Emanuel Simo (Argentina)
La computadora se enciende. El vacío del navegador de internet empieza a sentir los latigazos de las letras que martillan huellas sobre los mismos pasos. Entra al chat. Una vez más, los adolescentes no la esperan. Como buena cazadora, estuvo explorando el terreno antes. Hasta ahora no hizo nada. Esta noche buscará su primera presa.
El adolescente, de tan sólo dieciséis años, disfruta del silencio que invadió el departamento en el que vive. Sus padres duermen. En la noche solitaria, el hogar le pertenece. Enciende la computadora. Va a la misma página de siempre, y entra al chat. Una vez más busca conocer una mujer caritativa, que quiera iniciarlo en los placeres de la carne. Él, al igual que los que vendrán, no la espera.
- ¿Edad? – Le pregunta una mujer que lleva por nick “Felina”
- 17 – miente él
- Me gustan los jovencitos… sobre todo si son vírgenes, ¿vos lo sos? – Pregunta ella sin un mínimo atisbo de timidez
- Jajaja, sí… pero con ganas de solucionarlo… jajaja – contesta él esperando que ella acepte la propuesta.
La mujer hace honor al sobrenombre que emplea. Realmente es una felina, que hace del olfato y de la seducción sus mejores armas. Cuando una gota de sangre cae al agua en donde habitan las pirañas, el olor del fluido les excita el apetito. Esta felina ha detectado su presa con unas cuantas palabras. Es que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Ella, con sus treintaicinco años, no es para nada vieja; pero, en algunos terrenos, tiene más experiencia que la suma de varias mujeres de ochenta años. “Felina” escribe algunas oraciones más y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro. Retira el cigarrillo de sus labios, dejándole impresa la huella de su rouge, y lo aplasta contra el cenicero. Tiene hambre, pero también tiene la satisfacción de saber que hoy cenará.
A él, las palabras le llegan a sus ojos como la tierra le llega a un navegante que desde hace días se cree perdido en el mar. No podía contenerse. Le sudaban las manos. El corazón le galopaba en el pecho como caballos que se escapan buscando su libertad. Recuerda la foto. Ojos verdes. Labios rojos. Cabello negro y lacio. Piel infinitamente blanca y lisa, como un paisaje nevado. Pómulos altos y una mirada extraña, que condensa tristeza, sensualidad, tentación y desparpajo. Su pene se hincha. Esta noche él la tendrá, ella se lo ha dicho. Él todavía cree.
Dos de la madrugada. El adolescente llega al lugar del encuentro. Se queda mirando la puerta de aquella vieja casa. Teme que se abra, pero su deseo es tan fuerte que podría romper candados sin tocarlos.
Golpean a su puerta. Ella la abre, y un halo de luz proveniente de afuera ilumina el rostro divino de la mujer. Ahí está él. Con voz sensual, la mujer felina, le dice a su joven ratón que entre. La puerta se cierra y todo se torna oscuro. El adolescente no sabe lo que hace. Camina a tientas, tratando de escuchar los pasos de su anfitriona para que lo guíen. Ella sí sabe lo que hace.
La mujer sirve un vaso de whisky y lo lleva a la boca del joven. Él, obedientemente, bebe, aunque no le guste, aunque no acostumbre a tomar alcohol, aunque se le incendie la garganta. Dos segundos después están sentados juntos en el sofá. Ella desliza sus dedos como serpientes por la cabellera adolescente. El muchacho experimenta una erección. El escote de ella, le incendia la entrepierna. Ella lo sabe, sonríe sensual y desliza su lengua por su labio superior.
Algo de whisky se derrama por la comisura de los labios del adolescente. Ella lo limpia con su lengua y donde antes hubo alcohol, ahora hay saliva. La mujer juega a ser diosa, se pone de pie y con su mano guía al adolescente a que se arrodille ante su presencia. Deja caer su vestido. Y el adolescente mira, con vergüenza y por primera vez, el cuerpo de una mujer real desnuda.
La mujer aplasta el cráneo del adolescente contra su pubis. Él abre la boca y, como un cachorro que tiene miedo y ganas de jugar, empieza a lamer. La mujer le arranca la remera, haciéndola jirones. El joven queda estupefacto y no sabe cómo hará para justificar ante sus padres el volver al hogar con su ropa rasgada. Pero no tiene tiempo de pensar. Ella está sacándole de un solo tirón los pantalones y la ropa interior. Ahora él cree que están en igualdad de condiciones: completamente desnudos. Sin embargo no es así, pues la mujer no desnuda todavía aquello con lo que goza.
Ella lo besa, y con su lengua escribe excitación en los dientes. Le arroja los restos de whisky en el cuerpo y luego empieza a lamerlo. El cuerpo adolescente se derrumba arrastrándola a ella hacia la cama. A la felina no le gusta estar abajo, rápidamente lo hace girar y se sienta sobre él. Sujeta el pene y, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, empieza a introducirlo en su cuerpo. Abre la boca y cierra los ojos, mientras acomoda sus paredes aterciopeladas para envolver la carne de su presa. El adolescente no puede creer lo que está sucediendo. Siente a la mujer en todo su cuerpo. La ve disfrutar aleteando sobre él como si fuera una mariposa. Observa los pechos de ella moverse libres y siente como su pene se tapiza de la humedad femenina. Está adentrándose más profundamente en ella, con cada segundo que pasa. Él no puede creer lo que está sintiendo. La mujer lo sabe, ella es la experta y empieza a columpiarse sobre él con violencia.
El adolescente ve a su diosa contornearse, poseída, sobre su cuerpo. El rostro femenino bien podría haber sido un cuadro que represente la conjunción entre placer y misterio. Y de repente, como si nada hubiese ocurrido, ella se levanta violentamente, dejando el miembro adolescente rodeado de vacío. Él, confuso, sonríe y no entiende bien lo que ella le dice cuando le escupe un “vestite y andate”.
- ¿Cómo? – Dice él, tímidamente.
- Eso pibe, ya está, ya acabé, andate que quiero estar sola.
- Pero… ¿y yo?
- ¡Andá a tu casa y terminá solito, como hacés siempre, ya te di bastante material para que tu imaginación tenga de dónde fantasear! – grita ella, histérica.
El adolescente, sorprendido, confuso, con miedo, rápidamente se viste y abandona la casa. Ella lo ve irse y sonríe divertida al recordar su rostro.
Esto fue un ensayo. Ella seguirá afilando sus métodos para disfrutar cada vez más de su venganza. Uno a uno caerán adolescentes sobre su cama, como ella lo hizo en la cama de aquel hombre que, siendo ella muy jovencita, la enamoró y usó su cuerpo como un mero receptáculo de semen.
Sirve otro vaso de whisky y se desparrama sobre el sofá. Agarra el portarretratos que tiene la fotografía de ese hombre, que era su padrastro, y la recorre con su dedo. Recuerda su primera vez y percibe nuevamente el perfume del adolescente que acaba de echar. Prende un cigarrillo, se excita y comienza a tocarse sola en el sofá, recordando como disfrutó la iniciación.
12:13 | Etiquetas: Emanuel Simo | 3 Comments
Eros y Nirvana
Por: Emanuel Simo (Argentina)
Nunca hubiese esperado que sucediera lo que nos sucedió. Vos eras tan inalcanzable, que tenerte se había vuelto un desafío. Nos gustaba fingir que nos detestábamos, cuando los dos sabíamos desde hacía meses que, en realidad, nos deseábamos hasta los huesos.
Los dos estábamos obsesionados con nuestros trabajos y siempre éramos los últimos en salir de la oficina. Aquel día, ya se había vuelto de noche y la jornada laboral terminaba para ambos. Nos encontramos en el ascensor y, obviamente, la tensión era muy grande, pues cuatro horas antes me habías tirado todos los informes que te había presentado diciendo que estaban mal redactados. Siempre te gustaba hacerme escenas. Vos disfrutabas viendo como mi rostro se llenaba de sangre y mis mandíbulas se tensaban. Yo disfrutaba ver como desplegabas toda tu histeria.
No había nadie mas en el edificio. Bajamos los trece pisos en silencio. Cuando llegamos a planta baja, un segundo antes de que la puerta del ascensor se abriera y quedáramos expuestos ante el oficial de seguridad que vigilaba la entrada, tu boca me dijo esas mágicas palabras que nos cambiaron la vida para siempre.
Todavía las recuerdo… "No aguanto más" dijiste y con tu mano sujetaste mi rostro. Yo te miré fijamente a los ojos, con la lujuria de quien lleva años resistiéndose a los encantos del sexo, y te contesté "Yo tampoco". Nos besamos. Y luego llegaron los "te amo".
Por fin estábamos juntos, yo lo deseaba desde que entré a la empresa y te vi tan soberbiamente elegante, maltratar a todo el mundo. Claro, luego entré yo a ser parte de todo el mundo y, por alguna extraña razón que no busco comprender, eso terminó seduciéndome aún más.
Volvimos al piso trece. Entramos a tu oficina que, claro está era el triple de grande que la mía. Cerraste la puerta y tiraste la llave a un costado. El piso alfombrado se convirtió en la cama.
No podía creer como tu cuerpo se iba desnudando debajo del mío, era como un otoño primaveral, perdías las hojas pero nos llenábamos de vida. Nos explorábamos, nos aventurábamos, nos arriesgábamos, nos matábamos, nos revivíamos, nos sentíamos.
Tu pelo se perdía en mi pecho, acariciándolo todo. Mis manos buscaban tus límites, deseando lo imposible. Quería abrazarte fuerte, muy fuerte, hasta deshacerme en tus brazos, hasta que los cuerpos se evaporaran. Éramos agua hirviendo, recorriéndolo todo, sin represas; éramos agua desbordada, éramos tormentas que lo llevaban todo...
Tus labios apresaban los míos, tus manos oprimían mi rostro, tu lengua en mi boca era un gran remolino. Te sonreías de felicidad y me mirabas desafiándome a domarte. Parecíamos endemoniados cuyos cuerpos se retorcían el uno contra el otro ante el menor y el mayor de los contactos. Éramos lucha y éramos paz, éramos conquistadores y conquistados, éramos dos errantes en el mar buscando el mundo nuevo.
Ya no sabía quién eras vos, ni quién era yo. No sabía si vos eras aire y yo era fuego o viceversa, pero éramos esa mezcla de elementos constituyendo algo nuevo, indescriptible, salvaje, primitivo y peligroso.
Era un vértigo permanente, era una montaña rusa, era un subir sin límites y la sensación de caer rendidos en cualquier momento. Éramos dos ejércitos avanzando por territorio extranjero, conquistándolo todo, saqueándolo todo, arrasando con identidades, perdiendo nuestro cuerpo pero apropiándonos de uno nuevo.
Ya no veía nada, los sentidos eran inútiles para captar esa escena. Mis ojos no te veían, se cerraban solos por más que quisiera abrirlos. Veía todo anaranjado, como si estuviera frente a un amanecer de verano que me enceguecía. En mi boca había gusto a piel, a fuego, a cenizas, a victoria, a derrota, a éxtasis, a agonía, a dulce, a salado..., a vos. No había más sonidos que el de los gemidos que nos aturdían, que el de corazones que latían acelerados y el de respiraciones que iban y venían. Sentíamos el olor de nuestra piel quemándose, sentía el olor a campo que salía de tu piel. El tacto era fricción, era tan intenso que atraía toda la atención. Nuestras manos eran enredaderas, nuestros dedos estaban entrelazados y se confundían. Nuestras pieles eran más sensibles, se deshacían como nieve bajo el sol. Nuestras pieles eran los pocos límites que quedaban entre nosotros, lo que nos salvaba de confundirnos totalmente. Nuestras pieles eran completamente erógenas, no había ningún punto que no estallara al ser estimulado.
Perdíamos las categorías, no sabíamos que era el tiempo ni que era el espacio. No importaba que estuviéramos en la empresa. No importaba que yo fuera tu empleado. No importaba que horas antes me habías humillado. No había tiempo, no había pasado ni futuro, sólo un presente que lo abarcaba todo. El tiempo pasaba como nos pasa la vida, sin darnos cuenta.
El espacio no existía, éramos una masa imprecisa, éramos un solo cuerpo. El mundo no existía, no importaba el afuera, no importaba el clima, la hora del día, no nos importaba ni la muerte ni la vida.
Ya no éramos humanos, éramos dos salvajes. Ya no había lenguaje, era imposible articular aunque sea una palabra. Éramos puro instinto, éramos exploradores, éramos arqueólogos de nuestros cuerpos buscando desterrar los restos de la historia. Me transformé en un alpinista que escalaba tu cuerpo, que subía por tu cuello buscando alcanzar la cumbre en tu boca. Continuábamos juntos, caminando por la cornisa de la locura.
Era de esperar lo que sucedió después, pues fue un desastre natural. Era la tormenta que lo arrasaba todo. Era el huracán que desprendía hasta los cimientos. Era un terremoto que destruía el mundo a nuestro alrededor. Era un volcán en plena erupción, éramos lava hirviendo que avanzaba sin contención, sin contemplación.
Es que en el pico más alto de locura, de indistinción entre cuerpos, de fragmentación interior, llegué a la cumbre. Sí..., besé tu boca, me adueñé de tus labios, me embriagué bebiendo tu vino, te inundé de vida y, justo en ese momento, en el que caía rendido en tu pecho, me percaté que respiré tu último aliento. Y en ese momento de horror recordé tus palabras, cuando una vez quisieron echarte: "antes de rendirme, prefiero la muerte".
22:38 | Etiquetas: Emanuel Simo | 0 Comments




